martes, 10 de noviembre de 2020

‘Desertores’, de Charles Glass

 por Andrés G. Muglia

Publicado en revista CULTURAMAS de España.

Link: https://www.culturamas.es/2020/09/18/desertores-de-charles-glass/

Durante siglos la literatura, pero también las artes plásticas y después el cine, han difundido relatos, historias y leyendas de héroes. Hombres valientes que, poco menos que semidioses estoicos ante las más variadas amenazas, sobrellevan todos los peligros por una u otra razón: el amor, la patria o el gusto por la adrenalina. Y si cronológicamente Ulises no es el más remoto ejemplo de este género de historias, sí es uno bueno para demostrar que los relatos de gestas heroicas son constitutivos de cualquier cultura. Esta glorificación habilita una demoledora lógica maniquea: un hombre valeroso es digno de destacar y admirar, uno cobarde de sufrir el escarnio y el desprecio.

Noveladas, exageradas, utilizadas como ejemplo o parábolas, las historias de aventuras han sobrevivido siglo tras siglo exaltando un estereotipo de hombre (porque casi todos estos relatos los tienen como protagonistas) macho, audaz, que arriesga todo por una causa noble. Y ese estereotipo encarna su imaginario en la figura de un personaje rudo, de pocas palabras, hombros anchos, mirada desafiante y personalidad rebelde. El cine siguió rizando el rizo hasta el hartazgo, llenando el horizonte simbólico de occidente de figurines difíciles de creer.

Pero qué sucede con los otros, los cobardes, los que prefieren retroceder, servir para otra batalla, renunciar (como la lógica y Natura indica) a una muerte segura. Son dejados al costado de la historia o en el mejor de los casos, recordados como ejemplos negativos, a veces como villanos. El cobarde no tiene lugar en la historia de ningún país, nación o raza, más que como contrapunto o contraste que magnifique la figura de héroe.

Charles Glass es un periodista nacido en Los Ángeles que sabe bastante de valientes y cobardes, pues fue corresponsal de guerra en numerosas ocasiones. Jefe de corresponsales para la cadena ABS en medio oriente, ha escrito para medios como Newsweek y The Observer. En su larga trayectoria se ha especializado en temas relacionados con la Segunda Guerra Mundial y la región del oriente medio. Glass es una voz más que autorizada para hablar de aquellos otros, los dejados a un lado de la historia y la cultura, los cobardes, los olvidados.

Pero en Desertores Glass se encarga prolijamente de dejar en claro una cosa: muchos de los supuestos cobardes no son otra cosa que enfermos quebrados por una patología que hasta después de la Segunda Guerra Mundial no tenía ni siquiera algo cercano a una categoría clínica que la definiera: el síndrome de estrés postraumático. 

Aunque este trastorno era conocido desde hacía siglos, lo que en la Primera Guerra, con sus eternos días de temerosa e insoportable expectación entre una trinchera y otra se conocía simplemente como fatiga de combate o shell shock, y en el peor de los casos como lisa y llana cobardía, no obtuvo un estudio serio por parte de la psiquiatría  hasta después de la guerra de Vietnam, y recién tuvo una definición concreta como patología en el Manual de diagnóstico y estadística de trastornos mentales tercera edición (DSM-III) del año 1980.

Lo que hoy en día es un diagnóstico aplicado a trastornos de pacientes que no necesariamente han tenido la mala fortuna de pasar por una guerra, y que sirvió para tratar a excombatientes de las numerosas conflagraciones con que nos obsequiaría el siglo XX (134 desde la Guerra Bóer de 1899 hasta la Segunda Guerra Civil de Liberia en 1999) es el eje del libro de Glass; la llave que le sirve para explicar y desentrañar los fascinantes destinos que debela Desertores.

Glass cuenta en la historia de Jonh Blain, soldado británico destinado durante la Segunda Guerra a la mítica batalla de El Alamein, o de Steve Weiss, norteamericano que participó en la invasión de Italia, el destino de miles de hombres que tuvieron un click en su cabeza después de atravesar los horrores más indecibles. Blain describe sus experiencias en combate en el libro Remembering Alamein: 

Y el peor sonido, en una batalla,
El que todavía oigo,
La voz de los camaradas
Gritando de terror y agonía.

Luego de que una ráfaga de ametralladora alcanzara al sargento de su compañía, diez años mayor que él, anota: “Escuchar su voz sollozando y, en realidad, llamando a su madre fue tan… no sé, humillante… Sentí una turbación que ni siquiera ahora puedo comprender del todo, porque lo habían reducido a un bebé”.

Blain escapa finalmente, incapaz de seguir viviendo dentro del horror, es capturado y llevado a una cárcel para desertores en el norte de África y sometido a otros espantos nuevos por parte de su propio ejército. Weiss sufre una suerte análoga, deserta con cinco compañeros en medio de los intensos y sangrientos combates contra un ejército alemán que se niega a ceder los terrenos de su aliado italiano; también es apresado y juzgado sin tener en cuenta su patología. Ambos sufrieron sin embargo mejor suerte que Eddie Slovik, soldado estadounidense que fue el último ejecutado por el ejército de EE.UU. al ser encontrado culpable de deserción. Slovik fue fusilado en enero de 1945.

En la historia de Blain, de Weiss y de Slovik; Charles Glass cuenta el destino de los cientos de miles que lucharon y luego desertaron del espanto injustificable de la guerra. Entremedio de su relato, exhaustivamente documentado pero lleno de la calidez de los testimonios de quienes estuvieron en la línea de fuego, Glass se las arregla para hacer una acuarela veraz y palpitante de esa guerra: su confusión, contradicciones, injusticias y su fundamental locura. Locura que no permite que una pulsión lógica y esencial como es la conservación de la propia vida tenga lugar.

El novelista norteamericano Joseph Heller se asoma en su brillante Trampa 22 a la descomunal paradoja de toda guerra. Con inteligencia, con humor, con brutal ironía, Heller presenta al lector la desnuda contradicción entre lógica y locura que implica someterse voluntariamente al peligro del frente de combate. Por su parte Glass hace su aporte a ese mismo eje, con un registro periodístico y documentado que describe, además, los engranajes con los que el sistema repelía a los que desertaban, ni siquiera por voluntad o por lógica, sino por la mera patología que el frente les había obsequiado: el estrés postraumático. Tanto la obra de Heller como la de Glass cumplen en erosionar, aunque sea un poco, el mito de ese héroe inhumano que ha abonado, desde los tiempos en que las aventuras se transmitían boca a boca, tantos campos de batalla.


martes, 1 de septiembre de 2020

‘El resplandor’, de Stephen King

 Andrés G. Muglia


Publicado en revista CULTURAMAS de España:


¿Qué se puede decir de Stephen King que ya no se haya dicho? Autor tan mimado por la cultura popular como denostado por los críticos, auténtica fábrica humana de best sellers, producto y productor de la cultura estadounidense, creador incansable de personajes, escenarios y situaciones de suspenso, terror y fantasía que ya han quedado imbricados en nuestro imaginario como clichés revisitados una y otra vez por escritores, realizadores cinematográficos y lisos y llanos fans.

El resplandor es su tercera novela publicada en 1977. A pesar de que las ediciones de sus novelas anteriores Carrie y El misterio de Salem’s Lot habían sido éxito de ventas en sus ediciones de bolsillo, El resplandor tendría una trascendencia todavía mayor por su éxito en la adaptación cinematográfica de Stanley Kubrick con un inolvidable Jack Nicholson como protagonista. 

Tratando de buscar un escenario diferente al de sus dos primeras novelas que transcurrían o hacían referencia a su Maine natal, King viajó con su familia al estado de Colorado. En medio de ese viaje realizó una escapada romántica con su esposa Tabitha al hotel Stanley, antiguo resort lindante a las Rocallosas. Quiso la casualidad que la pareja llegara justo la noche anterior al cierre de la temporada y que el hotel, con su largos pasillos cuya construcción había escapado apenas por nueve años al siglo XIX, estuviera casi vacío. El matrimonio tuvo que cenar a solas en el desmesurado comedor, mientras escuchaba música grabada que resonaba siniestramente en los corredores. 

En medio de la noche, King se despertó sobresaltado por un pesadilla en la cama que compartían con Tabitha en la habitación 217. Había soñado que su hijo de tres años corría y gritaba desesperadamente por los pasillos del hotel mientras una diabólica manguera para incendios lo perseguía. Mientras fumaba silenciosamente observando a través de la ventana el perfil nevado y alucinante de las montañas, King concibió de un tirón todo el argumento del El resplandor. 

El escenario de la novela es el hotel Overlook, copia fiel del verídico Stanley. Este hotel, paraíso de temporada de la clase alta norteamericana, queda aislado por la nieve durante la temporada invernal. Jack Torrance, un escritor fracasado y alcohólico que ha sido despedido de su trabajo como profesor universitario por golpear a un alumno, llega al hotel en carácter de cuidador invernal con su familia: su mujer Wendy y su hijo Danny de cinco años. El aislamiento que le proporcionará el hotel es su oportunidad para desengancharse definitivamente del alcoholismo y de lograr superar su bloqueo de escritor que le impide concluir una obra de teatro en la que tiene puestas grandes esperanzas. 

Pero Jack no llega a este aislamiento voluntario en la mejor condición. Al borde del divorcio por un incidente en que le rompió un brazo al pequeño Danny y después de un accidente automovilístico junto a un compañero de juerga, donde borrachos mataron a un ciclista, el atribulado Jack no sabe a ciencia cierta si el tiempo que se prefigura será una cura para él y su familia o una condena. 

Sin embargo Jack es solo uno de los ejes de la trama, el otro es el pequeño Danny, que esplende. ¿Y qué es eso? Danny tiene, como lo describe el cocinero del Overlook, Dick Hallorann (que también esplende), un resplandor, es decir la capacidad de leer el pensamiento y de comunicarse a través de él, pero no solamente eso, también puede predecir el futuro y entrar en contacto con ¿almas? ¿fantasmas? ¿espíritus errantes?, en fin, todo el combo de las historias de terror gótico de las que King es heredero, entre otras cosas. 

Hallorann advertirá cuando conozca a Danny que está frente a un verdadero fenómeno. Le pide que no se acerque a ciertos lugares del hotel, como el patio de juegos para niños o la habitación 217 y que si necesita ayuda le envié un pedido de auxilio (telepático naturalmente) y él vendrá a rescatarlo. 

Porque el Overlook es el tercer eje de la novela, un verdadero protagonista, en el sentido que un ser viviente puede tomar un rol protagónico en una novela. El Overlook está, como cualquier hotel centenario, lleno de historias. Pero las suyas no han quedado como anécdotas en la memoria de quienes las vivieran, o en algún recorte de vida social publicado en el periódico local, sino que se actualizan todo el tiempo en sus pasillos y habitaciones; reviviendo con siniestra vitalidad en momentos en que el edificio queda cercado por la nieve y la familia Torrance no tienen modo de escaparse de él.

Y esa escena rezuman historias truculentas. Las muerta de la habitación 217, que flota en la bañera esperando que algún incauto que esplenda entre a perturbar su descanso para perseguirlo. Los mafiosos asesinados brutalmente en la suite presidencial. La fiesta de fin de año que resuena por los pasillos nocturnos del hotel, mientras el ascensor sube y baja sin parar lleno de voces etílicas y fantasmales que ríen y cantan. Los setos del jardín recortados con formas de animales que ¿parecen? moverse cuando nadie los mira.

Danny, con sus poderes extrasensoriales, es el primer acosado por el hotel. La escena en que la manguera de bomberos lo persigue quedará en los anales de la literatura. Una danza, un juego de escondidas entre el escritor, el personaje y el lector. Porque la manguera nunca se mueve, o quizás sí, o quizás sea solo la sugestión de Danny (¿o la del lector?), con sus temores de niño de cinco años. Más tarde será Jack la víctima del Overlook, que parece saber que es el más débil e influenciable de los tres y usa su debilidad para transformarlo en herramienta, en un autómata que sea el brazo armado en contra de su propia familia.

Desde un principio la amenaza del Overlook se cierne sobre la familia Torrance. Hasta da algo de pena cuando ese globo de tensión explota y por fin hacen aparición los fantasmas que se sugerían hasta mitad de la novela. La obra se vuelve menos sutil pero, en fin, de algún modo debe precipitar los acontecimientos. ¡Y de qué manera! Con un final a toda orquesta con el cocinero Halloran llegando al hotel aislado con toda la fanfarria heroica de la caballería, Jack Torrance persiguiendo a su familia con un palo de Rocket, y el Overlook aullando por cobrarse nuevas víctimas. 

Íntimo y sutil al principio, desaforado al final, un libro que, pese a best seller (y lo digo como si fuera un pecado en lugar de una virtud) está lleno de muestras del talento de un artista que es referencia en su género.



‘KON-TIKI’, de Thor Heyerdahl

 por Andrés G. Muglia


Publicado en revista CULTURAMAS de España:


Estoy muy solo triste, acá,
En este mundo abandonado,
Tengo la idea la de irme
Al lugar que yo más quiera.

Me falta algo para ir,
Pues caminando yo no puedo.
Construiré una balsa
Y me iré a naufragar.

Tengo que conseguir mucha madera,
Tengo que conseguir, de donde sea.
Y cuando mi balsa esté lista
Partiré hacia la locura
Con mi balsa yo me iré a naufragar.

Litto Nebbia, LA BALSA.


Kon Tiki es uno de esos libros que se dejan leer bien por todas las generaciones, especialmente por la gente joven a quien todavía no se le oxidaron los sueños y los impulsos románticos.

Thor Heyerdahl podría ser llamado con la misma justicia investigador, lo mismo que aventurero o escritor. En el año 1938 Heyerdahl, que realizaba estudios en zoología, viajó a la Polinesia a recoger muestras. Allí vivió un año y conoció la cultura que se repite de una isla a otra del extendido archipiélago. Se preguntó, como muchos otros, de dónde habían llegado los antepasados de los indígenas que poblaban las islas. Tal fue su interés, que dejó la zoología y se dedicó a la investigación de estos pueblos y los de la costa de América, para arribar a la conclusión de que ambas culturas tenían un origen común. El punto de contacto: el dios Tiki, que halló repetido en la cultura incaica y la polinesia.

En 1941 publicó su teoría que fue recibida con escepticismo. Decidió llevar a cabo un viaje que probara que la migración que proponía en su teoría podía llevarse a la práctica con la primitiva tecnología de los pobladores originarios del Perú. Después de alistarse como voluntario en el ejército Noruego durante la Segunda Guerra, Heyerdahl cristalizó su anhelo en 1947.

La expedición, formada por seis miembros de los cuales sólo uno tenía experiencia como marino, se dirigió a Sudamérica. En los bosques de Ecuador se proveyeron de nueve troncos de madera de balsa, los llevaron al Perú y en el puerto de Callao los unieron con cuerdas vegetales de cáñamo formando una balsa; después les pusieron encima una vela cuadrada, una cabaña en la que podía dormir la tripulación (apretada), y un primitivo timón. Con los pertrechos necesarios para un viaje de cuatro meses (y un loro), se hicieron a la mar. Kon Tiki es pues la narración de un viaje de cuatro mil millas a través del Pacífico a bordo de una balsa, cuya entusiasta tripulación sabía poco y nada del arte de la navegación.

Naturalmente las peripecias surgen en un viaje como este, donde el simple hecho de viajar al ras de las olas y con la sola asistencia de la corriente marina y los célebres vientos alisios, hacen de su tránsito algo muy diferente a estar en la cubierta de un barco, a metros de la superficie e impulsados por un motor. Prácticamente los tripulantes se vieron obligados a convivir con la flora y fauna marina que se subía a la balsa con cada ola.

La prosa de Heyerdahl es correcta pero llana, sin brillantez. Uno piensa lo que podría haber hecho un auténtico escritor con un material como este. Sin embargo el libro es interesante, porque narra el intercambio único de los improvisados marinos con un contexto que les era casi desconocido y con un medio de transporte del que tenían todo por descubrir, ya que existía demasiada información sobre el pilotaje de este tipo de embarcación. Por ejemplo, en una balsa es imposible dar la vuelta para recoger algo que ha caído al mar, ésta seguirá la corriente de modo inexorable. Por tanto, los tripulantes debían tener especial cuidado de no caer de la balsa o de realizar inmersiones siempre controladas. Como último recurso arrastraban una larga cuerda atada a la popa. Quien cayera imprevistamente al mar dependía de su destreza para alcanzar ese fino hilo que lo unía a la balsa (y a la vida).

Así de precarios eran todos los recursos orientados a garantizar la seguridad de la tripulación. La lógica de llevar un barco de asistencia a prudente distancia por si la balsa se hundía jamás paso por la mente de Heyerdahl, que apenas si confió en un radio de onda corta para unirlos con la civilización en un eventual SOS. El efecto que esto pudiese tener en una situación de real emergencia era más psicológico que práctico. Es evidente que la racionalidad no gobierna las grandes empresas como esta. Tal vez asistido por este principio, el narrador cuenta cómo él y el resto de los tripulantes dedicaban los días en alta mar a pescar tiburones de tres metros subiéndolos vivos a la embarcación, o a tratar de arponear a un tiburón ballena cuyo largo superaba la eslora de la balsa.

Se diría que de algún modo Kon Tiki es la historia de seis locos lindos con una suerte providencial. Sino no se explica cómo pudieron llegar a puerto (o más bien a chocar con arrecifes de coral) en noventa y siete días sin ninguna baja ni accidente digno de mención. Heyerdahl no pudo convencer a la comunidad científica de su teoría con la prueba irrefutable que suponía su experiencia a bordo de la balsa Kon Tiki. Sin embargo se haría célebre en el mundo por su aventura.

Un libro que narra una experiencia única. La de cinco soñadores que tratan de ayudar a un sexto a demostrar una teoría que, en última instancia, se empequeñece en comparación con el recurso para demostrarla. La narración refleja bien este viaje en estrecho contacto con la naturaleza, en permanente peligro de estos náufragos voluntarios, cuyo jefe parece minimizar los riesgos que tomaron y se enfoca en describir la magia de interactuar de un modo tan pleno con un medio terrible (porque también navegaron a través de tormentas), y maravilloso (nadar con delfines, ser iluminados en medio de la noche por plancton fosforescente, capturar peces nunca antes vistos). ¿Habrá Heyerdahl reeditado en sus posteriores aventuras, que fueron varias, esta sensación de plenitud que parece transmitir Kon Tiki? Es imposible saberlo, pero al menos no se quedó pensando, como Apsley Cherry-Garrard con la Antártida, en un solo y mismo viaje durante el resto de su vida.


Borges y Bioy Casares en ‘El sueño de los héroes’

por Andrés G. Muglia


Publicado en revista CULTURAMAS de España:

https://www.culturamas.es/2020/08/24/borges-y-bioy-casares-en-el-sueno-de-los-heroes/

Es fascinante cómo se puede revelar la amistad entre dos escritores a través de su literatura. Y esto se verifica, sobre todo, en los textos de Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Motivó este apunte la lectura de la novela de Adolfo Bioy Casares El sueño de los héroes, donde encontré numerosas “resonancias borgeanas”. Es de todos conocida la larga amistad de los dos escritores, que cenaban juntos todos los días y escribieron en colaboración bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq. Esta amistad, que por despareja en el terreno de la edad (Bioy Casares era mucho más joven) uno se siente tentado a llamar paternidad, se trasluce en el terreno literario. Hay como giros de Borges en los textos de Bioy Casares. Una cierta arquitectura del  o la elección de ciertos adjetivos que se entrevé compartida entre ambos.

Sin embargo, el estilo de Bioy Casares es más vital, y por eso sus textos en comparación con los de Borges parecen más «desprolijos», como si fuesen borradores de una escritura que en un futuro y luego de correcciones y omisiones de los superficial y lo contingente pudiese convertirse en otra literatura, precisamente la de Borges.

Los dos comparten también el gusto por la tragedia y por la valentía; o por la búsqueda de esa valentía por parte de sus personajes. Preocupación de muchos escritores del siglo XX (verbigracia Hemingway). Gauna, el personaje principal de El sueño de los héroes duda todo el tiempo sobre si es un valiente o un cobarde. Quizás ese tema, que no preocupa demasiado al hombre contemporáneo, fuera central en una época donde cualquier maestro, albañil o ciudadano común, pudiese convertirse en un instante en soldado u oficial en el frente europeo de la primera o la segunda guerra mundial.

Otro elemento que los dos explotan es cierto tono burlón, que sin llegar a ser humorístico se relaciona con una mirada irónica e inteligente (ironía e inteligencia se implican mutuamente) de la vida. Y ese tono aligera en muchos tramos de su literatura la tragedia o la angustia que viven los personajes tanto de Bioy Casares como de Borges. Dicen que Silvina Ocampo, esposa de Bioy Casares, refería que cuando estaban juntos los dos autores se tornaban insoportables; precisamente porque se comportaban como adolescentes bromistas. Dicen también que la noche en que los dos escritores se conocieron en la famosa casa de Victoria Ocampo, fue tal la empatía que sintió el uno por el otro que pasaron toda la noche charlando entre ellos sin prestar atención a los demás. Lo cual motivó que Victoria se acercara y los espetara: «No sean mierdas y hablen con el invitado»; que por aquel entonces era, si mal no recuerdo, Graham Greene.

Pero, y a pesar de que la literatura de Bioy Casares se ha visto muchas veces en la desventajosa posición de describirse como una obra «a la sombra de» la de Borges, puede decirse a su favor que es más efectivo que su amigo a la hora de construir personajes veraces. Y aunque esto se ve viciado de valoración personal y de gusto, esa literatura de Borges estilísticamente perfecta, deslumbrante de erudición e inteligencia, se ve penalizada a la hora de dar carnadura a sus personajes. Estos son más que personas simuladas, elementos para una alegoría mayor, aquella que se desprende de todos o casi todos los textos de Borges. Dos guapos batiéndose a cuchillo en la madrugada de los arrabales porteños, Cruz poniéndose del lado de su perseguido Martín Fierro en otra madrugada campera, no son más que elementos de una trama superior, de un ensamble literario parecido a la perfección, que los implica. Quizás en ese sentido no pueda hacerse más por ellos, si se profundizara en sus personalidades se perdería el tono general de lo que Borges buscaba: hablar de los grandes temas de la existencia y la filosofía a través de la literatura. En este sentido Bioy Casares parece más «libre» para construir sus personajes, para darle veracidad de existencia, de probabilidad; para apuntalarlos de detalles y hacerlos creíbles al lector. Gauna, el Dr. Valerga, son personajes ficticios que pueden haber deambulado por la noche de los carnavales de 1927. Es verosímil su existencia, y en el caso de Gauna su angustia.

Bioy Casares sí emprende una aventura a la que Borges nunca se asomó. La novela. El sueño de los héroes es una novela corta, aunque también puede tomarse por un cuento largo; tal como la Invención de Morel. Es evidente que la arquitectura de El sueño… no puede desarrollarse en un espacio breve como el de un cuento, necesita el aire de una novela corta, pero naufragaría en una de largo aliento. Casares escribe, sino con concisión, porque su escritura es de frases largas y se atarea muchas veces en consideraciones y descripciones que no hacen a la esencia de lo narrado (aunque  tienen un encanto inconfundible y configuran una parte interesante de su estilo); sí se constriñe en redactar capítulos cortos; a veces de una única página. El sueño… es en tal sentido una novela absolutamente moderna, que mantiene la atención con este ritmo rápido de los capítulos que se suceden, muchas veces cambiando repentinamente el escenario para dar una pincelada específica sobre tal o cual sensación del protagonista en un momento determinado.

Si bien el riguroso estilo de Borges no hubiese consentido personajes con nombres como el Brujo Taboada o Gomina Maidana, que desarrollan sus destinos ficticios en el El sueño…, y cuyos apodos, por risibles, más se acercan a personajes que pudo haber imaginado Alejandro Dolina; ni tampoco ciertas libertades que se toma Bioy Casares que a veces emparentan el texto con lo coloquial; sí se encuentran, como perlas engarzadas en un tejido basto, estas pequeñas joyas con destellos borgeanos (pido perdón por la recargada metáfora). «Tuvo un secreto placer en contrariarse»; «Antúnez estaba muy nervioso, muy alagado, muy asustado»; «Se encontró, desde luego, muy solo». Es difícil precisar qué parte de esas frases suena a Borges, el estilo de un autor es una suma de cosas definidas que se tornan difusas en el conjunto. Armonizando con otros elementos extra borgeanos, encontramos estas pequeñas obritas de arte, como figuritas adorables danzando en un paisaje laboriosamente elaborado para que ellas se destaquen.

Puede parecer antipático juzgar a un autor a la luz de sus influencias. Sin embargo, Borges mismo vivió refiriendo las propias, y sus recomendaciones y simpatías literarias son un buen camino para introducirse en el mundo de la literatura; si bien el mapa que Borges ofrece tiene mucho de anglosajón.

La controvertida María Kodama tuvo el exceso de describir a Bioy Casares como el «Salieri de Borges». Borges por su lado, comentó en algún momento en una entrevista que, al inicio de su amistad de cincuenta y seis años con Bioy Casares, Bioy era el maestro. Ni una cosa ni la otra; Kodama pecó por atrevida (y SADE la condenó en un acto de desagravio), y Borges elaboró seguramente una broma parecida a la humildad que lo ponía a él por debajo de su amigo. ¿Podemos pensar en una impostura tal que pusiera a Borges como secreto Salieri de Bioy Casares? Lo dudo, pero si fuera cierto, sería uno de los últimos y más perfectos chistes de dos brillantes bromistas.

viernes, 14 de agosto de 2020

El mundo como voluntad y representación, de Arthur Schopenhauer

por Andrés G. Muglia


Publicado en revista CULTURAMAS de España:

https://www.culturamas.es/2020/07/29/el-mundo-como-voluntad-y-representacion-de-arthur-schopenhauer/

Arthur Schopenhauer es una curiosidad en el mundo de la filosofía, un outsider, aunque involuntario, del sistema. Alguien que fue reconocido en vida por una obra menor como Panerga y paralipómena (un volúmen de pensamientos y aforismos mucho más accesible que el árido El mundo…) y a quien se reconoció como pensador influyente mucho después de su muerte.

Schopenhauer es un personaje atractivo. Misógino, declarado enemigo de Hegel y su filosofía. Inauguró una cátedra de filosofía en la misma universidad y mismo día y horario en que el ya célebre Hegel dictaba clases, el epílogo predecible es que nadie se anotó en sus clases y tuvo que renunciar a su cátedra. Brillante hombre ilustrado, conocedor profundo de las más diversas temáticas, amigo de Gohete, enemigo de los hombres y amante de los perros.

Muchos dicen que, además de filósofo original, el atractivo de Schopenhauer es que era un gran escritor. Es indudable que El Mundo como Voluntad y Representación se lee sin tropiezos porque Schopenhauer ponía especial cuidado en ser claro en la redacción de sus ideas y conceptos. No encontraremos aquí el fárrago dialéctico que el autor criticaba tanto a Hegel. La ideas se expresan con prístina claridad, aunque, claro está, siempre estamos hablando de un texto de filosofía, que exige más esfuerzo y atención que otra clase de textos.

Antes de iniciar la lectura de El Mundo como Voluntad y Representación conviene haber leído a Kant. Aunque no imprescindible, esta lectura dará otra dimensión al texto de Schopenhauer, que se afirma sobre las ideas de este otro gran pensador alemán, aunque lo rebata y critique en algunos aspectos. Del mismo modo, las ideas de Hume, Locke, Berkeley y Platón (otro gran admirado por Schopenhauer) son sino imprescindibles, si enriquecedoras para entender de dónde viene y hacia dónde va el pensamiento de Schopenhauer.

El gran interrogante que se planteó Kant, fue el de saber de dónde saca el hombre su capacidad de razonar. Básicamente hay dos respuestas; la capacidad de razonamiento del hombre es innata, o es adquirida por experiencia. Hume y Locke habían fundamentado la idea de que la experiencia lo es todo en la formación del pensamiento. Kant da un paso más allá y busca aquella estructura innata que sostiene ese conocimiento adquirido por la experiencia, lo que ya existe a priori antes de la experiencia. El giro revolucionario de Kant (su giro copernicano) es partir del sujeto y no de la «realidad» o del objeto (lo externo al sujeto) para ver cómo éste comprende el mundo. En esto lo ayuda Berkeley. Kant afirma así que el mundo es una construcción del sujeto que lo percibe, filtrada por esta estructura otorgada a priori, y por la experiencia que la nutre. Lo que no es construido, lo que queda fuera del sujeto y no puede ser percibido, es «la cosa en sí», la cual nunca puede ser percibida; y con la que Kant ya no se mete.

Luego de esta dilación teórica diremos que en este punto se sube Schopenhauer a este tren filosófico que ya venía funcionando desde hacía siglos. Porque Schopenhauer dirá en su libro que el mundo es la «representación» del sujeto. El mundo como lo ve el sujeto, es una interpretación de la realidad, una construcción filtrada por todos los a priori (espacio, tiempo, ley de causalidad) y eso es lo que el sujeto percibe del mundo. En el caso de la cosa en sí, Schopenhauer asociará este concepto ininteligible a lo que él llama voluntad. La cosa en sí kantiana es la voluntad de Schopenhauer.

Schopenhauer casa las ideas de Kant con las de su admirado Platón y recupera el mundo de las ideas platónicas. Platón decía que las cosas del mundo no son sino un reflejo imperfecto de un mundo de ideas donde se guardan todo los arquetipos perfectos de las cosas. Y acá se complica un poco más la cosa. Porque estas ideas para Schopenhauer (no las ideas de la cabeza sino estos arquetipos), no son más que las objetivaciones menos imperfectas de la voluntad; el elemento fundamental que compone el mundo. Freno de mano aquí.

Según Schopenhauer, los objetos percibidos (representaciones) no son más que objetivaciones o en términos de Kant fenómenos, más o menos imperfectos de la voluntad. De estas objetivaciones las más perfectas son las fuerzas de la naturaleza, le siguen las ideas (las de Platón), después los animales y las más imperfectas somos nosotros mismos y las cosas del mundo. Pobre lugar el del hombre. Pero ¿qué es la voluntad?

La voluntad es la cosa en sí, y como tal no puede ser percibida más que a través de sus objetivaciones adquiridas por la representación. ¿Eh? Exacto, la voluntad no se define más que como la esencia, la fuerza más allá de la comprensión humana que hace que el universo se mueva y que las cosas del universo existan como tales (reflejos imperfectos de ella). Entonces, esto suena a Dios. No. Schopenhauer se abstiene prolijamente durante todo su libro de hablar de Dios. La voluntad es la energía que mueve el universo, pero no puede percibirse más que a través de sus reflejos (las sombras de la caverna platónica). Según Schopenhauer el camino más cercano a través del cual el hombre puede llegar a intuir a la voluntad tal como es, es a través del hecho artístico y del goce estético.

Para entender la voluntad, o una de sus facetas, podemos explorar otro texto de Schopenhauer: «Las mujeres, el amor y la muerte». En él, el filósofo alemán entiende al amor, sentimiento tan ensalzado desde el romanticismo a esta parte, no como una emoción digna de los versos de los poetas, sino como un mero instinto (una pulsión como diría después Freud que toma bastante de Schopenhauer) que arrastra al hombre hacia una hembra con la única idea fija de aparearse. Y esa idea fija, que no tiene que ver con la razón o el sentimiento se llama según Schopenhauer voluntad de vivir; que no es otra cosa que el mecanismo mediante el cual la especie se asegura perpetuarse en el mundo, ignorando todo condicionamiento o llamado a juicio de la razón. Y todo el universo lucha en este sentido; cada especie se perpetúa aún a costa de otras; lo que tiene también que ver con Darwin.

Aquí está pues la concepción del universo de Schopenhauer. Un mundo en perpetua lucha. Donde los instintos se disfrazan de sentimientos para pasar por encima de la conciencia y la razón. Donde somos reflejos imperfectos (los más imperfectos) de una esencia ininteligible la cual no podemos siquiera percibir. Donde la realidad es una construcción del sujeto que la percibe. Y donde no se puede buscar un creador para justificar todo este caos. Lo que queda, como decía Bukowsky, es duro.

La casta de los metabarones, de Alejandro Jodorowsky y Juan Giménez

por Andrés G. Muglia


Publicado en revista CULTURAMAS de España:


En los primeros días de la pandemia, el COVID-19 se llevó la vida de uno de los más notables dibujantes de historietas de la nutrida escuela argentina, el mendocino Juan Giménez. De una época donde la educación formal no abarcaba tantos campos, Giménez tuvo una formación heterogénea que dejó marcada la imaginería sui géneris que llevaría su firma. Creador de universos fantásticos rebosantes de insólitas naves y trajes espaciales, su paso por el diseño industrial hizo que esas creaciones tuvieran un plus que el fan despierto siempre aprecia, que es su posibilidad de existencia en el mundo real.

Puede advertirse una evolución en la obra de Giménez, que da comienzo en la tradición americana del blanco y negro y la sucesión geométrica e invariable del cuadro a cuadro, para crecer hacia una composición que incluye la página completa y a veces dos páginas completas, con una deslumbrante técnica de ilustración. En su momento de madurez como ilustrador el color gana la página y cada cuadro, concebido en términos de su funcionamiento en cuanto a parte de un conjunto, es una pequeña obra de arte. Tal vez ese mejor momento como artista coincida en la colaboración de Giménez con el inclasificable guionista, escritor y psicomago chileno Alejandro Jodorowsky. 

De esa fructífera cooperación surgirá durante una década, entre 1993 y 2003, la saga La casta de los metabarones compuesta por ocho novelas gráficas: Othon el tatarabuelo, Honorata la bisabuela, Agnar el bisabuelo, Cabeza de hierro el abuelo, Doña Vicenta Gabriela de Rokha la abuela, Aghora el padre-madre y Sin nombre el último metabaron.

La historia se sitúa en un hipotético futuro donde la raza humana no es más que una de tantas que pueblan las galaxias. La Tierra fue asolada por la guerra nuclear y es una vaga referencia del pasado. En este contexto Jodorowsky propone la fantasía heroica encarnada en la tradición de una estirpe de guerreros perfectos. Para eso echa mano a variadas fuentes que se vuelven nebulosas en la mixtura, pero entre las que podemos reconocer los mitos griegos y escandinavos, además de ciertas referencias a la caballería medieval. Como vuelta de tuerca a este cóctel, Giménez propone desde lo gráfico una mezcla extraña y fascinante de imaginería hi tech y estampas japonesas de guerreros samuráis.

Pero no es este universo imaginario superpoblado de cyborgs, seres con poderes telekinéticos, piratas espaciales, lasers, katanas y guerreros invencibles (que al fin y al cabo podemos encontrar en cualquier historia de ciencia ficción mucho menos lograda), lo que hace original a esta novela gráfica creada por Jodorowsky y Giménez, sino la tradición de esta familia terrible, admirable y despreciable al mismo tiempo.

La historia surge de la narración que Tonto, un pequeño robot sirviente de la casta de los metabarones, le cuenta a Lothar, otro robot de servicio de aspecto enorme y atolondrado que siempre le pide, como el terrible sultán a Sheresade, un cuento para entretenerse. Estos dos personajes en perpetua disputa, persisten a lo largo de los ocho volúmenes de la historia.

La dinámica de la herencia matabarona funciona de la siguiente manera. El padre metabarón tiene que mutilar a su hijo al que se le implantará una prótesis biónica que sustituirá al órgano mutilado. En el transcurso de la terrible operación (por supuesto efectuada sin anestesia), el hijo no podrá quejarse porque en ese caso no será digno del título de metabarón. Este chocante rito irá quitando a cada heredero una parte diferente de su cuerpo, hasta llegar al paroxismo en la edición número 5 titulada Cabeza de hierro el abuelo y que no merece mayores explicaciones. La odisea de Cabeza de hierro buscando una cabeza que le brinde sentimientos es análoga al Hombre de hojalata del Mago de Oz. Para eso se aliará con un poeta que se suicida ante sus ojos de metal y con el que conforma un cuerpo dividido y en permanente contradicción, que ofrece un nuevo giro a una historia ya de por sí tortuosa. 

Pero las extrañas y sangrientas tradiciones de los metabarones no concluyen en la mutilación, sino que para convertirse en matabarón y luego de una ardua preparación como guerrero durante toda su vida, el hijo deberá matar al padre en una suerte de actualización cibernética del mito de Edipo. Para eso se desarrollará un combate entre ellos y el que gane será quien perpetué la estirpe. 

Estrambótica y estimulante, la saga está atravesada de aventuras, batallas, asesinatos, traiciones, grandes historias de amor, incestos, parricidios y todo lo que la desmesurada y enfermiza imaginación de Jodorowsky acostumbra a sus seguidores. Sin embargo, la historia de los metabarones  no sería la obra de culto que es sin el aporte del talento de Giménez. Prueba de ello es que Jodorowsky intentó resucitar a los metabarones en 2008 y 2014 con Dayal el primer ancestro y Las gemelas rivales con dibujos de Das Pastoras, pero a pesar del talento innegable del español los resultados no fueron los mismos. Tampoco cuando los artistas Zoran Janjetov y Travis Charet intentaron lo suyo. Para los puristas el verdadero matabarón estará hoy y siempre dibujado por la mano de ese artista, que por suerte recibió a tiempo el reconocimiento internacional que su obra merecía y que fue Juan Giménez. 

La novela gráfica latinoamericana o el caso de ‘El Eternauta’, de Héctor Oesterheld

 por Andrés G. Muglia

Publicado en la revista CULTURAMAS de España:

https://www.culturamas.es/2020/08/06/la-novela-grafica-latinoamericana-o-el-caso-de-el-eternauta-de-hector-oesterheld/

Muchos condimentos hacen de El Eternauta la novela gráfica (en el pasado historieta o tebeo a secas) más importante de la larga tradición argentina. El primero, su guionista Héctor Oesterheld y su historia personal. Militante opositor al gobierno de facto de la Argentina que dio comienzo en el año 1976, Oesterheld fue muerto por el régimen junto con sus cuatro hijas. Pero antes de este terrorífico desenlace, había pasado a la historia definitiva de este género que mezcla texto e imágenes en una suerte de fascinante cinematógrafo congelado, con la fundación de la editorial Frontera en 1956 y su principal producto, la publicación de aparición semanal Hora Cero.

En esta humilde revista apaisada publicaría varias historias en episodios. Guionista de extraordinaria versatilidad, Oesterheld escribiría los textos de todas ellas, colaborando con dibujantes que luego trascenderían al mundo. El italiano Hugo Pratt, el chileno Arturo Pérez del Castillo, Francisco Solano López y otros, crearían junto a Oesterheld historietas que han quedado como referencia del género de esa época. La más importante sin duda fue El Eternauta. Desde el primer número de Hora Cero, El Eternauta cubrió el nicho de la ciencia ficción. Durante dos años la historia de una invasión extraterrestre en pleno Buenos Aires tuvo en vilo a los fans que pronto ganó la calidad inexcusable de la publicación. 

La narración, aunque víctima de las taras de todo texto que se va publicando aditivamente y sin posibilidad de revisión, es consistente de principio a fin, pasando por clímax y ambientes cambiantes y hasta contrapuestos; representados eficientemente por los dibujos de Solano López. 

El principio es deslumbrante. Un hombre se materializa en la casa de Oesterheld, le explica que es un viajero del tiempo (eternauta) y se dispone a contarle la historia que lo ha llevado a tan extraña situación. 

Este antaño hombre corriente, Juan Salvo, se reúne en la casa donde vive con su mujer y su hija, a jugar con un grupo de amigos al típico juego de cartas rioplatense, el Truco. En medio de la partida que llevan a cabo en el altillo de la casa de Salvo, que es además el refugio de los hobbies de todos los presentes, se corta la luz. Cuando se asoman por la ventana para ver qué ocurre, descubren que una extraña nevada (no es secundario advertir que en Buenos Aires nieva en promedio una vez por siglo) empieza a cubrir la ciudad. Poco más tarde descubrirán que el contacto con los bellos copos iridiscentes es mortal y que la nevada no es más que el primer recurso de una invasión extraterrestre para ultimar a la población.

El primer paso de la historia, que se actualiza  en estos tiempos de encierro y cuarentena por el COVID-19, se realiza pues bajo el influjo del encierro obligado por la amenaza de la nevada mortal. La casa de los Salvo será una isla de vida en un mar de muerte, la metáfora de cuño “robinsoneano” es reiterada varias veces por Oesterheld. También es tomada de Defoe la siempre fascinante descripción, clasificación y optimización de los recursos limitados con los que se cuenta para sobrevivir ante un revés repentino y decisivo del destino. Asistimos, embrujados desde el primer momento, a la lucha de Salvo, Favalli (científico que forma parte del grupo de amigos) y el resto de los personajes, por utilizar todos los recursos disponibles para sobrevivir. Pronto se fabricarán trajes protectores para salir al exterior en busca de recursos, comida y medicamentos. También pronto descubrirán que en la calle ya reina la “ley de la selva” y el “sálvese quien pueda” que convierte al hombre en una fiera dispuesta a todo en un mundo naufragado. 

La trama sufrirá un cambio de registro, justo a tiempo cuando la fascinación inicial de esta estructura isla-encierro-acopio de recursos-lucha por la vida, comienza a decaer; cuando una unidad armada de resistencia ante el invasor llega a la casa de Salvo y recluta a todos los hombres qua allí se refugian. La historia toma entonces ribetes vertiginosos, sucediéndose batallas contra un enemigo cada vez más complicado.

Es interesante analizar la estructura del poder en las filas de los extraterrestres y perfilar el solapado análisis de la guerra, la violencia y la responsabilidad de los actores involucrados por ellas que hace Oesterheld. Los primeros enemigos con los que Salvo (nombrado rápidamente teniente) y sus filas se encuentran son los “cascarudos”, típicos bichos a escala humana de las historietas “pulp” norteamericanas de  los post-atómicos ´50s, y los “gurbos” seres portentosos capaces de tumbar edificios de un frentazo.  Sin embargo los “cascarudos” y los “gurbos”, no son otra cosa que organismos teledirigidos por otros más inteligente llamados “manos”, comandantes superiores y de terrible y fría estampa que cuentan con manos de dedos infinitos. Pero la postergación de la responsabilidad no termina allí, porque los “manos” son a su vez dominados por los “ellos”, jefes que convenientemente jamás son mostrados. De este modo y con esta suerte de postergación indefinida de la responsabilidad en relación a la violencia, Oesterheld fragua una elíptica metáfora en torno a la violencia en general y a sus mecanismos de implementación.

El éxito rotundo de El Eternauta llevó a Oesterheld a extender la historia en varios sentidos. El primero, una nueva versión con otro dibujante, el talentoso Alberto Breccia, a publicarse también en entregas en la revista Gente. Breccia, que es quizás el mejor dibujante de historietas o tebeos de su tiempo, encaró la imagen de El Eternauta de un modo más experimental que Solano López, todavía ligado a la tradición historietística norteamericana, más convencional. La imagen que Breccia elige para la historia de Juan Salvo roza por momentos lo abstracto. La intransigencia del artista ante las presiones de la revista, que le exige volver a una representación plástica más tradicional, hará que Oesterheld negocie abreviar la tira para no dejarla inconclusa. Así se convierte esta segunda vuelta triunfal de El Eternauta, en un triunfo a lo Pirro, donde la que principalmente sale perdiendo es la historia. A fin de cuentas la imagen de Solano López, quizás menos talentosa pero más eficaz en termino narrativos que la de Breccia, será la que quedará en el imaginario popular como mejor ligada a la inmortal historia escrita por Oesterheld.

Otra vuelta de El Eternauta no fue una remake sino una típica secuela, publicada en 1976 y que sería además la obra póstuma de Oesterheld. En un mundo postnuclear con influencias de La máquina del tiempo de H.G. Wells (hombres de la cavernas, humanos y mutantes entremezclados), reaparece Juan Salvo dispuesto a expulsar a lo que queda de la invasión extraterrestre. El cliché que indica que “segundas partes nunca fueran buenas” se verifica parcialmente en esta secuela, que de todos modos puede resultar estimulante para los fans de El Eternauta.