miércoles, 11 de septiembre de 2019

Acerca de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust

por Andrés G. Muglia


Comentar libros es un modo de alejar del olvido lo que hemos leído. Una forma de rescate de ese inefable que, todavía fresco, no se ha disuelto en las omisiones inevitables de la memoria a largo plazo. A propósito de esta faceta del comentario literario como género, nunca más oportuno que uno en esta clave con respecto a la obra de aquel dandi intelectual que fue Marcel Proust. Precisamente porque los siete libros que componen “En busca del tiempo perdido” son su combate personal, encarnizado, obsesivo al final de su vida, contra todas las formas del olvido. “En busca…” es un ejercicio de recuperación de los vestigios de ese mundo naufragante del que Proust fue testigo. Un mundo que más que nunca se dirigía hacia la disolución y que tuvo su golpe de gracia en la Primera Guerra Mundial.

Testigo y privilegiado, dos términos que Proust llenó en toda regla. Testigo porque todo lo que describe, salvo su propios sentimientos por Albertine, la joven que ¿amó?, lo encuentra en una posición perfectamente consciente (y consistente) de cronista de una época. Es sobrecogedor advertir hasta qué punto Proust entiende que su destino es dejar registro de lo que fue el “Gran Mundo”, como él lo llama brutalmente y sin contraste de ironía, de la Francia de finales del siglo XIX. Y privilegiado porque sin tener ningún título nobiliario, menos gracias que a pesar de pertenecer a una acomodada familia burguesa (su padre fue un reputado psiquiatra), Proust tuvo acceso al mundo secreto de la alta sociedad francesa y sus salones, ese universo subterráneo que contradictoriamente se revelaba en sus cotilleos en las secciones de sociedad de Le Figaro. Pero revelarse no es darse a conocer. Lo que podía reconocer el vulgo de esa alta sociedad donde la genealogía era más importante que la fortuna, eran nebulosas aproximaciones de un contorno, de un cuerpo oscuro del que Proust nos ofrece, quizás con reminiscencias del oficio médico de su padre (tal como Foucault), sus entrañas con la frialdad y el detalle de una disección anatómica. 

Pero seríamos injustos si dijéramos que hay sólo un testigo objetivo en Proust, quien es además un poeta, un filósofo y un estilista. En las cerca de 2.800 páginas de “En busca…” (edición de Alianza) encontraremos algo que solamente un verdadero artista puede lograr: ser veraz sin ser frío, narrar de modo sinestésico las formas múltiples de lo vivido en sus diversos planos: imágenes, olores, sabores; pero también detallando gestos, inflexiones de voz, actitudes corporales de los actores. Y todo eso filtrado por la reflexión, la inteligencia, la ironía sabrosa de un escritor que confiesa algunos de sus pecados sin juzgar (mucho) los de los demás. Algunos los confiesa por espíritu de época: el machismo rezuma toda la obra desde el momento en que las mujeres son encasilladas en categorías que las hacen semejantes, muchas incómodas veces, a objetos. Una cocotte, por más que en base a sucesivos casamientos pueda convertirse en Marquesa, nunca será respetable para Proust. El diálogo de una mujer, su inteligencia, su cultura, no será equiparable a una conversación entre hombres cultos. La mujer, como un animalito sometido a sus instintos primarios, siempre debe ser vigilada para que no escape hacia los excesos de la infidelidad. 

    La doble vida. Toulouse Lautrec.

Los propios pecados, los que escapan al contexto, como la reclusión motivada por sus celos a que somete a Albertine durante el volumen titulado elocuentemente “La prisionera”, son descriptos tan descarnadamente como los ajenos, y si Proust anota morosamente sus sensaciones, es menos para justificar lo monstruoso de su conducta que para analizar las sombras del alma humana.

Los celos son uno de los ejes fundamentales en donde reposa todo el andamiaje de “En busca…”. Los de Proust hacia Albertine que se llevan dos volumenes (5º y 6º): “La prisionera” y “La fugitiva”; pero también los de Swann, otro de los personajes principales, por su obsesionante Odette en  “Por los caminos de Swann” (volumen 1º). En esos tres libros Proust hace una radiografía exhaustiva de los celos masculinos, como testigo y como protagonista. En éste último caso, llega al extremo de celar a su amante después de muerta. Buscando testimonios que dieran cuenta del lesbianismo de Albertine y confirmaran sus sospechas que lo llevaran a recluirla.

Pero este ejercicio de describir pasiones no se agota en los celos, sino que continúa en la revelación de inclinaciones prohibidas a la descripción de su época, tal como el lesbianismo, la homosexualidad o el sadomasoquismo; que son comentados por Proust con la misma tranquila parsimonia que lo lleva a conversar con todo lo que somete a su escrutinio. En “Sodoma y Gomorra” (4º volumen) el Barón de Charlus (inspirado aparentemente en el famoso Barón de Montesquieu), respetable miembro de una aristocracia en la que Proust pugnaba por introducirse, se convierte en protagonista de la escena. Su doble vida homosexual, que a medida que los volúmenes avanzan comenzará a emerger de las bambalinas cada vez menos sutilmente, es descripta como ejemplo de lo que en su época la alta sociedad barría debajo de la alfombra. La homosexualidad reaparecerá más adelante en la figura del íntimo amigo de Proust, Robert de Saint-Loup, miembro de la nobleza y oficial del ejército que, casado con una antigua amiga de Proust, Gilberte, hija de Swann y amor platónico del autor en su adolescencia, le hace vivir un matrimonio desgraciado fruto de su desdoblamiento.


   Barón de Montequieu. Boldini.

Sin embargo y a pesar de no tener empacho en contar sus propias miserias y debilidades: los siete volúmenes de “En busca…” están atravesados prolijamente por la descripción de la enfermedad de Proust, un asma que lo empujaba a la hipocondría y lo convertía en poco menos que un inválido; el autor no asume su propia homosexualidad de la que existen múltiples registros. Puede ser comprensivo hacia las pasiones de los demás (en el último volumen describe sin juicio de valor el giro de Charlus hacia la pederastia), pero no es capaz de sacarse a sí mismo del closet. Es curioso, porque en toda la obra las “faltas” de los hombres son consideradas con indulgencia, meros deslices, mientras que las de las mujeres los son con dureza. Sin embargo la imparcialidad aparente de Proust no es suficiente como para poner en papel su propia esencia, la que trasfiere y analiza en otros personajes.

    La vida para la galería. Klimt.

Pero quizás llevemos demasiado lejos la interpretación de “En busca…” como una transcripción puntual de lo vivido por el Proust real. Mucho de ficción hay en los siete volúmenes, y no todas son máscaras sobre rostros reales, aunque muchos se quiebren la cabeza jugando al quién es quién y buscando a las personas de carne y hueso detrás de los personajes.

Como en cualquier novela o historia podemos discriminar en “En busca…” dos ejes de atención: escenario y personajes. El contexto, la Francia de comienzos de siglo XX y los lugares presentados: París, Combray y Balbec; los últimos, dos destinos turísticos cuyo nombres reales son Illiers en el caso del primero, una aldea en la campiña donde la familia Proust tenia una casa de verano; y Cabourg en el del segundo, ciudad balnearia situada en Normandía. Hay un paso por Venecia y también menciones a paseos por otras localidades cercanas a París, pero estos tres primeros serán los escenarios principales.

Para poner en dimensión la importancia de la obra de Proust en las letras del siglo XX, basta con decir que el gobierno francés decidió rebautizar como Illiers-Combray al pueblo en el que transcurre el primer libro de “En busca…”. Y para más referencias reales en relación a su obra, sugiero buscar en la red “Grand Hotel Cabourg” para reconocer inmediatamente aquella soberbia construcción descripta en “A la sombra de las muchachas en flor” (2º volumen), con todo y las magníficas vidrieras del comedor donde un joven Marcel se extasiaba viendo el mar.


Por el lado de los personajes la obra de Proust será, como la del Balzac en cuyas páginas los comentaristas han reseñado a más de dos mil, una verdadera sociedad articulada a través de sus interrelaciones y su posición de clase. La enorme cantidad de personalidades que vemos desfilar en “En busca…”, desde Francisca, cocinera de la tía de Proust en Combray, luego sirvienta de su familia en París, muestra de la clase humilde campesina francesa de ambigua relación con el protagonista al que sirve pero también juzga y critica; hasta la princesa de Guermantes, mujer inalcanzable de la que Proust estaba enamorado y a la que esperaba en los jardines de los Campos Eliseos con la sola y patética ambición de verla un momento, y en cuyo salón, el más famoso de París, soñaba con introducirse; vemos cruzar ante nuestros ojos una verdadera población discriminada en sus individuos, con sus respectivas personalidades, mañas, bondades y miserias. 

La cantidad y variedad de personajes es tal que a veces es necesario volver sobre nuestros pasos para releer algún pasaje donde se introdujo a alguno de ellos. Pues los actores de Proust se desarrollan a lo largo de la novela, no son estáticos sino que crecen, envejecen, se envilan de vicios o mueren; y hay que estar atentos a esos cambios para comprender además en dónde nos encontramos con respecto a una línea de tiempo de la que Proust aporta pocas fechas concretas. Ejemplo de ello es el último volumen “El tiempo recuperado”, donde un Proust que se mantuvo largo tiempo alejado de los salones, regresa a uno de ellos. En lo que en un primer momento el autor nos describe, en una genial metáfora, como una fiesta de disfraces en que sus antiguos conocidos se han disfrazado de ancianos, descubrimos en realidad el paso del tiempo que ha hecho mella en todos ellos, incluido el propio Proust.

    La opera de París. Pisarro.

Hay algunas personalidades que se destacan sobre esta comunidad que Proust pone a vivir en sus páginas. La madre, desde un primer momento subrayada en protagonismo, motivo de los desvelos de un Proust niño que esperaba con torturada impaciencia su beso de las buenas noches y que, cuando éste no llegaba fruto de alguna reunión social, lo sumergía en atribulado sufrimiento. La abuela, columna de la familia, personaje sutil que entendía la peculiaridad de su nieto, cómplice a veces, eterna fuente de comprensión donde Proust refugia muchas veces su desasosiego. Su muerte se lleva parte de las páginas más sentidas de la novela. El padre, destacable sobre todo por su ausencia dentro de la obra (¿en la vida de Proust?). Por momentos severo, por otros distante, a veces condesciende a una muestra de cariño, como cuando deja que la madre pase la noche leyéndole a su hijo en uno de sus numerosos ataques de angustia; escena que el escritor muestra negativamente como la asunción final por parte del padre de la debilidad de su hijo. 

De los personajes que no forman parte de la familia el más importante al comienzo de la obra es Charles Swann, basado en parte en Charles Ephrussi, un reputado coleccionista y crítico de arte de religión judía. El imaginario Swann es un corredor de bolsa amigo de la familia (heredó esa amistad de su padre, también corredor de bolsa, con el abuelo de  Proust), que vive en una mansión venida abajo en un barrio parisino de mala fama; prefiere gastar su fortuna en obras de arte que dilalapidarla en distracciones menos edificantes. Eterno diletante, Swann está escribiendo siempre un ensayo sobre Jan Vermeer que nunca concluye. Pero también tiene un costado superficial, que es su pasión por los salones parisinos. A fuerza de propio talento y sin contar con un apellido que lo avale, es un visitante apreciado, amigo de princesas, barones y marqueses. Swann es ejemplo de cómo la burguesía pugnaba por entrar al “Gran Mundo”. 

    Charles Ephrussi.

En el primer volumen traba relación con Odette de Crecy en el salón burgués (que quería imitar a los de la aristocracia) de la familia Verdurin. Odette es otro ejemplo de cómo accedía la burguesía a los salones: los hombres por talento, las mujeres por belleza. Esto, así de terrible, lo describe Proust en varios ejemplos a lo largo del libro. Está claro que no solamente era belleza lo que Odette prodigaba en los salones, y la caída de Swann es, precisamente, enamorarse de Odette. Primero haciéndola su “querida” para, sobre el final del libro, con el sólo objeto de hacer exclusivo su amor (la posesión de la mujer como un bien es uno de los tópicos reiterados en “En busca…”) cometer el dislate supremo que dejó boquiabierta a esa sociedad a la que Swann había destinado tantos esfuerzos por pertenecer: casarse con ella. ¡Casarse con una cocotte! Reunía así dos pecados supremos para su época: ser judío y casarse con una puta. Así de brutal se dice y así de brutal lo pensaba la sociedad “bien” de su tiempo, que nunca le perdonó aquel pecado.

Swann es importante en el universo proustiano, porque anticipa de cierto modo el proceder de Proust a continuación de la historia. Proust también, en la novela y en la vida real, fue un burgués que por su brillante inteligencia, su cultura y su conocimiento de la compleja etiqueta de la aristocracia, adornó el ambiente de los salones de la Belle Époque. Donde no sólo pululaban los aristócratas sino que los artistas: escritores, músicos, cantantes, actrices y actores especialistas en el recitado y la declamación, eran invitados a entretener a la aristocracia. El caso de Proust era particular, porque a pesar de no concretar nunca una obra (la publicación de un artículo suyo en Le Figaro es un acontecimiento que se festeja como notable promediando la novela) había logrado “pertenecer”, y ser un invitado regular en los más destacados salones. 


    La vida a plein air. Seurat

Del mismo modo, la obsesión enfermiza de Swann por Odette es reproducida puntualmente en la de Marcel por Albertine, tanto que por momentos se tiene la sensación de releer una misma historia con los nombres cambiados. Albertine es una bella joven que Marcel conoce en Balbec en “A la sombra…”, junto con otro grupo de amigas de la alta burguesía. Pero Albertine no tiene fortuna, vive prácticamente de las invitaciones de sus amistades acomodadas, que la llevan de vacaciones y la hacen participar de ese mundo al que nunca podrá pertenecer. Como Odette, Albertine tiene por todo capital su encanto y su belleza, lo que la lleva, privada de dote y de apellido que la respalde, a someterse a los tiranos deseos de Proust que la rebaja a obligarla a convivir con él sin estar casados en “La prisionera”. 

La manipulación psicológica del protagonista sobre Albertine es nauseabunda, como para un manual de maltrato. La conserva enclaustrada en sus habitaciones y recibe a sus amistades sin que estas sospechen que la joven se encuentra encerrada a pocos pasos de ellos. Aunque Marcel tiene, en comparación con Swann, una preocupación más con la que fustigarse: la sospecha del lesbianismo de Albertine que lo somete al espiral de obsesión que lo lleva a encerrarla. En uno de esos juegos psicológicos de amo y servidor que llevaban como único objeto esclavizarla aún más, Marcel la despide una noche pensando que ella no será capaz de irse de su lado. Pero para su sorpresa, la jugada le sale mal y Albertine hace sus petates y se manda a mudar mientras él duerme; con la asistencia de la fiel Francisca (fiel a Proust pero que odia a la joven) que, por no despertar al señorito, no le advierte de la fuga hasta que ya es muy tarde.

La historia de Swann, la de Odette, la de Albertine y la del propio Marcel, son las de personajes que intentan quebrar el orden establecido de una sociedad de castas fuertemente parceladas, cuyo cascarón se irá quebrando lentamente a lo largo de la novela, para dejar entrar en él, mediante la mixtura y una especie de “mestizaje de clases”, a la burguesía que sobre el final de “En busca…” se queda con el premio mayor. Odette, tras la muerte de Swann y gracias a un segundo matrimonio, se convierte en Marquesa. Madame Verdurin logra que su salón sea el de más brillo del barrio de Saint Germain. La hija de Swann y Odette, Gilbert, gracias a renunciar al apellido Swann y adoptar el de su padre adoptivo, Forcheville, logra que la alta sociedad olvide su “tara” de origen que le vedaba el acceso a los salones, y se casa con el Marqués de Saint Loup.

    Dulce spleen. Monet.

Lo que Proust narra no es otra cosa que el ascenso de una clase y la declinación de otra. A pesar de pertenecer a la triunfante, Proust anota la victoria con cierta nostalgia. Él también, como Albertine, era esclavo, pero no de una persona en particular, sino de ese orden asimétrico que intenta retratar y en el que encuentra personajes a quienes, a pesar de sus defectos evidentes, les logra sonsacar motivos de admiración. 

El tercer eje sobre el que se basa cualquier novela, junto con el escenario y los personajes, es decir la trama, en muchos sentidos brilla por su ausencia en “En busca…”. No se trata de que no existan historias dentro de la novela y de que no interese seguir su devenir, sino que encontramos un universo de ellas, como un patchwork de escenas cuyo nexo, su único hilo conductor, es el propio autor que las atraviesa y las pone en relación. Y hasta en ese sentido la obra no es un todo consistente, porque mientras que en algunos pasajes la voz en primera persona describe experiencias vividas, en otros casos el narrador se eleva por sobre su universo de marionetas para convertirse en omnipresente mirada de acontecimientos que nunca pudo haber presenciado.

Podría decirse que “En busca…” es menos una historia lineal que una sucesión de escenas, de instantáneas y aguafuertes que muestran un mundo menos congelado que bullente en un momento determinado. Pero la lente de Proust no sólo detalla personajes, sino que los atraviesa revelándonos sus almas, sus deseos, sus sentimientos o sus contradicciones. Realiza esta operación (de nuevo la medicina), esta disección de entomólogo, armado con las mismas herramientas que le abrieron las puertas de esos salones privados, tan anhelados como cerrados a los de su condición: su inteligencia, su sensibilidad, su poder de observación, su prodigiosa memoria, su ironía y su exquisito estilo.


    Ser o parecer. Cailllebotte.

 “En busca…” es un ejemplo de los sacrificios que debe hacer un artista al crear su obra, de las decisiones que tiene que tomar y los caminos que está obligado a abandonar en favor de su plan. En este caso la acción se sacrifica a la descripción. ¿Por inclinación natural del escritor hacia una de las dos? ¿Por decisión consciente en cuanto a lo que la obra necesita? Sólo podemos conjeturarlo. Lo cierto es que si alguna dificultad entraña la lectura de “El tiempo..” es, además de su maratónica extensión, el tiempo que el lector demora en adaptarse, en comprender y entenderse con el estilo del autor; que se solaza en la digresión, la descripción pormenorizada de los detalles, las sensaciones, los gestos y lo que estos ocultan.

En un mundo basado en el esnobismo, donde conocer la correcta genealogía de una persona variaba el modo en que se la saludaba (con arrobada genuflexión a un noble, con respeto a un notable o a un político, con desprecio a un arribista). En donde la diferencia entre los auténticos aristócratas de larga ascendencia nobiliaria y los nuevos ricos, era que los primeros eran deferentes y considerados hacia sus lacayos, a los que tratan familiarmente, mientras que los segundos los despreciaban y sometían para demostrar su categoría superior (algo que el noble no se veía forzado a hacer porque su superioridad estaba ya demostrada en su prosapia); en ese mundo superficial, injusto y por momentos nauseabundo que se enraíza en la lejana pero todavía presente corte de Luis XIV, es donde insólitamente Proust se propone ser profundo. Lo más asombroso es que, viendo el barro con el cual se dispuso a modelar su monstruo, Proust consiga de un modo tan rotundo este resultado a la vez descarnado, inteligente, sutil, ocurrente y perturbador en muchos pasajes.

No en vano esta novela que escribió obsesivamente en sus últimos años de vida encerrado en una habitación con las paredes forradas de corcho para que no le llegaran los ruidos del exterior, ha sido señalada como una de las grandes obras de la literatura del siglo XX. No se equivocaba Proust cuando presentía su destino. Su prosa describió un mundo desaparecido, como las pinturas de Altamira congelaron el suyo prehistórico en un gesto. La posteridad: nosotros, los que vendrán después de nosotros, agradecidos.

Posdata: descubro con una última lectura de este artículo, que a pesar de advertir sobre el peligro de confundir la ficción de "En busca..." con la verdadera vida de Proust, yo también, por pasajes, caigo en esa trampa. Queda, a consecuencia de esto un deuda: profundizar en la biografía de Proust y escribir otro artículo (o reescribir éste) con enmiendas, aclaraciones y desmentidos que puntualicen qué hay de verdad y qué de ensoñación en "En busca...". ¿Fue Proust un Barba azul que mantuvo cautiva a una pobre joven, o es puro simbolismo? ¿Era hijo único como indica en la obra, o tenía un hermano que se dedicó con amor a publicar su obra póstumamente? Quizás sea lo mejor (y más poético) permanecer en el engaño, pensar que los escritos de este soñador serial que fue Proust son más reales que la realidad que le tocó vivir. Elegir el arte sobre la realidad. No está tan mal después de todo.




lunes, 9 de septiembre de 2019

Artículo Publicado en revista "La Masa Literaria"



La revisa "La Masa Lietaria" en edición temática que gira en torno al tema LOCURA, me ha publicado un artículo acerca de la relación del Arte y la locura. Más abajo dejo link para descargar la revi, en formato PDF, gratuita on-line. Mi artículo en la pág. 48.

https://lamasaliteraria.files.wordpress.com/2019/08/la-masa-literaria-1-agosto-2019-locura-1.pdf

sábado, 5 de agosto de 2017

UNA DE CINE El padrino I, II y III

Por Andrés G. Muglia


¿Quién no ha escuchado decir que segundas partes nunca fueron buenas? ¿Y terceras? ¿Y primeras? Llegué a El padrino a través de Marlon Brando. Siguiendo a Brando después de leer su biografía. Naturalmente había visto películas suyas, pero sin seguir la cronología obligada que propone una biografía, por eso vi de nuevo algunos de sus films y descubrí otros. Cuando abordé la trilogía de Coppola ya estaba un poco lleno de Brando, pero así y todo seguí adelante.

Se llega a El padrino como el peregrino a Compostela, o el musulmán a La Meca, precedido por una larga serie de alabanzas de acólitos y fans. El padrino es como una especie de Star Wars seria, con actores de culto, inversiones millonarias, director famoso y guión aparentemente inmejorable. No puedo explicar por qué no la vi antes, mi cultura tiene amplias lagunas que no pretendo justificar.

El padrino (El padrino I digámosle para ser claros) es una película extraña en muchos sentidos. El primero, el protagonismo es compartido. Media película para Brando, media para Pacino. La primera parte es de Brando. No hay mucho que decir de su papel que no se haya dicho ya, aunque considero no es el mejor de su carrera, no supera al de Un tranvía llamado deseo, o al de Nido de ratas (La ley del silencio - On the waterfront). Hay que decir de todos modos que Brando crea el villano más imitado de la historia del cine (el tipo sentado acariciando un gato y decidiendo vida y muerte de todos sin mucho interés). 

En la segunda parte Brando desaparece (lo cagan a tiros) y aparece un Pacino inexpresivo e inquietante, que va a profundizar esa frialdad en el Padrino II para ser un malvado escalofriante prácticamente sin gesticular. Lo bueno, la ambientación, lo flojísimo, los estereotipos, algo de lo que se ve Coppola disfruta a rabiar. Para Coppola (o para Mario Puzo, el escritor) los italianos (todos) son violentos, bullangueros hasta cuando estás solos, gritan, cantan, se enojan a los gritos también, se la pasan todo el día en camiseta musculosa comiendo pasta y sus mujeres son matronas gordas o putas platinadas, sin término medio.

En fin, la estigmatización del italiano, del latino, del afroamericano (como se dicen ellos mismos), del indio (como iluminó Brando), del soldado alemán pavote que siempre se deja sorprender, no es una novedad para cualquiera que mire películas de Hollywood. Pero Coppola se va de mambo. ¿La mafia norteamericana es igual a lo que Estados Unidos imagina de la mafia? No hay mafioso rubio, son todos morenos, James Caan es medio coloradón, pero se cuidan de mostrarlo bastante en musculosa para que se vea que es bien peludo y con modales de orangután.

En el Padrino II la cosa se retuerce un poco sin Brando, que la palmó en la película anterior (linda escena de Brando colgando el equipo en el medio de un huerto mientras juega a perseguir al nieto). Pacino ya es EL MALVADO. Creo que incluso logra ser más malo que Don Vito Corleone, que es un malo un poco teatral, con su cara de bulldog y susurrando todo el tiempo la mala dicción característica de Brando. Es casi impensable que Pacino con tan poco: tan poco cuerpo, tan pocos gestos, tan poco diálogo, logre ser tan horrorosamente siniestro. Lo ayuda mucho el director. En la escena en la que su hermana, en pleno velorio de su madre, le pide que se reconcilie con su hermano Fredo, la iluminación lo hace prácticamente todo. Pacino sentado en un sillón reclinado hacia atrás, con una luz dura de costado y la cámara tomándolo de abajo. ¡Mamita que susto que da! Una o dos escenas, nunca violentas, siempre sutiles: cuando le cierra la puerta en la cara a su ex esposa Kay (Diane Keaton) el día que descubre que viene a su casa a escondidas a ver a los hijos de ambos; o cuando lo muestran por la ventana entre sombras mientras espera oír el disparo que va a matar a su hermano Fredo, y al escucharlo baja lentamente la cabeza (es lo único que se mueve en toda la penumbra de la pantalla) como si dijera: “ya está, estoy vengado” y sintiera alivio por eso.  El Michael Corleone del Padrino II le hace sentir miedo a Nosferatu, a Dark Vader y al hombre de la bolsa.

Pero El padrino II no es solamente Pacino. La película se basa en una compleja estructura de flashbacks que muestran la historia de Vito Corleone personificado al principio por un pibito inexpresivo y después por Robert de Niro, y que alternan con la historia de Michael Corleone. Lo mejor, de nuevo, la ambientación. Aunque también se basa en estereotipos: la llegada a América (¿así le dicen los estadounidenses no?) con todos los inmigrantes en el paquebote mirando como ganado la estatua de la libertad (violines infaltables de fondo), las calles llenas de gente haciendo quilombo a los gritos, los mismos italianos comiendo cantidades industriales de tallarines, etc. Como sea, lo de Pacino es cercano a lo perfecto y salva un poco todo.

Lamentable la escena final (flashback esta vez de Michael Corleone) de la familia (James Caan resucitado) que espera a un Brando que nunca llega porque evidente y acertadamente reusó filmar esta segunda parte. ¿Si nadie extrañó a Vito Corleone en esta película por más que lo nombren hasta el hartazgo, para qué ponerse en off side con semejante escena? Incomprensible.

Y sí, problemas de guión, que los hay los hay. Por ejemplo este mafioso que traiciona a Michael Corleone llamado Frank Pentangeli (el actor Michael Gazzo), que se muestra toda la película como un bruto gritón, siempre enojado, medio borracho, estereotipo italiano a la décima potencia. En su última escena cuando ya está perdido  tiene una charla con Robert Duvall, donde citan al Duche y se ponen a hablar de la historia del imperio romano, y de cómo los romanos perdonaban a la familia de los traidores si estos se suicidaban. De buenas a primeras el energúmeno Pentangeli se convierte en un gran lector (lo dicen en la misma escena) y erudito acerca de temas históricos. Increíble. Lo único que hubiese justificado ese volantazo al argumento y al espíritu del personaje hubiera sido poner antes, al principio de la peli por ejemplo (como se dejan pistas en una novela policial), alguna referencia a su hábito lector, y hacerlo de paso menos imbécil, bruto y brabucón, ya que era tan léido. Digo que se yo.

Para El padrino III venía preparado con todo mi escepticismo, pero lo que vi realmente superó todas mis expectativas. Se ve que Pacino no quiso verse de nuevo en sus dos trabajos anteriores, o el propio Pacino se comió a Pacino. El impasible Michael Corleone, siempre medido y amenazante, se ha convertido en un histrión lleno de tics. Pacino es una mezcla de todas sus película, un poco del Shilock de El Mercader de Venecia, un poco del ciego del Perfume de mujer (mira todo el tiempo con esa mirada vacía a un costado del interlocutor ¿por qué lo hace?); todos menos Michael Corleone. ¡Nadie lo respeta! Andy García (impresentable) lo grita en su propio despacho, incluso le arranca la oreja de un mordisco a otro mafioso (Joe Mategna) y a Corleone no se le mueve un pelo. Su hermana (que le pedía por favor no matara a Fredo en el Padrino II y la fajaba el esposo durante toda la película) se la pasa opinando sobre asuntos mafiosos. Para colmo le ponen de hija a Sofía Coppola, la hija del director, que es de piedra. Sus limitaciones para actuar son escandalosas. A Coppola le encanta poner familiares en sus películas. La hermana de Michael Corleone es su propia hermana en la vida real – ¡sí, la esposa de Rocky!-, sus hijos pequeños fueron extras, su padre aparecía en El Padrino tocando el piano en una guarida mafiosa (¿por qué habría un tipo tocando el piano en un aguantadero donde se escondían los mafiosos? Qui lo sa).

Si ya no bastaba con todo esto, el guion se retuerce alrededor de las relaciones de Michael Corleone con el Vaticano, en una especie de intromisión codigodavinchesca de la iglesia y el papado en esta historia mafiosa. Ya en el Padrino II cuando Michael Corleone viaja a Cuba la trama se vuelve difícil de aceptar. En El Padrino III en la escena en que Pacino está debatiendo negocios en una sala del Vaticano en donde todos los personajes se empeñan en explicarle y repetirle al espectador lo que ya sabe (recitándolo en un diálogo absurdo que no hace más que reafirmar que Coppola toma a su público por estúpido) no hubiese sido menos sorprendente que de allí la trama se trasladara a la Luna o al fondo del mar.

¿Y qué pasó con Kay aquella esposa a la que Michael Corleone le cerraba la puerta en la cara y no le dejaba ver a sus hijos? Pues resulta que en El padrino III cuentan que Pacino le confió la educación de sus hijos hasta que ellos fueron mayores (¡?). Kay y Michael tienen un hermoso y tranquilo diálogo donde él le dice que ella está muy bella y ella le dice que no lo odia pero le tiene miedo. ¡No lo odiás si no te dejaba ver a los bambinos! ¡Mala madre! ¿Y qué paso con Robert Duvall, el abogado de la familia, un tipo medido y  leal adoptado por Vito Corleone que lo recogió de la calle cuando era un niño? Se murió (se ve que Duvall tuvo la decencia de no participar de la bazofia) pero está su hijo. Un cura (¡!) que Pacino ubica con sus influencias en el Vaticano. Para sumar bizarrés el nuevo abogado de Corleone es el increíble George Hamilton, una especie de David Copperfield que se durmió en la cama solar. ¿Y qué pasó con la ambientación? ¿Esas increíbles tomas del Padrino II con una ciudad llena de autos de época y gente vestida de America Way of Life? Nada, hasta el minuto 47 (lo miré especialmente) no hay una toma en exteriores. No sé si fue Brando el que dijo allá por los años ’90 que en esa época no se hubiera podido filmar una superproducción como El padrino por lo que hubiese costado. El padrino III lo demuestra con creces, no sé cuánto gastaron en hacerla (lo tengo que googlear) pero parece una película hecha para la televisión.

Lo que más jode de una película, lo que más me jode de una película, son las fallas en el guión. Por ejemplo que un personaje cambie repentina e inesperadamente. Pacino es parco en la primera y la segunda película y un monigote gesticulante en la tercera. O que tenga sorprendentes talentos al medio o al final de la película que no fueron anticipados cuando se plantea el personaje al principio: sabe karate, toca el piano como Franz Liszt, o es un sabio letrado como el mafioso Pentangeli. O que todo el tiempo estén remachando un aspecto de la personalidad del personaje. James Caan es violento e impulsivo, entonces no hay una escena en la que no esté gritando, o jugando de manos, o pegándole un tiro a alguien. También jode que haya cambios injustificados de escenario. Corleone se va a Cuba (lo quieren matar, tiene unos quilombos tremendos en la casa y se va a Cuba a hacer negocios), se ve que Coppola (o Puzo) adoraba la Cuba de los ´50 y la metió (a patadas) en el guión.

Brando decía que Coppola era un imbécil. Y que sus críticas hacia él por hacerlo demorarse en la filmación de Apocalypse Now, retocando el guión hasta volverlo loco y metiéndole magia improvisando en una escena en medio de la oscuridad, eran propias de un imbécil que no entendía que él (Brando) le había salvado el culo (literal) a Coppola, a la película y a un guión flojísimo que sin él se iba al tacho.

Brando era un megalómano, delirante, divo incomprensible y, como no, un genio. Hay una famosa entrevista de Truman Capote a él que recomiendo. Seguramente exageraba y no es un secreto que era inaguantable y terminaba peleado con la mayoría de sus directores, co-actores, etc. Pero algunas cosas dijo ciertas. 1) en el cine de Hollywood no hay nada de arte, es un negocio y nada más. 2) el cine de Hollywood explota y mete en la mente de la gente un sinfín de estereotipos injustos y envenenados. 3) la mayoría de sus guiones y sobre todo los diálogos merecen ser reescritos para ganar veracidad, para que tengan un atisbo, apenas, de verdad. Por eso él reescribía los suyos una y otra vez para desesperación de los productores.  No sé si todo lo que decía Brando era cierto, hay muchas películas de Hollywood que me gustan (sobre todos las viejas) pero sus juicios parecen ajustarse bastante bien a la celebrada trilogía de Coppola.


Al final de mi maratón netflixeana de El padrino me pregunté por qué la trilogía de Coppola, o sino la trilogía, las dos primeras películas son consideradas de lo mejor de la historia del cine. ¿Será por el espectáculo de la ambientación que hay que reconocer por momentos asombroso? ¿Será por el morbo de ver violencia en primer plano, tiros en la cabeza y en la garganta, puñaladas en las manos, mucho estrangulado con cable de bicicleta, sangre por doquier? ¿Será por cuestiones técnicas que desde luego se me escapan? ¿Porque revelaba la secreta historia de la mafia? ¿Por los actores? En fin, no lo sé. Se ve que yo quedé más perplejo por los tiros afuera que por los goles. 

domingo, 12 de febrero de 2017

PRISIONEROS

por Andrés G. Muglia


Existe una literatura cuyo eje es el encarcelamiento. Cuando esa literatura tiene, además del atractivo de contar una realidad que nos es ajena (por suerte), el de poner al encarcelamiento en contexto histórico como herramienta de represión a manos de un poder absoluto, entonces se transforma además en una dolorosa y ejemplar forma de denuncia. ¿Y para qué sirve esa denuncia? En primer lugar, como bien lo dice el título de una de esas obras que nos toca de cerca, para que “Nunca más” el hombre cometa las atrocidades denunciadas. En segundo lugar, y esto en un sentido individual y si se quiere psicológico, para que el que realiza la denuncia, el autor y el afectado en primera persona, tramite por medio de la literatura ese misterioso sortilegio que hace que lo que se saca afuera mediante la confesión, el relato o el grito desnudo y primordial, no pese tanto en el adentro.

El primer contacto con este tipo de literatura lo tuve en mi adolescencia con el libro El sepulcro de los vivos de Fiodor Dostoievski. Recuerdo la impresión que me provocó leer las crueldades a las que eran sometidos los supuestos enemigos del zarismo. El encarcelamiento, la deportación a las temidas estepas siberianas, acaso la muerte. Heredando las prácticas de la policía del Zar, la Checa, después NKBD, es decir la policía secreta del régimen comunista, copiaría casi exactamente los mismos métodos del derrocado Zar para castigar a sus propios presos políticos. La psicótica persecución estalinista de los disidentes también tuvo su cronista. Aleksandr Solzhenitsyn fue encarcelado cuando era teniente del ejército rojo, a raíz de un intercambio epistolar con un amigo donde supuestamente criticaba al gobierno. Por este inocente delito Solzhenitsyn cayó en la máquina del encierro de la URSS a la que él llamó con lucidez el Archipiélago Gulag.

El archipiélago fue la metáfora con que Solzhenitsyn denominó a esa patria paralela, trama que se sobreponía al extenso mapa de la Unión Soviética, punteada de innumerables presidios. Como en un archipiélago formado por islas, estas otras islas, los centros de encarcelamiento, tenían sus formas, sus costumbres, sus códigos y su lenguaje determinado, una verdadera nación subterránea de desdichados. Entre encarcelamiento y exilio Solzhenitsyn estuvo ocho años en el Gulag, una pena muy menor en términos de la “justicia” soviética de aquellos años. De allí volvió con una historia que contaría al mundo, como testigo privilegiado (triste privilegio) y que le llevaría a ganar el premio Nobel de literatura de 1970 y también a no poder volver a la Unión Soviética hasta bien entrado el siglo XXI.

Pero los presos soviéticos no pertenecían a un grupo ocioso. Muy por el contrario, la mano de obra esclava era una parte importante de la industria naciente de la URSS. Otro libro, precedente y peor escrito que el de Solzhenitsin, daría cuenta de este fenómeno y lo denunciaría a occidente. Yo elijo la libertad, de Victor Kravchenko, publicado en 1943, fue pionero en contar lo que sucedía detrás de la cortina de hierro. Kravchenko era un ingeniero y alto funcionario comunista, que se evadió en ocasión de una visita a los EEUU. En su libro, que sin formar parte de la literatura de encierro sí da buena información acerca del trabajo esclavo en la URSS, cuenta cómo se estructuraban algunas industrias soviéticas y cómo la máquina del régimen; de la que el libro 1984 de Orwell, a la vista de la evidencias históricas, pasaría a ser menos una caricatura que un retrato bastante fiel; perseguía de un modo maniático a través de una red de espías y delatores a todo opositor o sospechoso de serlo, especialmente a sus propios funcionarios.

Nos fuimos del tema escogido para adentrarnos en otras zonas pantanosas de la condición humana, volvamos pues al camino. Siguiendo un orden estrictamente cronológico encontramos otra literatura de encierro en la extraordinaria Trilogía de Auschwitz, del italiano Primo Levi. Esta trilogía está compuesta por los libros Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados.

Levi fue víctima del tristemente célebre campo de extermino estrella de la Alemania bajo el nazismo. Fue para él una suerte, como él mismo lo expresa irónicamente al comienzo de Si esto es un hombre, haber caído en manos de la SS en el año 1944, por lo que “sólo” tuvo que pasar un año en Buna, uno de los campos que formaban Auschwitz (que eran más de cuarenta). Levi, un partisano inexperto, un preso político encarcelado por el gobierno de Mussolini, fue deportado junto con otros 650 judíos italianos hacia las desconocidas tierras polacas. De todos los que viajaban en ese tren hacia la muerte solamente tres sobrevivieron. Cuando regresó y aún antes, Levi tomó como compromiso dar testimonio de lo ocurrido. Esto sucedía en épocas en que todavía se dudaba acerca de la veracidad del holocausto, en que la justicia internacional hacía su trabajo de limpieza de conciencias en la farsa de Núremberg, y en que organizaciones como Odessa facilitaban una cómoda jubilación en Argentina, EEUU y otros países amigos a los criminales de guerra nazi.

Si esto es un hombre es la narración desgarrada, la catarsis de alguien que pasó por el infierno y necesita contarlo. Levi anota con detalle las crueldades de la SS y la meditada forma de quitar la humanidad al otro, de animalizarlo para después matarlo sin piedad en la cámara de gas. Pero también cuenta el modo en que esa deshumanización impone entre los mismos que padecen, la lucha por la supervivencia que diluye la solidaridad, dejando al hombre sólo y en primer plano, peleando contra todo y todos, degradándose e ignorando los códigos morales que se pueden sostener en la vida civil pero no en medio del infierno. Los mejores, los valientes, dice Levi, morían. Sólo quienes tuvieron algún privilegio y una buena dosis de suerte, como el mismo Levi que por ser doctor en Química logró trabajar los últimos meses de encierro en los laboratorios del campo de Buna (que era en realidad el proyecto de una industria química que funcionaría en base a mano de obra esclava), lograron sobrevivir. Entre medio Levi narra el horror y los pequeños detalles del horror. El modo de relacionarse, las costumbres delirantes impuestas por los alemanes, la manera en que se usó a los mismo judíos para el control y el trabajo de matar a sus propios compañeros, de modo de implicarlos y hacerlos “culpables”; y otras mil formas de tormento.

La tregua es un libro de descanso luego de Si esto es un hombre. Pero es un descanso lleno de melancolía. La liberación de Auschwitz no tuvo que ver con la festiva actitud de los soldados americanos haciendo la ve de la victoria para los fotógrafos de Life. La liberación de Auschwitz y su constelación de campos de reclusión fue un lento y doloroso despertar donde solamente los enfermos que no habían podido caminar habían quedado atrás. El resto de los reclusos moriría en su mayoría sometido a marchas de exterminio hacia el oeste, obligados por los nazis a escapar del avance del frente ruso con la intención de eliminar al resto de los testigos que podían contar lo que habían visto y sufrido. La fortuna quiso que Levi estuviera en la enfermería cursando una escarlatina y por esa casualidad no fue sometido a una de esas marchas. Pudo sobrevivir gracias a su tesón y su ingenio combinado con el de dos soldados franceses que habían sido recluidos dos meses antes; sobreponiéndose al último y más pesado de los espantos, el de los enfermos muriendo de hambre y sed en el campo abandonado. 

Después la liberación poco organizada por el ejército ruso, las aventuras con compañeros de andanzas italianos, simpáticos estafadores y decenas de personajes más. Los constantes traslados hacia el interior de Europa del este. La permanencia junto a un contingente de miles de italianos en una suerte de cuartel en medio de la estepa, donde vivieron tres meses y donde, con un tono propio del mejor Fellini, Levi narra la vida en esta suerte de delirante falansterio. La restitución a la patria será en el mismo registro, en un tren comandado por un maquinista que no sabía muy bien a donde iba y custodiado por un puñado de soldados rusos adolescentes que pasaban el tiempo jugando con los niños sobrevivientes. Treinta y cinco días duraría ese viaje en tren, epílogo lento y agridulce de la liberación.

Los hundidos y los salvados  completa la trilogía y la remata, cerrando el círculo que Si esto es un hombre y La Tregua habían abierto. En este libro, un Levi ya maduro, como hombre y como escritor, cosecha la experiencia de sus años dando conferencias, charlando con jóvenes y adultos, abrevando en las múltiples fuentes bibliográfica que puntualizaron algunos datos que no estaban claros en época de la publicación de Si esto es un hombre en 1947. En Los hundidos y los salvados Levi intenta un análisis de las diversas facetas del holocausto, y lo hace de una manera tan lúcida y a la vez tan humana, sin pretender ahondar en la motivaciones psicológicas de los opresores ni en la huella indeleble que su accionar dejó en sus oprimidos, que el libro resulta cercano y de algún modo revelador para quienes alguna vez, luego de conocer este y otros terribles episodios de la historia se preguntaron: ¿cómo pueden haber hecho esto?

Entre otras cosas Levi intenta dilucidar esa pregunta. También ensaya una comparación con los campos de castigo rusos, citando a Solzhenitsin, y encuentra que en estos la exterminación era una consecuencia y no un fin en sí mismo como ocurría en los Lager alemanes. También trata el problema de la comunicación en los campos, verdaderos babeles de lenguas y nacionalidades, donde judíos de toda Europa eran encarcelados y donde era vital comprender rápidamente las órdenes que los SS y los Kapos judíos ladraban a los prisioneros.

Por último, y para completar este artículo viciado de extensión, citaremos un libro que quizás sea el menos serio de los aquí mencionados. Y es porque se trata del más famoso, llevado a la pantalla por Hollywood y por si fuera poco, sospechado de ser una gran mentira basada en hechos reales. Se trata de Papillon de Henry Charriere. Esta supuesta novela autobiográfica, publicada en 1969, cuenta en primera persona las peripecias del propio Charriere cuando fue encarcelado por la policía francesa en su colonia carcelaria de Guyana, y su posterior evasión. Aunque es un hecho comprobable que Charriere estuvo preso en Guyana, no es seguro, y a ciencia cierta a quien lee la novela le es difícil de creer, que Charriere haya vivido todas las aventuras que el libro cuenta. En cambio, lo más probable es que haya tomado historias escuchadas en el penal y las haya contado como suyas. Y casi tan seguro como eso es que Charriere no haya escrito Papillon, sino que lo hizo un periodista, un escritor fantasma que conoció durante su vida de hombre libre en Venezuela.

Por otro lado existe un libro, menos glamoroso y más llano, la verdadera fuente sobre la que se estructura el texto de Charriere, llamado Guillotina Seca de René Belbenoit. La metáfora del título es suficientemente elocuente, el presidio francés era tan efectivo para provocar la muerte del recluso como el adminículo inventado por Monsieur  Guillotin, y mucho menos sucio. Para quien lee los dos libros el parecido es evidente, con el único detalle de que la obra de Belbenoit, casi desconocida antes de la aparición de Papillon, precede a la de Charriere.

Papillon es menos importante por la trama o la aventura, y hasta por el predecible final heroico con recuperación de libertad incluida, que por mostrar hasta qué punto el sistema judicial y penal francés se deshacía de sus reos enviándolos a morir a los presidios montados en sus colonias en América. Los detalles del encarcelamiento son sobrecogedores, así también como el sistema con que los presos guardaban sus tesoros más preciados (dinero casi siempre) en un supositorio o “estuche” que llevaban siempre encima (no hay que explicar con qué método) y que sorteaba los imprevisibles cacheos y revisiones de los guardias.  

Como sea, auténtico o no, el libro de Charriere está bien escrito en el sentido de que atrapa al lector de principio a fin, un merecido best seller. Pero el detalle de la falsedad de lo que cuenta (no de su escenario, que confirma Belbenoit) hizo que mi entusiasmo por el libro decayera, hasta tal punto que su secuela: Banco, donde el protagonista narra las alternativas de su vida de hombre libre, sigue esperando en mi biblioteca para que lo lea.

Dostoievski, Solzhenitsyn, Levi, Charriere, los tres primeros injustamente, el último por estafador y un supuesto asesinato del que se declaró inocente, fueron víctimas de sistemas de encarcelamiento que envilecían a sus víctimas al punto de convertirlas en animales, enloquecerlas o simplemente quitarles el deseo de vivir. Los tres en ese sentido lucharon, cada cual con sus armas, para sobrevivir. Lo lograron y dejaron crónica de eso y de cómo el hombre es capaz de tratar a sus semejantes, motivado por el racismo, la presión de un sistema autoritario o el simple goce sádico.  En la cárcel o el Lager a ellos se los enjauló, se los castigó, se los humilló, se intentó quitarles el resto de humanidad que pudieran conservar para luego liquidarlos una vez convertidos en cosas sin voluntad.


Quedaría considerar, en época en que el sufrimiento animal es tenido en cuenta de tal modo que los jardines zoológicos comenzaron a cerrar sus puertas, como ocurrió con el zoo de Buenos Aires y de a poco con el de la ciudad de La Plata; cómo es que el hombre no ha descubierto otro sistema mejor y más humano que el de encarcelar, enjaular literalmente como a esos animales, aislar a los delincuentes en condiciones infrahumanas.  ¿No existe otro modo? ¿A nadie le interesa pensarlo? ¿Da miedo pensarlo? Mejor bajar la imputabilidad y sentirse seguros, seguir enjaulando. Pero por un solo inocente que caiga en la trampa, alguno habrá la justicia como toda creación del hombre es falible (por eso la pena de muerte es una paparruchada) valdría la pena pensarlo. 

miércoles, 1 de febrero de 2017

Buenos Aires, gentrificación ¿y después? …


La revista Mejicana (o Mexicana) Los Heraldos Negros, me ha publicado un artículo acerca de la Gentrificación. ¿Y qué es eso? Ahí va un parrafito para ver de que va el tema y la invitación para leer el artículo completo en: http://www.heraldosnegros.org/buenos-aires-gentrificacion-y-despues/

Buenos Aires, gentrificación ¿y después? …

"El primer obstáculo que hay que sortear al acercarse al fenómeno de la gentrificación es definir qué cae dentro de su esfera de influencia. El concepto, tal como lo introdujo Ruth Glass en la década de los sesenta, se refiere al movimiento de “colonización” de barrios populares u obreros por parte de las clases altas, es decir su “aburguesamiento”. De tal suerte, la puesta en valor del antiguo barrio popular expulsa en su dinámica a los vecinos originales, incapacitados de pagar los nuevos impuestos y alquileres devenidos de una revalorización de su hábitat."



martes, 27 de diciembre de 2016

ERNESTO SÁBATO EN SU JARDÍN OSCURO

por Andrés G. Muglia


Está claro que el gusto se educa, crece, muta como un organismo vivo que busca su plenitud. No nos gustará lo mismo en la niñez que en la adolescencia o en la edad adulta. El sabor amargo de la cerveza, que rechazamos en la infancia, será la preocupación de muchos a partir de la juventud. Lo mismo ocurre con los gustos literarios. El lector aprende que nunca debe rechazar de plano a ningún autor, sino dejarlo a un lado de su camino edificado en papel y tinta. Quizás, en otra vuelta de su viaje llegue de nuevo a ese autor y descubra con asombro un tesoro que había rechazado en otro momento de su vida. 

Esto mismo me ha pasado con Ernesto Sábato. Accedí a él en la adolescencia, cuando todo libro que cae en nuestras manos es leído con una cierta compulsión, una búsqueda de la empatía profunda o el rechazo más riguroso. Por lo segundo me decanté en esa época, cuando Sobre héroes y tumbas me pareció un libro pretencioso, con personajes laboriosa y torpemente construidos, con una propensión a dejar al lector sumido en el aburrimiento más aburrido. No entendí, evidentemente, la filosofía profunda que encerraba aquel libro; el modo en que reflejaba las preocupaciones de un autor torturado y, como él mismo definiría en sus ensayos, problemático.

Más tarde leí El túnel, un libro que vino a confirmar esa sensación juvenil en la adultez. A pesar de corto, porque es más un cuento largo que una novela breve, El túnel revivió aquella sensación de estar leyendo algo a contrapelo de nuestros deseos de abandonarlo. De pelear todo el tiempo con ese latente fantasma del aburrimiento.

Pero la madurez de un lector no es, como podría pensarse, un hecho progresivo. El resultado de un sedimento que el tiempo y las lecturas van formando. Me imagino más ese crecimiento al modo en que los bebés se convierten en nenes o nenas: cuando por fin caminan. Me he asombrado viendo que ese acontecimiento, lejos de ser un fenómeno paulatino, sucede de un día para el otro, como si un esforzado ser de la cavernas hubiese estado observando por mucho tiempo un martillo, tratando de comprender para que sirve, y de golpe se diera cuenta (¡Eureka!) y comenzara a golpear con ansiedad todo lo pasible de ser martillado. Encuentro en el crecimiento como lector esta suerte de tirones hacia adelante, de revelaciones de nuevos sentidos que solamente ciertos autores y ciertas obras pueden fomentar. Estoy pensando en Kafka, en Schopenhauer, en Apollinaire, en Alberti, en Rimbaud. El mundo revelado ante una luz, o una sombra, nueva.

Curioseando en una biblioteca ajena, costumbre obsesiva e inherente a todo lector que se precie de tal; encontré un volumen ajado de Sobre héroes y tumbas. Como es conocido (por este blog) mi gusto por los viejos volúmenes que remiten a las bibliotecas de mi infancia (ese gusto no ha variado) me impulsó a tomar aquel libro y pedirlo prestado. Hubo, entiendo, en ese gesto una especie de empecinada soberbia del orden de: "no puedo ser tan bruto de rechazar un autor tan elogiado por la fuentes más acreditadas", o algo así. Lo cierto es que, dispuesto a reincidir en mis juicios previos, me encaminé a mi hogar con el polvoriento libro bajo el brazo. Tal vez hubo alguna preparación para lo que luego ocurriría, pues ese mismo verano me atareaba en leer a Schopenhauer, mi filósofo de cabecera, un célebre pesimista con respecto a las cosas de este (y el otro) mundo, que bien podría emparentarse con Sábato. Lo cierto es que desembarqué en esa novela como quien llega a un pálido puerto de paso cuyo nombre olvidará al partir, y me encontré de pronto en un paraíso exuberante e inesperado. Un paraíso oscuro, como debe ser la selva profunda, aquella cuyas hojas impiden que el sol toque la superficie rica en humus, hongos, detritus y toda clase de alimañas que se meten por debajo de la bocamanga del paseante.

En una entrevista televisiva realizada a Sábato en el año 1976, en el programa español A fondo, aquel cuya extensión podía llegar a exasperar a personalidades como Roman Polansky que se amotinó en plena emisión; Sábato se explayó, como permitía y estimulaba el mismo entrevistador, en una suerte de defensa (aunque el sustantivo es en cierto modo ampuloso) de su literatura, y en particular de sus novelas. Decía:

"Yo me he propuesto cosas grandes… Si yo tengo un pequeño jardín se me puede exigir, casi se me debe exigir, que el jardín sea perfecto. Que sea limpio, que sea ordenado, que esté bien dispuesto. Pero si yo me propongo el Mato Grosso… es otra cosa. El Mato Grosso tiene fieras, pantanos, mosquitos. Alimañas de toda clase, sabandijas de toda índole. No le pidan eso al Mato Grosso. Yo me he propuesto el Mato Grosso, que lo haya logrado… no se. Pantanos hay muchos, de eso estoy seguro." (1)

En fin, que todas mis esforzadas metáforas sobre jardines y selvas no son más que una idea del propio Sábato: ¡touche originalidad! Como sea, elíptica o directamente, Sábato mismo da un porqué a sus tortuosos textos. Pero sino por propia confesión, podemos encontrar algo tortuoso (pero consecuente con sus ideas hasta el fin) en el propio camino de Sábato como ser humano: su vida. Sábato es un ejemplo de renunciamiento. Alguien que, alcanzado un objetivo que se ha propuesto, lo abandona con la misma pasión que lo motivó a perseguirlo. Secretario General de la Federación Juvenil Comunista de Argentina, renuncia repentinamente a ese cargo, mientras se dirigía a un congreso en Bruselas. En charla con un camarada Sábato se da cuenta, casi con miedo, que el lugar hacia donde se dirigía el comunismo, cuya referencia más marcada era la Rusia de Stalin, no era el que él ¿idealizaba? Esa misma noche huye hacia París. Del mismo modo, renuncia a un promisorio futuro como científico (Sábato trabajó en el laboratorio del mítico matrimonio Curie) cuando advierte que la literatura que persigue es incompatible con el universo del saber científico. Las matemáticas, refiere, fueron un refugio en su juventud, cuando buscaba respuestas a un mundo caótico, desordenado, hostil; que se refleja después en sus libros. Con cierta solapada jactancia Sábato comenta en entrevistas y hasta en su libro Abbadón el exterminador, que aquella renuncia insólita para sus compañeros de disciplina le valió que el propio Bernardo Houssay, premio Nobel de Medicina, le retirara el saludo.

Buscándose a sí mismo (¿consiguió encontrarse alguna vez?) Sábato se aisló de aquel mundo, en un rancho sin luz ni agua corriente de las sierras de Córdoba. Allí, en la compañía de su imprescindible Matilde y su hijo pequeño, escribió su ensayo Yo y el universo, y decidió que el futuro que edificaría sería no a través de la ciencia, sino de los dudosos ladrillos del arte y la literatura. Poco ha sido lo que ha llegado de ella hasta nosotros, al menos en el terreno de la novela; terreno que según declaraciones del propio Sábato era al que él más jerarquizaba por sobre, por ejemplo, su labor como ensayista. Como un escritor lejano en los tiempos, que ha ido extraviando sus obras en catástrofes cíclicas o en incendios a manos de obtusos conquistadores, el propio Sábato, autocrítico y exigente como su admirado Kafka, echó al fuego muchas de sus obras que, por demasiado imperfectas, no consideraba llenaran sus ambiciones. Matilde nos hizo el favor de rescatar de las llamas Sobre héroes y tumbas (¿cuántas veces lo habrá rescatado al propio Sábato?), destino que ya le preparaba el escritor, que con humor se declaró algunas vez pirómano de su propia literatura. Sólo tres novelas han llegado hasta nosotros de esta especie de holocausto que el propio Sábato llevó a cabo. 

Gracias Matilde por recuperar esos oscuros y amargos frutos del incendio, frutos que supe degustar cuando no ya ellos, sino yo, estuve maduro para hacerlo.



1- Ernesto Sábato entrevistado en el programa "A Fondo". España, 1976.

jueves, 11 de septiembre de 2014

GENTE SIN TIEMPO

por Andrés G. Muglia


Uno no puede escapar a caer, de vez en cuando, en lugares comunes. Aunque se quiera ser todo el tiempo original, aunque reneguemos de las repeticiones y las copias, aunque vociferemos nuestra condición de libres pensadores.

En ese sentido, cuando pienso en la imagen de alguien que lee imagino a un tipo cuarentón, sentado en un sillón de orejas color verde, con una luz puntual enfocada en su libro (puede ser una lámpara de pie o un velador sobre una mesita). A su alrededor hay una biblioteca de esas de piso a techo, mucha madera barnizada y por ahí también algún whiscacho en la mesita y una pipa.

Cuando me viene esa imagen a la mente pienso que yo, que si puedo reivindicarme de algo, humildemente, puedo hacerlo de lector (lector diletante pero lector al fin), jamás he leído un libro en esas condiciones. Lo he hecho en la cama, en el baño, en la cola del banco, en el colectivo y en el tren, en una pizzería, de parado en una librería, sentado en el suelo, en un altillo lejano en Bahía Blanca; pero nunca de ese modo. Como sea, esa imagen que tengo metida en la cabeza, quién sabe a través de qué nefastos mecanismos, es la de un lector reposado, que paladea la literatura en un ámbito ideal para el disfrute, un burgués que sabe apreciar la cultura y que está leyendo seguramente algún artículo de la Enciclopedia Británica.

Charles Bukowsky decía (escribía) acerca del acto creativo:

"vas a crear trabajando
16 horas por día en una mina de carbón
o
vas a crear en una piecita con 3 chicos
mientras estas
desocupado,
vas a crear aunque te falte parte de tu mente y de
tu cuerpo,
vas a crear ciego
mutilado
loco,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla en terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego".

Yo creo que tranquilamente podría tomarse este poema con aquellas mismas tijeras con que Tzara creaba los suyos recortando frases de revistas y libros (¡vamos si nosotros también lo hicimos por consejo de él!) (por supuesto no resultó igual); tomar esas mismas tijeras decía y sustituir la frase "vas a crear" por "vas a leer", y la cosa funcionaría igual de bien.

No hace falta que el contexto nos apoye para zambullirnos en la lectura. Por el contrario considero que los contextos más atroces (la silla dura al lado de una cama de hospital, la celda de una cárcel) son el mejor lugar para conectarse con algo impreso. Si uno quiere leer va a leer. Si no tiene tiempo lo va a buscar (se lo quitará al sueño, al amor, a la familia) si no tiene lugar lo va a buscar (escondido en el baño del laburo, con una linterna adentro del auto en el estacionamiento del supermercado). Leer es mucho más que mirar televisión o ir al cine, es un compromiso con uno mismo, con algo que sabemos superior a cualquier entretenimiento, a pesar de que también y paradójicamente es el mejor entretenimiento.

¿Entonces a qué viene esta profusión de sitios de Internet, revistas digitales, concursos y certámenes de "microrrelatos"? ¿Qué es un microrrelato? ¿Un cuento muy corto digamos? ¿Algo como esas maravillas de un párrafo o dos incluidas en Historia de Cronopios y de Famas? ¿La condensación de una genialidad concentrada hasta sus últimas consecuencias? ¿Una especie de haiku de la prosa? Y ya que vamos de preguntones. ¿Qué por Dios es un haiku? ¿Un poemita? ¿Un poemi? ¿Un poe? ¿Un p?

A veces me parece que esta proliferación del microrrelato está generada por esta vida ¿moderna? ¿posmoderna? ¿post-posmoderna? que nos hemos construido. Sí, todos la construimos, porque nadie vende algo sin uno que lo compre. Que el microrrelato no es más que la consecuencia de la vorágine del que no tiene tiempo de leer, y en lugar de un capítulo o dos de una novela, consume a los apurones un par de microrrelatos en el teléfono mientras viaja en subte.

Vamos a decirlo de una vez por todas: si no tiene tiempo de leer, hágaselo. Si no se lo puede hacer, entonces usted no quería leer.

Siempre ando medio perdido de la novedad pero no he visto ningún libro de microrrelatos vendiéndose en una librería. ¿El papel impreso atrasa tanto o es que este nuevo género que llena blogs y revistas virtuales no es más que el esfuerzo de quienes como "no tienen tiempo de leer" tampoco tienen "tiempo de escribir"?

Lo mismo para los cuentos y los concursos de cuentos. Busque usted un concurso que permita más de cinco páginas a doble espacio (lo que le da un cuento corto corto corto) y se llevará la palma de Cannes. Yo por mi parte tengo que echar mano a la misma tijera de Tzara para colar alguno de los míos en un certamen porque tengo la maldita costumbre de ser de tiro largo para escribir. Y algunos de treinta o más paginitas seguirán durmiendo en sus carpetas sin que les den siquiera oportunidad de, como Manet, jactarse de rechazados. ¿Los jurados no tendrán ganas de leer tanto?

En fin, ahora la literatura, además de fácil de leer (¿no se enteró? revise los consejos para escritores que pululan en la Web) tiene que ser breve. Por suerte a Kafka, Joyce, Faulkner, Mann, Marechal, Sábato y otras decenas de escritores de tiro largo o prosa compleja no se les ocurrió nacer en el siglo XXI, porque no hubiesen publicado ni jota.