jueves, 22 de agosto de 2013

El tamaño es lo que cuenta
por Andrés G. Muglia

 
No pude sustraerme a la tentación de anotar este título como inicio procaz de un artículo sobre literatura. De tamaño, de extensión, de "largo" es de lo que vamos a tratar, pero en términos literarios.

Ocurre con los libros algo parecido a lo que ocurre con el tiempo. No está ligado ninguno a la extensión física o temporal sino a la sensación del que los transita. Desmenucemos. Existe una definición de lo que se considera tiempo psicológico. Esto es: la sensación que se tiene del tiempo transcurrido en un determinado momento, desligada de la duración concreta de este momento. No son lo mismo las dos horas transcurridas en la cola del banco, a las dos horas transcurridas en el cine. Unas se arrastrarán y las otras volarán.

No es mi intención esclarecer ningún punto con esta descripción tan rudimentaria de nuestra percepción temporal; sino presentarla simplemente para establecer un paralelo con lo que sucede en la  literatura. Del mismo modo, no es tan importante el hecho de la extensión concreta de un libro, en número de páginas y en tamaño y disposición del texto; sino la sensación que su lectura cause al eventual lector. Hay pues libros que vuelan y libros que se arrastran.

Recuerdo bien mi estupefacción adolescente al comprobar que un libro con fama de "plomazo", de "mamotreto" de extensión infinita, como La Guerra y la Paz de León Tolstoi; fue para mi una suerte de hechizo permanente de principio a fin. Está claro que estamos hablando de uno de los grandes clásicos de la historia de la literatura; pero también está claro que por ser clásico no tiene que ser, por fuerza, un libro entretenido para un adolescente. Primera y provisoria conclusión (casi obvia desde luego): la extensión de un libro no tiene que ver con el interés (o la ausencia de este) que despierte en el lector.

Un poco más acá en el tiempo, siendo ya un lector maduro (qué categoría tan tonta que se me ha ocurrido ahora mismo), encaré la para mi heroica tarea de leer La Segunda Guerra Mundial de Winston Churchill, libro que comento en este mismo blog. Antes de arrojarme a las aguas profundas de estos seis tomos con un promedio de 600 páginas cada uno, hice una primera comprobación (como el que mete un pie prudente en el agua insondable de un estanque desconocido) pidiendo prestado el primer tomo en una biblioteca. Me sorprendí gratamente con el modo en que esta primera lectura me impulsó como un poseso a conseguir el resto de la obra. No en vano a Churchill le dieron el Nobel de literatura. Aunque demoré casi un año para concluirlo, la lectura de La Segunda Guerra Mundial se me hizo por momentos compulsiva. Segunda y provisoria conclusión: la extensión de un libro no disminuye el grado de pasión (este maravilloso sentimiento que un lector puede atravesar) o de compulsión que ese libro puede despertar.

Del mismo modo experimento el sentimiento contrario con algunos libros escritos precisamente para originar estos sentimientos de empática adicción por parte del lector. Regularmente estos volúmenes bestsellerianos (adjetivo que me complazco en inventar) que con la llaneza de su texto, pensado para poner en la lectura una suerte de vaselina literaria por la que se deslice el lector, intentan a través de la simpleza enganchar la atención; cuentan con mi más completa y elitista aversión. Paso de Paulo Coelho e Isabel Allende por la misma razón: mi deseo de que la literatura me entregue un texto un poco más esmerado que la telegráfica noticia publicada en el diario de turno.

Por otro lado tengo especial compulsión por otro premeditado producto destinado a las góndolas de los supermercados: Wilbur Smith. Sus personajes son obvios. Las mujeres hermosas y brillantes; los hombre rudos, un poco feos, violentos y velludos. Utiliza el sexo como excusa para regodearse en detalles bordeando la pornografía y la violencia para introducir escenas del sadismo más consumado. Todo cliché melodramático que pueda utilizarse encuentra cabida en las novelas de Wilbur Smith, no hay búsqueda por revelar la psicología de los personajes, ni sus pensamientos íntimos, ni nada. Acción, aventura, escenarios interesantes (la selva o el mundo de la gente muy rica) y una sucesión interminable de lugares comunes. Pero me gusta. Está bien escrito y me gusta; cuenta bien su mentira.

En una tercera contradicción podría decir también que obras consagradas, fundadoras de legiones de admiradores e imitadores, me son por completo indiferentes. No puedo pasar de la quinta página de cualquier texto de Proust. Lo mismo me da si son los tomos completos de En busca del tiempo perdido o un artículo corto de los que publicaba en Le Figaro. No me importan los puteríos ni los entretelones de condes y princesas. Sí me pueden interesar escritos por otro, no por Proust. Lo mismo me pasa con el Ulises de Joyce. Lo comencé a leer por lo menos cuatro veces, en todas no paso de los primero capítulos. Encuentro pequeñas joyas de estilo metidas en el texto, pero el todo es permeable a mi interés y mi voluntad.

Pero qué tiene que ver todo esto con el tema de la extensión de un libro y su relación con el interés que puede despertar en el lector. Precisamente, que libros destinados a atrapar el interés, normalmente novelas cortas y de letra grande, pueden no cumplir su objetivo. Mientras que obras extensas, tortuosas, sesudas o interrumpidas constantemente de reflexiones y otras arbitrariedades más o menos inconexas que conspiran contra su continuidad; pueden, según que público, ser un auténtico anzuelo lanzado al medio del corazón del lector.

Mencionamos aquí arriba el detalle del tamaño de la letra. A riesgo de caer en una mera reseña de diseño gráfico, tema que frecuento (por no decir domino porque sería jactancioso), podemos echar un vistazo rápido al diseño de página. Amén del interés intrínseco que un texto pueda despertar, el tema de cómo está dispuesto en términos de imagen nos dice mucho de él.

Todo lo que sigue son apreciaciones de índole y gusto personales. Cuando tomo un libro, por lo general una novela, y descubro que mete siete palabras por línea y veinticinco líneas por página, sospecho. Y no me llamen obsesivo por contar palabras, ya que he llevado mi manía a tal grado que me vasta una simple mirada para saber si estoy ante uno de estos libros. Eso significa ni más ni menos que tenemos en nuestras manos una obra corta, quizás demasiado corta, que ha sido estirada por la editorial mediante este recurso de edición para que el lector pague por ella sin sentirse estafado por tener en la mano un librito miserable. Esta "política editorial" me parece traidora a la buena fe del lector y digna de que el comprador descarte la compra.

Un LIBRO, con mayúsculas, le debe al lector un formato, mínimo de media A4 (en términos cristianos A6 o 105 x 148 cm.), diez palabras por línea y treinta y cinco líneas por página. Eso es el formato mínimo que le podemos exigir a un libro para que sea cómodo de leer. Con trescientas páginas o más de esto tenemos un libro para unos días, con cuatrocientas o quinientas un novelón de largo aliento.

Más allá de esto la cosa se pone incómoda. Libros de historia o que exigen por su volumen de información un mayor espacio que esto que apunto, conspiran contra el interés a través de poner incómodo al lector con la disposición del texto. Letras muy apretadas en el interlineado, o diminutas (¿qué sentido tiene poner referencias y comentarios a pie de página si no se pueden leer?) líneas de más de doce palabras y páginas con más de cuarenta y hasta cincuenta líneas van en contra de una lectura "natural".

Cuando uno lee le está robando el tiempo a otra cosas, o ganándoselo, según se mire. Es por esto que uno espera que el tiempo que le toma la lectura, sea por placer, sea por buscar información o por estudio, le reporte un número x de páginas que uno se sabe lee al cabo de x tiempo. Más o menos uno sabe cual es su marca. En vacaciones y con tiempo libre, cien páginas o más puede ser tranquilamente la marca de un lector frecuente. A veces, si la obsesión nos lleva a robarle tiempo al sueño, un libro puede ser tramitado en un solo día. Por lo general no contamos con tanto tiempo para dedicarle a nuestra (¿pasión?), pongámosle afición para hacerlo menos preocupante; por lo que unas cincuenta páginas pueden ser un buen número en un día promedio, incluidas esperas en colas de bancos y alguna ida al baño con lectura.

Cuando el diseño de página del libro hace que ese promedio natural para nosotros, que sólo nosotros conocemos, mengüe; es decir, cuando en lugar de cincuenta páginas leemos con el mismo esfuerzo unas veinte, nuestro interés se ve mancillado porque comprenderemos que en lugar de un libro de quinientas páginas, estamos leyendo uno que sería de mil con diseño estándar. Eso, aunque sea un dato que parece tonto, también influye en el nivel de comodidad, y por tanto de atención e interés que pueda poner uno en el texto.

Recuerdo haber leído una edición de Historia del Siglo XX de Erich Hobbsbaum, con la permanente sensación de que el libro era un resumen de una obra más basta, profunda e interesante. Además del estilo de escritura que sugería este fenómeno, un texto cuyo cuerpo rozaba los límites de lo decoroso, por lo insignificante, hacia trabajoso leer este volumen ya de por si extenso. Si leer causa la impresión de estar llevando a acabo un esfuerzo: de atención o de concentración visual; entonces hay algo en el acto de la lectura que está fallando. O el libro que estamos leyendo: su tema, su autor, su escenario, su estilo (tantas cosas!); o el contexto donde lo estamos haciendo: lugares ruidosos, incómodos, con luz deficiente, apremiados por otras cosas; o sencillamente el diseño del libro: texto muy pequeño, tipografía difícil de leer, formato incómodo (apaisado, cuadrado, demasiado grande).

Todos estos detalles pueden también influir en que un libro sea largo o corto sin depender de su realidad concreta. Esto cambia de una cultura a otra. El alemán promedio a principios del siglo XX leía con mayor comodidad la letra gótica que la románica. Luego occidente leyó con más naturalidad las románicas porque eran (y son) las utilizadas en los diarios y por tanto las más familiares. Pero en Internet las románicas no son las más utilizadas sino las tipografías san serif tipo helvéticas (visualmente más simples, para decirlo de algún modo), por lo que probablemente hacia allá vaya el futuro de la letra impresa. Pronto también Internet hará que sea más natural un salto de línea para separar los párrafos que la clásica sangría impresa. La lectura evoluciona con los tiempos y los medios.

Muchos temen la extinción de lo medios impresos, asesinados a manos de las ladinas armas binarias de los digitales. Entonces ya los libros no serán largos, cortos o en tomos. No importará el tamaño de la letra porque podrá regularse a gusto del usuario. Quizás hasta puedan adquirirse diversas versiones de un mismo texto (más resumido, menos resumido). No sería nuevo, con esto mismo hizo fama la revista Selecciones. Como sea cuando eso ocurra este texto, como los apolillados libros a los que se atarea en describir, podrá echarse al olvido. Aunque quizás no convenga esperar y olvidarlo ya mismo sea lo más recomendable.

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