sábado, 1 de agosto de 2020

El humor y la literatura de Alejandro Dolina

por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:
https://www.culturamas.es/2020/05/24/el-humor-y-la-literatura-de-alejandro-dolina/

Alejandro Dolina es famoso en Argentina y el mundo de habla hispana por talentos que exceden lo literario. Escritor pero también músico, actor, humorista y, sobre todo, pensador originalísimo, como pocos Dolina ha tenido el privilegio de crear su propio género.

Dolina debutó con su propio programa radial Demasiado tarde para lágrimas en 1985 junto a otro gigante del humor argentino: Adolfo Castelo. Junto a Dolina, Castelo popularizó un tipo de humor diferente al que los argentinos estaban acostumbrados. Un humor inteligente que tenía que ver con lo insólito, lo irreverente, lo surrealista, lo irónico y con otra mirada desde la cual ver la realidad. Dolina se cristalizó como un artista cuyo espacio natural era y es la radio. Durante décadas sus programas nocturnos, que comenzaban invariablemente a la medianoche, coparon más de la mitad del encendido total de las radiodifusoras en Argentina. Este suceso y la naturaleza de su trabajo hacen de sus creaciones radiales un fenómeno único.

Se sabe, grandes artistas han sido subestimados por su vinculación con el humor. Por ejemplo Mark Twain. Su obra y su valía como escritor, a pesar de popular, no fue reconocida sino por las generaciones que lo sucedieron. Hoy en día referencia obligada de la literatura norteamericana, Twain no fue en su época considerado más que como humorista. Su vinculación con el humor y, tal vez, con el arte popular, le evitaron entrar en el parnaso de la literatura americana de sus días.

A mi juicio ocurre con Alejandro Dolina un fenómeno análogo al de Twain. Su identificación con el humor irreverente que ya dejó su marca en la historia de la radiofonía, su carácter de artista popular y masivo, su inclasificable talento, lo han marginado de ser considerado un escritor serio. A despecho de la enorme cantidad de premios con los que ha sido reconocido en sus múltiples facetas, de su convocatoria popular que no declina con los años, el Dolina escritor no ha tenido el reconocimiento que se merece por su aporte a la cultura.

El mundo literario de Dolina comienza, inconfundiblemente, en el de su admirado Jorge Luis Borges. Pero aunque la influencia borgeana es evidente en la literatura de Dolina, un punto de partida no significa un camino. Como Schopenhauer es impensable sin Kant, Dolina lo es sin Borges; pero como en el pensador alemán, su obra no tiene menos mérito por su deuda. El humor que Borges ocultaba para la intimidad Dolina lo hace uno de los protagonistas explícitos de su obra. Sin embargo, aunque en una primera mirada superficial pueda confundirse este elemento con el eje central de sus textos, abundando en las lecturas advertiremos que otros aspectos, más oscuros y tortuosos, tienen tanta o más importancia que el humor.

El conjunto de personajes que el artista crea en un fantaseado barrio de Flores: Manuel Mandeb, el polígrafo de Flores; Jorge Allen, poeta romántico y melancólico; el pintoresco músico Yves Castagnino; transitan esas calles nacidas de la fastuosa fantasía de Dolina que se nutre de su propios recuerdos de juventud, pero también de su amor por la mitología y las superstición, la historia, la literatura; y atraviesan ese escenario no como marionetas dispuestas a hacer reír al lector, sino como personajes melancólicos que si son graciosos es a pesar de ellos mismos.

El universo del barrio de Flores está cruzado por esta variada fauna de personajes que el lector reconoce con placer en cada reencuentro, quienes establecen relaciones entre ellos y con las múltiples organizaciones, instituciones y personajes mitológicos del barrio. Así se da noticias de la existencia del Ángel Gris, quien tiene la idea de que es positivo obsequiar a sus beneficiados con tristezas; de los Refutadores de Leyendas, suerte de positivistas de nuevo cuño empeñados en dar respuesta a todo en base a la pura racionalidad; de los Hombres Sensibles, los Vendedores de Elixires, los Brujos de Chiclana o las murgas mucha veces funestas y cientos de elementos que juegan en este universo compuesto de fantasía, evocaciones a un mundo que vivieron los nacidos por el año ´40 (tranvías, bailongos, billares, vigilantes, señores de sombrero) y referencias literarias e históricas para quien se quiera entretener en descubrirlas.

Este entrañable mundo dolinesco tiene a pesar de su apariencia chusca (como diría Dolina) el trasfondo tortuoso de un código moral muy particular. Tras las desventuras surrealistas de sus personajes pervive un sustrato que bordea el existencialismo y que poco tiene de humorístico. Al final del ensayo Fuentes de la juventud, perteneciente a El libro del fantasma, Dolina concluye:

“Dejo para el final el obvio resultado de haber bebido de las fuentes de la verdad: nunca seremos más jóvenes que hoy; jamás volveremos a ver a nuestros muertos; el tiempo no retrocede; el amor perfecto no existe; hay un verso que está siempre a punto de revelársenos y que no escribiremos nunca. Para los hombres de verdad, este no es el final de sus sueños, sino más bien el principio”.

Es difícil pensar en una minúscula intensión de hacer reír con un texto como éste.

Dolina configura una verdadera épica (o ética, como se prefiera) con elementos recurrentes: el amor imposible o la novia pérdida; la amistad como valor imperturbable; la tristeza y la melancolía, como estados más deseables que la grosera felicidad; la poesía o la superstición preferibles a la racionalidad; la tristeza y la angustia como condiciones del arte; la poética del renunciamiento y hasta del fracaso contrapuesta al vacío del éxito efímero. Cómo éstas, se pueden rastrear en lo textos de Dolina ideas de cuño personalísimo, contrapuestas a muchas de las que el mundo contemporáneo, con su héroes y heroínas bellos y superficiales, con su epopeya del materialismo como meta, utiliza para modelar nuestro imaginario consumista. Algunas ideas son esbozadas como un chiste, otras son explícitas. ¿Convicciones íntimas del autor o mero simbolismo? Cómo sea, configuradoras de un universo original donde las reglas no son las rígidas de este mundo, ni los premios los imaginados por los buscadores del éxito.

Sería deseable que Dolina no tuviese que esperar la posteridad para recibir no sólo el reconocimiento popular, con la amorosa paciencia con que en cada show espera hasta que su último fan se saque una selfie con él (lo he visto); sino que por fin se ubique su obra literaria codo a codo con la de otros escritores “serios” de nuestro país, como el propio Borges, su alter ego Bioy Casares, Cortazar, Arlt y otros indiscutidos. ¿Será mucho pedir? No lo creo.  


Arrancad las semillas, fusilad a los niños, de Kenzaburo Oé

por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revistas CULTURAMAS de España.
El link:
https://www.culturamas.es/2020/07/02/arrancad-las-semillas-o-fusilad-a-los-ninos-de-kenzaburo-oe/

Arrancad las semillas… cuenta la historia de un grupo de niños y pre-adolescentes internados en un reformatorio japonés, que por la amenaza americana durante la segunda guerra mundial, son trasladados dentro de Japón a un pueblo en las montañas. Del grupo se destacan el narrador en primera persona, su pequeño hermano, llevado al reformatorio por su padre porque ya no podía cuidar de él; y Minami, alter ego del protagonista y consuetudinario homosexual perdidamente enamorado de los cadetes del ejército japonés.
Desde el comienzo de la novela Oé se encarga de tejer alrededor del grupo de niños una suerte de destino en el que son perpetuamente presos, por más que se trasladen a cielo abierto con la sola presencia de un celador. En todo el camino a su objetivo, un lejano pueblo aislado, el grupo está rodeado de un escenario continuo de amenaza. Los campesinos, las patrullas del ejército que persiguen por el bosque a un desertor, todos los rechazan y, de intentar escapar, como Minami y otro compañero, los persiguen y los castigan sin piedad. No hay, aún sin existir muros o celdas, adonde escapar.
Entremedio de todo esto se destaca el talento de Oé, que describe con ojos y prosa de poeta la contradictoria foresta del Japón, donde convive, como decía Blazco Ibañez, la exuberancia vegetal de una selva, con el inclemente frío de la montaña, que congela a la aurora el agua de los baldes con los que los niños lavan sus rostros tiznados.
Cuando por fin llegan al pueblo, aislado en las gélidas montañas y al que sólo se puede acceder a través de un puente, el ambiente se pone aún más denso. De a poco se revela que la pequeña aldea está amenazada por una supuesta epidemia (los niños son obligados a enterrar a los animales infectados). Finalmente, los habitantes, en la muestra de una antigua costumbre nipona, abandonan el pueblo y clausuran el puente, dejando a los niños librados a su suerte.
Aquí empieza otro libro. El comienzo de la novela no es más que una introducción para hacer plausible este aislamiento. En esta época que el COVID-19 ha inaugurado, el hecho de que el eje central del argumento pase por la temática del aislamiento motivado por una epidemia, actualiza violentamente este relato publicado en 1958 y lo arroja con nueva dinámica e interés a los lectores.
Existen muchos ejemplos en la literatura y el cine de la fantasía de un grupo o un individuo aislado en un medio extraño: una isla desierta (Robinson Crusoe, El señor de las moscas), una ciudad post-nuclear, una selva, un desierto. En este caso los niños, que abandonados y encerrados logran escapar, eligen cada uno una de las casas abandonadas, fuerzan las puertas y se convierten de a poco en una proto-sociedad formada por delincuentes juveniles, una niña abandonada que vive durante días junto al cadáver de su madre, y un niño coreano de una aldea vecina y que esconde en su casa al soldado desertor.
En este escenario insólito, surge inesperadamente la solidaridad, el ingenio, la aventura de la cacería para subsistir, y el amor entre el protagonista y la niña abandonada. Hasta el sexo, entre el protagonista y la niña, y entre el protagonista y el soldado desertor, tiene un lugar en la historia; actuando como desesperada afirmación de la vida en un contexto desolador y terminal. Con mecanismos surgidos de la propia dinámica del intercambio entre los protagonistas (está el líder, el fuerte, el soñador, el cobarde) se construye esta sociedad experimental formada por niños (un poco a lo Goldwin); que tiene algo de utópica.
El regreso de los campesinos romperá esta burbuja en la que circuló, por el acotado tiempo del aislamiento, una sensación parecida a la felicidad. Los actos de los niños se condenarán, el soldado desertor será atrapado y asesinado, y el protagonista, único que se resistirá a pactar un silencio cómplice que no condene al alcalde  y a los campesinos que los habían abandonado en la aldea, será desterrado. Sólo para terminar perseguido en la foresta, acorralado como un fiera salvaje, preso de un destino del que nunca pudo escapar.
«Arrancad la semillas, fusilad a los niños» es el libro de un novelista pero también de un poeta. Lleno de profundas metáforas (como cuando el niño coreano dibuja el ideograma de su propio nombre sobre la tierra apisonada que cubre la tumba de su padre), nos lleva a un país real, pero que entre sus nieblas heladas y sus bosques profundos y amenazadores crea un ambiente de irrealidad. Los personajes, el escenario, el papel que juegan entre ellos, son además pacientes símbolos de una estructura que simula un mundo que comenta con sutileza oriental las taras y los horrores del nuestro.

miércoles, 5 de febrero de 2020

viernes, 31 de enero de 2020