lunes, 9 de septiembre de 2019
Artículo Publicado en revista "La Masa Literaria"
La revisa "La Masa Lietaria" en edición temática que gira en torno al tema LOCURA, me ha publicado un artículo acerca de la relación del Arte y la locura. Más abajo dejo link para descargar la revi, en formato PDF, gratuita on-line. Mi artículo en la pág. 48.
https://lamasaliteraria.files.wordpress.com/2019/08/la-masa-literaria-1-agosto-2019-locura-1.pdf
sábado, 5 de agosto de 2017
UNA DE CINE El padrino I, II y III
Por Andrés G. Muglia
¿Quién no ha escuchado decir que segundas
partes nunca fueron buenas? ¿Y terceras? ¿Y primeras? Llegué a El padrino a través de Marlon Brando. Siguiendo
a Brando después de leer su biografía. Naturalmente había visto películas suyas,
pero sin seguir la cronología obligada que propone una biografía, por eso vi de
nuevo algunos de sus films y descubrí otros. Cuando abordé la trilogía de Coppola
ya estaba un poco lleno de Brando, pero así y todo seguí adelante.
Se llega a El padrino como el peregrino a Compostela, o el musulmán a La Meca,
precedido por una larga serie de alabanzas de acólitos y fans. El padrino es como una especie de Star Wars seria, con actores de culto,
inversiones millonarias, director famoso y guión aparentemente inmejorable. No
puedo explicar por qué no la vi antes, mi cultura tiene amplias lagunas que no
pretendo justificar.
El
padrino (El padrino I digámosle para ser claros) es
una película extraña en muchos sentidos. El primero, el protagonismo es
compartido. Media película para Brando, media para Pacino. La primera parte es
de Brando. No hay mucho que decir de su papel que no se haya dicho ya, aunque
considero no es el mejor de su carrera, no supera al de Un tranvía llamado deseo, o al de Nido de ratas (La ley del
silencio - On the waterfront). Hay que decir de todos modos que Brando crea
el villano más imitado de la historia del cine (el tipo sentado acariciando un
gato y decidiendo vida y muerte de todos sin mucho interés).
En la segunda parte
Brando desaparece (lo cagan a tiros) y aparece un Pacino inexpresivo e
inquietante, que va a profundizar esa frialdad en el Padrino II para ser un malvado escalofriante prácticamente sin
gesticular. Lo bueno, la ambientación, lo flojísimo, los estereotipos, algo de
lo que se ve Coppola disfruta a rabiar. Para Coppola (o para Mario Puzo, el
escritor) los italianos (todos) son violentos, bullangueros hasta cuando estás
solos, gritan, cantan, se enojan a los gritos también, se la pasan todo el día
en camiseta musculosa comiendo pasta y sus mujeres son matronas gordas o putas
platinadas, sin término medio.
En fin, la estigmatización del italiano,
del latino, del afroamericano (como se dicen ellos mismos), del indio (como
iluminó Brando), del soldado alemán pavote que siempre se deja sorprender, no
es una novedad para cualquiera que mire películas de Hollywood. Pero Coppola se
va de mambo. ¿La mafia norteamericana es igual a lo que Estados Unidos imagina
de la mafia? No hay mafioso rubio, son todos morenos, James Caan es medio
coloradón, pero se cuidan de mostrarlo bastante en musculosa para que se vea
que es bien peludo y con modales de orangután.
En el Padrino
II la cosa se retuerce un poco sin Brando, que la palmó en la película
anterior (linda escena de Brando colgando el equipo en el medio de un huerto
mientras juega a perseguir al nieto). Pacino ya es EL MALVADO. Creo que incluso
logra ser más malo que Don Vito Corleone, que es un malo un poco teatral, con
su cara de bulldog y susurrando todo el tiempo la mala dicción característica
de Brando. Es casi impensable que Pacino con tan poco: tan poco cuerpo, tan
pocos gestos, tan poco diálogo, logre ser tan horrorosamente siniestro. Lo
ayuda mucho el director. En la escena en la que su hermana, en pleno velorio de
su madre, le pide que se reconcilie con su hermano Fredo, la iluminación lo
hace prácticamente todo. Pacino sentado en un sillón reclinado hacia atrás, con
una luz dura de costado y la cámara tomándolo de abajo. ¡Mamita que susto que
da! Una o dos escenas, nunca violentas, siempre sutiles: cuando le cierra la
puerta en la cara a su ex esposa Kay (Diane Keaton) el día que descubre que
viene a su casa a escondidas a ver a los hijos de ambos; o cuando lo muestran
por la ventana entre sombras mientras espera oír el disparo que va a matar a su
hermano Fredo, y al escucharlo baja lentamente la cabeza (es lo único que se
mueve en toda la penumbra de la pantalla) como si dijera: “ya está, estoy vengado”
y sintiera alivio por eso. El Michael
Corleone del Padrino II le hace
sentir miedo a Nosferatu, a Dark Vader y al hombre de la bolsa.
Pero El
padrino II no es solamente Pacino. La película se basa en una compleja
estructura de flashbacks que muestran
la historia de Vito Corleone personificado al principio por un pibito inexpresivo
y después por Robert de Niro, y que alternan con la historia de Michael
Corleone. Lo mejor, de nuevo, la ambientación. Aunque también se basa en
estereotipos: la llegada a América (¿así le dicen los estadounidenses no?) con
todos los inmigrantes en el paquebote mirando como ganado la estatua de la
libertad (violines infaltables de fondo), las calles llenas de gente haciendo
quilombo a los gritos, los mismos italianos comiendo cantidades industriales de
tallarines, etc. Como sea, lo de Pacino es cercano a lo perfecto y salva un
poco todo.
Lamentable la escena final (flashback esta vez de Michael Corleone)
de la familia (James Caan resucitado) que espera a un Brando que nunca llega
porque evidente y acertadamente reusó filmar esta segunda parte. ¿Si nadie
extrañó a Vito Corleone en esta película por más que lo nombren hasta el
hartazgo, para qué ponerse en off side
con semejante escena? Incomprensible.
Y sí, problemas de guión, que los hay los hay.
Por ejemplo este mafioso que traiciona a Michael Corleone llamado Frank
Pentangeli (el actor Michael Gazzo), que se muestra toda la película como un
bruto gritón, siempre enojado, medio borracho, estereotipo italiano a la décima
potencia. En su última escena cuando ya está perdido tiene una charla con Robert Duvall, donde citan
al Duche y se ponen a hablar de la historia del imperio romano, y de cómo los
romanos perdonaban a la familia de los traidores si estos se suicidaban. De
buenas a primeras el energúmeno Pentangeli se convierte en un gran lector (lo
dicen en la misma escena) y erudito acerca de temas históricos. Increíble. Lo
único que hubiese justificado ese volantazo al argumento y al espíritu del
personaje hubiera sido poner antes, al principio de la peli por ejemplo (como
se dejan pistas en una novela policial), alguna referencia a su hábito lector,
y hacerlo de paso menos imbécil, bruto y brabucón, ya que era tan léido. Digo
que se yo.
Para El
padrino III venía preparado con todo mi escepticismo, pero lo que vi
realmente superó todas mis expectativas. Se ve que Pacino no quiso verse de
nuevo en sus dos trabajos anteriores, o el propio Pacino se comió a Pacino. El
impasible Michael Corleone, siempre medido y amenazante, se ha convertido en un
histrión lleno de tics. Pacino es una mezcla de todas sus película, un poco del
Shilock de El Mercader de Venecia, un
poco del ciego del Perfume de mujer
(mira todo el tiempo con esa mirada vacía a un costado del interlocutor ¿por
qué lo hace?); todos menos Michael Corleone. ¡Nadie lo respeta! Andy García
(impresentable) lo grita en su propio despacho, incluso le arranca la oreja de
un mordisco a otro mafioso (Joe Mategna) y a Corleone no se le mueve un pelo.
Su hermana (que le pedía por favor no matara a Fredo en el Padrino II y la fajaba el esposo durante toda la película) se la
pasa opinando sobre asuntos mafiosos. Para colmo le ponen de hija a Sofía Coppola,
la hija del director, que es de piedra. Sus limitaciones para actuar son
escandalosas. A Coppola le encanta poner familiares en sus películas. La
hermana de Michael Corleone es su propia hermana en la vida real – ¡sí, la
esposa de Rocky!-, sus hijos pequeños fueron extras, su padre aparecía en El Padrino tocando el piano en una
guarida mafiosa (¿por qué habría un tipo tocando el piano en un aguantadero
donde se escondían los mafiosos? Qui lo sa).
Si ya no bastaba con todo esto, el guion se
retuerce alrededor de las relaciones de Michael Corleone con el Vaticano, en
una especie de intromisión codigodavinchesca de la iglesia y el papado en esta historia
mafiosa. Ya en el Padrino II cuando
Michael Corleone viaja a Cuba la trama se vuelve difícil de aceptar. En El Padrino III en la escena en que
Pacino está debatiendo negocios en una sala del Vaticano en donde todos los
personajes se empeñan en explicarle y repetirle al espectador lo que ya sabe
(recitándolo en un diálogo absurdo que no hace más que reafirmar que Coppola
toma a su público por estúpido) no hubiese sido menos sorprendente que de allí
la trama se trasladara a la Luna o al fondo del mar.
¿Y qué pasó con Kay aquella esposa a la que
Michael Corleone le cerraba la puerta en la cara y no le dejaba ver a sus
hijos? Pues resulta que en El padrino III
cuentan que Pacino le confió la educación de sus hijos hasta que ellos fueron
mayores (¡?). Kay y Michael tienen un hermoso y tranquilo diálogo donde él le
dice que ella está muy bella y ella le dice que no lo odia pero le tiene miedo.
¡No lo odiás si no te dejaba ver a los bambinos! ¡Mala madre! ¿Y qué paso con Robert
Duvall, el abogado de la familia, un tipo medido y leal adoptado por Vito Corleone que lo
recogió de la calle cuando era un niño? Se murió (se ve que Duvall tuvo la
decencia de no participar de la bazofia) pero está su hijo. Un cura (¡!) que
Pacino ubica con sus influencias en el Vaticano. Para sumar bizarrés el nuevo
abogado de Corleone es el increíble George Hamilton, una especie de David Copperfield
que se durmió en la cama solar. ¿Y qué pasó con la ambientación? ¿Esas
increíbles tomas del Padrino II con
una ciudad llena de autos de época y gente vestida de America Way of Life? Nada, hasta el minuto 47 (lo miré
especialmente) no hay una toma en exteriores. No sé si fue Brando el que dijo allá
por los años ’90 que en esa época no se hubiera podido filmar una
superproducción como El padrino por
lo que hubiese costado. El padrino III
lo demuestra con creces, no sé cuánto gastaron en hacerla (lo tengo que
googlear) pero parece una película hecha para la televisión.
Lo que más jode de una película, lo que más
me jode de una película, son las
fallas en el guión. Por ejemplo que un personaje cambie repentina e
inesperadamente. Pacino es parco en la primera y la segunda película y un
monigote gesticulante en la tercera. O que tenga sorprendentes talentos al
medio o al final de la película que no fueron anticipados cuando se plantea el
personaje al principio: sabe karate, toca el piano como Franz Liszt, o es un
sabio letrado como el mafioso Pentangeli. O que todo el tiempo estén remachando
un aspecto de la personalidad del personaje. James Caan es violento e impulsivo,
entonces no hay una escena en la que no esté gritando, o jugando de manos, o pegándole
un tiro a alguien. También jode que haya cambios injustificados de escenario.
Corleone se va a Cuba (lo quieren matar, tiene unos quilombos tremendos en la
casa y se va a Cuba a hacer negocios), se ve que Coppola (o Puzo) adoraba la
Cuba de los ´50 y la metió (a patadas) en el guión.
Brando decía que Coppola era un imbécil. Y
que sus críticas hacia él por hacerlo demorarse en la filmación de Apocalypse Now, retocando el guión hasta
volverlo loco y metiéndole magia improvisando en una escena en medio de la
oscuridad, eran propias de un imbécil que no entendía que él (Brando) le había
salvado el culo (literal) a Coppola, a la película y a un guión flojísimo que
sin él se iba al tacho.
Brando era un megalómano, delirante, divo
incomprensible y, como no, un genio. Hay una famosa entrevista de Truman Capote
a él que recomiendo. Seguramente exageraba y no es un secreto que era
inaguantable y terminaba peleado con la mayoría de sus directores, co-actores,
etc. Pero algunas cosas dijo ciertas. 1) en el cine de
Hollywood no hay nada de arte, es un negocio y nada más. 2) el cine de
Hollywood explota y mete en la mente de la gente un sinfín de estereotipos
injustos y envenenados. 3) la mayoría de sus guiones y sobre todo los diálogos
merecen ser reescritos para ganar veracidad, para que tengan un atisbo, apenas,
de verdad. Por eso él reescribía los suyos una y otra vez para desesperación de
los productores. No sé si todo lo que
decía Brando era cierto, hay muchas películas de Hollywood que me gustan (sobre
todos las viejas) pero sus juicios parecen ajustarse bastante bien a la
celebrada trilogía de Coppola.
Al final de mi maratón netflixeana de El padrino me pregunté por qué la
trilogía de Coppola, o sino la trilogía, las dos primeras películas son
consideradas de lo mejor de la historia del cine. ¿Será por el espectáculo de
la ambientación que hay que reconocer por momentos asombroso? ¿Será por el
morbo de ver violencia en primer plano, tiros en la cabeza y en la garganta,
puñaladas en las manos, mucho estrangulado con cable de bicicleta, sangre por
doquier? ¿Será por cuestiones técnicas que desde luego se me escapan? ¿Porque
revelaba la secreta historia de la mafia? ¿Por los actores? En fin, no lo sé. Se
ve que yo quedé más perplejo por los tiros afuera que por los goles.
domingo, 12 de febrero de 2017
PRISIONEROS
por Andrés G. Muglia
Existe una
literatura cuyo eje es el encarcelamiento. Cuando esa literatura tiene, además
del atractivo de contar una realidad que nos es ajena (por suerte), el de poner
al encarcelamiento en contexto histórico como herramienta de represión a manos
de un poder absoluto, entonces se transforma además en una dolorosa y ejemplar forma
de denuncia. ¿Y para qué sirve esa denuncia? En primer lugar, como bien lo dice
el título de una de esas obras que nos toca de cerca, para que “Nunca más” el hombre cometa las
atrocidades denunciadas. En segundo lugar, y esto en un sentido individual y si
se quiere psicológico, para que el que realiza la denuncia, el autor y el
afectado en primera persona, tramite por medio de la literatura ese misterioso
sortilegio que hace que lo que se saca afuera mediante la confesión, el relato
o el grito desnudo y primordial, no pese tanto en el adentro.
El primer
contacto con este tipo de literatura lo tuve en mi adolescencia con el libro El sepulcro de los vivos de Fiodor
Dostoievski. Recuerdo la impresión que me provocó leer las crueldades a las que
eran sometidos los supuestos enemigos del zarismo. El encarcelamiento, la
deportación a las temidas estepas siberianas, acaso la muerte. Heredando las
prácticas de la policía del Zar, la Checa, después NKBD, es decir la policía secreta
del régimen comunista, copiaría casi exactamente los mismos métodos del
derrocado Zar para castigar a sus propios presos
políticos. La psicótica persecución estalinista de los disidentes también tuvo
su cronista. Aleksandr Solzhenitsyn fue encarcelado
cuando era teniente del ejército rojo, a raíz de un intercambio epistolar con
un amigo donde supuestamente criticaba al gobierno. Por este inocente delito
Solzhenitsyn cayó en la máquina del encierro de la URSS a la que él llamó con
lucidez el Archipiélago Gulag.
El archipiélago fue la metáfora con que Solzhenitsyn denominó a esa
patria paralela, trama que se sobreponía al extenso mapa de la Unión Soviética,
punteada de innumerables presidios. Como en un archipiélago formado por islas,
estas otras islas, los centros de encarcelamiento, tenían sus formas, sus
costumbres, sus códigos y su lenguaje determinado, una verdadera nación
subterránea de desdichados. Entre encarcelamiento y exilio Solzhenitsyn estuvo
ocho años en el Gulag, una pena muy menor en términos de la “justicia”
soviética de aquellos años. De allí volvió con una historia que contaría al
mundo, como testigo privilegiado (triste privilegio) y que le llevaría a ganar
el premio Nobel de literatura de 1970 y también a no poder volver a la Unión
Soviética hasta bien entrado el siglo XXI.
Pero los presos soviéticos no pertenecían a un grupo ocioso. Muy por el
contrario, la mano de obra esclava era una parte importante de la industria
naciente de la URSS. Otro libro, precedente y peor escrito que el de Solzhenitsin,
daría cuenta de este fenómeno y lo denunciaría a occidente. Yo elijo la libertad, de Victor
Kravchenko, publicado en 1943, fue pionero en contar lo que sucedía detrás de
la cortina de hierro. Kravchenko era un ingeniero y alto funcionario comunista,
que se evadió en ocasión de una visita a los EEUU. En su libro, que sin formar
parte de la literatura de encierro sí da buena información acerca del trabajo
esclavo en la URSS, cuenta cómo se estructuraban algunas industrias soviéticas
y cómo la máquina del régimen; de la que el libro 1984 de Orwell, a la vista de
la evidencias históricas, pasaría a ser menos una caricatura que un retrato
bastante fiel; perseguía de un modo maniático a través de una red de espías y
delatores a todo opositor o sospechoso de serlo, especialmente a sus propios
funcionarios.
Nos fuimos del tema escogido para adentrarnos en otras zonas pantanosas de
la condición humana, volvamos pues al camino. Siguiendo un orden estrictamente
cronológico encontramos otra literatura de encierro en la extraordinaria
Trilogía de Auschwitz, del italiano Primo Levi. Esta trilogía está compuesta
por los libros Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados.
Levi fue víctima del tristemente célebre campo de extermino estrella de
la Alemania bajo el nazismo. Fue para él una suerte, como él mismo lo expresa
irónicamente al comienzo de Si esto es un
hombre, haber caído en manos de la SS en el año 1944, por lo que “sólo”
tuvo que pasar un año en Buna, uno de los campos que formaban Auschwitz (que
eran más de cuarenta). Levi, un partisano inexperto, un preso político
encarcelado por el gobierno de Mussolini, fue deportado junto con otros 650
judíos italianos hacia las desconocidas tierras polacas. De todos los que
viajaban en ese tren hacia la muerte solamente tres sobrevivieron. Cuando
regresó y aún antes, Levi tomó como compromiso dar testimonio de lo ocurrido.
Esto sucedía en épocas en que todavía se dudaba acerca de la veracidad del
holocausto, en que la justicia internacional hacía su trabajo de limpieza de
conciencias en la farsa de Núremberg, y en que organizaciones como Odessa
facilitaban una cómoda jubilación en Argentina, EEUU y otros países amigos a
los criminales de guerra nazi.
Si esto es un hombre es la narración
desgarrada, la catarsis de alguien que pasó por el infierno y necesita
contarlo. Levi anota con detalle las crueldades de la SS y la meditada forma de
quitar la humanidad al otro, de animalizarlo para después matarlo sin piedad en
la cámara de gas. Pero también cuenta el modo en que esa deshumanización impone
entre los mismos que padecen, la lucha por la supervivencia que diluye la
solidaridad, dejando al hombre sólo y en primer plano, peleando contra todo y
todos, degradándose e ignorando los códigos morales que se pueden sostener en
la vida civil pero no en medio del infierno. Los mejores, los valientes, dice
Levi, morían. Sólo quienes tuvieron algún privilegio y una buena dosis de suerte,
como el mismo Levi que por ser doctor en Química logró trabajar los últimos
meses de encierro en los laboratorios del campo de Buna (que era en realidad el
proyecto de una industria química que funcionaría en base a mano de obra
esclava), lograron sobrevivir. Entre medio Levi narra el horror y los pequeños
detalles del horror. El modo de relacionarse, las costumbres delirantes
impuestas por los alemanes, la manera en que se usó a los mismo judíos para el
control y el trabajo de matar a sus propios compañeros, de modo de implicarlos
y hacerlos “culpables”; y otras mil formas de tormento.
La tregua es un libro de
descanso luego de Si esto es un hombre.
Pero es un descanso lleno de melancolía. La liberación de Auschwitz no tuvo que
ver con la festiva actitud de los soldados americanos haciendo la ve de la
victoria para los fotógrafos de Life. La liberación de Auschwitz y su constelación
de campos de reclusión fue un lento y doloroso despertar donde solamente los
enfermos que no habían podido caminar habían quedado atrás. El resto de los
reclusos moriría en su mayoría sometido a marchas de exterminio hacia el oeste,
obligados por los nazis a escapar del avance del frente ruso con la intención
de eliminar al resto de los testigos que podían contar lo que habían visto y
sufrido. La fortuna quiso que Levi estuviera en la enfermería cursando una
escarlatina y por esa casualidad no fue sometido a una de esas marchas. Pudo
sobrevivir gracias a su tesón y su ingenio combinado con el de dos soldados
franceses que habían sido recluidos dos meses antes; sobreponiéndose al último
y más pesado de los espantos, el de los enfermos muriendo de hambre y sed en el
campo abandonado.
Después la liberación poco organizada por el ejército ruso,
las aventuras con compañeros de andanzas italianos, simpáticos estafadores y
decenas de personajes más. Los constantes traslados hacia el interior de Europa
del este. La permanencia junto a un contingente de miles de italianos en una
suerte de cuartel en medio de la estepa, donde vivieron tres meses y donde, con
un tono propio del mejor Fellini, Levi narra la vida en esta suerte de
delirante falansterio. La restitución a la patria será en el mismo registro, en
un tren comandado por un maquinista que no sabía muy bien a donde iba y
custodiado por un puñado de soldados rusos adolescentes que pasaban el tiempo
jugando con los niños sobrevivientes. Treinta y cinco días duraría ese viaje en
tren, epílogo lento y agridulce de la liberación.
Los hundidos y los salvados
completa la trilogía y la remata, cerrando el
círculo que Si esto es un hombre y La Tregua habían abierto. En este libro,
un Levi ya maduro, como hombre y como escritor, cosecha la experiencia de sus
años dando conferencias, charlando con jóvenes y adultos, abrevando en las
múltiples fuentes bibliográfica que puntualizaron algunos datos que no estaban
claros en época de la publicación de Si
esto es un hombre en 1947. En Los
hundidos y los salvados Levi intenta un análisis de las diversas facetas
del holocausto, y lo hace de una manera tan lúcida y a la vez tan humana, sin
pretender ahondar en la motivaciones psicológicas de los opresores ni en la
huella indeleble que su accionar dejó en sus oprimidos, que el libro resulta
cercano y de algún modo revelador para quienes alguna vez, luego de conocer
este y otros terribles episodios de la historia se preguntaron: ¿cómo pueden
haber hecho esto?
Entre otras cosas Levi intenta dilucidar esa pregunta. También ensaya
una comparación con los campos de castigo rusos, citando a Solzhenitsin, y
encuentra que en estos la exterminación era una consecuencia y no un fin en sí
mismo como ocurría en los Lager
alemanes. También trata el problema de la comunicación en los campos, verdaderos
babeles de lenguas y nacionalidades, donde judíos de toda Europa eran
encarcelados y donde era vital comprender rápidamente las órdenes que los SS y
los Kapos judíos ladraban a los
prisioneros.
Por último, y para completar este artículo viciado de extensión,
citaremos un libro que quizás sea el menos serio de los aquí mencionados. Y es
porque se trata del más famoso, llevado a la pantalla por Hollywood y por si
fuera poco, sospechado de ser una gran mentira basada en hechos reales. Se
trata de Papillon de Henry Charriere.
Esta supuesta novela autobiográfica, publicada en 1969, cuenta en primera
persona las peripecias del propio Charriere cuando fue encarcelado por la
policía francesa en su colonia carcelaria de Guyana, y su posterior evasión.
Aunque es un hecho comprobable que Charriere estuvo preso en Guyana, no es
seguro, y a ciencia cierta a quien lee la novela le es difícil de creer, que
Charriere haya vivido todas las aventuras que el libro cuenta. En cambio, lo
más probable es que haya tomado historias escuchadas en el penal y las haya
contado como suyas. Y casi tan seguro como eso es que Charriere no haya escrito
Papillon, sino que lo hizo un
periodista, un escritor fantasma que conoció durante su vida de hombre libre en
Venezuela.
Por otro lado existe un libro, menos glamoroso y más llano, la
verdadera fuente sobre la que se estructura el texto de Charriere, llamado Guillotina Seca de René Belbenoit. La
metáfora del título es suficientemente elocuente, el presidio francés era tan
efectivo para provocar la muerte del recluso como el adminículo inventado por
Monsieur Guillotin, y mucho menos sucio.
Para quien lee los dos libros el parecido es evidente, con el único detalle de
que la obra de Belbenoit, casi desconocida antes de la aparición de Papillon,
precede a la de Charriere.
Papillon es menos importante
por la trama o la aventura, y hasta por el predecible final heroico con
recuperación de libertad incluida, que por mostrar hasta qué punto el sistema
judicial y penal francés se deshacía de sus reos enviándolos a morir a los
presidios montados en sus colonias en América. Los detalles del encarcelamiento
son sobrecogedores, así también como el sistema con que los presos guardaban
sus tesoros más preciados (dinero casi siempre) en un supositorio o “estuche”
que llevaban siempre encima (no hay que explicar con qué método) y que sorteaba
los imprevisibles cacheos y revisiones de los guardias.
Como sea, auténtico o no, el libro de Charriere está bien escrito en el
sentido de que atrapa al lector de principio a fin, un merecido best seller. Pero el detalle de la
falsedad de lo que cuenta (no de su escenario, que confirma Belbenoit) hizo que
mi entusiasmo por el libro decayera, hasta tal punto que su secuela: Banco, donde el protagonista narra las
alternativas de su vida de hombre libre, sigue esperando en mi biblioteca para
que lo lea.
Dostoievski, Solzhenitsyn, Levi, Charriere, los tres primeros
injustamente, el último por estafador y un supuesto asesinato del que se
declaró inocente, fueron víctimas de sistemas de encarcelamiento que envilecían
a sus víctimas al punto de convertirlas en animales, enloquecerlas o
simplemente quitarles el deseo de vivir. Los tres en ese sentido lucharon, cada
cual con sus armas, para sobrevivir. Lo lograron y dejaron crónica de eso y de
cómo el hombre es capaz de tratar a sus semejantes, motivado por el racismo, la
presión de un sistema autoritario o el simple goce sádico. En la cárcel o el Lager a ellos se los enjauló, se los castigó, se los humilló, se intentó
quitarles el resto de humanidad que pudieran conservar para luego liquidarlos
una vez convertidos en cosas sin voluntad.
Quedaría considerar, en época en que el sufrimiento animal es tenido en
cuenta de tal modo que los jardines zoológicos comenzaron a cerrar sus puertas,
como ocurrió con el zoo de Buenos Aires y de a poco con el de la ciudad de La
Plata; cómo es que el hombre no ha descubierto otro sistema mejor y más humano
que el de encarcelar, enjaular literalmente como a esos animales, aislar a los
delincuentes en condiciones infrahumanas.
¿No existe otro modo? ¿A nadie le interesa pensarlo? ¿Da miedo pensarlo?
Mejor bajar la imputabilidad y sentirse seguros, seguir enjaulando. Pero por un
solo inocente que caiga en la trampa, alguno habrá la justicia como toda
creación del hombre es falible (por eso la pena de muerte es una paparruchada) valdría
la pena pensarlo.
miércoles, 1 de febrero de 2017
Buenos Aires, gentrificación ¿y después? …
La revista Mejicana (o Mexicana) Los Heraldos Negros, me ha publicado un artículo acerca de la Gentrificación. ¿Y qué es eso? Ahí va un parrafito para ver de que va el tema y la invitación para leer el artículo completo en: http://www.heraldosnegros.org/buenos-aires-gentrificacion-y-despues/
Buenos Aires, gentrificación ¿y después? …
"El primer obstáculo que hay que sortear al acercarse al fenómeno de la gentrificación es definir qué cae dentro de su esfera de influencia. El concepto, tal como lo introdujo Ruth Glass en la década de los sesenta, se refiere al movimiento de “colonización” de barrios populares u obreros por parte de las clases altas, es decir su “aburguesamiento”. De tal suerte, la puesta en valor del antiguo barrio popular expulsa en su dinámica a los vecinos originales, incapacitados de pagar los nuevos impuestos y alquileres devenidos de una revalorización de su hábitat."
martes, 27 de diciembre de 2016
ERNESTO SÁBATO EN SU JARDÍN OSCURO
por Andrés
G. Muglia
Está claro
que el gusto se educa, crece, muta como un organismo vivo que busca su
plenitud. No nos gustará lo mismo en la niñez que en la adolescencia o en la
edad adulta. El sabor amargo de la cerveza, que rechazamos en la infancia, será
la preocupación de muchos a partir de la juventud. Lo mismo ocurre con los
gustos literarios. El lector aprende que nunca debe rechazar de plano a ningún
autor, sino dejarlo a un lado de su camino edificado en papel y tinta. Quizás,
en otra vuelta de su viaje llegue de nuevo a ese autor y descubra con asombro
un tesoro que había rechazado en otro momento de su vida.
Esto mismo
me ha pasado con Ernesto Sábato. Accedí a él en la adolescencia, cuando todo
libro que cae en nuestras manos es leído con una cierta compulsión, una búsqueda
de la empatía profunda o el rechazo más riguroso. Por lo segundo me decanté en
esa época, cuando Sobre héroes y tumbas
me pareció un libro pretencioso, con personajes laboriosa y torpemente
construidos, con una propensión a dejar al lector sumido en el aburrimiento más
aburrido. No entendí, evidentemente, la filosofía profunda que encerraba aquel
libro; el modo en que reflejaba las preocupaciones de un autor torturado y,
como él mismo definiría en sus ensayos, problemático.
Más tarde
leí El túnel, un libro que vino a
confirmar esa sensación juvenil en la adultez. A pesar de corto, porque es más
un cuento largo que una novela breve, El
túnel revivió aquella sensación de estar leyendo algo a contrapelo de
nuestros deseos de abandonarlo. De pelear todo el tiempo con ese latente
fantasma del aburrimiento.
Pero la
madurez de un lector no es, como podría pensarse, un hecho progresivo. El
resultado de un sedimento que el tiempo y las lecturas van formando. Me imagino
más ese crecimiento al modo en que los bebés se convierten en nenes o nenas:
cuando por fin caminan. Me he asombrado viendo que ese acontecimiento, lejos de
ser un fenómeno paulatino, sucede de un día para el otro, como si un esforzado
ser de la cavernas hubiese estado observando por mucho tiempo un martillo,
tratando de comprender para que sirve, y de golpe se diera cuenta (¡Eureka!) y
comenzara a golpear con ansiedad todo lo pasible de ser martillado. Encuentro
en el crecimiento como lector esta suerte de tirones hacia adelante, de
revelaciones de nuevos sentidos que solamente ciertos autores y ciertas obras pueden
fomentar. Estoy pensando en Kafka, en Schopenhauer, en Apollinaire, en Alberti,
en Rimbaud. El mundo revelado ante una luz, o una sombra, nueva.
Curioseando
en una biblioteca ajena, costumbre obsesiva e inherente a todo lector que se
precie de tal; encontré un volumen ajado de Sobre
héroes y tumbas. Como es conocido (por este blog) mi gusto por los viejos
volúmenes que remiten a las bibliotecas de mi infancia (ese gusto no ha
variado) me impulsó a tomar aquel libro y pedirlo prestado. Hubo, entiendo, en
ese gesto una especie de empecinada soberbia del orden de: "no puedo ser
tan bruto de rechazar un autor tan elogiado por la fuentes más
acreditadas", o algo así. Lo cierto es que, dispuesto a reincidir en mis
juicios previos, me encaminé a mi hogar con el polvoriento libro bajo el brazo.
Tal vez hubo alguna preparación para lo que luego ocurriría, pues ese mismo
verano me atareaba en leer a Schopenhauer, mi filósofo de cabecera, un célebre
pesimista con respecto a las cosas de este (y el otro) mundo, que bien podría
emparentarse con Sábato. Lo cierto es que desembarqué en esa novela como quien
llega a un pálido puerto de paso cuyo nombre olvidará al partir, y me encontré
de pronto en un paraíso exuberante e inesperado. Un paraíso oscuro, como debe
ser la selva profunda, aquella cuyas hojas impiden que el sol toque la
superficie rica en humus, hongos, detritus y toda clase de alimañas que se
meten por debajo de la bocamanga del paseante.
En una
entrevista televisiva realizada a Sábato en el año 1976, en el programa español
A fondo, aquel cuya extensión podía
llegar a exasperar a personalidades como Roman Polansky que se amotinó en plena
emisión; Sábato se explayó, como permitía y estimulaba el mismo entrevistador,
en una suerte de defensa (aunque el sustantivo es en cierto modo ampuloso) de
su literatura, y en particular de sus novelas. Decía:
"Yo me he propuesto cosas grandes… Si yo
tengo un pequeño jardín se me puede exigir, casi se me debe exigir, que el
jardín sea perfecto. Que sea limpio, que sea ordenado, que esté bien dispuesto.
Pero si yo me propongo el Mato Grosso… es otra cosa. El Mato Grosso tiene
fieras, pantanos, mosquitos. Alimañas de toda clase, sabandijas de toda índole.
No le pidan eso al Mato Grosso. Yo me he propuesto el Mato Grosso, que lo haya
logrado… no se. Pantanos hay muchos, de eso estoy seguro." (1)
En fin, que
todas mis esforzadas metáforas sobre jardines y selvas no son más que una idea
del propio Sábato: ¡touche
originalidad! Como sea, elíptica o directamente, Sábato mismo da un porqué a
sus tortuosos textos. Pero sino por propia confesión, podemos encontrar algo
tortuoso (pero consecuente con sus ideas hasta el fin) en el propio camino de
Sábato como ser humano: su vida. Sábato es un ejemplo de renunciamiento.
Alguien que, alcanzado un objetivo que se ha propuesto, lo abandona con la
misma pasión que lo motivó a perseguirlo. Secretario General de la Federación
Juvenil Comunista de Argentina, renuncia repentinamente a ese cargo, mientras
se dirigía a un congreso en Bruselas. En charla con un camarada Sábato se da cuenta, casi con miedo, que el lugar hacia
donde se dirigía el comunismo, cuya referencia más marcada era la Rusia de
Stalin, no era el que él ¿idealizaba? Esa misma noche huye hacia París. Del
mismo modo, renuncia a un promisorio futuro como científico (Sábato trabajó en
el laboratorio del mítico matrimonio Curie) cuando advierte que la literatura
que persigue es incompatible con el universo del saber científico. Las
matemáticas, refiere, fueron un refugio en su juventud, cuando buscaba
respuestas a un mundo caótico, desordenado, hostil; que se refleja después en
sus libros. Con cierta solapada jactancia Sábato comenta en entrevistas y hasta
en su libro Abbadón el exterminador,
que aquella renuncia insólita para sus compañeros de disciplina le valió que el
propio Bernardo Houssay, premio Nobel de Medicina, le retirara el saludo.
Buscándose
a sí mismo (¿consiguió encontrarse alguna vez?) Sábato se aisló de aquel mundo,
en un rancho sin luz ni agua corriente de las sierras de Córdoba. Allí, en la
compañía de su imprescindible Matilde y su hijo pequeño, escribió su ensayo Yo y el universo, y decidió que el futuro
que edificaría sería no a través de la ciencia, sino de los dudosos ladrillos
del arte y la literatura. Poco ha sido lo que ha llegado de ella hasta nosotros,
al menos en el terreno de la novela; terreno que según declaraciones del propio
Sábato era al que él más jerarquizaba por sobre, por ejemplo, su labor como
ensayista. Como un escritor lejano en los tiempos, que ha ido extraviando sus
obras en catástrofes cíclicas o en incendios a manos de obtusos conquistadores,
el propio Sábato, autocrítico y exigente como su admirado Kafka, echó al fuego
muchas de sus obras que, por demasiado imperfectas, no consideraba llenaran sus
ambiciones. Matilde nos hizo el favor de rescatar de las llamas Sobre héroes y tumbas (¿cuántas veces lo
habrá rescatado al propio Sábato?), destino que ya le preparaba el escritor,
que con humor se declaró algunas vez pirómano de su propia literatura. Sólo
tres novelas han llegado hasta nosotros de esta especie de holocausto que el
propio Sábato llevó a cabo.
Gracias Matilde por recuperar esos oscuros y
amargos frutos del incendio, frutos que supe degustar cuando no ya ellos, sino
yo, estuve maduro para hacerlo.
1- Ernesto Sábato entrevistado en el programa
"A Fondo". España, 1976.
jueves, 11 de septiembre de 2014
GENTE SIN TIEMPO
por Andrés G. Muglia
Uno no puede escapar a caer, de vez en
cuando, en lugares comunes. Aunque se quiera ser todo el tiempo original,
aunque reneguemos de las repeticiones y las copias, aunque vociferemos nuestra
condición de libres pensadores.
En ese sentido, cuando pienso en la
imagen de alguien que lee imagino a un tipo cuarentón, sentado en un sillón de
orejas color verde, con una luz puntual enfocada en su libro (puede ser una
lámpara de pie o un velador sobre una mesita). A su alrededor hay una
biblioteca de esas de piso a techo, mucha madera barnizada y por ahí también
algún whiscacho en la mesita y una pipa.
Cuando me viene esa imagen a la mente
pienso que yo, que si puedo reivindicarme de algo, humildemente, puedo hacerlo
de lector (lector diletante pero lector al fin), jamás he leído un libro en esas
condiciones. Lo he hecho en la cama, en el baño, en la cola del banco, en el
colectivo y en el tren, en una pizzería, de parado en una librería, sentado en
el suelo, en un altillo lejano en Bahía Blanca; pero nunca de ese modo. Como
sea, esa imagen que tengo metida en la cabeza, quién sabe a través de qué
nefastos mecanismos, es la de un lector reposado, que paladea la literatura en
un ámbito ideal para el disfrute, un burgués que sabe apreciar la cultura y que
está leyendo seguramente algún artículo de la Enciclopedia Británica.
Charles Bukowsky decía (escribía)
acerca del acto creativo:
"vas a crear trabajando
16 horas por día en una mina de carbón
o
vas a crear en una piecita con 3 chicos
mientras estas
desocupado,
vas a crear aunque te falte parte de tu mente y de
tu cuerpo,
vas a crear ciego
mutilado
loco,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla en terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego".
16 horas por día en una mina de carbón
o
vas a crear en una piecita con 3 chicos
mientras estas
desocupado,
vas a crear aunque te falte parte de tu mente y de
tu cuerpo,
vas a crear ciego
mutilado
loco,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla en terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego".
Yo creo que tranquilamente podría
tomarse este poema con aquellas mismas tijeras con que Tzara creaba los suyos recortando
frases de revistas y libros (¡vamos si nosotros también lo hicimos por consejo
de él!) (por supuesto no resultó igual); tomar esas mismas tijeras decía y
sustituir la frase "vas a crear" por "vas a leer", y la
cosa funcionaría igual de bien.
No hace falta que el contexto nos
apoye para zambullirnos en la lectura. Por el contrario considero que los
contextos más atroces (la silla dura al lado de una cama de hospital, la celda
de una cárcel) son el mejor lugar para conectarse con algo impreso. Si uno
quiere leer va a leer. Si no tiene tiempo lo va a buscar (se lo quitará al
sueño, al amor, a la familia) si no tiene lugar lo va a buscar (escondido en el
baño del laburo, con una linterna adentro del auto en el estacionamiento del
supermercado). Leer es mucho más que mirar televisión o ir al cine, es un
compromiso con uno mismo, con algo que sabemos superior a cualquier
entretenimiento, a pesar de que también y paradójicamente es el mejor
entretenimiento.
¿Entonces a qué viene esta profusión
de sitios de Internet, revistas digitales, concursos y certámenes de "microrrelatos"?
¿Qué es un microrrelato? ¿Un cuento muy corto digamos? ¿Algo como esas maravillas
de un párrafo o dos incluidas en Historia de Cronopios y de Famas? ¿La
condensación de una genialidad concentrada hasta sus últimas consecuencias?
¿Una especie de haiku de la prosa? Y
ya que vamos de preguntones. ¿Qué por Dios es un haiku? ¿Un poemita? ¿Un poemi? ¿Un poe? ¿Un p?
A veces me parece que esta
proliferación del microrrelato está generada por esta vida ¿moderna?
¿posmoderna? ¿post-posmoderna? que nos hemos construido. Sí, todos la
construimos, porque nadie vende algo sin uno que lo compre. Que el microrrelato
no es más que la consecuencia de la vorágine del que no tiene tiempo de leer, y
en lugar de un capítulo o dos de una novela, consume a los apurones un par de
microrrelatos en el teléfono mientras viaja en subte.
Vamos a decirlo de una vez por todas:
si no tiene tiempo de leer, hágaselo. Si no se lo puede hacer, entonces usted
no quería leer.
Siempre ando medio perdido de la novedad
pero no he visto ningún libro de microrrelatos vendiéndose en una librería. ¿El
papel impreso atrasa tanto o es que este nuevo género que llena blogs y
revistas virtuales no es más que el esfuerzo de quienes como "no tienen
tiempo de leer" tampoco tienen "tiempo de escribir"?
Lo mismo para los cuentos y los
concursos de cuentos. Busque usted un concurso que permita más de cinco páginas
a doble espacio (lo que le da un cuento corto corto corto) y se llevará la
palma de Cannes. Yo por mi parte tengo que echar mano a la misma tijera de Tzara
para colar alguno de los míos en un certamen porque tengo la maldita costumbre
de ser de tiro largo para escribir. Y algunos de treinta o más paginitas
seguirán durmiendo en sus carpetas sin que les den siquiera oportunidad de,
como Manet, jactarse de rechazados. ¿Los jurados no tendrán ganas de leer
tanto?
lunes, 10 de marzo de 2014
CONCURSOS
por Andrés G. Muglia
Todo escritor o artista en ciernes pasa
fatalmente por la experiencia de concursar en algún certamen. No hay otro modo,
y si lo hay que me acerquen la sugerencia inmediatamente, de hacerse conocido,
de exponer en alguna galería en el caso de pintor, de publicar en el caso de
escritor. O sí, si hay otra forma, pagar la edición (y ver después cómo se
distribuye ese libro) o pagar a las galerías para que te expongan. Si no, si
uno no tiene un mango, ahí vamos con nuestras cándidas esperanzas en forma de
obras, a que tipos que no conocemos más que por una biografía de Google (con
suerte) levanten o bajen el pulgar ante nuestra palpitante creación (que es
como un riñón o un pulmón o un hijo nuestro). No hay otra.
Uno piensa que esto es injusto. ¿Cómo va a
competir una obra de arte con otra? Un libro no es un auto de carreras, ni un
corredor de cien metros: más rápido que los demás, ganador. Así de fácil. ¿Bajo
qué criterios se juzga si una obra es mejor que otra? ¿Estilo? ¿Tema? ¿Técnica?
¿Gusto del jurado? Desde el vamos todo esto es difuso. ¿Dónde está la regla que
dice que el Ulises de Joyce es mejor o peor que Sobre Héroes y Tumbas?
¿A alguien se le ocurriría ponerse a comparar eso? ¿Por qué hacerlo entonces
con otras obras? ¿Por menores? ¿Porque deben someterse al escrutinio de
los sabios para poder entrar al parnaso de las letras impresas? Todo es muy
extraño y demanda que quien ha escrito una novela (por poner un ejemplo), y les
puedo asegurar que compararía el quebradero de cabeza que eso exige (estamos hablando
a veces de varios años de trabajo) con el trabajo físico más intenso y
sostenido, confíe blandamente y con candidez el fruto de tanto esfuerzo a una
maquinaria que desconoce y de la que sospecha. Porque vamos, el mundo de hoy no
esta fundado en la libertad, la igualdad y la fraternidad; sino en la
desconfianza que nos hace pensar que en todo momento y bajo cualquier
circunstancia estamos ante el riesgo de que nos caguen.
Para colmo, esta paranoia que no voy a ser tan
zonzo de limitar al ámbito vernáculo con la siempre derechosa sentencia de
"mucho más en este país", se confirma a veces con un dato de la
realidad tan concreto y demoledor como el que incluyó a un afamado concurso, a la
novela Plata quemada, a su autor Ricardo Piglia y a un valiente escritor
llamado Gustavo Nielsen que denunció fraude, y al que pasado los años un lento
proceso judicial le dio toda la razón.
Pero. Y entonces. ¿Para qué seguir gastando
pólvora en chimangos? ¿Para no perder la ilusión? Hay un hecho, particular y
personal, que convalida que siga participando en concursos. Alguna vez, lo digo
casi con vergüenza, gané alguna mención y hasta un premio. Eludo la jactancia
para narrarlo brevemente, y como para echar un poco más de luz a este tema
espinoso.
Cuando era pintor, o quería ser pintor,
mandaba, dentro de mis posibilidades (flete carísimo) cuadros a concursos. Una
vez obtuve una mención por un cuadro mediocre con un título pomposo, se llamaba
"De la serie Música para Mirar, La luna que se quema adentro tuyo" Tomá
mate. Siempre tuve la sospecha de que la mención del jurado la obtuve por el
título y no por el cuadro, que la verdad no era gran cosa. Aunque siguiendo esa
lógica titulística el díptico que una vez envié a un certamen provincial
de grabado, titulado "Intercambio de miradas entre Rosamel Araya y una
mosca" tendría que haber ganado el premio nacional; pero apenas lo
colgaron en un recodo alejado de la muestra, cerca de la puerta del baño.
Pero una vez, si señores, una vez, obtuve un
premio y me dieron PLATA. Exacto. PLATA. Creí que por fin había llegado.
Sin embargo el premio tuvo un sabor agridulce. Primero, porque el cuadro
realmente me gustaba, y lo peor, estaba colgado en el living de casa y le
gustaba a mi mujer; digamos que era de ella. Lo mandé al concurso porque ya lo
tenía enmarcado y total no iba a ganar. Pero ganó. Contradicción: tuve la mala
suerte de que ganara. Un premio municipal y era adquisición, chau cuadro.
Cuando se lo dije a mi mujer creo que no me lo reprochó, pero si lo hubiera
hecho hubiese estado en todo su derecho. Había vendido su cuadro. Para
colmo la desventura no terminó ahí. El día de la premiación, entré con mi
familia vestidito, perfumadito y feliz con la intención de ver mi obra colgada en
el lugar destacado de los premios y en vez de gritar el gol, me puse a mirar el
resto de las obras expuestas. Mala idea. La verdad había varias mejores que mi
cuadro. No se puede ser objetivo en eso, pero había uno bellísimo, de la
fábrica de vidrio Rigolleau en un atardecer; una cosa media fauve que explotaba
de color. Todavía me lo acuerdo y eso que fue hace muchos años. Me sentí como
el orto. Realmente mal. Para colmo a los pocos días me llamaron de la Secretaría de Cultura.
Pensé: "¡ahora me van a ofrecer laburo!". No. En realidad lo que
querían era que les devolviera la guita del premio porque nosequién había
objetado nosequé de mi obra que al parecer no respondía a lo que el reglamento pedía. Me
asesoré legalmente (gratis por supuesto, jodí a mi prima abogada - ¡Gracias
Bea!) y los mandé más o menos al carajo en una tirante entrevista en el
despacho del SEÑOR SECRETARIO. Todo, en fin, amargo amargo.
Me parece que después de eso no mandé otros
cuadros a concursos. Y ahora en el living tengo colgado una pintura de un
puerto con barcos que es una verdadera bazofia, pero entraba justo en el marco
que tenía, va en realidad no, tuve que amputarle un remolcador que sobraba.
Pero mis triunfos en el mundo de los concursos
no terminan ahí. Después me hice escritor (va todavía estoy tratando de ser).
Y gané, si señores, gané un par de menciones en concursos de poesía. Enumero
los extraordinarios premios: mención en un concurso de "poetas
docentes" (así como lo leen, no se rían) en una biblioteca del interior de
la provincia; me mandaron por correo un conmovedor diploma de esos de escuela,
donde asentaban que me habían premiado con la laboriosa
caligrafía de alguna bibliotecaria de anteojos gruesos. El otro que recuerdo me
lleva al salón de los bomberos voluntarios de no se que municipalidad, donde me
veo de traje, leyendo un poema delante de una multitud de viejas peinadas con
spray. Después leyó su cuento el primer premio de narrativa, un tipo medio
vestido de gaucho con mocasines de carpincho parecido al de la publicidad de
vino Toro, cuya obra narraba un viaje en carreta en una campera descripción de,
supongo al menos, una época donde Roca ya había exterminado a todos los pueblos
originarios, para que otros hacendados como los que el señor escritor quería
imitar (¿o realmente lo era?) pudieran plantar su trigo y su progreso. Paso de
largo una velada en un bar o teatro del barrio de San Telmo, lugar superpoblado
de escritores, escritoras, escritorsotes, escritorcitos y escritorcitas, que
intentaban explicitar que eran grandes artistas con actitudes de grandes
artistas, y charlaban y se conocían y yo era al cien por cien sapo de otro
universo, no ya de otro pozo. Bizarro, bizarro.
Pero por fin llego a mi otro y gran resonante
triunfo en el mundo de los concursos, sólo comparable a aquel en el que le
vendí su cuadro preferido a mi señora. Finalista en un certamen de poesía, pero
no de un poema, sino de un volumen entero de poemas. No se cuánto había estado
seleccionando, descartando, criticando mi propia obra para formar ese volumen.
¡Y era finalista! El primer premio era la edición. Pero yo ¡era finalista!
Me llamaron de la editorial para tener una
entrevista, no quisieron adelantarme nada por teléfono. ¿Realmente para qué
iban a llamarme sino era para editarme? Me tomé el tren y me fui a la capital.
No me puse el traje. Me pareció excesivo. Además el traje no da poeta. Da más
bien oficinista. Y el mío, azul, daba más bien chancho de colectivo. En fin
llegué a la editorial. En un departamento de no me acuerdo qué avenida. Me
hicieron esperar un rato y después me hicieron pasar a una oficina. Me recibió
una piba que atendía muchos teléfonos. No era fea. Tenía cara de escritorcita.
De escritorcita medio pirada, de esas con corte de pelo asimétrico. Me dijo que
mi obra más o menos por un pelo no había ganado el concurso. Cuando me dijo
eso, realmente sentí que Neruda, Apollinaire, Rimbaud, Alberti y Darío eran una
manga de giles. Yo, Andrés, el poeta finalista. Me dijo que mis poemas eran
"lindos", que los había leído con mucho interés. Lo dijo con esa palabra,
"lindos". Me pareció una palabra extraordinariamente pelotuda. ¿Cómo
vas a decir que un poema es lindo? Un poema es terrible, sublime, sutil,
lírico, apasionado; pero nunca es "lindo". La conversación fue
derivando, predeciblemente, hacia una propuesta de edición. Ya está, EL POETA
que editaría su primer obra, JA!. Después ciertos sustantivos abstractos
comenzaron a poblar el discurso de la escritorcita, eran más o menos: dinero,
edición, oferta, esfuerzo, aporte, hasta desembocar en una casi ganga en la que
yo ponía de mi flaco bolsillo de poeta la mitad del dinero para la edición.
Hay veces en la vida en que uno tendría que ser
capaz de levantarse de golpe. Pegar un portazo. Putear y golpear cosas. Mear
escritorios. Pero esas veces me he visto incapaz de mover un músculo, por un
sentimiento que me provoca una especie de parálisis psicológica, y es la
estupefacción. El asombro me anestesia. Y ete aquí que el poeta, el genial
poeta, el finalista poeta, el poeta casi editado; venía en tren desde allende
la pampas para que le pidieran guita. Agradecí la propuesta, indagué por pura
curiosidad (o por agrandar la herida en mi ego de poeta de poemas
"lindos"), detalles de cómo serían mis aportes pecuniarios. ¿Podría
hacerse en cuotas? ¿Pagaría por poema o por página? Creo recordar que aunque
estaba lejos me fui caminando hasta Constitución saboreando mi triunfo.
Colgando de la fascinante y luminosa noche porteña pude intuir a Neruda, a
Apollinaire, a Rimbaud, a Alberti y a Darío, cagándose bien de risa de mí.
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