sábado, 16 de enero de 2021

‘El sueño eterno’, de Raymond Chandler.

 por Andrés G. Muglia









Publicado en la revista CULTURAMAS, España.

Link: https://www.culturamas.es/2020/12/12/el-sueno-eterno-de-raymond-chandler/

Desde principios del siglo XX se popularizaron en los EE.UU. las publicaciones basadas en relatos de misterio, crímenes, aventuras, terror, ciencia ficción, etc. Se las llamaba revistas pulp pues eran ediciones baratas, encuadernadas en rústica, cuyo papel estaba hecho de pulpa de madera. Por los años ´30 las pulp magazines eran un componente importante de la cultura popular americana, componente por supuesto despreciado desde el punto de vista de la literatura seria, sobre todo porque las historias que difundían tenían una calidad muy despareja.

Hacia 1930 Raymond Chandler trabajaba en una empresa petrolera como ejecutivo y contable. Por problemas con el alcohol lo despidieron de su trabajo y quedó en la calle  con cuarenta y cinco años, una esposa que le llevaba dieciocho y no trabajaba, y sin un centavo. Chandler había nacido en Chicago, pero un tío suyo le había pagado una esmerada educación en buenos colegios británicos donde la clase acomodada se entretenía con el latín y los autores clásicos. Hablaba varios idiomas y poseía una cultura superior al americano promedio, pero de vuelta de sus estudios se había amoldado pragmáticamente al estereotipo del buen empleado (inteligencia no le faltaba) sin ninguna otra ambición que conseguir un nivel de vida que le ofreciera relativa comodidad sin sobresaltos. Su pasado como poeta y un breve trabajo como reportero en Europa habían quedado como un lejano recuerdo, pero ahora que el sistema le daba la patada por alcohólico, pensó que no sería difícil colar algunos relatos en las revistas pulp, como para ganarse la vida.

Esa decisión desesperada le sirvió para mantenerse a flote durante algunos años, en base a lo que ganaba enviando relatos policiales a publicaciones como The Atlantic Monthly o Black Mask. Pasado un tiempo los editores se fijaron en este escritor aparecido de la nada, que profundizaba el estilo del consagrado Dashiell Hammett y le daba una vuelta de tuerca con su prosa sobria, sus ambientes descriptos al detalle, las rápidas y agudas caracterizaciones de sus personajes y, sobre todo, sus diálogos pródigos en un humor negro que sería su sello de autor. Le dieron entonces la oportunidad de publicar una novela, y esa novela fue El sueño eterno.

Es difícil creer que El sueño eterno se trate de una ópera prima. El estilo del autor está tan asentado, sus herramientas, sus recursos, el manejo del ritmo de la narración, los climas y los diálogos; parecen surgidos de un escritor con décadas de oficio que ha publicado ya una serie de novelas cuyo protagonista en primera persona sea el inefable Philip Marlowe. El cual se consagraría desde el El sueño eterno como EL DETECTIVE PRIVADO por antonomasia de toda la literatura estadounidense (y más tarde del cine).

En El sueño eterno ya encontramos la amarga mitología con que Chandler fascinaría a los lectores de género negro, que él mismo contribuyó a convertir en lo que conocemos hoy día. El detective duro, ex-policía que ha sido expulsado de la fuerza por motivos que se desconocen, apático, borracho, violento e incapaz para el amor; pero que pese a todo conserva un código ético que, por supuesto, nada tiene que ver con el que la Ley dispone para los ciudadanos regulares. También están los mafiosos y matones de la época posterior a la Ley seca, astutos, toscos, inescrupulosos e irresistibles para cualquier lector del género. En medio, las mujeres fatales, bellas, descarriadas (el término es de Chandler) a veces, pero nunca indefensas. Con ellas entablará Marlowe unas relaciones que más que romances parecen batallas donde los dos contendientes, por diversos motivos, están en condiciones de igualdad. Si Marlowe es cruel y frío, sus pares femeninas le disparan a boca de jarro o lo mandan a vapulear por pistoleros.

En El sueño eterno las damas que le tocarán en suerte son dos ricas hermanas: Vivian y Carmen Sternwood, envueltas en una trama de chantaje. Su padre, un anciano lisiado al borde de la muerte, contrata al detective para que desarme la madeja por veinticinco dólares al día más gastos.

El planteo del libro es ambicioso, con una trama llena de personajes que, si el lector no está muy atento, puede que le cueste seguir. Un falso editor llamado Arthur Geiger, que en realidad tiene un negocio de alquiler de libros pornográficos, es asesinado en una casa de las afueras de Los Ángeles. Hecho que no tendría ninguna relevancia para Marlowe si no fuera porque la menor de las hermanas, Carmen, se encontraba completamente desnuda y drogada, atada en la misma habitación donde matan al pornógrafo. Marlowe, con toda la ubicuidad que le permite su autor, está observando por la ventana y será encargado de rescatar a la chica y llevarla a su casa. La cuestión se complica porque alguien (¿el asesino quizás?) ha sacado una foto a la joven mientras estaba desnuda y chantajea a su hermana mayor con difundirla.

La cosa se embrolla más porque Vivian, empedernida jugadora de ruleta cuyo marido de oscuro pasado ha desaparecido misteriosamente, tiene alguna clase de compromiso con Eddie Mars, mafioso dueño del casino donde ella juega y propietario de la casa donde mataron a Geiger. Por supuesto Marlowe se siente atraído por Vivian y ella por él, en tanto que Carmen, jovencita que manifiesta algunos problemas psicológicos, persigue a Marlowe haciendo cosas como filtrarse en su departamento y esperarlo en su cama tan desnuda como cuando el detective la rescató de la escena del crimen.

No contento con tener que tratar con la fascinante Vivian, rechazar los asaltos sexuales de Carmen y buscar la fotografía comprometedora de la menor de las hermanas; por fuerza de su extraña ética profesional, Marlowe se pone a investigar la desaparición del marido de Vivian (sin que nadie se lo pida) que habría huido con la mujer de Eddie Mars. Todo un verdadero embrollo de faldas, mafiosos, asesinatos y pornografía; condimentado con el estilo terso (adjetivo que a él le gustaba usar) y siempre estimulante de Chandler, que se haría célebre a partir de esta primera novela y que empujaría un género considerado menor hacia la literatura con letras mayúsculas. 


viernes, 15 de enero de 2021

Emilio Pettoruti, un pintor ante el espejo.

 por Andrés G. Muglia










Publicado en la revista cultural CULTURAMAS de España.

Link: https://www.culturamas.es/2020/12/16/emilio-pettoruti-un-pintor-ante-el-espejo/

Existe un largo debate al interior de los países latinoamericanos, en relación a su dependencia cultural de las naciones que a su turno han dictado los cánones del arte occidental. Desde fines del siglo XIX y durante el siglo XX este eje se encarnó en sendas ciudades capitales y cambió dos veces: de Roma a París a fines del XIX y de París a Nueva York a mediados del XX. Testimonio del magnetismo que esos polos culturales operaron sobre los artistas de su época, son las múltiples biografías que muchos de ellos nos han dejado sobre sus periplos iniciáticos.

Emilio Petorutti fue un pintor argentino nacido en la ciudad de La Plata, que realizó durante la primera década del siglo XX el típico viaje de estudios de todo artista plástico que se preciara de tal. Su destino primario fue la ciudad de Florencia. Becado por el gobierno argentino, tenía la obligación de presentarse luego en París bajo la tutela de otro gran pintor, Ernesto de la Cárcova. Pero Petorutti nunca llegó a París, se quedó en cambio diez años viviendo en Italia, mucho tiempo después de que la flaca beca que el gobierno le había otorgado dejara de llegar; aprendiendo, experimentando y desarrollando su arte. Relacionándose con artistas italianos que en su época revolucionaron el arte moderno a través del Futurismo.

De sus experiencias en la agitada Europa de preguerra y de las posteriores que le deparó el regreso a su tierra convertido en un artista de vanguardia, versa esta fascinante autobiografía escrita con un estilo sobrio pero llevadero, poblada de anécdotas muchas de ellas humorísticas, de bambalinas del arte europeo y argentino de su época, de nombres que resuenan en la mente del connoisseur o del simple aficionado a las artes. Un pintor ante el espejo funciona precisamente como espejo de una época que fue decisiva para entender el arte de hoy en día. Tiempos de nacimiento y de trauma de un arte que había conservado hasta ese momento, pese al cambio de estilos, una ligazón indisoluble con la representación de la realidad. Pero que, con la aparición del daguerrotipo y luego de la fotografía, inauguraría nuevos campos de experimentación. Así nacerían las vanguardias que propiciarían primero el arte abstracto, esto es un arte desligado de la obligación de la mímesis y la figuración, y más tarde el arte conceptual, que perdería definitivamente la vinculación antaño tan clara entre las artes plásticas y el objeto.

En medio de esta revolución que se gestaba se sitúa Petorutti, un joven de poco más de veinte años nacido en una ciudad sin historia. Porque La Plata había sido fundada en 1882 por el gobierno argentino para darle una capital independiente a su provincia más importante. Quizás por haber nacido en medio de la novedad, Petorutti estaba iniciado en la dinámica de abrazar lo nuevo, lo revolucionario, lo transgresor. O quizás la nuestra es una conjetura superpoblada de poesía. Lo cierto es que el joven Petorutti, inquieto, sociable, pero también responsable y consciente de lo que valía su tiempo en Europa, comenzó su camino personal como artista. Derrotero que lo llevó lejos de las academias y lo metió de lleno en los museos y las iglesias del viejo mundo, donde copió a Giotto, Masaccio y todos los maestros italianos mal llamados primitivos; y en talleres de cerámica, esmaltado y aquellos cuya técnica le parecía interesante incorporar a su conocimientos de artista plástico. Allí trabajaba gratis a cambio de que le enseñaran el oficio.

Pronto se relacionó con gente de la bohemia florentina, y más tarde con nombres del ambiente artístico de toda la península que trascenderían su tiempo, como Filippo Marinetti, Carlo Carrá y muchos otros.

En medio de los días de aprendizaje y las noches agitadas, en los bares de una Europa en donde la Primera Guerra ya golpeaba la puerta, Petorutti comienza a trabajar como ilustrador para publicaciones y periódicos, diseñador de escaparates, pintor de postales y otro puñado de labores subalternas a su arte que le permitieron la independencia económica. Al mismo tiempo, primero en compañía de otros amigos artistas y más tarde en solitario, comienza a exponer en Florencia, luego en toda Italia y más tarde en otros puntos de Europa como la galería Der Sturm de Berlín, importante trampolín para la trascendencia de los artistas de vanguardia europeos.

Un pintor ante el espejo muestra cómo, con paciencia, mucho trabajo y un profundo compromiso con su arte que incluso le hace postergar los asuntos del corazón, Petorutti se fue haciendo a lo largo de su permanencia en Europa un nombre dentro del ambiente del arte moderno. Atraviesa incluso la convulsión de la guerra sin que ésta haya desviado su determinación. Pero cuando todo prefiguraba un futuro promisorio, el llamado del terruño dobla su destino. Su familia le reclama por su alejamiento de una década ininterrumpida, y algunos asuntos económicos que tiene que atender sin falta fuerzan un regreso a la patria que sería decisivo para el resto de su vida como artista.

Una vez en Argentina el retorno fugaz se prolonga y los problemas se suceden postergando indefinidamente su regreso a Europa. Una etapa oscura de rechazo e incomprensión para con su obra le espera como para rubricar la afirmación de que nadie es profeta en su tierra. Su primera exposición en la galería Witcomb de Buenos Aires es un verdadero escándalo. Detractores y defensores (que son pocos) se trenzan a golpes de puño y la policía tiene que intervenir. A partir de esa exposición y durante muchos años Petorutti se ve tristemente obligado a colocar un cristal en sus obras, para evitar que los vándalos las escupieran o escribieran insultos sobre ellas.

A la brillante y promisoria etapa europea suceden años donde Petorutti debe soportar el rechazo, no solamente de los legos, sino del entorno artístico que tampoco comprende un arte que califican, con profundo desconocimiento, de futurista. Por esos mismos años recibe el ofrecimiento de ser Director del Museo Provincia de Bellas Artes de la Provincia de Buenos Aires. Petorutti acepta el desafío y se vuelca de lleno en los vaivenes de la gestión. Con un presupuesto exiguo logra reorganizar un patrimonio desparejo y sin catalogar, consigue salas para exposiciones permanentes, se vincula con otros museos de Latinoamérica. Pero ese pequeño estímulo no logra iluminar un presente que echa sombras sobre su arte que, pese a que no consigue la comprensión ni las ventas esperadas, Petorutti no ceja de profundizar en la búsqueda de un estilo propio que edifica obstinadamente; en tanto se ve obligado a dar clases de dibujo en el colegio industrial para poder sobrevivir.

El amor vendrá a paliar sus amarguras de la mano de su futura esposa, la poetisa chilena María Rosa González. Pero hasta eso le resultaría difícil al atribulado Emilio, porque María Rosa estaba casada, lo que obligó a que durante años su relación fuese un ida y vuelta a través de la cordillera hasta que ella pudo divorciarse. A través de González, Petorutti se vincularía con otros artistas chilenos y, sobre todo, con la incomparable Gabriela Mistral, íntima amiga de María Rosa.

Los años de la nueva guerra mundial serán paradójicamente para el artista tiempos de buenas nuevas. Pues a través de su trabajo como director de museo, recibe una invitación para exponer en los EE.UU. La gira se prolongará por ocho meses a lo largo de los cuales recorrerá en compañía de su esposa las ciudades, museos y galerías, exponiendo con buenas críticas y un gran suceso de ventas. Petorutti recibía así, de nuevo en tierras extrañas, la comprensión y el respeto que le era esquivo en las suya.

Quizás por eso y ante el éxito obtenido en su gira, el artista decide llevar su voz allí donde fuese escuchada y parte hacia Europa en el año 1952, para radicarse definitivamente en París. Así termina Un pintor ante el espejo. En el año de 1970, según sus biógrafos, Petorutti había decidido regresar a la Argentina, pero una enfermedad súbita lo sorprendió en París donde falleció en el año 1971.

Un pintor ante el espejo es una autobiografía donde, quien la sepa leer, puede adivinar una parábola apenas inteligible. La del destino de los que se atreven a adelantarse a sus contemporáneos, ejerciendo el porvenir en medio de las críticas siempre numerosas de los que al cómodo amparo de la tradición, sueltan su basura conformista sobre los que se aventuran en lo desconocido. 

 

Raymond Chandler, el hombre epistolar o el simple arte de escribir.

 por Andrés G. Muglia











Artículo publicado en la revista cultural CULTURAMAS, España.

Link: https://www.culturamas.es/2020/12/18/raymond-chandler-el-hombre-epistolar-o-el-simple-arte-de-escribir/

Existen muchas formas de conocer a un escritor. La más simple es por su obra. Pero también surgen otros caminos, aledaños, asimétricos a la mera labor literaria, para quienes quieren indagar curiosamente un poco más allá. Para estos inquisidores la correspondencia personal de un artista, sus cartas, pueden llegar a revelar muchas cosas: sus métodos personales de creación, detalles de su vida privada, amistades, relaciones profesionales, aficiones y, por qué  no, algunas miserias.

Muchos artistas, no sólo escritores, hacen del epistolar un género en sí mismo; un medio a través del cual se expresan en forma más espontánea, sin mediatizar por el efecto de una crítica o espectador supuesto. De este modo, leer su correspondencia personal es asomarse un poco a su pensamiento, sus sentimientos y un universo privado que parece completar su obra. Descubrir a un artista a través esas anotaciones, algunas frívolas, otras de orden íntimo, que éste hace al destinatario de sus mensajes: amigos, amantes, parientes, jefes; puede llegar a ser revelador, estimulante y hasta gracioso.

Raymond Chandler fue novelista, cuentista, ensayista, articulista y guionista cinematográfico. En fin, casi todas las formas en que puede pronunciarse la palabra escritor. Se destacó por sus novelas policiales negras, donde es una referencia obligada del género no solo para la literatura, sino para el cine; en que textos como El sueño eterno tuvieron una trascendencia que excede por mucho lo literario. Fundando estereotipos como el del detective Philip Marlowe, encarnado por Humphrey Bogart en la pantalla grande, que echaron bases para la caracterización de este tipo de personajes cinematográficos de ahí en más.

Entre toda su actividad literaria Chandler se hizo el tiempo para sostener una prolífica correspondencia. El simple arte de escribir es un libro basado en algunas de las cartas del escritor. Cabe señalar que esta colección jamás fue pensada por el autor para ser publicada. En esos escritos muestra todo su genio en libertad, el cual no tiene clemencia para con los demás ni para consigo mismo a la hora de los retratos. Comenta igual de mordaz su contexto: la industria de la literatura de best sellers, la del cine, el ambiente de los EE.UU. en su época, sus personajes; nada escapa a su mirada aguda.

Agobiado por un insomnio tenaz que lo acompañó toda la vida, Chandler dedicaba las noches a dictar su correspondencia a una grabadora, mientras observaba la costa del Pacífico por el amplio ventanal de su casa La Joya; una típica postal americana. Esta costumbre dejó a sus fanáticos una colección de innumerables cartas: a sus editores, a sus amistades, a otros escritores; en las que normalmente, luego de resuelto el motivo por el cual desea enviar la esquela, se dedica a divagar sobre los más diversos e insólitos temas. En esos pasajes el autor hace gala de su aguda inteligencia, su humor cercano al monólogo y al stand up, su cinismo cruel que dirige la mirada sin compasión al mundo que lo rodea. De paso y entre el variopinto universo del que habla, nos comunica sus costumbres de escritor. Los «escritos para escritores» también son hoy en día un subgénero muy popular.

¿Son las cartas de Chandler mejores que su prosa destinada a la imprenta? Es difícil afirmar eso, pero sí se puede decir que son otra cosa. Y esa cosa es algo vibrante y rebosante de talento, en tanto que sus novelas parecen constreñidas a decir lo que la trama, los personajes y las situaciones que Chandler se esfuerza por representar las obliga.

Transcribo algunos pasajes memorables. Al leerlos es inevitable imaginarse a Chandler a oscuras, reclinado en su sillón, mirando la costa del Pacífico constelada de estrellas con un vaso de trago largo en la mano repleto de Bourbon. 

Sobre la inspiración:

«Lo importante es que haya un espacio de tiempo, digamos cuatro horas al día, en que un escritor profesional no haga nada más que escribir. No tiene que escribir, y si no se siente en condiciones no debería intentarlo. Puede mirar por la ventana o ponerse de cabeza o retorcerse en el piso. Pero no puede hacer ninguna otra cosa positiva, como leer, escribir cartas, mirar revistas o firmar cheques. Escribir o nada. Es el mismo principio que sirve para mantener el orden en una escuela. Si se puede hacer comportar a los alumnos, aprenderán algo sólo para no aburrirse. A mí me funciona. Dos reglas simples: a, no es obligatorio escribir; b, no se puede hacer otra cosa. El resto viene solo.»

Acerca de la publicación de un resumen de uno de sus libros. Los americanos acostumbraban a publicar resúmenes cortos (digamos la extensión de un cuento) de las novelas más populares; una costumbre que resulta absolutamente incomprensible.

«La bastardeada anécdota que aparece bajo mi nombre en Cosmopolitan (que sus ganancias sean las más grande de la historia) contiene palabras y frases que no escribí, diálogo que no pronunciaría, y lagunas que son comparables a la amnesia en la luna de miel. Es el cadáver de un libro, al que le ha hecho una autopsia un ladrón de cementerios borracho y lo ha vuelto a coser un marinero con delirium tremens.»

El simple arte de escribir es uno de esos libros que siempre tengo a mano cuando no tengo nada nuevo que leer. Y siempre que lo releo me saca una sonrisa por lo agudo y bien escrito. Además, leyendo esa prosa espontánea y casi de libre fluir de la conciencia, a uno le entran ganas de ponerse a escribir.

 

Robinson Crusoe, el náufrago que prefiguró al imperialismo.

 por Andrés G. Muglia


 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en revista cultural CULTURAMAS.

Link: https://www.culturamas.es/2020/12/23/robinson-crusoe-el-naufrago-que-prefiguro-al-imperialismo/

La célebre novela Las aventuras de Robinson Crusoe de Daniel Defoe, publicada en el año1719, se basa en la historia real del marinero Alexander Selkirk, que presumiblemente habría llegado hasta Defoe a través de un texto de Woodes Roger.

De algún modo Robinson Crusoe cristaliza una historia que interesa a todas las generaciones y que discurre permanentemente entre lo moral y lo didáctico. Narra, como todos sabemos, las evoluciones de un hombre que es calificado de disoluto y libertino en los primeros párrafos del libro y que luego de un naufragio queda solo en una isla desierta. Su suerte, los recursos que utiliza para sobrevivir, su amistad con un nativo que Defoe se vio obligado a admitir dentro de la trama quizás pensando que renovaría el interés del lector, han llegado hasta nosotros a través de los siglos sin disminución de su fuerza original.

No está exento de influjos Defoe cuando escribe su obra, eso es muy claro. La Ilustración naciente, la fascinación por la naturaleza, la confianza en el trabajo y el progreso que el hombre pueda provocar con él, el misticismo puritano y el germen del imperialismo, se entrelazan con el destino de Crusoe, influyendo en su historia, forzándolo en ocasiones por caminos muy lejanos a la conducta “natural” de un hombre en la más absoluta soledad.

Si cotejamos éste escrito con otros del mismo autor, descubriremos que en esas otras publicaciones Defoe fue mucho más directo en el acento de la su fe cristiana, puritano él mismo; en tanto que en Robinson Crusoe su procedimiento es mucho más elíptico, aunque no secreto. La fascinante historia de Robinson fue por tanto vehículo de otras ideas más densas y menos inocentes que lo que el propio relato denota.

Defoe modifica muchos de los datos originales del destino del desventurado Selkirk. El más importante es el factor temporal, mientras que Selkirk estuvo en su isla aislado durante cuatro años, Robinson Crusoe permanece en la suya durante veintiocho. En ese largo transcurso el protagonista va viendo en su desgracia la constante intervención de la providencia; eso, sumado a la lectura detallada de una Biblia que había sobrevivido al naufragio, lo persuade de aceptar su suerte y de encomendarse a su creador. En esta clave la suerte de Crusoe está entendida como un castigo a su anterior vida, en la que ignoró los consejos paternos y se dejó llevar por un destino pródigo en aventuras y desarreglos. De allí también lo extendido del tiempo que permanece solo en su isla, pues cuatro años no habría sido suficiente (evidentemente esto juzgó Defoe) para una completa conversión del pecador.

El mensaje religioso y moral vertebra tan férreamente la novela, que Crusoe se ve impelido por la ideología del autor a verificar ciertas conductas absolutamente contrarias a las que podría suponer el lector en un ser aislado en la más completa soledad. Por ejemplo Robinson no permanece desnudo en todo el transcurso del libro ni por un momento. Incluso cuando la ropa rescatada del pecio se termina por destrozar a causa del uso prolongado, se cose una especie de traje de ¡pieles de animales!, con la excusa de protegerse del sol. Cuesta imaginarse la ocurrencia de ponerse un tapado de piel en las playas caribeñas durante una recia temporada de verano. Pero Crusoe lo hace con la mayor naturalidad, sin atreverse quizás a mostrar su carne trémula al único testigo que lo observa: Dios, o tal vez el lector.

A tal punto son reiteradas las insistentes referencias religiosas que, si no se sintoniza rápidamente las intenciones no demasiado sutiles del autor, constituyen una traba o un impedimento para la fluidez de la trama. Recuerdo que en mi lectura infantil de este libro los constantes soliloquios morales del protagonista, que no terminaba del todo de entender, me desesperaban hasta la llegada de los detalles de su estadía solitaria y de la forma en que sobrevivió, o los métodos empleados para confeccionar sus herramientas, sus vestidos, su morada o procurar su alimento.

Pasados los años, nuevas lecturas del libro me han dejado la misma temprana impresión: la verdadera esencia fascinante de la novela no la constituye su agotadora acción ejemplificadora y moral o sus parábolas repetidas, sino ese desafío que supone al hombre ignorante de casi todo recurso, la adversidad repentina y acuciante de tener que sobrevivir por sí mismo. ¿Por qué es esto fascinante para el continuo discurrir de las generaciones? Tal vez porque la generalidad de nosotros somos precisamente ajenos a todo recurso para un desafío de éste género; es fácil por lo tanto identificarse con Crusoe. En nuestros términos, nosotros, cada uno, somos Crusoe, al menos potencialmente. Vivir la vida de Robinson a través de la lectura de su historia es liberar simbólicamente esa potencia, participar del mito moderno de la huida de la civilización.

Es cierto de que si al Robinson se lo aligerara de los impedimentos de su prédica reiterada, su énfasis moralizador y su afán imperialista que considera a todos los personajes que visitan la isla de Crusoe como «siervos» o «súbditos» de éste, el libro conservaría y potenciaría la esencia de su fascinante poder. Es evidente que la obra esconde las contradicciones de su autor y de la cultura de su autor. Con la misma naturalidad que Crusoe evangeliza a Viernes, sobre el final de la trama y en su desenlace, dispara a traición sobre marineros dormidos sin la menor objeción de conciencia. También y luego de la extensa filípica que nos propina a lo largo de todo el argumento acerca de los valores cristianos, entre los cuales podríamos suponer sin exagerar un fuerte énfasis en el rechazo de lo material en apoyo de lo espiritual, Crusoe se dedica durante el extenso e innecesario epílogo casi completamente a sus intereses comerciales y negocios. Lo puritano y lo comercial, lo moral y la conquista colonial, los estereotipos de la época, todo está representado por Defoe puntualmente.

Según James Joyce la historia de Defoe prefigura el imperialismo inglés del siglo XIX, y la imagen de Crusoe es la del prototipo del conquistador británico: independiente, persistente, práctico e inteligente, pero también cruel y sexualmente apático; y Viernes, por supuesto, es el símbolo de los pueblos sometidos al imperio.

La historia de Crusoe lucha contra la trama que teje su época a su alrededor, contra sus prejuicios y sus falsedades, pero es precisamente esa trama la que le da la veracidad de un tiempo de tierras nunca holladas por el pie occidental, de aventuras geográficas y de islas alejadas de las rutas marítimas y por ello doblemente perdidas para el hombre (y el hombre perdido en ellas). ¿Sería hoy creíble una historia como la de Crusoe? Hoy, en la era del GPS, Internet, la comunicación satelital. ¿Alguien podría perderse durante veintiocho años sin ser rescatado? Ya no hay aventura en el viaje, no se necesita ser Marco Polo para ir a la China y cualquiera puede viajar al punto del planeta que se le antoje. Somos realmente unos tipos afortunados. Pero si queremos naufragar, perdernos de la civilización, alejarnos, irnos definitiva y resueltamente lejos de las márgenes del mundo conocido, deberemos volver a releer la suerte del querido Robinson. Porque ese, junto con tantos otros, es un destino que el progreso también nos ha vedado.

 

martes, 10 de noviembre de 2020

‘Nueva York, ida y vuelta’, de Henry Miller

 por Andrés G. Muglia

Publicado en revista CULTURAMAS de España:

Link: https://www.culturamas.es/2020/11/04/nueva-york-ida-y-vuelta-de-henry-miller/

¿Dónde empieza la tradición americana de escritores como Henry Miller? El lector de este artículo se preguntará a su vez: ¿de escritores brillantes? ¿De escritores que expresen una idiosincrasia estadounidense? No. De escritores cancheros. Estimo que para aquel que no sea argentino, el concepto de canchero sea de difícil elucidación. En favor de ese hipotético lector ampliaremos este punto. El canchero es aquel personaje un poco desagradable que “se las sabe todas” (esa expresión también es bien argentina), aquel que parece hacer todo de un modo fácil, como si le sobrara siempre algo más, que se guarda y le da la ventaja de la que se jacta. El canchero es astuto, lo sabe, inteligente (el más) y siempre hace las cosas de un modo sobreactuado, como para que se note que es un canchero. Canchero es el que frente al arquero en lugar de definir fuerte al ángulo se la pica por encima con gesto suficiente, el que cierra la puerta del auto con un golpe de cadera, el que apaga el fósforo con una escupida certera. Hay muchos ejemplos de cancheros y no necesariamente argentinos.

Definida tal nebulosa categoría continuemos con lo nuestro. Henry Miller parece proponerse de principio a fin de este libro ser el escritor más canchero, más rana, más irónico, fino e Inteligente de la literatura norteamericana. Todo el libro es un monumento, a veces más y a veces menos sólido, a sí mismo. ¿Sobreactúa Miller o es un megalómano de un calibre difícil de definir? Lo peor  de todo es que este talante de soberbia sin contener arruina, o por lo menos hace interferencia, con el modo en que Miller escribe, que es brillante. Es contradictorio decirlo, pero Miller, como esos genios caprichosos de los que la historia está llena, es a la vez talentoso e insufrible.

El libro está estructurado como si fuera una larga carta a un amigo. Miller se encuentra en Nueva York a punto de tomar un barco hacia París, donde este amigo lo espera, y le da noticias de lo que ocurre de este lado del charco. “Lo que ocurre” incluye una serie de cosas bastante diversas. Básicamente cómo era Estados Unidos de América en los años 30 y cómo eran sus habitantes. Miller se entretiene en criticar con su filosa pluma a los americanos, su país, sus costumbres, su idiosincrasia, sus creencias, etc, etc. Les da duro y parejo toda la primera mitad del libro. Los deja ver como a verdaderos idiotas. Ninguno de ellos está a su altura para mantener una conversación (respaldado en su ironía el escritor se autoproclama genio sin ningún empacho), y Miller añora el París donde la gente sabe conversar. Los judíos también son atendidos en largas diatribas antisemitas y culpados de buena parte de los males de un país sumido en la depresión económica.

Miller no es ni el primero ni el último en criticar a los norteamericanos y su modo de vida. Me vienen a la mente dos ingleses: George Bernard Shaw y Raymond Chandler (el último hizo toda su carrera en EE.UU.) que lo han hecho con mucha gracia. Pero hasta para alguien que no simpatice con el país de norte, que mucho tiene para criticar, Nueva York ida y vuelta roza lo grotesco.

No hay que pensar que el libro deje por eso de ser interesante y que el humor de Miller, a veces rozando el surrealismo, no arranque una sonrisa.

Promediando el libro, cuando este genio iluminado sube por fin a su paquebote rumbo al viejo continente, resulta tranquilizador que su odio y la superioridad que siente hacia los americanos no sea exclusiva. Porque ni bien aborda el buque holandés, naturalmente lleno de holandeses, se dedica a criticar a sus compañeros de viaje que, ya lo adivinarán, también son un grupo de idiotas.

Al final de la travesía, que cuenta como único detalle estimulante las conversaciones de Miller con un esquizofrénico que viaja encerrado en el calabozo del barco, comprobamos con alivio que el autor llega por fin a su amado París; donde también afila su crítica pero todo le parece adorable, hasta lo que cae bajo los tacones de su juicio. Allí se solaza paseando por la avenida Sebastopol y conversando por fin con alguien que da la talla.

Muchas veces después de leer un libro fantaseamos (yo al menos lo hago) con cómo habría sido conocer al autor, sobre todo si está muerto hace siglos. ¿Sería tan inteligente como sus diálogos? ¿Tan sensible como sus descripciones? ¿Tan agudo como su modo de observar la realidad? Por mi parte no creo que me hubiese gustado conocer a Henry Miller.


La paternidad rechazada, Charles Bukowski y Henry Miller

 por Andrés G. Muglia 

Publicado en CULTURAMAS de España.

Link: https://www.culturamas.es/2020/10/24/la-paternidad-rechazada-charles-bukowski-y-henry-miller/

Tiempo atrás vi en Youtube una entrevista televisiva a Charles Bukowski. He de confesar que durante mucho tiempo en mi adolescencia leí con fruición de fan todo lo que me caía en las manos que él hubiese publicado. En esa entrevista y para mi desgracia advertí que todo lo que hace interesante a Bukowski como personaje literario: su nihilismo, el apego al alcohol y la indolencia, su procacidad, su sexualidad siempre en primer plano, su sinceridad; puestos en alguien de carne y hueso no son tan atractivos, ni, paradójicamente, tan “reales”. Durante la conversación Bukowski fumaba y bebía vino en un vaso empañado y todo lo que expresaba, los silencios, el ritmo del discurso, los gestos, parecían una coreografía estudiada para decir: “mírenme, así es un outsider y un genio”.

Entre otros temas Bukowski habló sobre Henry Miller. Es habitual, cuando uno lee en cualquier orden a los dos escritores americanos, encontrar una vinculación entre sus textos. Quizás sea su obsesión por describir crudamente los detalles de su vida sexual, su afición a lo escatológico, o sus personajes semiautobiográficos, a través de los que no tienen ningún empacho en contar sus propias miserias. Lo cierto es que la filiación entre ambos es algo evidente. El hecho de que Miller sea cronológicamente anterior a Bukowski hace pensar fácilmente que el primero influyó con su literatura al segundo. 

Pero contrariamente a lo que pueda suponerse, con evidente disgusto ante la pregunta, Bukowsky comentó que no le gustaba Miller, que no había tenido suerte leyéndolo y no entiendía toda esa “filosofía” expresada en su obra. Sí entendía cuando Miller escribía sobre su pene, sobre su “gran pene” dijo Bukowski riendo, pero no todo lo demás.

Quedé perplejo ante la respuesta de Bukowski, por varios motivos. El primero es que la vinculación de ambos autores salta a la vista. Por el modo en que describen la realidad, su implicación en ella y, sobre todo, su filosofía ante los hechos: una suerte de distanciamiento ante cualquier cosa que les ocurra, un completo desapego de toda ley moral que les impida hacer los que desean. ¿Bukowski, cuyo refugio era la biblioteca del Congreso, leyó sólo por arriba a Miller, uno de los más destacados escritores de su generación? En sus entrevistas Bukowski también deja claro que no es el personaje que nos quiere hacer creer, sino un escritor y un estudioso que sabe mucho de su oficio. ¿Y apenas leyó unas pocas hojas de Miller que no le gustaron y pasó a otra cosa? Es difícil de creer.

Hasta el día de hoy los únicos dos escritores serios que he leído han dado consejos escritos sobre cómo masturbarse fueron ellos dos: Bukowski con la ayuda de un florero y carne molida y Miller con una manzana a la que se le ha sacado el corazón y se le ha untado crema para las manos.

También los vincula la facilidad con la que consiguen tener relaciones sexuales casuales. Una inclinación de cabeza, una mirada, una breve charla o ni siquiera y a la bolsa. Maratonistas del sexo, campeones que derrotan a las venéreas a golpes de pene, señores absolutos de la fornicación que lo hacen todo el tiempo, en todo sitio, con muchas mujeres, en sucesión y número difícil de creer. 

Los dos bardos de toda escatología y miseria posible, rodeados siempre de personajes rocambolescos, con una prosa que hace de todo lugar un basurero lleno de idiotas, no importa si es Los Ángeles, Nueva York o París.

Pero más allá de estos nexos superficiales, estás coincidencias de explicitar todo lo explicitable de la realidad, especialmente sus zonas oscuras, truculentas y políticamente incorrectas; los dos autores se conectan por su forma de ver la vida. Ambos son como un tótem de piedra que se mueve a través de la realidad. Nada: una mujer, un hombre, la pobreza, la abundancia, el amor, la violencia; parecen afectar su esencia. Atraviesan lo que narran autobiográficamente con una especie de indiferencia, de desapego olímpico desde el cual analizan una realidad que carece de una implicación más profunda desde lo emocional. No importa si Bukowski derriba a su padre de un golpe, o si Miller espera su turno para tener relaciones con una prostituta, mientras analiza el accionar del amigo que lo precede y lo describe con el mismo interés con que describiría el funcionamiento de una máquina (de hecho usa esa palabra). Los dos observan al género humano desde una distancia de entomólogo, como si fuera su trabajo de artistas dejar testimonio de un infierno por el que transitan pero del que guardan distancia suficiente como para conservar su lucidez y objetividad.

A su modo, los dos son irreductibles solitarios. El amor no es el eje de ninguna de sus producciones literarias. En cambio sí comparten un profundo cinismo (en el sentido filosófico del término) al concebir una vida sin las restricciones de las relaciones sociales consideradas aceptables por la costumbre.  

La diferencia fundamental entre ambos puede encontrarse en que Miller tiene una sólida conciencia de su genio que lo pone (él se pone) en un plano superior para juzgar al otro. Su megalomanía es manifiesta en textos como Nueva York ida y vuelta. En ese sentido Bukowski atraviesa sus pocilgas con menos ínfulas, y aunque es difícil encontrar empatía profunda en sus relaciones, la sensación es que está sumergido un poco más profundamente en la realidad que vive.

Existe un cuento de Bukowski en que el autor narra el encuentro con un escritor consagrado que muchos identifican con Miller. No la pasó bien Bukowski en ese encuentro. Sufrió en carne propia todos los caprichos y desaires del supuesto genio. Quizás como muchos rechazan al padre para poder construirse como individuos, rechazó toda vinculación de su obra con la de Miller. O sencillamente porque había conocido a Miller y éste no le caía bien. Aunque todo esto (todo este artículo) no es otra cosa que una conjetura para entender otro misterio (menor) de esos que nos regalan la literatura y los escritores.


Libros aéreos. Antoine de Saint Exupery lejos del Principito.

 por Andrés G. Muglia



Publicado en revistas CULTURAMAS de España.

Antoine de Saint Exupery es de todos conocido por su célebre El principito, uno de los libros más vendidos de la historia. Pero la mayoría de sus textos poco tienen que ver con el famoso best seller. Apenas se relacionan en el hecho de que el protagonista es un aviador (Saint Exupery era un experto piloto) y de que el avión, como vehículo y como metáfora, está presente en casi todas sus obras. 

Invirtiendo el orden cronológico de la ediciones, el primero de los textos que comentaremos es Piloto de guerra (1942), un libro crudo y veraz que se mete de lleno en la paradoja inherente a todo conflicto armado y la analiza descarnadamente. En tren de comparar, ubico en mi biblioteca ideal a Piloto de guerra junto a otra gran obra sobre los horrores de la Segunda Guerra Mundial: Kapput de Curzio Malaparte. 

Sin embargo hay una diferencia fundamental entre Saint Exupery y Malaparte y es que el primero hace un esfuerzo por no ser un mero cronista de la tragedia. Se sabe y se asume como intelectual, pero abandona la laxitud del espectador, no se conforma con registrar el horror para la posteridad. Pone el cuero, se implica, es parte y lo dice con orgullo. Vuela hacia la muerte en misiones suicidas de reconocimiento a baja altura sobre el enemigo, aunque sabe que esas misiones no podrán hacer nada para cambiar el curso de la guerra; codo a codo con oficiales, soldados, amigos, que empiezan a desaparecer de la mesa a la hora de la cena. De veintitrés equipos diecisiete son abatidos en pocas semanas. Saint Exupery es de los afortunados sobrevivientes. Pero la ruleta gira cada vez que sale a una misión y pese a su suerte (suerte para nosotros que pudimos leer lo que escribió) muere cerca del final del conflicto.

Otra obra de Saint Exupery (¿cuento largo? ¿novela corta?) atravesada por su profesión es Vuelo nocturno (1931). Para los argentinos posee un interés adicional pues su escenario es nuestro país, consecuencia evidente de los años en que el autor francés vivió y trabajó en Argentina. Vuelo nocturno cuenta otra epopeya, menos dramática que la de Piloto de guerra, pero casi tan riesgosa: la de los pilotos que volaban las rutas de correo allá por los años ’30 del siglo pasado. 

Los pilotos de Saint Exupery enfrentan la noche como un salto al vacío. Vuelan uniendo la Patagonia, Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, Porto Alegre, en largos periplos de diez días; con la ayuda de pocas herramientas, su intuición y vagas referencias geográficas que en medio de la noche son difíciles, cuando no imposibles, de divisar. La partida de Fabien, el piloto y protagonista que deja atrás a su esposa en Buenos Aires, la indiferencia de la enorme ciudad con sus miles de destinos ante la suerte de este héroe anónimo, su propio deseo de aventuras en contraste con la tristeza y el temor de la mujer, son descriptos en una escena rebosante de verismo. ¿A quién le importa la muerte de Fabien si las cartas llegan a destino? Hay una especie de dulce fatalidad que sobrevuela (un verbo a medida de este artículo) todo el escrito. Está la muerte que acecha y el piloto que la desafía, más el jefe que le exige la temeridad o, a cambio, el despido. La vida importa poco, ni siquiera el correo; lo importante al parecer es el sistema, la maquinaria que trabaja en base a quemar vidas humanas. El jefe se sabe injusto pero es su trabajo, el piloto suicida pero es su trabajo, y todo se anota en clave de ese registro amargo y existencialista.

Piloto y radioperador, únicos miembros de la exigua tripulación, se verán rodeados por la tormenta en medio de la noche y emergerán ya perdidos en busca de la única luz que entrevén en un jirón de la tempestad: una estrella que los conducirá a la belleza sobrenatural de un cielo alumbrado por la luna sobre un apacible campo de nubes. Belleza, poesía, Fabien divaga sobre el privilegio de ese premio inútil que ya de nada sirve mientras se les agota el combustible y debajo de ellos ruje el ciclón y duermen los campos en ominosa oscuridad. 

Por último anotaremos algo sobre Tierra de hombres (1926), que en su comienzo transcurre también en Argentina. Pero pronto el escenario se muda a España, África y todos los exóticos destinos donde Saint Exupery fue destinado como aviador. El tema: nuevamente los vuelos aeropostales y las aventuras de los pilotos, pioneros para abrir rutas seguras que en el caso de la cordillera de los Andes, con sus montañas de siete mil metros de altura, o el Sahara de dunas interminables y árabes amenazantes, exigirán todo el esfuerzo y el coraje de estos aventureros que volaban sobre endebles engendros de madera y tela.

La aventura, pero también la poesía, sobresalen en este libro. Como en la escena en que Saint Exupery, aterrizando en una meseta en pleno desierto africano, encuentra un aerolito llegado de las estrellas que parecen tan cercanas en el cielo nocturno. La descripción de sus sensaciones al despertar sobre “la curva espalda del planeta”, su hallazgo, la conciencia de que el mundo no es más que una nave, un vehículo análogo al suyo con el que la humanidad atraviesa el espacio, anticipa aquellos otros planetas del Principito, diminutos y habitados en solitario por estrambóticos personajes.

Novelista y poeta, cuando Saint Exupery describe la grandiosidad del desierto, la belleza de cambiar la perspectiva del mundo a la del punto de vista del aviador, la poesía de los vuelos nocturnos constelados de estrellas o la alegría de los encuentros fortuitos con sus camaradas en cualquier aeródromo del mundo, el escritor logra transmitir la original filosofía personal que fue elaborando en su corta y agitada vida, de la que el Principito sólo es una pequeña muestra. 

Tres libros que se pueden leer en cualquier orden y que siempre serán un viaje estimulante por un mundo visto desde arriba por un piloto y desde adentro por un poeta.