sábado, 1 de agosto de 2020

El viajante en Beijing, de Arthur Miller

por Andrés G. Muglia



Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:

https://www.culturamas.es/2020/05/04/el-viajante-en-beijing-de-arthur-miller/

El título que lleva este curioso libro del autor y dramaturgo americano, recuerda un poco a aquel otro de Julio Verne: Las tribulaciones de un chino en China. Mucho tiene de tribulación este texto escrito por Miller a modo de diario personal en ocasión de su viaje a China para la puesta en escena de la obra La muerte de un viajante, a la cual medios especializados nominaron como una de las diez mejores de la historia estadounidense. El viajante… es antes que nada un texto de un escritor notable, de una ironía brillante sin la necesidad de estar dando constantemente golpes de efecto (como el otro Miller), que narra una experiencia extraña y estimulante que el autor tiene el don de transmitir.
Antes de entrar en materia dos palabras sobre mi percepción del Arthur Miller personaje. Miller demostró a mediados de los años 50 que un intelectual más bien feo, larguirucho, desgarbado y anteojudo, podía lograr el milagro de casarse con la mujer más hermosa del mundo. Eso era Marilyn Monroe para los medios y la prensa mundial y, lo peor de todo, esta afirmación tenía mucho de verdad incontrastable. Miller estuvo cuatro años con Marilyn (no fue un arrebato de amantes o un capricho de la diva) y demostró con eso un cliché hollywoodense: dreams come true. Miles de nerds, intelectuales, artistas y feos de toda variedad, estamos agradecidos al bueno de Arthur que demostró que cosas tan imposibles como la que demuestra este retazo de su biografía, pueden suceder.
Volvamos a lo nuestro. El texto que Miller escribió en ocasión de su viaje a China es, ante todo, la acuarela vivaz de un choque cultural. Por la época en que el escritor viajó (mediados de los 80 del pasado siglo) China estaba muy lejos de ser la potencia mundial de hoy en día. Emergiendo apenas de la catastrófica Revolución Cultural impulsada Jiam Qing, esposa de Mao; el país que se reveló ante Miller, incluso con todas las prerrogativas de ser una estrella mundial y que se lo tratara como tal, mostraba según sus palabras una suerte de patchwork de épocas que convivían entre sí. La mayoría de este ensamble heterogéneo lo constituían muestras poco felices de géneros de pobreza que Miller no sospechaba, algunas arraigadas en costumbres que databan de la época del Medioevo occidental.
Lo primero que llama su atención es lo superficial: la gris y uniforme vestimenta del pueblo chino. Puede leerse una perplejidad análoga en muchos visitantes de países del Pacto de Varsovia por esos mismos años, quienes coinciden en el melancólico paisaje vestimentario en contraste, sobre todo, con el brillante colorido de los Estados Unidos.  Pero Miller no se queda en la superficie de las cosas, ejerce una crítica ácida hacia el consumismo del American Way of Life. Al respecto de un artista chino que había viajado a los Ángeles sin verse deslumbrado por la cultura americana, Miller apunta:
“Me dio la impresión de un intelectual entumecido ante la profunda brutalidad de la cultura pop estadounidense, la forma de pulverizar las cosas mediante sonidos musicales, palabras, colores, cuerpos danzantes, fragmentos de telas, y sazonarlo todo con hamburguesas y salsa de tomates”.
Demoledor. 
Rascada la superficie del asunto, aliviado del jet lag y aclimatado a su nuevo paisaje, Miller comienza a descubrir China con todas sus luces y sus sombras. Se solaza en largos paseos en bicicleta con su esposa Inge, disfruta de la insobornable y sutil hospitalidad china, de sus paisajes y sus tradiciones. Pero también se topa, a la hora del trabajo para adaptar su obra al público chino, con una tradición actoral basada en un paradigma diametralmente opuesto a la actuación occidental de la época, que se alejaba de la declamación y se acercaba al naturalismo del Actor´s Studio. La actuación teatral china no busca el naturalismo (al menos no lo buscaba en esa época) sino por el contrario: es un evento artificial y artificioso sin voluntad de representar la realidad o, cuando menos, una ficción plausible de ser real.
En este sentido Miller, que buscaba en su obra expresar ciertas características americanas bien definidas con cierta veracidad, se enfrenta a una troup de actores chinos que entendían que usar pelucas estrafalarias, pintar su cara con excesivo maquillaje para verse “pálidamente occidentales” y exagerar los gestos, eran buenos métodos para representar La muerte… ante el público de su país. A primera vista estas dificultades mueven a risa, pero contra lo que intenta luchar Miller no es solamente la tradición (por poderosa que sea) o los caprichos y tics de un grupo de actores, sino contra algo mucho más grande. Baste un ejemplo como muestra. Cualquier grupo de teatro occidental representa La muerte… en un tiempo aproximado de dos horas. Se sabe (lo sabe todo el que escriba teatro) en dramaturgia una cantidad de páginas es equivalente a una cantidad determinada de tiempo de representación. En ocasión de la primera lectura general de la obra, el elenco chino demoró cuatro horas en llevarla a cabo. La explicación no está en un defecto de los actores, sino en que los chinos tienen un hablar más pausado que los occidentales. De resultas de lo cual Miller no sólo tenía que cambiar costumbres actorales, sino culturales y ancestrales. Asombrosamente, fustigados sin descanso por el autor durante las semanas de ensayos, los actores lograron culminar la obra dentro de unos márgenes de tiempo razonables.
Otras dificultades ampliaban la brecha cultural que separa La muerte… del público chino. En China no existía ningún oficio parecido al del protagonista de la obra Willy Loman, viajante y vendedor de profesión. En todo el país no existía ni había existido un solo viajante de comercio. El fracaso evidente de Willy en su trabajo, la obsesión por el éxito que quiere transmitir a sus dos hijos, la vejez que lo condiciona cada vez más y lo acerca a la desesperanza; todo ello es incomprensible si no se entiende cuál es el trabajo del protagonista. Ni siquiera el actor que lo representaba era capaz de transmitir algo que no sabía que era. Ese mismo actor, buscando su personaje, llegó a un ensayo con la buena noticia de que existía en China un oficio, ya perdido, similar al del viajante; consistía en escoltar y proteger las antiguas caravanas que atravesaban las extensas tierras chinas. Ese apoyo le bastó para transmitir al público la desesperante encrucijada de Willy.
Superar desde pequeños traspiés hasta grandes contratiempos, como el que supuso la deficiente infraestructura técnica del teatro donde se representaría La muerte…, que no contaba con las mínimas condiciones en cuanto a la iluminación, fue tarea diaria de Miller y sus colaboradores chinos. Oficios centenarios y la sensibilidad de verdaderos artistas lograron milagros. En cierta escena, la iluminación debía dar la impresión de que los actores se hallan al aire libre. El iluminador jefe logró el efecto interponiendo al haz de luz plantillas que simulaban hojas de árboles en movimiento. Miller quedó asombrado por la sencillez y eficacia de la solución describiéndola como el mejor efecto para esa escena de todas las puestas que había dirigido. También se asombró de cómo, mediante técnicas como el cartón piedra o papier mache, los escenógrafos y artesanos eran capaces de representar verazmente casi cualquier objeto que se les solicitase, incluso muchos que jamás habían visto: una heladera de los años 40, un casco de Fútbol Americano, una valija muy usada y hasta una mesa con vajilla, platos y comida que una sola persona podía trasladar con la fuerza de una mano. 
Hay que hacer mención aparte a los apuntes sobre la dirección de actores y del teatro en general que Miller va dejando a lo largo de este diario. En ese sentido El viajante… es como asomarse al misterioso oficio de un alquimista encargado de lograr la amalgama impensable entre gente que finge un guión memorizado, un escenario que simula punto por punto ser el mundo real, y una cantidad de otra gente que sentada en su butaca suspende la incredulidad para creer que todo ese artificio es verdad y, lo más extraordinario, emocionarse contemplando esa farsa. Eso es el teatro. Y Miller y cada uno de sus comentarios son teatro en estado puro. 
Desde indicar a un actor que se mueva o haga algo mientras otro está diciendo un parlamento “para que su personaje no muera” en términos de la dinámica actoral, hasta señalar que los protagonistas no tenían suficiente energía para ciertos papeles exigentes como el de Willy y su hijo Biff y que se “desinflaban” después del segundo acto, pasando por detalles de cómo las luces daban los diversos ambientes de cada escena (hay luces optimistas, intimistas, que suponen un recuerdo, etc.), cada anotación de Miller es una lección de cómo se hace una obra teatral.
Un libro extraordinario, en el sentido de salir de lo ordinario. Un diario de viaje, un choque cultural con final feliz, textos de un escritor brillante que siempre encuentra algo en donde sacarle punta a su humor amargo e irónico:
“A las siete de esta mañana suena el teléfono, y la clara y firme voz de nuestra hija Rebecca nos explica que ella y su abuela están bien, pero que la mitad de nuestra casa de Connecticut ha ardido durante la noche… Una hora después, uno de los chicos adolescentes que hacen funcionar el hotel entra en nuestro cuarto y con placentera confianza, nos dice que le gustaría ayudar a trasladarnos. No tenemos idea adónde tenemos que ir, pero al parecer, nos han concedido una gran suite… Hoy hemos recibido toda clase de buenas noticias”.

Esta noche, la libertad, de Dominique Lapierre y Larry Collins

por Andrés G. Muglia


El link:
https://www.culturamas.es/2020/05/06/esta-noche-la-libertad-de-dominique-lapierre-y-larry-collins/

Esta noche la libertad es la historia novelada de la independencia de la India. Lapierre y Collins publicaron esta obra en 1974 después del éxito de ¿Arde París? y ¡Oh, Jerusalem! Como sus predecesoras, Esta noche… fue best seller en Francia, encabezando las listas de textos más leídos durante nueve meses. 
A veces llegamos a un libro como a un espectáculo de teatro o a una sala de cine, con prejuicios. Juzgamos la pieza o el film antes de verlos, por los actores o el director. En mi caso desconocía los autores de Esta noche la libertad, pero desconfiaba del género: historia novelada. Soy de la idea, un poco rígida lo acepto, de que el género historia novelada (no confundir con novela histórica) o biografía novelada, son una suerte de “cuentitos” para los lectores que se aburren de la Historia a secas. Un modo de mejor tragar una píldora que sería difícil de administrar de otro modo. Debo decir que los autores de este libro derrumbaron ese prejuicio.
La “novelés” (¡neologísmo!) de Esta noche…, es tan contenida, tan correcta, tan en su sitio, lo justo y necesario entre los datos históricos, que uno se olvida de que está leyendo un libro en esa clave. Los diálogos son acotados, los necesarios para situar los personajes (a las personas) y establecer conexiones entre ellos y con el escenario histórico. En ningún momento tenemos la sensación de que la imaginación de los autores ha tomado demasiado vuelo alejándose del rigor de la Historia.
Sí encontramos en Esta noche… una estructura de novela actual en el sentido de que la acción se entrelaza siguiendo a los personajes principales, cuyo camino dentro de la historia se va alternando como en un fundido encadenado cinematográfico. Personaje principal: el Barón Louis de Mountbatten. Primo del rey del Reino Unido Jorge VI, joven héroe de la reciente Segunda Guerra (recordemos que la decisión de independizar la India ocurre alrededor de 1947) es designado por el gobierno británico del laborista Clement Attlee para hacerse cargo del virreinato de la India. Personaje principal: el Mahatma Gandhi. Mítico revolucionario hindú que puso de rodillas al imperio británico mediante la desobediencia civil no violenta. El destino de estos dos hombres tan opuestos: un noble europeo que contaba con parientes en todas las cortes de Europa y un líder hindú que tenía por todas posesiones la túnica que llevaba puesta, un reloj de bolsillo y una escudilla de estaño que le habían dado en la cárcel; se cruzaría en un contexto ya de por sí fascinante, incluso si ninguna historia digna de ser contada hubiese ocurrido allí. Pero ese no es el caso. Porque si en algo es rica esta región es en historia.
La India milenaria del valle del Indo invadido por los arios cuya historia sería reinterpretada por un pequeño cabo austríaco llamado Hitler para inventar un antecedente falaz con el cual justificar un genocidio. La India del imperio mongol de Gengis Kan que abarcó en su momento de esplendor desde Corea hasta el río Danubio. La india de los cuentos de Kipling, donde los príncipes más ricos de la tierra, los más de 500 Maharajas indios, cazaban al fabuloso tigre en hombros de sus ejércitos de elefantes. La India de Lahore, capital del imperio Mongol, de Nueva Dehli, de Cachemira, de Bombay, de Benarés y de Calculta;  ciudad fundada por los ingleses en el siglo XVII, famosa por ser la más injusta de la tierra gracias a su contraste entre los barrios y palacios erigidos para los sahibs británicos y la inconcebible pobreza de sus tugurios. La India donde convivían bajo el yugo inglés: los hindúes, divididos en férreas castas entre la que se contaba la de los “intocables”; los musulmanes, cuya religión había sido introducida bajo el dominio mongol; y los sikhs, religión mezcla de las dos anteriores cuyos fieles eran míticos guerreros. La India de los diez mil dioses y diosas, de las decenas de templos de inconcebible esplendor que convivían con la pobreza más extrema, de las vacas sagradas y del Ganges, el río santo. La India donde el lujo y la magnitud del palacio del virrey británico era sólo comparable con el Versalles de Luis XIV o el Hermitage de los Zares rusos.
Esa India, escenario digno del más exquisito sueño o de la peor pesadilla, es donde Lapierre y Collins se disponen a contar el momento decisivo cuando, tras casi un siglo de dominación, un imperio británico quebrado por la guerra decide soltar la mano de su más preciada posesión.
En ese punto de inflexión comienza el relato. La complejidad de la narración está dada no sólo por lo intrincado del momento social y político particular de la India y del mundo de posguerra en general, sino por lo enmarañado de un contexto multicultural de una riqueza étnica, antropológica, histórica, teológica y demográfica difíciles de creer. No podrán los autores desentenderse de ese contexto y estarán obligados a explicitar en líneas generales la compleja sociedad india y su historia. Quizás, además del apasionante devenir de la narración de la independencia india, que parece precipitarse de golpe luego de los prolongados esfuerzos de Ghandi y sus seguidores, la descripción del escenario es lo que hace de este libro una obra tan atrayente. Por momentos esa descripción resulta tan interesante que el lector queda con ganas de más. En ese sentido Esta noche… actúa como disparador de nuevos intereses, estímulo para seguir investigando en otras fuentes este país inagotable.
Pero el eje de la obra pasa por las consecuencias que desata la determinación de la corona británica por deshacerse de su dominio más preciado. Y es que, a pesar de que la independencia fue el sueño de Ghandi, Nehru y otros valerosos activistas indios que pasaron parte de sus vidas perseguidos o encarcelados, y que el lema impulsado por el máximo líder revolucionario fuese “fuera ingleses de la India”; cuando por fin los británicos decidieron renunciar a su dominio, no hicieron otra cosa que abrir una caja de Pandora cuyos monstruos dormían al amparo de la amenaza del amo blanco. Antes de la independencia, fuerzas opositoras cuya tensión hacía insoportable ya el dominio británico, estallaron y sometieron al país a una virtual guerra civil. La antagonía entre hindúes y musulmanes, fogoneada por líderes como Muhammad Ali Jinnah, partiría literalmente el país en dos. Así surgirían de la independencia de la India, no uno, sino dos países soberanos: la India y Pakistán. Para desesperación del Mahatma la nueva nación sería dividida. Los musulmanes tendrían su propio país al norte en el Penhab y separado por territorio indio al este en la región de Bengala (que más tarde se convertirían en Bangladesh), llamado Pakistán; y los hindúes contarían con la mayor parte de la península.
Pero hindúes y musulmanes convivían en una mixtura centenaria imposible de dividir sin un profundo desgarramiento. Las matanzas y enfrentamientos dieron lugar a escenas dignas de la pluma del Dante. Crueldades que se describen en abundancia a lo largo de Esta noche… y que, si no fuese por la profusión de pruebas aportadas por los autores, serían difíciles de creer. 
La traumática división de la India dio lugar al éxodo más grande de la historia del hombre. Se calcula que más de catorce millones de personas se trasladaron a un lado u otro de la nueva frontera. La mayoría perdería todas sus posesiones materiales y muchos a todos o buena parte de sus seres queridos. El odio, la violencia y la rapacidad se cebó terriblemente sobre los emigrantes, sumados a la inclemencia del clima que retrasaba la época de las lluvias. Desesperados, los dirigentes indios con Nehru a la cabeza pidieron auxilio del ex virrey Mountbatten, que actuó veladamente, constituyendo un gabinete de emergencia que ayudó a paliar la crisis. Por su lado, Gandhi contribuyó a pacificar el convulsionado escenario a fuerza de poner en juego su vida por medio de huelgas de hambre. El pueblo indio, que lo amaba sin distinción de a qué credo perteneciera cada quien, depuso la violencia en varias ocasiones para que el pequeño Mahatma pudiera seguir vivo.
Pero no todo era amor hacia Ghandi. El último tramo del libro lo constituye una descripción pormenorizada y documentada del atentado que costaría la vida del líder hindú. Los hechos narrados, los personajes que perpetraron el atentado, la inexplicable inacción de la policía (el que terminó asesinando a Ghandi sería el segundo de dos atentados), los interrogatorios transcriptos y testimonios directos constituyen un documento notable de cómo se llevó a cabo uno de los asesinatos más significativos del siglo XX. 
Con esto cierra un libro fascinante. Extenso sí, a veces la narración peca de cierta lentitud. Pero lo narrado, el contexto y lo personajes son tan complejos, que es digno de admiración el trabajo de Lapierre y Collins para ensamblar todo en un texto que, a pesar de las dificultades, supera el desafío y deja como flotando el mismo mensaje de aquella frase del Mahatma que día a día se actualiza en un mundo que no aprende: “ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”.

El humor y la literatura de Alejandro Dolina

por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:
https://www.culturamas.es/2020/05/24/el-humor-y-la-literatura-de-alejandro-dolina/

Alejandro Dolina es famoso en Argentina y el mundo de habla hispana por talentos que exceden lo literario. Escritor pero también músico, actor, humorista y, sobre todo, pensador originalísimo, como pocos Dolina ha tenido el privilegio de crear su propio género.

Dolina debutó con su propio programa radial Demasiado tarde para lágrimas en 1985 junto a otro gigante del humor argentino: Adolfo Castelo. Junto a Dolina, Castelo popularizó un tipo de humor diferente al que los argentinos estaban acostumbrados. Un humor inteligente que tenía que ver con lo insólito, lo irreverente, lo surrealista, lo irónico y con otra mirada desde la cual ver la realidad. Dolina se cristalizó como un artista cuyo espacio natural era y es la radio. Durante décadas sus programas nocturnos, que comenzaban invariablemente a la medianoche, coparon más de la mitad del encendido total de las radiodifusoras en Argentina. Este suceso y la naturaleza de su trabajo hacen de sus creaciones radiales un fenómeno único.

Se sabe, grandes artistas han sido subestimados por su vinculación con el humor. Por ejemplo Mark Twain. Su obra y su valía como escritor, a pesar de popular, no fue reconocida sino por las generaciones que lo sucedieron. Hoy en día referencia obligada de la literatura norteamericana, Twain no fue en su época considerado más que como humorista. Su vinculación con el humor y, tal vez, con el arte popular, le evitaron entrar en el parnaso de la literatura americana de sus días.

A mi juicio ocurre con Alejandro Dolina un fenómeno análogo al de Twain. Su identificación con el humor irreverente que ya dejó su marca en la historia de la radiofonía, su carácter de artista popular y masivo, su inclasificable talento, lo han marginado de ser considerado un escritor serio. A despecho de la enorme cantidad de premios con los que ha sido reconocido en sus múltiples facetas, de su convocatoria popular que no declina con los años, el Dolina escritor no ha tenido el reconocimiento que se merece por su aporte a la cultura.

El mundo literario de Dolina comienza, inconfundiblemente, en el de su admirado Jorge Luis Borges. Pero aunque la influencia borgeana es evidente en la literatura de Dolina, un punto de partida no significa un camino. Como Schopenhauer es impensable sin Kant, Dolina lo es sin Borges; pero como en el pensador alemán, su obra no tiene menos mérito por su deuda. El humor que Borges ocultaba para la intimidad Dolina lo hace uno de los protagonistas explícitos de su obra. Sin embargo, aunque en una primera mirada superficial pueda confundirse este elemento con el eje central de sus textos, abundando en las lecturas advertiremos que otros aspectos, más oscuros y tortuosos, tienen tanta o más importancia que el humor.

El conjunto de personajes que el artista crea en un fantaseado barrio de Flores: Manuel Mandeb, el polígrafo de Flores; Jorge Allen, poeta romántico y melancólico; el pintoresco músico Yves Castagnino; transitan esas calles nacidas de la fastuosa fantasía de Dolina que se nutre de su propios recuerdos de juventud, pero también de su amor por la mitología y las superstición, la historia, la literatura; y atraviesan ese escenario no como marionetas dispuestas a hacer reír al lector, sino como personajes melancólicos que si son graciosos es a pesar de ellos mismos.

El universo del barrio de Flores está cruzado por esta variada fauna de personajes que el lector reconoce con placer en cada reencuentro, quienes establecen relaciones entre ellos y con las múltiples organizaciones, instituciones y personajes mitológicos del barrio. Así se da noticias de la existencia del Ángel Gris, quien tiene la idea de que es positivo obsequiar a sus beneficiados con tristezas; de los Refutadores de Leyendas, suerte de positivistas de nuevo cuño empeñados en dar respuesta a todo en base a la pura racionalidad; de los Hombres Sensibles, los Vendedores de Elixires, los Brujos de Chiclana o las murgas mucha veces funestas y cientos de elementos que juegan en este universo compuesto de fantasía, evocaciones a un mundo que vivieron los nacidos por el año ´40 (tranvías, bailongos, billares, vigilantes, señores de sombrero) y referencias literarias e históricas para quien se quiera entretener en descubrirlas.

Este entrañable mundo dolinesco tiene a pesar de su apariencia chusca (como diría Dolina) el trasfondo tortuoso de un código moral muy particular. Tras las desventuras surrealistas de sus personajes pervive un sustrato que bordea el existencialismo y que poco tiene de humorístico. Al final del ensayo Fuentes de la juventud, perteneciente a El libro del fantasma, Dolina concluye:

“Dejo para el final el obvio resultado de haber bebido de las fuentes de la verdad: nunca seremos más jóvenes que hoy; jamás volveremos a ver a nuestros muertos; el tiempo no retrocede; el amor perfecto no existe; hay un verso que está siempre a punto de revelársenos y que no escribiremos nunca. Para los hombres de verdad, este no es el final de sus sueños, sino más bien el principio”.

Es difícil pensar en una minúscula intensión de hacer reír con un texto como éste.

Dolina configura una verdadera épica (o ética, como se prefiera) con elementos recurrentes: el amor imposible o la novia pérdida; la amistad como valor imperturbable; la tristeza y la melancolía, como estados más deseables que la grosera felicidad; la poesía o la superstición preferibles a la racionalidad; la tristeza y la angustia como condiciones del arte; la poética del renunciamiento y hasta del fracaso contrapuesta al vacío del éxito efímero. Cómo éstas, se pueden rastrear en lo textos de Dolina ideas de cuño personalísimo, contrapuestas a muchas de las que el mundo contemporáneo, con su héroes y heroínas bellos y superficiales, con su epopeya del materialismo como meta, utiliza para modelar nuestro imaginario consumista. Algunas ideas son esbozadas como un chiste, otras son explícitas. ¿Convicciones íntimas del autor o mero simbolismo? Cómo sea, configuradoras de un universo original donde las reglas no son las rígidas de este mundo, ni los premios los imaginados por los buscadores del éxito.

Sería deseable que Dolina no tuviese que esperar la posteridad para recibir no sólo el reconocimiento popular, con la amorosa paciencia con que en cada show espera hasta que su último fan se saque una selfie con él (lo he visto); sino que por fin se ubique su obra literaria codo a codo con la de otros escritores “serios” de nuestro país, como el propio Borges, su alter ego Bioy Casares, Cortazar, Arlt y otros indiscutidos. ¿Será mucho pedir? No lo creo.  


Arrancad las semillas, fusilad a los niños, de Kenzaburo Oé

por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revistas CULTURAMAS de España.
El link:
https://www.culturamas.es/2020/07/02/arrancad-las-semillas-o-fusilad-a-los-ninos-de-kenzaburo-oe/

Arrancad las semillas… cuenta la historia de un grupo de niños y pre-adolescentes internados en un reformatorio japonés, que por la amenaza americana durante la segunda guerra mundial, son trasladados dentro de Japón a un pueblo en las montañas. Del grupo se destacan el narrador en primera persona, su pequeño hermano, llevado al reformatorio por su padre porque ya no podía cuidar de él; y Minami, alter ego del protagonista y consuetudinario homosexual perdidamente enamorado de los cadetes del ejército japonés.
Desde el comienzo de la novela Oé se encarga de tejer alrededor del grupo de niños una suerte de destino en el que son perpetuamente presos, por más que se trasladen a cielo abierto con la sola presencia de un celador. En todo el camino a su objetivo, un lejano pueblo aislado, el grupo está rodeado de un escenario continuo de amenaza. Los campesinos, las patrullas del ejército que persiguen por el bosque a un desertor, todos los rechazan y, de intentar escapar, como Minami y otro compañero, los persiguen y los castigan sin piedad. No hay, aún sin existir muros o celdas, adonde escapar.
Entremedio de todo esto se destaca el talento de Oé, que describe con ojos y prosa de poeta la contradictoria foresta del Japón, donde convive, como decía Blazco Ibañez, la exuberancia vegetal de una selva, con el inclemente frío de la montaña, que congela a la aurora el agua de los baldes con los que los niños lavan sus rostros tiznados.
Cuando por fin llegan al pueblo, aislado en las gélidas montañas y al que sólo se puede acceder a través de un puente, el ambiente se pone aún más denso. De a poco se revela que la pequeña aldea está amenazada por una supuesta epidemia (los niños son obligados a enterrar a los animales infectados). Finalmente, los habitantes, en la muestra de una antigua costumbre nipona, abandonan el pueblo y clausuran el puente, dejando a los niños librados a su suerte.
Aquí empieza otro libro. El comienzo de la novela no es más que una introducción para hacer plausible este aislamiento. En esta época que el COVID-19 ha inaugurado, el hecho de que el eje central del argumento pase por la temática del aislamiento motivado por una epidemia, actualiza violentamente este relato publicado en 1958 y lo arroja con nueva dinámica e interés a los lectores.
Existen muchos ejemplos en la literatura y el cine de la fantasía de un grupo o un individuo aislado en un medio extraño: una isla desierta (Robinson Crusoe, El señor de las moscas), una ciudad post-nuclear, una selva, un desierto. En este caso los niños, que abandonados y encerrados logran escapar, eligen cada uno una de las casas abandonadas, fuerzan las puertas y se convierten de a poco en una proto-sociedad formada por delincuentes juveniles, una niña abandonada que vive durante días junto al cadáver de su madre, y un niño coreano de una aldea vecina y que esconde en su casa al soldado desertor.
En este escenario insólito, surge inesperadamente la solidaridad, el ingenio, la aventura de la cacería para subsistir, y el amor entre el protagonista y la niña abandonada. Hasta el sexo, entre el protagonista y la niña, y entre el protagonista y el soldado desertor, tiene un lugar en la historia; actuando como desesperada afirmación de la vida en un contexto desolador y terminal. Con mecanismos surgidos de la propia dinámica del intercambio entre los protagonistas (está el líder, el fuerte, el soñador, el cobarde) se construye esta sociedad experimental formada por niños (un poco a lo Goldwin); que tiene algo de utópica.
El regreso de los campesinos romperá esta burbuja en la que circuló, por el acotado tiempo del aislamiento, una sensación parecida a la felicidad. Los actos de los niños se condenarán, el soldado desertor será atrapado y asesinado, y el protagonista, único que se resistirá a pactar un silencio cómplice que no condene al alcalde  y a los campesinos que los habían abandonado en la aldea, será desterrado. Sólo para terminar perseguido en la foresta, acorralado como un fiera salvaje, preso de un destino del que nunca pudo escapar.
«Arrancad la semillas, fusilad a los niños» es el libro de un novelista pero también de un poeta. Lleno de profundas metáforas (como cuando el niño coreano dibuja el ideograma de su propio nombre sobre la tierra apisonada que cubre la tumba de su padre), nos lleva a un país real, pero que entre sus nieblas heladas y sus bosques profundos y amenazadores crea un ambiente de irrealidad. Los personajes, el escenario, el papel que juegan entre ellos, son además pacientes símbolos de una estructura que simula un mundo que comenta con sutileza oriental las taras y los horrores del nuestro.

miércoles, 5 de febrero de 2020