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miércoles, 5 de junio de 2013

LIBROS DE VIAJES


Existen, ya se sabe pero vamos a decirlo, una infinidad de subgéneros literarios. Uno de los que más me ha atraído últimamente es el de los libros de viajes. Ya desde el enunciado advertiremos que la definición que engloba este tipo de literatura se bifurca marcadamente. Por un lado encontramos las guías para viajeros, simples folletos ilustrados destinados a señores afortunados que surcan mar y tierra para ir al encuentro de antiguos palacios e iglesias, centros de peregrinación profana o playas paradisíacas donde se bebe en cocos; y en donde porque el tiempo es dinero (y en el turismo más) es mejor ir avispado de lo que uno se puede perder y no andar lamentando a la vuelta lo que no vimos.

El otro caso es el de los auténticos libros de viajes. No meras reseñas o guías, sino descripciones de lugares, usos y costumbres de las sociedades originarias o adoptivas, apreciaciones del escritor, y hasta juicios de valor o comparaciones con las propias costumbres o paisajes de ese autor; a veces hasta el prejuicio. La cosa se hará más abundante todavía, pues un mismo sitio puede haber sido visitado por múltiples autores en épocas diversas; de modo que tendremos una serie de miradas transversales, como los cortes en un árbol talado que muestran sus cambios a lo largo de los años, que nos cuenten el crecimiento o la decadencia de un sitio. Si tomamos un lugar en particular, y acudimos a esas miradas diferentes, que tal vez pongan atención a otros intereses o tengan diversa sensibilidad sobre los mismos, iremos formando un laborioso rompecabezas que nos dará una idea; más rica, más profunda y quizás, más interesante que el lugar mismo.

Un buen libro de viajes debe tener la capacidad de evocar en el lector la imagen de un lugar que quizás nunca haya visto. Aunque en la actualidad, donde obtenemos al instante y gracias a Internet el rostro del cualquier ignoto pavote o la fotografía del rincón más recóndito del globo, es difícil que no tengamos perdida en la memoria una imagen o una construcción mental de cualquier lugar que se nos cite. Pero no ocurrirá esto mismo con descripciones diacrónicas a nuestra época. Difícilmente podamos guardar una imagen del jardín de invierno (luna artificial incluida) del rey Luis II de Baviera, o del gentío aglomerado en el palacio de cristal en la exposición universal de Londres en 1851, o de un safari africano de principio de siglo XX. Esa nueva (o muy vieja) e imposible dimensión del tiempo (además de la obvia geográfica) ofrece un condimento irresistible a cualquier crónica de viaje.

Por los azares de la literatura he visitado Hawai (se sobreentiende que figuradamente) al menos cuatro veces. La primera con Robert Louis Stevenson, quien fue, tal vez, uno de los más grandes escritores "marinos". La segunda de la mano de un mediocre volumen que describía el derrotero del famoso explorador y capitán James Cook. Luego vi el archipiélago a través de los ojos de Jack London, quien por 1912 construyó un velero y se lanzó al Pacífico en busca de aventuras (valga la contradicción). Y finalmente al compás de la pluma de Vicente Blasco Ibáñez, autor español que llegó allí a bordo de un paquebote en el año 1923.

Además de conocer las islas como exótico telón de fondo donde Tom Selleck correteaba malhechores en una Ferrari en los años ´80s., conozco el nacimiento del surf con pesadas tablas de madera con las que London se estroló repetidas veces en las playas de Honolulu. Imagino tranquilamente y sin mayor esfuerzo el penacho de humo de sus volcanes en perpetua actividad. También las nubes que estos volcanes atraviesan y que dos vientos contrarios (los alisios y otro que no recuerdo) hacen luchar entre ellas como si de espíritus rivales se trataran. He visitado por dos veces el célebre leprosario que aislaba a los enfermos en una isla y los hacía vivir lejos de una sociedad que les temía, en una comunidad de alegres y pacíficos freakes. Y puedo igualmente figurarme las olas enormes en las playas de Waikiki; en los tiempos actuales o en aquellos otros, cuando los nativos de piel cobriza y ancha nariz correteaban a las liberales ninfas del Pacífico cuya religión hacía del sexo parte de los ritos (bendito país!).

Ignoro minuciosamente el entramado de rutas, vuelos y esperados trasbordos que me llevarían a este lejano archipiélago. No tengo motivos para pesar que alguna vez estaré allí. Quizás tampoco tenga deseos. Sin embargo, puesto a una tarea inútil y sin consecuencias, creo poder hacer una semblanza bastante acertada de su playas de oscura arena volcánica, de sus tierras feraces y por momentos selváticas, de sus nativos sonrientes y atareados en hacer creer al occidental que es el primer occidental que ven sus ojos; y a quien sus manos le ofrecen vistosos collares de flores. Y todo este saber (por llamarle de algún modo), estéril por cierto, se acumula y persiste fijado con alfileres invisibles en una misma memoria que no recuerda el nombre sus compañeros de primaria o la topografía de su ciudad natal. 

Es ocioso explicitar que en esa misma memoria están fijos diversos paisajes; que son comparados entre ellos cuando otro hace el ingreso por la puerta de la literatura. Se consideran por ejemplo diferencias y coincidencias entre el Ártico y la Antártida (a la que ya fui por lo menos cinco veces); o se cotejan los variados destinos de los misioneros católicos en el Japón, Misiones o Calcuta. Todo este sordo trajín interno, este tráfico nerd de viajes dentro de viajes que jamás se llevaron a cabo; está motivado por la misma fascinación que llevó a que los contemporáneos de Marco Polo lo convirtieran en un personaje célebre, cuando en realidad aquel aventurero apenas había entrevisto las costas (geográficas y culturales) del longevo imperio chino.

Uno de los rasgos más notable de Borges es que, ya de muy entrada edad y, sobre todo, a pesar de estar ciego, era un viajero entusiasta. Y no estamos hablando de un viajero literario, de un explorador (que lo fue y cómo) de un descubridor de literaturas foráneas; sino de un viajero concreto, con valijas, y trasbordos enojosos y cagaderas por comer picantes mexicanos. Es difícil pensar en un viajero sin ojos, o en el que sólo persista la percepción del color amarillo. Sin embargo esa costumbre o esa afición demuestra que tal vez no es necesario ver para conocer algo. O que quizás no es siquiera imprescindible viajar para viajar. O que el geográfico no es el traslado fundamental sino que el tránsito interno (no intestinal) lo es.  O que la literatura opera el milagro de que lo contado sea tal vez más real que lo real.

Como sea no deja de ser estimulante pensar que para los ociosos, o para el ciudadano de bolsillos incapaces o cobardes, basta con estirar la mano y abrir una página, para pasar de un sillón mullido (y raído) a las planicies del Serengueti, o al insólitamente adverso cabo Crozier a -60°, o a nuestro propio terruño, pero dos o tres generaciones atrás, cuando nuestros abuelos o los abuelos de ellos hundieron un arado en el lugar donde hoy transitan trescientos mil automóviles por día.

martes, 19 de marzo de 2013

KON TIKI
Thor Heyerdahl
Editorial de Ediciones Selectas, Buenos Aires, 1960.

 

Tiro al blanco

Este es uno de esos libros que llegan por herencia. Formó parte del paisaje de mi infancia como los muebles o las macetas de mi casa. Lo comencé a leer no se cuantas veces y lo dejé, a diversas edades. Fue como un termómetro de mi madurez para enfrentar una lectura. Un día, ya grande, recomencé a leerlo y comprendí por fin (o más bien sentí) en donde residía su encanto para que mi viejo lo hubiese conservado tanto tiempo en su biblioteca.

El autor

En rigor Thor Heyerdahl no es un escritor. Podría ser llamado un investigador lo mismo que un aventurero. Nacido en Noruega en el año 1914, en 1947 se hizo famoso por atravesar el océano Pacífico desde Perú hasta la isla de Raroia, en Polinesia,  a bordo de una balsa de troncos. Esto fue para demostrar su teoría de que la Polinesia había sido poblada desde América.

Después de esta primera excursión, planificó una incursión arqueológica de gran envergadura cuyo objetivo era la isla de Pascua. Esta se llevó a cabo en el año 1952; su objetivo era probar que también allí había llegado el hombre desde América.  Más tarde se dedicó a emprender diversas aventuras con embarcaciones fabricadas con las técnicas de las antiguas culturas egipcias y mesopotámicas. Así vieron la luz las embarcaciones de papiro Ra y RaII y el bote Tigris, hecho de caña. Todos concebidos para demostrar diversas hipótesis sobre antiguas migraciones: Ra y Ra II desde Marruecos y a través del Atlántico hasta el Caribe, Tigris desde el valle del Indo a la mesopotamia. En 1970 Heyerdahl cruza el Atlántico a bordo del RaII (la expedición de Ra tubo que suspenderse el año anterior por fallas estructurales) llegando a Barbados. La expedición Tigris se llevó a cabo con éxito en 1977.

El libro

En el año 1938 Heyerdahl, que realizaba estudios en zoología, viajó a la Polinesia a recoger muestras. Allí vivió un año y conoció la cultura que se repite de una isla a otra del extendido archipiélago. Se preguntó, como muchos otros, de dónde habían llegado los antepasados de los indígenas que poblaban las islas. Tal fue su interés, que dejó la zoología y se dedicó a la investigación de estos pueblos y los de la costa de América, para arribar a la conclusión de que ambas culturas tenían un origen común. El punto de contacto: el dios Tiki, que halló repetido en la cultura incaica y la polinesia.

En 1941 publicó su teoría que fue recibida con escepticismo. Decidió llevar a cabo un viaje que probara que la migración que proponía en su teoría podía llevarse a la práctica con la primitiva tecnología de los pobladores originarios del Perú. Después de alistarse como voluntario en el ejército Noruego durante la Segunda Guerra, Heyerdahl cristalizó su anhelo en 1947.

La expedición, formada por seis miembros de los cuales sólo uno tenía experiencia como marino, se dirigió a Sudamérica. En los bosques de Ecuador se proveyeron de nueve troncos de madera de balsa, los llevaron al Perú y en el puerto de Callao los unieron con cuerdas vegetales de cáñamo formando una balsa; después les pusieron encima una vela cuadrada, una cabaña en la que podía dormir la tripulación (apretada), y un primitivo timón. Con los pertrechos necesarios para un viaje de cuatro meses (y un loro), se hicieron a la mar. Kon Tiki es pues la narración de un viaje de cuatro mil millas a través del Pacífico a bordo de una balsa, cuya entusiasta tripulación sabía poco y nada del arte de la navegación.

Naturalmente las peripecias surgen en un viaje como este, donde el simple hecho de viajar al ras de las olas y con la sola asistencia de la corriente marina y los célebres vientos alisios, hacen de su tránsito algo muy diferente a estar en la cubierta de un barco, a metros de la superficie e impulsados por un motor. Prácticamente los tripulantes se vieron obligados a convivir con la flora y fauna marina que se subía a la balsa con cada ola.

La balsa Kon Tiki y Thor Heyerdahl al timón
La prosa de Heyerdahl es correcta pero llana, sin brillantez. Uno piensa lo que podría haber hecho un auténtico escritor con un material como este. Sin embargo el libro es interesante, porque narra el intercambio único de los improvisados marinos con un contexto que les era casi desconocido y con un medio de transporte del que tenían todo por descubrir, ya que no contaban con demasiada información sobre el pilotaje de este tipo de embarcación. Por ejemplo, en una balsa es imposible dar la vuelta para recoger algo que ha caído al mar, ésta seguirá la corriente de modo inexorable. Por tanto, los tripulantes debían tener especial cuidado de no caer de la balsa o de realizar inmersiones siempre controladas. Como último recurso arrastraban una larga cuerda atada a la popa. Quien cayera imprevistamente al mar dependía de su destreza para alcanzar ese fino hilo que los unía a la balsa (y a la vida).

Así de precarios eran todos los recursos orientados a garantizar la seguridad de la tripulación. La lógica de llevar un barco de asistencia a prudente distancia por si la balsa se hundía jamás paso por la mente de Heyerdahl, que apenas si confió en un radio de onda corta para unirlos con la civilización en un eventual SOS. El efecto que esto pudiese tener en una situación de real emergencia era más psicológico que práctico.

Es evidente que la racionalidad no gobierna las grandes empresas como esta. Tal vez asistido por este principio, el narrador cuenta cómo él y el resto de los tripulantes dedicaban los días en alta mar a pescar tiburones de tres metros subiéndolos vivos a la embarcación, o a tratar de arponear a un tiburón ballena cuyo largo superaba la eslora de la balsa.

Se diría que de algún modo Kon Tiki es la historia de seis locos lindos con una suerte providencial. Sino no se explica cómo pudieron llegar a puerto (o más bien chocar con arrecifes de coral) en noventa y siete días sin ninguna baja ni accidente digno de mención. Heyerdahl no pudo convencer a la comunidad científica de su teoría con la prueba irrefutable que suponía su experiencia a bordo de la balsa Kon Tiki. Sin embargo se haría célebre en el mundo por su aventura.

Conclusiones

Un libro que narra una experiencia única. La de cinco soñadores que tratan de ayudar a un sexto a demostrar una teoría que, en última instancia, se empequeñece en comparación con el recurso para demostrarla. La narración refleja bien este viaje en estrecho contacto con la naturaleza, en permanente peligro de estos náufragos voluntarios, cuyo jefe parece minimizar los riesgos que tomaron y se enfoca en describir la magia de interactuar de un modo tan pleno con un medio terrible (porque también navegaron a través de tormentas), y maravilloso (nadar con delfines, ser iluminados en medio de la noche por plancton fosforescente, capturar peces nunca antes vistos). ¿Habrá Heyerdahl reeditado en sus posteriores aventuras esta sensación de plenitud que parece transmitir Kon Tiki? Es imposible saberlo, pero al menos no se quedó pensando, como Apsley Cherry-Garrard con la Antártida, en un solo y mismo viaje durante el resto de su vida.