miércoles, 11 de septiembre de 2019

Acerca de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust

por Andrés G. Muglia


Comentar libros es un modo de alejar del olvido lo que hemos leído. Una forma de rescate de ese inefable que, todavía fresco, no se ha disuelto en las omisiones inevitables de la memoria a largo plazo. A propósito de esta faceta del comentario literario como género, nunca más oportuno que uno en esta clave con respecto a la obra de aquel dandi intelectual que fue Marcel Proust. Precisamente porque los siete libros que componen “En busca del tiempo perdido” son su combate personal, encarnizado, obsesivo al final de su vida, contra todas las formas del olvido. “En busca…” es un ejercicio de recuperación de los vestigios de ese mundo naufragante del que Proust fue testigo. Un mundo que más que nunca se dirigía hacia la disolución y que tuvo su golpe de gracia en la Primera Guerra Mundial.

Testigo y privilegiado, dos términos que Proust llenó en toda regla. Testigo porque todo lo que describe, salvo su propios sentimientos por Albertine, la joven que ¿amó?, lo encuentra en una posición perfectamente consciente (y consistente) de cronista de una época. Es sobrecogedor advertir hasta qué punto Proust entiende que su destino es dejar registro de lo que fue el “Gran Mundo”, como él lo llama brutalmente y sin contraste de ironía, de la Francia de finales del siglo XIX. Y privilegiado porque sin tener ningún título nobiliario, menos gracias que a pesar de pertenecer a una acomodada familia burguesa (su padre fue un reputado psiquiatra), Proust tuvo acceso al mundo secreto de la alta sociedad francesa y sus salones, ese universo subterráneo que contradictoriamente se revelaba en sus cotilleos en las secciones de sociedad de Le Figaro. Pero revelarse no es darse a conocer. Lo que podía reconocer el vulgo de esa alta sociedad donde la genealogía era más importante que la fortuna, eran nebulosas aproximaciones de un contorno, de un cuerpo oscuro del que Proust nos ofrece, quizás con reminiscencias del oficio médico de su padre (tal como Foucault), sus entrañas con la frialdad y el detalle de una disección anatómica. 

Pero seríamos injustos si dijéramos que hay sólo un testigo objetivo en Proust, quien es además un poeta, un filósofo y un estilista. En las cerca de 2.800 páginas de “En busca…” (edición de Alianza) encontraremos algo que solamente un verdadero artista puede lograr: ser veraz sin ser frío, narrar de modo sinestésico las formas múltiples de lo vivido en sus diversos planos: imágenes, olores, sabores; pero también detallando gestos, inflexiones de voz, actitudes corporales de los actores. Y todo eso filtrado por la reflexión, la inteligencia, la ironía sabrosa de un escritor que confiesa algunos de sus pecados sin juzgar (mucho) los de los demás. Algunos los confiesa por espíritu de época: el machismo rezuma toda la obra desde el momento en que las mujeres son encasilladas en categorías que las hacen semejantes, muchas incómodas veces, a objetos. Una cocotte, por más que en base a sucesivos casamientos pueda convertirse en Marquesa, nunca será respetable para Proust. El diálogo de una mujer, su inteligencia, su cultura, no será equiparable a una conversación entre hombres cultos. La mujer, como un animalito sometido a sus instintos primarios, siempre debe ser vigilada para que no escape hacia los excesos de la infidelidad. 

    La doble vida. Toulouse Lautrec.

Los propios pecados, los que escapan al contexto, como la reclusión motivada por sus celos a que somete a Albertine durante el volumen titulado elocuentemente “La prisionera”, son descriptos tan descarnadamente como los ajenos, y si Proust anota morosamente sus sensaciones, es menos para justificar lo monstruoso de su conducta que para analizar las sombras del alma humana.

Los celos son uno de los ejes fundamentales en donde reposa todo el andamiaje de “En busca…”. Los de Proust hacia Albertine que se llevan dos volumenes (5º y 6º): “La prisionera” y “La fugitiva”; pero también los de Swann, otro de los personajes principales, por su obsesionante Odette en  “Por los caminos de Swann” (volumen 1º). En esos tres libros Proust hace una radiografía exhaustiva de los celos masculinos, como testigo y como protagonista. En éste último caso, llega al extremo de celar a su amante después de muerta. Buscando testimonios que dieran cuenta del lesbianismo de Albertine y confirmaran sus sospechas que lo llevaran a recluirla.

Pero este ejercicio de describir pasiones no se agota en los celos, sino que continúa en la revelación de inclinaciones prohibidas a la descripción de su época, tal como el lesbianismo, la homosexualidad o el sadomasoquismo; que son comentados por Proust con la misma tranquila parsimonia que lo lleva a conversar con todo lo que somete a su escrutinio. En “Sodoma y Gomorra” (4º volumen) el Barón de Charlus (inspirado aparentemente en el famoso Barón de Montesquieu), respetable miembro de una aristocracia en la que Proust pugnaba por introducirse, se convierte en protagonista de la escena. Su doble vida homosexual, que a medida que los volúmenes avanzan comenzará a emerger de las bambalinas cada vez menos sutilmente, es descripta como ejemplo de lo que en su época la alta sociedad barría debajo de la alfombra. La homosexualidad reaparecerá más adelante en la figura del íntimo amigo de Proust, Robert de Saint-Loup, miembro de la nobleza y oficial del ejército que, casado con una antigua amiga de Proust, Gilberte, hija de Swann y amor platónico del autor en su adolescencia, le hace vivir un matrimonio desgraciado fruto de su desdoblamiento.


   Barón de Montequieu. Boldini.

Sin embargo y a pesar de no tener empacho en contar sus propias miserias y debilidades: los siete volúmenes de “En busca…” están atravesados prolijamente por la descripción de la enfermedad de Proust, un asma que lo empujaba a la hipocondría y lo convertía en poco menos que un inválido; el autor no asume su propia homosexualidad de la que existen múltiples registros. Puede ser comprensivo hacia las pasiones de los demás (en el último volumen describe sin juicio de valor el giro de Charlus hacia la pederastia), pero no es capaz de sacarse a sí mismo del closet. Es curioso, porque en toda la obra las “faltas” de los hombres son consideradas con indulgencia, meros deslices, mientras que las de las mujeres los son con dureza. Sin embargo la imparcialidad aparente de Proust no es suficiente como para poner en papel su propia esencia, la que trasfiere y analiza en otros personajes.

    La vida para la galería. Klimt.

Pero quizás llevemos demasiado lejos la interpretación de “En busca…” como una transcripción puntual de lo vivido por el Proust real. Mucho de ficción hay en los siete volúmenes, y no todas son máscaras sobre rostros reales, aunque muchos se quiebren la cabeza jugando al quién es quién y buscando a las personas de carne y hueso detrás de los personajes.

Como en cualquier novela o historia podemos discriminar en “En busca…” dos ejes de atención: escenario y personajes. El contexto, la Francia de comienzos de siglo XX y los lugares presentados: París, Combray y Balbec; los últimos, dos destinos turísticos cuyo nombres reales son Illiers en el caso del primero, una aldea en la campiña donde la familia Proust tenia una casa de verano; y Cabourg en el del segundo, ciudad balnearia situada en Normandía. Hay un paso por Venecia y también menciones a paseos por otras localidades cercanas a París, pero estos tres primeros serán los escenarios principales.

Para poner en dimensión la importancia de la obra de Proust en las letras del siglo XX, basta con decir que el gobierno francés decidió rebautizar como Illiers-Combray al pueblo en el que transcurre el primer libro de “En busca…”. Y para más referencias reales en relación a su obra, sugiero buscar en la red “Grand Hotel Cabourg” para reconocer inmediatamente aquella soberbia construcción descripta en “A la sombra de las muchachas en flor” (2º volumen), con todo y las magníficas vidrieras del comedor donde un joven Marcel se extasiaba viendo el mar.


Por el lado de los personajes la obra de Proust será, como la del Balzac en cuyas páginas los comentaristas han reseñado a más de dos mil, una verdadera sociedad articulada a través de sus interrelaciones y su posición de clase. La enorme cantidad de personalidades que vemos desfilar en “En busca…”, desde Francisca, cocinera de la tía de Proust en Combray, luego sirvienta de su familia en París, muestra de la clase humilde campesina francesa de ambigua relación con el protagonista al que sirve pero también juzga y critica; hasta la princesa de Guermantes, mujer inalcanzable de la que Proust estaba enamorado y a la que esperaba en los jardines de los Campos Eliseos con la sola y patética ambición de verla un momento, y en cuyo salón, el más famoso de París, soñaba con introducirse; vemos cruzar ante nuestros ojos una verdadera población discriminada en sus individuos, con sus respectivas personalidades, mañas, bondades y miserias. 

La cantidad y variedad de personajes es tal que a veces es necesario volver sobre nuestros pasos para releer algún pasaje donde se introdujo a alguno de ellos. Pues los actores de Proust se desarrollan a lo largo de la novela, no son estáticos sino que crecen, envejecen, se envilan de vicios o mueren; y hay que estar atentos a esos cambios para comprender además en dónde nos encontramos con respecto a una línea de tiempo de la que Proust aporta pocas fechas concretas. Ejemplo de ello es el último volumen “El tiempo recuperado”, donde un Proust que se mantuvo largo tiempo alejado de los salones, regresa a uno de ellos. En lo que en un primer momento el autor nos describe, en una genial metáfora, como una fiesta de disfraces en que sus antiguos conocidos se han disfrazado de ancianos, descubrimos en realidad el paso del tiempo que ha hecho mella en todos ellos, incluido el propio Proust.

    La opera de París. Pisarro.

Hay algunas personalidades que se destacan sobre esta comunidad que Proust pone a vivir en sus páginas. La madre, desde un primer momento subrayada en protagonismo, motivo de los desvelos de un Proust niño que esperaba con torturada impaciencia su beso de las buenas noches y que, cuando éste no llegaba fruto de alguna reunión social, lo sumergía en atribulado sufrimiento. La abuela, columna de la familia, personaje sutil que entendía la peculiaridad de su nieto, cómplice a veces, eterna fuente de comprensión donde Proust refugia muchas veces su desasosiego. Su muerte se lleva parte de las páginas más sentidas de la novela. El padre, destacable sobre todo por su ausencia dentro de la obra (¿en la vida de Proust?). Por momentos severo, por otros distante, a veces condesciende a una muestra de cariño, como cuando deja que la madre pase la noche leyéndole a su hijo en uno de sus numerosos ataques de angustia; escena que el escritor muestra negativamente como la asunción final por parte del padre de la debilidad de su hijo. 

De los personajes que no forman parte de la familia el más importante al comienzo de la obra es Charles Swann, basado en parte en Charles Ephrussi, un reputado coleccionista y crítico de arte de religión judía. El imaginario Swann es un corredor de bolsa amigo de la familia (heredó esa amistad de su padre, también corredor de bolsa, con el abuelo de  Proust), que vive en una mansión venida abajo en un barrio parisino de mala fama; prefiere gastar su fortuna en obras de arte que dilalapidarla en distracciones menos edificantes. Eterno diletante, Swann está escribiendo siempre un ensayo sobre Jan Vermeer que nunca concluye. Pero también tiene un costado superficial, que es su pasión por los salones parisinos. A fuerza de propio talento y sin contar con un apellido que lo avale, es un visitante apreciado, amigo de princesas, barones y marqueses. Swann es ejemplo de cómo la burguesía pugnaba por entrar al “Gran Mundo”. 

    Charles Ephrussi.

En el primer volumen traba relación con Odette de Crecy en el salón burgués (que quería imitar a los de la aristocracia) de la familia Verdurin. Odette es otro ejemplo de cómo accedía la burguesía a los salones: los hombres por talento, las mujeres por belleza. Esto, así de terrible, lo describe Proust en varios ejemplos a lo largo del libro. Está claro que no solamente era belleza lo que Odette prodigaba en los salones, y la caída de Swann es, precisamente, enamorarse de Odette. Primero haciéndola su “querida” para, sobre el final del libro, con el sólo objeto de hacer exclusivo su amor (la posesión de la mujer como un bien es uno de los tópicos reiterados en “En busca…”) cometer el dislate supremo que dejó boquiabierta a esa sociedad a la que Swann había destinado tantos esfuerzos por pertenecer: casarse con ella. ¡Casarse con una cocotte! Reunía así dos pecados supremos para su época: ser judío y casarse con una puta. Así de brutal se dice y así de brutal lo pensaba la sociedad “bien” de su tiempo, que nunca le perdonó aquel pecado.

Swann es importante en el universo proustiano, porque anticipa de cierto modo el proceder de Proust a continuación de la historia. Proust también, en la novela y en la vida real, fue un burgués que por su brillante inteligencia, su cultura y su conocimiento de la compleja etiqueta de la aristocracia, adornó el ambiente de los salones de la Belle Époque. Donde no sólo pululaban los aristócratas sino que los artistas: escritores, músicos, cantantes, actrices y actores especialistas en el recitado y la declamación, eran invitados a entretener a la aristocracia. El caso de Proust era particular, porque a pesar de no concretar nunca una obra (la publicación de un artículo suyo en Le Figaro es un acontecimiento que se festeja como notable promediando la novela) había logrado “pertenecer”, y ser un invitado regular en los más destacados salones. 


    La vida a plein air. Seurat

Del mismo modo, la obsesión enfermiza de Swann por Odette es reproducida puntualmente en la de Marcel por Albertine, tanto que por momentos se tiene la sensación de releer una misma historia con los nombres cambiados. Albertine es una bella joven que Marcel conoce en Balbec en “A la sombra…”, junto con otro grupo de amigas de la alta burguesía. Pero Albertine no tiene fortuna, vive prácticamente de las invitaciones de sus amistades acomodadas, que la llevan de vacaciones y la hacen participar de ese mundo al que nunca podrá pertenecer. Como Odette, Albertine tiene por todo capital su encanto y su belleza, lo que la lleva, privada de dote y de apellido que la respalde, a someterse a los tiranos deseos de Proust que la rebaja a obligarla a convivir con él sin estar casados en “La prisionera”. 

La manipulación psicológica del protagonista sobre Albertine es nauseabunda, como para un manual de maltrato. La conserva enclaustrada en sus habitaciones y recibe a sus amistades sin que estas sospechen que la joven se encuentra encerrada a pocos pasos de ellos. Aunque Marcel tiene, en comparación con Swann, una preocupación más con la que fustigarse: la sospecha del lesbianismo de Albertine que lo somete al espiral de obsesión que lo lleva a encerrarla. En uno de esos juegos psicológicos de amo y servidor que llevaban como único objeto esclavizarla aún más, Marcel la despide una noche pensando que ella no será capaz de irse de su lado. Pero para su sorpresa, la jugada le sale mal y Albertine hace sus petates y se manda a mudar mientras él duerme; con la asistencia de la fiel Francisca (fiel a Proust pero que odia a la joven) que, por no despertar al señorito, no le advierte de la fuga hasta que ya es muy tarde.

La historia de Swann, la de Odette, la de Albertine y la del propio Marcel, son las de personajes que intentan quebrar el orden establecido de una sociedad de castas fuertemente parceladas, cuyo cascarón se irá quebrando lentamente a lo largo de la novela, para dejar entrar en él, mediante la mixtura y una especie de “mestizaje de clases”, a la burguesía que sobre el final de “En busca…” se queda con el premio mayor. Odette, tras la muerte de Swann y gracias a un segundo matrimonio, se convierte en Marquesa. Madame Verdurin logra que su salón sea el de más brillo del barrio de Saint Germain. La hija de Swann y Odette, Gilbert, gracias a renunciar al apellido Swann y adoptar el de su padre adoptivo, Forcheville, logra que la alta sociedad olvide su “tara” de origen que le vedaba el acceso a los salones, y se casa con el Marqués de Saint Loup.

    Dulce spleen. Monet.

Lo que Proust narra no es otra cosa que el ascenso de una clase y la declinación de otra. A pesar de pertenecer a la triunfante, Proust anota la victoria con cierta nostalgia. Él también, como Albertine, era esclavo, pero no de una persona en particular, sino de ese orden asimétrico que intenta retratar y en el que encuentra personajes a quienes, a pesar de sus defectos evidentes, les logra sonsacar motivos de admiración. 

El tercer eje sobre el que se basa cualquier novela, junto con el escenario y los personajes, es decir la trama, en muchos sentidos brilla por su ausencia en “En busca…”. No se trata de que no existan historias dentro de la novela y de que no interese seguir su devenir, sino que encontramos un universo de ellas, como un patchwork de escenas cuyo nexo, su único hilo conductor, es el propio autor que las atraviesa y las pone en relación. Y hasta en ese sentido la obra no es un todo consistente, porque mientras que en algunos pasajes la voz en primera persona describe experiencias vividas, en otros casos el narrador se eleva por sobre su universo de marionetas para convertirse en omnipresente mirada de acontecimientos que nunca pudo haber presenciado.

Podría decirse que “En busca…” es menos una historia lineal que una sucesión de escenas, de instantáneas y aguafuertes que muestran un mundo menos congelado que bullente en un momento determinado. Pero la lente de Proust no sólo detalla personajes, sino que los atraviesa revelándonos sus almas, sus deseos, sus sentimientos o sus contradicciones. Realiza esta operación (de nuevo la medicina), esta disección de entomólogo, armado con las mismas herramientas que le abrieron las puertas de esos salones privados, tan anhelados como cerrados a los de su condición: su inteligencia, su sensibilidad, su poder de observación, su prodigiosa memoria, su ironía y su exquisito estilo.


    Ser o parecer. Cailllebotte.

 “En busca…” es un ejemplo de los sacrificios que debe hacer un artista al crear su obra, de las decisiones que tiene que tomar y los caminos que está obligado a abandonar en favor de su plan. En este caso la acción se sacrifica a la descripción. ¿Por inclinación natural del escritor hacia una de las dos? ¿Por decisión consciente en cuanto a lo que la obra necesita? Sólo podemos conjeturarlo. Lo cierto es que si alguna dificultad entraña la lectura de “El tiempo..” es, además de su maratónica extensión, el tiempo que el lector demora en adaptarse, en comprender y entenderse con el estilo del autor; que se solaza en la digresión, la descripción pormenorizada de los detalles, las sensaciones, los gestos y lo que estos ocultan.

En un mundo basado en el esnobismo, donde conocer la correcta genealogía de una persona variaba el modo en que se la saludaba (con arrobada genuflexión a un noble, con respeto a un notable o a un político, con desprecio a un arribista). En donde la diferencia entre los auténticos aristócratas de larga ascendencia nobiliaria y los nuevos ricos, era que los primeros eran deferentes y considerados hacia sus lacayos, a los que tratan familiarmente, mientras que los segundos los despreciaban y sometían para demostrar su categoría superior (algo que el noble no se veía forzado a hacer porque su superioridad estaba ya demostrada en su prosapia); en ese mundo superficial, injusto y por momentos nauseabundo que se enraíza en la lejana pero todavía presente corte de Luis XIV, es donde insólitamente Proust se propone ser profundo. Lo más asombroso es que, viendo el barro con el cual se dispuso a modelar su monstruo, Proust consiga de un modo tan rotundo este resultado a la vez descarnado, inteligente, sutil, ocurrente y perturbador en muchos pasajes.

No en vano esta novela que escribió obsesivamente en sus últimos años de vida encerrado en una habitación con las paredes forradas de corcho para que no le llegaran los ruidos del exterior, ha sido señalada como una de las grandes obras de la literatura del siglo XX. No se equivocaba Proust cuando presentía su destino. Su prosa describió un mundo desaparecido, como las pinturas de Altamira congelaron el suyo prehistórico en un gesto. La posteridad: nosotros, los que vendrán después de nosotros, agradecidos.

Posdata: descubro con una última lectura de este artículo, que a pesar de advertir sobre el peligro de confundir la ficción de "En busca..." con la verdadera vida de Proust, yo también, por pasajes, caigo en esa trampa. Queda, a consecuencia de esto un deuda: profundizar en la biografía de Proust y escribir otro artículo (o reescribir éste) con enmiendas, aclaraciones y desmentidos que puntualicen qué hay de verdad y qué de ensoñación en "En busca...". ¿Fue Proust un Barba azul que mantuvo cautiva a una pobre joven, o es puro simbolismo? ¿Era hijo único como indica en la obra, o tenía un hermano que se dedicó con amor a publicar su obra póstumamente? Quizás sea lo mejor (y más poético) permanecer en el engaño, pensar que los escritos de este soñador serial que fue Proust son más reales que la realidad que le tocó vivir. Elegir el arte sobre la realidad. No está tan mal después de todo.




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