sábado, 1 de agosto de 2020

Los miserables, de Víctor Hugo

por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:

https://www.culturamas.es/2020/04/08/los-miserables-de-victor-hugo/

Hay ciertos monstruos sagrados de la literatura que son difíciles de comentar. ¿Qué se puede decir (que ya no se haya dicho) de Los miserables? Cada opinión es un mundo y ahí va el mío, con sus calles, lagunas, habitaciones y paquebotes.
Para empezar, apuntar que para leer Los miserables hay que, como cuando entramos en un teatro y nos acomodamos en la butacas, suspender la incredulidad. Porque como otros autores de la época (se me ocurre Dickens que incurría en el mismo reiterado recurso) Victor Hugo abusa de las casualidades. La trama se alimenta, avanza gracias a ellas. Los personajes de Los Miserables se cruzan y vuelven a cruzar contra todo pronóstico, una y otra vez en diversas épocas y escenarios. 
El protagonista Jean Valjean (hermoso personaje, trágico y romántico) un ex presidiario que ha purgado una pena de veinte años por robarse un pan, se cruza permanentemente a lo largo de la trama con su perseguidor Javert, un policía, sabueso incorruptible que no cesa de acosarlo. Pero para que esto ocurra la casualidad tiene que inmiscuirse todo el tiempo en la historia para encontrarlos y repetir la dinámica del perseguido y el perseguidor. Lo mismo ocurre con el resto de los personajes, se relacionan a golpes de casualidad. Si se pone atención a este detalle, a esta falencia de argumento que yo considero más un recurso de época que una verdadera tara, no se puede seguir adelante. Hay que aceptar esta característica como uno acepta los defectos del ser querido en nombre del amor.
La historia, también típica de la época, sigue más o menos el derrotero de la vida de Jean Valjean (a veces el foco de la acción se va hacia otros personajes) que se compone de una serie de peripecias (de nuevo, más o menos creíbles). Valjean es un evadido. Su vida consiste básicamente en escapar de la justicia. En medio de su perpetua correría, encuentra rellanos de paz, como cuando gracias a su inteligencia como inventor se enriquece y se hace un personaje respetable con un nombre falso. Sin embargo Javert lo descubrirá y vuelta a escapar.
En su escape se hace tiempo de rescatar de la miseria y la penuria a Cosette, la hija de una prostituta llamada Fantine que fallece en sus brazos. Adopta a la niña, que vive como una pequeña Cenicienta en la posada que regentea un matrimonio inescrupuloso (los Thénardier, paradigma de maldad) a los que Fantine confió  a la niña para que la cuidaran a cambio de un renta. Con Cosette, que convierte en su hija, Valjean descubre el amor que nunca ha sentido por nadie. El resto de su vida será, además de evasión de la justicia, un constante desvelo por proteger a Cosette de todo sufrimiento. Cuando aparece Marius, joven e inevitable galán que se enamora de una Cosette ya adolescente, Valjean desaparece nuevamente con su hija.
Sería aburrido anotar las sucesivas peripecias de Valjean, complicadas por la presencia de Cosette, Marius (a quien Valjean rescata de la muerte en una barricada), los Thénardier, que reaparecen en diversos contextos una y otra vez para perpetrar sus fechorías y la insobornable persecución de Javert.
Sin embargo, además de la historia de Jan Valjean existen otras facetas mucho más profundas en Los Miserables. La primera, la de la resurrección de Valjean, su rescate en términos de conciencia. Apoyado sin duda en su profunda fé católica, Victor Hugo hace de la historia de su héroe también una lección edificante. Como la de Robinson Crusoe, la de Jan Valjean es la vida de un hombre que se rescata a sí mismo de la disolución y el pecado. Determinado al odio luego de veinte años de prisión, Valjean es favorecido en sus primeros días de libertad por la acción de un obispo, al que roba pero que se niega a denunciarlo, alegando que los candelabros de plata que se encuentran entre las pertenencias del ex presidiario son un obsequio suyo. Ese gesto será suficiente para que el protagonista sufra la trasformación de conciencia que en ciertos pasajes de su historia, donde hubiese sido más cómodo apoyarse en su antigua falta de escrúpulos, lo pondrá en más de un aprieto.
Los preceptos que Valjean se empeña en respetar le regalan un destino erizado de dificultades. Porque humanizando a su personaje, Victor Hugo lo somete todo el tiempo a la tensión entre su conciencia recuperada y los punzantes impulsos de las tentaciones. La de Valjean será entonces una lucha doble, la de sobrevivir escapando y la que mantiene en contra del pecado.
Debajo de esta trama entrelazada de personajes que aparecen y desaparecen en distintos contextos, Hugo se la arregla para poner de fondo y comentar el convulsionado período histórico posterior a la Restauración, y sus consecuencias. Por momentos apenas una referencia en la que trasuntan sus marionetas, el contexto salta en ocasiones al primer plano de la historia, como en el largo pasaje en que Marius, desesperado por la desaparición de Cosette, participa de la defensa de una barricada en contra del gobierno con el único objeto de perder la vida honorablemente. 
En ese ámbito, el rapaz Gavroche, niño de la calle e hijo abandonado de los Thenardier; astuto, pero valiente e idealista; forma parte de esta inmensa alegoría y dramatizado testimonio de época que también es Los miserables, cuando muere mientras intenta recuperar balas de los soldados muertos para entregarlas a los rebeldes. 
Porque la principal faceta de Los miserables, que actualiza esta obra y nos la hace contemporánea, es su denuncia social realizada en múltiples planos. El primero que se presenta cronológicamente es el de la justicia y el encarcelamiento. Hugo inserta en medio de la trama un capítulo maravilloso, una suerte de ensayo que sorprende al lector: el relato de un náufrago que ha caído al mar y ve cómo inexorablemente la barca que significa su vida se aleja, para después advertir cómo sus fuerzas claudican antes de ahogarse. Este capítulo, este ensayo henchido de poesía, no es más que una inmensa metáfora acerca de la injusticia, el encarcelamiento, la imposibilidad de la reinserción del ex presidiario en la sociedad y el modo en que ésta le niega toda posibilidad de redención hasta sumergirlo en la indiferencia y la muerte. Ese sólo capítulo, todavía palpitante de actualidad, bien vale para hacer de Los miserables una obra inmortal.
También la historia de Fantine, una hermosa joven cuyo único capital es su belleza y que imprudentemente se hace la querida de un joven parisino, se convierte en un símbolo de lo que la sociedad hacía con las jóvenes como ella, cuando su amante la abandona con una niña nacida de su unión. A partir de allí Fantina es víctima de esta sociedad que la golpea una y otra vez. Tiene que dejar a Cosette al cuidado de unos posaderos inescrupulosos para poder conseguir trabajo en un pueblo cuyos habitantes no saben de su pecado. Pero sus compañeras descubren su secreto y en base a la maledicencia la hacen despedir. Fantine entonces rueda en un espiral de infortunio, llega a vender sus dientes para poder enviar la mensualidad de Cosette, finalmente se convierte en prostituta, enferma y muere.
Se sabe, los escritores románticos frecuentaban el melodrama, pero en el caso de Los miserables este mecanismo no tiene otro objeto que poner sobre el escenario una serie de personajes acorralados a los que la sociedad no les deja el menor resquicio para escapar. Valjean, Fantine, Cosette, son arquetipos y símbolos de una dinámica social que lamentablemente muchos siguen padeciendo a 157 años de publicado Los Miserables.
Estos elementos rabiosamente contemporáneos en cualquier latitud, hace que valga la pena revisitar una obra que a casi dos siglos de distancia todavía le sigue hablando al corazón de todo los hombres.

Poesía precoz, de Rimbaud al flaco Spinetta

por Andrés G. Muglia



Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:

https://www.culturamas.es/2020/04/03/poesia-precoz-de-rimbaud-al-flaco-spinetta/

«Si yo quiero un agua de Europa es la de la charca  negra y fría donde, hacia el crepúsculo embalsamado un niño en cuclillas lleno de tristezas, suelta  un barco frágil como una mariposa de mayo», Arthur Rimbaud
Borges decía que la buena poesía es aquella que deja como una resonancia, algo adentro nuestro, vibrando, luego de ser leída. Ese algo misterioso, apreciado solamente por aquella parte de nuestro ser que es un arcano para esa otra parte que se dedica a calcular la compra y hacer la lista del Super, será lo que busque todo arte que se precie de tal. 
El penúltimo verso de “El barco ebrio”, antes citado, siempre dejó en mi ¿alma? (digámosle así) alborozada, esa misma sensación. Una imagen acongojada y vívida aunque no sea más que una metáfora, capaz de mover las estanterías de lo que no tenemos atornillado a la razón. ¿Me conmovería la imagen del niño solitario soltando ese barquito en un charco de una calle que yo imaginaba un callejón decimonónico del Londres victoriano? ¿Sería acaso la inminente llegada del fin de este poema magnífico que, como el movimiento de una sinfonía de Beethoven, se precipita hacia el desenlace como una grandiosa fanfarria? No lo sé, y lo mejor es no saberlo, porque revelaría el misterio que hace que la poesía sea poesía, toda la magia moriría bajo las botas de la razón.
Llegué hasta Rimbaud en la adolescencia, el momento ideal para llegar a este tipo de poesía. Me cautivó al instante. Había una cierta musicalidad que se sobreponía a las traducciones, una serie de imágenes que saltaban de la página, la esencia romántica con su aire fugitivo y mórbido de la caducidad, del momento vivido con intensidad; en fin el bagaje conocido y multiplicado en mil formas del romanticismo. Además de por magistral, y quizás por eso mismo, la calidad del arte de Rimbaud se subrayó en mi mente cuando supe que toda su corta obra había sido producida cerca de la adolescencia; tal vez porque el sentido común indica que la maestría, el dominio de los propios recursos (ya sea en la poesía, el tango o el tiro libre) son un rasgo de la madurez.
En el parnaso de la poesía de todas las épocas y lugares que ha formado mi mente a lo largo de los años, se ubica a Rimbaud cerca del pináculo, dos pasitos por detrás de Apollinaire que es el Zeus de mi Olimpo, y uno al costado de Alberti con toda su sal de mar y su luz mediterránea. Por ahí anda Bukowsky soltando imprecaciones y un tímido García Lorca con sus ojos llenos de tragedia. Pero lo que destaca a Rimbaud por sobre sus compañeros en el debate e intercambio que les imagino, es que el descarado Arthur es el que voltea la mesa, vuelca el vino, hace pedorretas en el momento en que Baudelaire comienza a divagar hablando sobre su spleen, o le quita la silla a Homero para verlo caerse muerto de risa. 
Quizás no sea más que un prejuicio (y no sólo mío) pensar que un artista debe alcanzar su madurez artística de forma paralela y sincronizada a su madurez cronológica. Pero son tantas las pruebas a favor de esta idea y tan contadas las evidencias en contra, más del estilo de la excepción que confirma la regla, que es casi forzado condenar esta idea a la minoridad del prejuicio.  Sobre todo en pintura es muy fácil comprobar cómo el estilo de un artista se va construyendo con el devenir del tiempo, como un sedimento que agrega una capa sobre otra, que se modela a sí mismo. No es lo mismo el Mondrian de sus inicios al que llegó a la síntesis de “Broadway Boogie Boogie”, ni el Van Gogh de los “Comedores del papas” al del retrato de “Pere Tanguy”, sólo por citar ejemplos archiconocidos. Del mismo modo, el hecho de que todos los artistas que llegaron a la abstracción nacen de la figuración habla también de una evolución, de un camino hacia la madurez de la expresión plástica. Basta ver la solvencia de la obra temprana de Kandinsky, plenamente figurativa, para constatar sin muchas vueltas este mismo fenómeno. Sugiere esto que la maestría, la expresión acabada, el dominio del propio estilo y el propio universo simbólico son un fruto de la maduración (metáfora bastante simplona) natural que ofrece el tiempo y su vaivenes. 
¡Mentira! Basta para contrastar la falacia de tales afirmaciones la aparición ramplona en la historia del arte de un solo Rimbaud, con su estilo redondo, acabado y perfecto en sus términos, para darle una patada a esa concepción, para sacarle la silla a un ciego y desesperado Homero, para cagarse de risa en su propia cara. 
¿Cómo explicar este fenómeno? No se puede. Como no se puede explicar el segundo gol de Maradona a los ingleses o la materia oscura. Se disfruta tal como es o se aborda por vía de la fe.  
Rock & Roll poetry
Hablando de prejuicios yo tengo uno, y grande, con las letras de rock. Todos sabemos que el rock nace como un arte popular y que buena parte de sus letras se expresan con el trazo a veces demasiado grueso de “me gusta ese tajo que ayer conocí, ella me calienta la quiero invitar a dormir”, o bien la liviana inocencia de “a mi Popotito yo le di mi amor”. Si bien existen ejemplos de trovadores que salvan la ropa del género como Bob Dylan, que fue nominado al premio Nobel recientemente recibiendo así el reconocimiento del establishment a su categoría de poeta; y otros que pueden defender esa misma etiqueta como Leonard Cohen, Nick Cave o Ian McCulloch. Estamos (estoy) acostumbrados a tomar las líricas del rock no demasiado en serio. Habrá quienes salgan a quebrar una lanza en ese sentido invocando otros nombres: John Lenon, Jim Morrison, Frank Zappa, Ian Anderson, Paul Simon, Roger Waters, y muchos otros cuyos nombres tranquilamente podrían reclamar la corona de laureles; aunque de todos modos tampoco creo que les hubiera interesado. Después de todo el rock y la poesía no siempre van de la mano y tampoco está mal que sea así.
En el universo de nuestro rock argentino existió un rockero al que le cuadró el apelativo de ser el “poeta del rock”, el flaco Spinetta. No vamos a desgranar aquí una biografía del flaco, siendo que abunda material en internet para saciar la curiosidad del más exigente; lo que sí vamos a decir es que Spinetta tenía bien ganado ese apodo. Músico siempre respetado, miembro y fundador de bandas de leyenda como Almendra, Pescado Rabioso y Spinetta Páez, las líricas de Spinetta siempre fueron bastante más allá que las de sus contemporáneos. Había otro vuelo en Spinetta. ¿Devenía aquello de su formación cultural, de su confesa admiración por autores difíciles como Antonin Artaud? No se sabe, o es inútil saberlo. Describir el horno de donde sale la tarta no explica (jamás) la tarta.
Hace poco me entusiasmé con una canción que ya conocía, pero que no había escuchado realmente. La canción, que me enganchó cuando la re-descubrí, me arrastró con ella a ese limbo del repeat con su pulsión obsesiva sobre el iconito de la flecha que regresa una y otra vez al inicio de la canción. “Barro tal vez” fue reiterada hasta el hartazgo en mi automóvil, mi celular, el equipo de música de casa y todo aparato sensible de reproducir sonido; con la ironía tal vez de que se trata no de la típica balada del rock sino de una zamba (no confundir con la zamba brasilera lectores internacionales). La droga del repeat, tan fácil ahora que los soportes no son los cassetes rebobinables (rebobiabominables) de antaño, me había hecho un yonkie sonoro de “Barro tal vez”. Pero el golpe de gracia me lo dio saber que Spinetta había escrito esta joya exquisita a los quince años. 
No me gustan los análisis detenidos de la poesía. Siento que estoy asistiendo a una disección sobre la mesa de una morgue, lejana a aquella lúdica de Lautreamont donde se encontraban insólitamente un paraguas y una máquina de coser, y cercana al cuadro “La lección de anatomía” de Rembrandt donde tan bien representada está la lividez del cadáver del hombre que se ha transformado en objeto (de estudio pero objeto al fin). Pero hay veces que vale la pena. Hecha la disculpa entremos en materia.
“Si no canto lo que siento
Me voy a morir por dentro
He de gritarle a los vientos hasta reventar
Aunque solo quede tiempo en mi lugar”
De movida no más (en los dos primeros versos) Spinetta da cuenta que conoce tan tempranamente la angustia del que tiene algo que expresar y debe hacerlo a como dé lugar, aquello de pasar lo ininteligible del lado de lo inteligible que tanto torturaba a Gustavo Adolfo Becquer: acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar después en la escena del mundo”.
Por si ya no fuese bastante con articular este sentimiento tan difícil de expresar, el flaco arremete con los dos versos finales para enunciar el otro gran motivo que impulsa al artista a hacer lo que hace: permanecer con su expresión más allá de su tiempo vital, dejar su huella para que quede aún después de que él se haya ido “aunque sólo quede tiempo en mi lugar”.
“Si quiero me toco el alma
Pues mi carne ya no es nada
He de fusionar mi resto con el despertar
Aunque se pudra mi boca por callar”
Y sigue describiendo la maravilla de ser artista, de alguien que si quiere “se toca el alma”, imagen dolorosa pero lejana a los que viven haciendo cálculos de stock o tecleando calculadoras. Y repite que si no se expresa, simplemente lo mejor de él, su arte, va a morir (y él un poco claro está) “aunque se pudra mi boca por callar”. 
“Ya lo estoy queriendo
Ya me estoy volviendo canción
Barro tal vez
Y es que esta es mi corteza
Donde el hacha golpeará
Donde el río secará para callar”
A los quince años qué puede saber uno de lo que será su vida, su destino, su futuro. Pero el flaco lo sabía, y lo quería. Quería volverse canción, dejar en la memoria de la posteridad no la anécdota más o menos interesante sobre su pasar por el mundo, sino la brillante simiente de su arte para que se multiplicara cada vez que su música fuera reproducida. “Ya lo estoy queriendo / Ya me estoy volviendo canción”. Y mientras el arte lo hace inmortal, trasciende su tiempo, el cuerpo, ese vestido destinado a la fosa, se vuelve en ella “Barro tal vez”, y después de eso, cuando los inocentes y repugnantes gusanos hagan lo suyo y la materia se disperse y luego se agrupe nuevamente para formar otra cosa se convertirá quizás en “la corteza / Donde el hacha golpeará / Donde el río secará para callar”.
Quince años. Escribir eso a los quince años. 
Hay un sentimiento. No sé si llamarlo envidia, porque tiene que ver con la admiración, con el asombro, con el amor tal vez. Más arriba mencioné el gol de Maradona a los ingleses. Cualquiera que se haya puesto los cortos y un par de botines y haya saltado al césped con la intención de hacer un gol o evitar que le hagan uno, ha mirado esa imagen y ha deseado ser Maradona, haber creado esa sinfonía en movimiento cuya trayectoria zigzaguea entre cuerpos rivales. Nadie al que le guste el fútbol puede evitar eso. 
Me pasa eso mismo con “Barro tal vez”. Me hubiera gustado escribirla yo. No hay mucho más que decir. O sí, avisarle al flaco, aunque no lea esto y aunque quizás ya lo sabía en 1965 a los quince años, que ya se convirtió en canción.

El viajante en Beijing, de Arthur Miller

por Andrés G. Muglia



Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:

https://www.culturamas.es/2020/05/04/el-viajante-en-beijing-de-arthur-miller/

El título que lleva este curioso libro del autor y dramaturgo americano, recuerda un poco a aquel otro de Julio Verne: Las tribulaciones de un chino en China. Mucho tiene de tribulación este texto escrito por Miller a modo de diario personal en ocasión de su viaje a China para la puesta en escena de la obra La muerte de un viajante, a la cual medios especializados nominaron como una de las diez mejores de la historia estadounidense. El viajante… es antes que nada un texto de un escritor notable, de una ironía brillante sin la necesidad de estar dando constantemente golpes de efecto (como el otro Miller), que narra una experiencia extraña y estimulante que el autor tiene el don de transmitir.
Antes de entrar en materia dos palabras sobre mi percepción del Arthur Miller personaje. Miller demostró a mediados de los años 50 que un intelectual más bien feo, larguirucho, desgarbado y anteojudo, podía lograr el milagro de casarse con la mujer más hermosa del mundo. Eso era Marilyn Monroe para los medios y la prensa mundial y, lo peor de todo, esta afirmación tenía mucho de verdad incontrastable. Miller estuvo cuatro años con Marilyn (no fue un arrebato de amantes o un capricho de la diva) y demostró con eso un cliché hollywoodense: dreams come true. Miles de nerds, intelectuales, artistas y feos de toda variedad, estamos agradecidos al bueno de Arthur que demostró que cosas tan imposibles como la que demuestra este retazo de su biografía, pueden suceder.
Volvamos a lo nuestro. El texto que Miller escribió en ocasión de su viaje a China es, ante todo, la acuarela vivaz de un choque cultural. Por la época en que el escritor viajó (mediados de los 80 del pasado siglo) China estaba muy lejos de ser la potencia mundial de hoy en día. Emergiendo apenas de la catastrófica Revolución Cultural impulsada Jiam Qing, esposa de Mao; el país que se reveló ante Miller, incluso con todas las prerrogativas de ser una estrella mundial y que se lo tratara como tal, mostraba según sus palabras una suerte de patchwork de épocas que convivían entre sí. La mayoría de este ensamble heterogéneo lo constituían muestras poco felices de géneros de pobreza que Miller no sospechaba, algunas arraigadas en costumbres que databan de la época del Medioevo occidental.
Lo primero que llama su atención es lo superficial: la gris y uniforme vestimenta del pueblo chino. Puede leerse una perplejidad análoga en muchos visitantes de países del Pacto de Varsovia por esos mismos años, quienes coinciden en el melancólico paisaje vestimentario en contraste, sobre todo, con el brillante colorido de los Estados Unidos.  Pero Miller no se queda en la superficie de las cosas, ejerce una crítica ácida hacia el consumismo del American Way of Life. Al respecto de un artista chino que había viajado a los Ángeles sin verse deslumbrado por la cultura americana, Miller apunta:
“Me dio la impresión de un intelectual entumecido ante la profunda brutalidad de la cultura pop estadounidense, la forma de pulverizar las cosas mediante sonidos musicales, palabras, colores, cuerpos danzantes, fragmentos de telas, y sazonarlo todo con hamburguesas y salsa de tomates”.
Demoledor. 
Rascada la superficie del asunto, aliviado del jet lag y aclimatado a su nuevo paisaje, Miller comienza a descubrir China con todas sus luces y sus sombras. Se solaza en largos paseos en bicicleta con su esposa Inge, disfruta de la insobornable y sutil hospitalidad china, de sus paisajes y sus tradiciones. Pero también se topa, a la hora del trabajo para adaptar su obra al público chino, con una tradición actoral basada en un paradigma diametralmente opuesto a la actuación occidental de la época, que se alejaba de la declamación y se acercaba al naturalismo del Actor´s Studio. La actuación teatral china no busca el naturalismo (al menos no lo buscaba en esa época) sino por el contrario: es un evento artificial y artificioso sin voluntad de representar la realidad o, cuando menos, una ficción plausible de ser real.
En este sentido Miller, que buscaba en su obra expresar ciertas características americanas bien definidas con cierta veracidad, se enfrenta a una troup de actores chinos que entendían que usar pelucas estrafalarias, pintar su cara con excesivo maquillaje para verse “pálidamente occidentales” y exagerar los gestos, eran buenos métodos para representar La muerte… ante el público de su país. A primera vista estas dificultades mueven a risa, pero contra lo que intenta luchar Miller no es solamente la tradición (por poderosa que sea) o los caprichos y tics de un grupo de actores, sino contra algo mucho más grande. Baste un ejemplo como muestra. Cualquier grupo de teatro occidental representa La muerte… en un tiempo aproximado de dos horas. Se sabe (lo sabe todo el que escriba teatro) en dramaturgia una cantidad de páginas es equivalente a una cantidad determinada de tiempo de representación. En ocasión de la primera lectura general de la obra, el elenco chino demoró cuatro horas en llevarla a cabo. La explicación no está en un defecto de los actores, sino en que los chinos tienen un hablar más pausado que los occidentales. De resultas de lo cual Miller no sólo tenía que cambiar costumbres actorales, sino culturales y ancestrales. Asombrosamente, fustigados sin descanso por el autor durante las semanas de ensayos, los actores lograron culminar la obra dentro de unos márgenes de tiempo razonables.
Otras dificultades ampliaban la brecha cultural que separa La muerte… del público chino. En China no existía ningún oficio parecido al del protagonista de la obra Willy Loman, viajante y vendedor de profesión. En todo el país no existía ni había existido un solo viajante de comercio. El fracaso evidente de Willy en su trabajo, la obsesión por el éxito que quiere transmitir a sus dos hijos, la vejez que lo condiciona cada vez más y lo acerca a la desesperanza; todo ello es incomprensible si no se entiende cuál es el trabajo del protagonista. Ni siquiera el actor que lo representaba era capaz de transmitir algo que no sabía que era. Ese mismo actor, buscando su personaje, llegó a un ensayo con la buena noticia de que existía en China un oficio, ya perdido, similar al del viajante; consistía en escoltar y proteger las antiguas caravanas que atravesaban las extensas tierras chinas. Ese apoyo le bastó para transmitir al público la desesperante encrucijada de Willy.
Superar desde pequeños traspiés hasta grandes contratiempos, como el que supuso la deficiente infraestructura técnica del teatro donde se representaría La muerte…, que no contaba con las mínimas condiciones en cuanto a la iluminación, fue tarea diaria de Miller y sus colaboradores chinos. Oficios centenarios y la sensibilidad de verdaderos artistas lograron milagros. En cierta escena, la iluminación debía dar la impresión de que los actores se hallan al aire libre. El iluminador jefe logró el efecto interponiendo al haz de luz plantillas que simulaban hojas de árboles en movimiento. Miller quedó asombrado por la sencillez y eficacia de la solución describiéndola como el mejor efecto para esa escena de todas las puestas que había dirigido. También se asombró de cómo, mediante técnicas como el cartón piedra o papier mache, los escenógrafos y artesanos eran capaces de representar verazmente casi cualquier objeto que se les solicitase, incluso muchos que jamás habían visto: una heladera de los años 40, un casco de Fútbol Americano, una valija muy usada y hasta una mesa con vajilla, platos y comida que una sola persona podía trasladar con la fuerza de una mano. 
Hay que hacer mención aparte a los apuntes sobre la dirección de actores y del teatro en general que Miller va dejando a lo largo de este diario. En ese sentido El viajante… es como asomarse al misterioso oficio de un alquimista encargado de lograr la amalgama impensable entre gente que finge un guión memorizado, un escenario que simula punto por punto ser el mundo real, y una cantidad de otra gente que sentada en su butaca suspende la incredulidad para creer que todo ese artificio es verdad y, lo más extraordinario, emocionarse contemplando esa farsa. Eso es el teatro. Y Miller y cada uno de sus comentarios son teatro en estado puro. 
Desde indicar a un actor que se mueva o haga algo mientras otro está diciendo un parlamento “para que su personaje no muera” en términos de la dinámica actoral, hasta señalar que los protagonistas no tenían suficiente energía para ciertos papeles exigentes como el de Willy y su hijo Biff y que se “desinflaban” después del segundo acto, pasando por detalles de cómo las luces daban los diversos ambientes de cada escena (hay luces optimistas, intimistas, que suponen un recuerdo, etc.), cada anotación de Miller es una lección de cómo se hace una obra teatral.
Un libro extraordinario, en el sentido de salir de lo ordinario. Un diario de viaje, un choque cultural con final feliz, textos de un escritor brillante que siempre encuentra algo en donde sacarle punta a su humor amargo e irónico:
“A las siete de esta mañana suena el teléfono, y la clara y firme voz de nuestra hija Rebecca nos explica que ella y su abuela están bien, pero que la mitad de nuestra casa de Connecticut ha ardido durante la noche… Una hora después, uno de los chicos adolescentes que hacen funcionar el hotel entra en nuestro cuarto y con placentera confianza, nos dice que le gustaría ayudar a trasladarnos. No tenemos idea adónde tenemos que ir, pero al parecer, nos han concedido una gran suite… Hoy hemos recibido toda clase de buenas noticias”.

Esta noche, la libertad, de Dominique Lapierre y Larry Collins

por Andrés G. Muglia


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https://www.culturamas.es/2020/05/06/esta-noche-la-libertad-de-dominique-lapierre-y-larry-collins/

Esta noche la libertad es la historia novelada de la independencia de la India. Lapierre y Collins publicaron esta obra en 1974 después del éxito de ¿Arde París? y ¡Oh, Jerusalem! Como sus predecesoras, Esta noche… fue best seller en Francia, encabezando las listas de textos más leídos durante nueve meses. 
A veces llegamos a un libro como a un espectáculo de teatro o a una sala de cine, con prejuicios. Juzgamos la pieza o el film antes de verlos, por los actores o el director. En mi caso desconocía los autores de Esta noche la libertad, pero desconfiaba del género: historia novelada. Soy de la idea, un poco rígida lo acepto, de que el género historia novelada (no confundir con novela histórica) o biografía novelada, son una suerte de “cuentitos” para los lectores que se aburren de la Historia a secas. Un modo de mejor tragar una píldora que sería difícil de administrar de otro modo. Debo decir que los autores de este libro derrumbaron ese prejuicio.
La “novelés” (¡neologísmo!) de Esta noche…, es tan contenida, tan correcta, tan en su sitio, lo justo y necesario entre los datos históricos, que uno se olvida de que está leyendo un libro en esa clave. Los diálogos son acotados, los necesarios para situar los personajes (a las personas) y establecer conexiones entre ellos y con el escenario histórico. En ningún momento tenemos la sensación de que la imaginación de los autores ha tomado demasiado vuelo alejándose del rigor de la Historia.
Sí encontramos en Esta noche… una estructura de novela actual en el sentido de que la acción se entrelaza siguiendo a los personajes principales, cuyo camino dentro de la historia se va alternando como en un fundido encadenado cinematográfico. Personaje principal: el Barón Louis de Mountbatten. Primo del rey del Reino Unido Jorge VI, joven héroe de la reciente Segunda Guerra (recordemos que la decisión de independizar la India ocurre alrededor de 1947) es designado por el gobierno británico del laborista Clement Attlee para hacerse cargo del virreinato de la India. Personaje principal: el Mahatma Gandhi. Mítico revolucionario hindú que puso de rodillas al imperio británico mediante la desobediencia civil no violenta. El destino de estos dos hombres tan opuestos: un noble europeo que contaba con parientes en todas las cortes de Europa y un líder hindú que tenía por todas posesiones la túnica que llevaba puesta, un reloj de bolsillo y una escudilla de estaño que le habían dado en la cárcel; se cruzaría en un contexto ya de por sí fascinante, incluso si ninguna historia digna de ser contada hubiese ocurrido allí. Pero ese no es el caso. Porque si en algo es rica esta región es en historia.
La India milenaria del valle del Indo invadido por los arios cuya historia sería reinterpretada por un pequeño cabo austríaco llamado Hitler para inventar un antecedente falaz con el cual justificar un genocidio. La India del imperio mongol de Gengis Kan que abarcó en su momento de esplendor desde Corea hasta el río Danubio. La india de los cuentos de Kipling, donde los príncipes más ricos de la tierra, los más de 500 Maharajas indios, cazaban al fabuloso tigre en hombros de sus ejércitos de elefantes. La India de Lahore, capital del imperio Mongol, de Nueva Dehli, de Cachemira, de Bombay, de Benarés y de Calculta;  ciudad fundada por los ingleses en el siglo XVII, famosa por ser la más injusta de la tierra gracias a su contraste entre los barrios y palacios erigidos para los sahibs británicos y la inconcebible pobreza de sus tugurios. La India donde convivían bajo el yugo inglés: los hindúes, divididos en férreas castas entre la que se contaba la de los “intocables”; los musulmanes, cuya religión había sido introducida bajo el dominio mongol; y los sikhs, religión mezcla de las dos anteriores cuyos fieles eran míticos guerreros. La India de los diez mil dioses y diosas, de las decenas de templos de inconcebible esplendor que convivían con la pobreza más extrema, de las vacas sagradas y del Ganges, el río santo. La India donde el lujo y la magnitud del palacio del virrey británico era sólo comparable con el Versalles de Luis XIV o el Hermitage de los Zares rusos.
Esa India, escenario digno del más exquisito sueño o de la peor pesadilla, es donde Lapierre y Collins se disponen a contar el momento decisivo cuando, tras casi un siglo de dominación, un imperio británico quebrado por la guerra decide soltar la mano de su más preciada posesión.
En ese punto de inflexión comienza el relato. La complejidad de la narración está dada no sólo por lo intrincado del momento social y político particular de la India y del mundo de posguerra en general, sino por lo enmarañado de un contexto multicultural de una riqueza étnica, antropológica, histórica, teológica y demográfica difíciles de creer. No podrán los autores desentenderse de ese contexto y estarán obligados a explicitar en líneas generales la compleja sociedad india y su historia. Quizás, además del apasionante devenir de la narración de la independencia india, que parece precipitarse de golpe luego de los prolongados esfuerzos de Ghandi y sus seguidores, la descripción del escenario es lo que hace de este libro una obra tan atrayente. Por momentos esa descripción resulta tan interesante que el lector queda con ganas de más. En ese sentido Esta noche… actúa como disparador de nuevos intereses, estímulo para seguir investigando en otras fuentes este país inagotable.
Pero el eje de la obra pasa por las consecuencias que desata la determinación de la corona británica por deshacerse de su dominio más preciado. Y es que, a pesar de que la independencia fue el sueño de Ghandi, Nehru y otros valerosos activistas indios que pasaron parte de sus vidas perseguidos o encarcelados, y que el lema impulsado por el máximo líder revolucionario fuese “fuera ingleses de la India”; cuando por fin los británicos decidieron renunciar a su dominio, no hicieron otra cosa que abrir una caja de Pandora cuyos monstruos dormían al amparo de la amenaza del amo blanco. Antes de la independencia, fuerzas opositoras cuya tensión hacía insoportable ya el dominio británico, estallaron y sometieron al país a una virtual guerra civil. La antagonía entre hindúes y musulmanes, fogoneada por líderes como Muhammad Ali Jinnah, partiría literalmente el país en dos. Así surgirían de la independencia de la India, no uno, sino dos países soberanos: la India y Pakistán. Para desesperación del Mahatma la nueva nación sería dividida. Los musulmanes tendrían su propio país al norte en el Penhab y separado por territorio indio al este en la región de Bengala (que más tarde se convertirían en Bangladesh), llamado Pakistán; y los hindúes contarían con la mayor parte de la península.
Pero hindúes y musulmanes convivían en una mixtura centenaria imposible de dividir sin un profundo desgarramiento. Las matanzas y enfrentamientos dieron lugar a escenas dignas de la pluma del Dante. Crueldades que se describen en abundancia a lo largo de Esta noche… y que, si no fuese por la profusión de pruebas aportadas por los autores, serían difíciles de creer. 
La traumática división de la India dio lugar al éxodo más grande de la historia del hombre. Se calcula que más de catorce millones de personas se trasladaron a un lado u otro de la nueva frontera. La mayoría perdería todas sus posesiones materiales y muchos a todos o buena parte de sus seres queridos. El odio, la violencia y la rapacidad se cebó terriblemente sobre los emigrantes, sumados a la inclemencia del clima que retrasaba la época de las lluvias. Desesperados, los dirigentes indios con Nehru a la cabeza pidieron auxilio del ex virrey Mountbatten, que actuó veladamente, constituyendo un gabinete de emergencia que ayudó a paliar la crisis. Por su lado, Gandhi contribuyó a pacificar el convulsionado escenario a fuerza de poner en juego su vida por medio de huelgas de hambre. El pueblo indio, que lo amaba sin distinción de a qué credo perteneciera cada quien, depuso la violencia en varias ocasiones para que el pequeño Mahatma pudiera seguir vivo.
Pero no todo era amor hacia Ghandi. El último tramo del libro lo constituye una descripción pormenorizada y documentada del atentado que costaría la vida del líder hindú. Los hechos narrados, los personajes que perpetraron el atentado, la inexplicable inacción de la policía (el que terminó asesinando a Ghandi sería el segundo de dos atentados), los interrogatorios transcriptos y testimonios directos constituyen un documento notable de cómo se llevó a cabo uno de los asesinatos más significativos del siglo XX. 
Con esto cierra un libro fascinante. Extenso sí, a veces la narración peca de cierta lentitud. Pero lo narrado, el contexto y lo personajes son tan complejos, que es digno de admiración el trabajo de Lapierre y Collins para ensamblar todo en un texto que, a pesar de las dificultades, supera el desafío y deja como flotando el mismo mensaje de aquella frase del Mahatma que día a día se actualiza en un mundo que no aprende: “ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”.

El humor y la literatura de Alejandro Dolina

por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:
https://www.culturamas.es/2020/05/24/el-humor-y-la-literatura-de-alejandro-dolina/

Alejandro Dolina es famoso en Argentina y el mundo de habla hispana por talentos que exceden lo literario. Escritor pero también músico, actor, humorista y, sobre todo, pensador originalísimo, como pocos Dolina ha tenido el privilegio de crear su propio género.

Dolina debutó con su propio programa radial Demasiado tarde para lágrimas en 1985 junto a otro gigante del humor argentino: Adolfo Castelo. Junto a Dolina, Castelo popularizó un tipo de humor diferente al que los argentinos estaban acostumbrados. Un humor inteligente que tenía que ver con lo insólito, lo irreverente, lo surrealista, lo irónico y con otra mirada desde la cual ver la realidad. Dolina se cristalizó como un artista cuyo espacio natural era y es la radio. Durante décadas sus programas nocturnos, que comenzaban invariablemente a la medianoche, coparon más de la mitad del encendido total de las radiodifusoras en Argentina. Este suceso y la naturaleza de su trabajo hacen de sus creaciones radiales un fenómeno único.

Se sabe, grandes artistas han sido subestimados por su vinculación con el humor. Por ejemplo Mark Twain. Su obra y su valía como escritor, a pesar de popular, no fue reconocida sino por las generaciones que lo sucedieron. Hoy en día referencia obligada de la literatura norteamericana, Twain no fue en su época considerado más que como humorista. Su vinculación con el humor y, tal vez, con el arte popular, le evitaron entrar en el parnaso de la literatura americana de sus días.

A mi juicio ocurre con Alejandro Dolina un fenómeno análogo al de Twain. Su identificación con el humor irreverente que ya dejó su marca en la historia de la radiofonía, su carácter de artista popular y masivo, su inclasificable talento, lo han marginado de ser considerado un escritor serio. A despecho de la enorme cantidad de premios con los que ha sido reconocido en sus múltiples facetas, de su convocatoria popular que no declina con los años, el Dolina escritor no ha tenido el reconocimiento que se merece por su aporte a la cultura.

El mundo literario de Dolina comienza, inconfundiblemente, en el de su admirado Jorge Luis Borges. Pero aunque la influencia borgeana es evidente en la literatura de Dolina, un punto de partida no significa un camino. Como Schopenhauer es impensable sin Kant, Dolina lo es sin Borges; pero como en el pensador alemán, su obra no tiene menos mérito por su deuda. El humor que Borges ocultaba para la intimidad Dolina lo hace uno de los protagonistas explícitos de su obra. Sin embargo, aunque en una primera mirada superficial pueda confundirse este elemento con el eje central de sus textos, abundando en las lecturas advertiremos que otros aspectos, más oscuros y tortuosos, tienen tanta o más importancia que el humor.

El conjunto de personajes que el artista crea en un fantaseado barrio de Flores: Manuel Mandeb, el polígrafo de Flores; Jorge Allen, poeta romántico y melancólico; el pintoresco músico Yves Castagnino; transitan esas calles nacidas de la fastuosa fantasía de Dolina que se nutre de su propios recuerdos de juventud, pero también de su amor por la mitología y las superstición, la historia, la literatura; y atraviesan ese escenario no como marionetas dispuestas a hacer reír al lector, sino como personajes melancólicos que si son graciosos es a pesar de ellos mismos.

El universo del barrio de Flores está cruzado por esta variada fauna de personajes que el lector reconoce con placer en cada reencuentro, quienes establecen relaciones entre ellos y con las múltiples organizaciones, instituciones y personajes mitológicos del barrio. Así se da noticias de la existencia del Ángel Gris, quien tiene la idea de que es positivo obsequiar a sus beneficiados con tristezas; de los Refutadores de Leyendas, suerte de positivistas de nuevo cuño empeñados en dar respuesta a todo en base a la pura racionalidad; de los Hombres Sensibles, los Vendedores de Elixires, los Brujos de Chiclana o las murgas mucha veces funestas y cientos de elementos que juegan en este universo compuesto de fantasía, evocaciones a un mundo que vivieron los nacidos por el año ´40 (tranvías, bailongos, billares, vigilantes, señores de sombrero) y referencias literarias e históricas para quien se quiera entretener en descubrirlas.

Este entrañable mundo dolinesco tiene a pesar de su apariencia chusca (como diría Dolina) el trasfondo tortuoso de un código moral muy particular. Tras las desventuras surrealistas de sus personajes pervive un sustrato que bordea el existencialismo y que poco tiene de humorístico. Al final del ensayo Fuentes de la juventud, perteneciente a El libro del fantasma, Dolina concluye:

“Dejo para el final el obvio resultado de haber bebido de las fuentes de la verdad: nunca seremos más jóvenes que hoy; jamás volveremos a ver a nuestros muertos; el tiempo no retrocede; el amor perfecto no existe; hay un verso que está siempre a punto de revelársenos y que no escribiremos nunca. Para los hombres de verdad, este no es el final de sus sueños, sino más bien el principio”.

Es difícil pensar en una minúscula intensión de hacer reír con un texto como éste.

Dolina configura una verdadera épica (o ética, como se prefiera) con elementos recurrentes: el amor imposible o la novia pérdida; la amistad como valor imperturbable; la tristeza y la melancolía, como estados más deseables que la grosera felicidad; la poesía o la superstición preferibles a la racionalidad; la tristeza y la angustia como condiciones del arte; la poética del renunciamiento y hasta del fracaso contrapuesta al vacío del éxito efímero. Cómo éstas, se pueden rastrear en lo textos de Dolina ideas de cuño personalísimo, contrapuestas a muchas de las que el mundo contemporáneo, con su héroes y heroínas bellos y superficiales, con su epopeya del materialismo como meta, utiliza para modelar nuestro imaginario consumista. Algunas ideas son esbozadas como un chiste, otras son explícitas. ¿Convicciones íntimas del autor o mero simbolismo? Cómo sea, configuradoras de un universo original donde las reglas no son las rígidas de este mundo, ni los premios los imaginados por los buscadores del éxito.

Sería deseable que Dolina no tuviese que esperar la posteridad para recibir no sólo el reconocimiento popular, con la amorosa paciencia con que en cada show espera hasta que su último fan se saque una selfie con él (lo he visto); sino que por fin se ubique su obra literaria codo a codo con la de otros escritores “serios” de nuestro país, como el propio Borges, su alter ego Bioy Casares, Cortazar, Arlt y otros indiscutidos. ¿Será mucho pedir? No lo creo.