sábado, 1 de agosto de 2020

Las cartas de amor y despecho en ‘De profundis’, de Oscar Wilde

por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:

https://www.culturamas.es/2020/03/29/las-cartas-de-amor-y-despecho-en-de-profundis-de-oscar-wilde/

Puesto en perspectiva, es difícil dimensionar el infortunio de los últimos años de Oscar Wilde. Autor brillante, niño mimado de las letras inglesas, ejemplo extravagante del esteticismo, muchas son las vestiduras de adjetivos que le cuadran. La más llamativa en su tiempo y la que lo llevó (para estupefacción de nuestra mirada situada en el año 20 del sigo XXI) a pasar dos años en la cárcel, fue la de homosexual.
Recapitulemos. Wilde nació en Irlanda dentro de una familia acomodada. Hijo de dos personalidades notables: su padre William era un reputado cirujano, además de arqueólogo y especialista en estadísticas; su madre Jane era escritora; Oscar creció en un entorno sensible a su talento. Cursó sus estudios en Oxford donde pronto se destacó como clasicista y poeta. A partir de esos años, además de su genio como escritor; su inteligencia, su personalidad y su facilidad para la charla culta e ingeniosa (sus ironías son legendarias) le ganaron la atención de su círculo. 
En 1881 publicó su primer libro de poemas, que fue bien recibido por la crítica. Para 1895, año de su encarcelamiento, Wilde ya era una celebridad internacional. Su estrella brilló, por lo tanto, catorce escasos años que fueron suficientes para inmortalizarlo como una de las personalidades literarias de su tiempo. 
“Vive rápido y deja una cadáver hermoso”. Tal vez por premonitorias, esas palabras del malogrado James Dean pasaron a la posteridad. Oscar Wilde parece haber hecho gala, durante esos pocos años a los que nos referimos, de un espíritu semejante. Se convirtió en una figura de la literatura y los salones. Se casó con Constance Lloyd, hija de un consejero de la reina Victoria y tuvo dos hijos. Se transformó en el prototipo del flaneur, el dandy, el bon vivant. Saltó a la fama además de por su talento como artista, por sus largos cabellos rubios, sus vestimentas recargadas y teatrales y su pintoresca personalidad. 
En el ápice de su fama Wilde conoció a los 37 años a Lord Alfred Douglas, un joven escocés de 21 años de aire andrógino y mirada lánguida. Wilde, que ya había tenido otras parejas masculinas, se enamoró perdidamente del joven. No es seguro que el amor fuese correspondido, a juzgar por lo que Wilde apunta en  De profundis, pero lo que sí está profusamente documentado es que Bosie (tal era el sobrenombre del joven Lord) se dedicó a dilapidar la fortuna de Wilde a través de su gusto por el lujo y su afición a los casinos.
La escandalosa (para la época) y tormentosa relación que entablaron, no hubiese tenido trascendencia si Bosie no hubiera sido hijo de John S. Douglas, Marqués de Queensberry. Y es que el recio John, poeta, teniente coronel de la marina, político y boxeador de peso liviano; quien pasó a la posteridad por ser el creador de las reglas del boxeo moderno; no veía con buenos ojos la sexualidad de su vástago y mucho menos que tanto él como Wilde no hicieran nada para ocultar su relación. Resolvió en consecuencia dejar una tarjeta de visita en el club que el escritor solía frecuentar con la inscripción: “Para Oscar Wilde, que presume de sodomita”. 
Azuzadas las llamas de su indignación por Bosie, que odiaba a su padre, Wilde entabló una demanda por difamación contra el Marqués y lo mandó a la cárcel. Pero como un boomerang, aquella afrenta se le vendría en contra cuando el Marqués, liberado ya, le iniciara juicio por “grave indecencia”. 
Los amigos de Wilde le aconsejaron quitar el cuerpo al proceso judicial que se le venía encima y salir rápidamente de Inglaterra. Sin embargo, por sugerencia de Bosie, el artista se quedó en Londres y afrontó los cargos. El proceso ya es célebre y el resultado también. Sobrestimando su propia figura o subestimando lo que el Marqués y la justicia pudieran hacer en su contra, Wilde quedó completamente en la ruina y fue condenado a dos años de trabajos forzados. 
Deshilábamos cuerda embreada
con las romas uñas sangrientas;
fregábamos suelo y barrotes
y frotábamos pared y puertas,
y enjabonábamos las tablas
chocando los cubos en ellas. 
Coser sacos y partir piedras,
voltear taladros polvorientos,
chocar vasijas, gritar himnos,
y en el molino el sudor nuestro…
Pero en el corazón de todos
se escondía tranquilo el miedo.(1)
De profundis es la extensa carta que, a punto de concluir su condena como forzado, Wilde le escribe a Bosie.
Buena parte de la esquela es un reclamo despechado, un concienzudo pase en limpio de todo lo malo que Bosie le había hecho. El lector lee con perplejidad cómo Wilde da cuenta de cada escena, cada diálogo, cada actitud desamorada que le echa en cara a su ex-amante. Pero también el texto es un registro exhaustivo y asombroso de cada viaje, cada cena y, sobre todo, cada gasto en libras esterlinas hecho para complacer a Bossie. Uno por uno, minuciosamente y sin vergüenza, los incidentes, los desplantes, las cartas desgarradoras, los reencuentros y las nuevas rupturas son reseñados con escrúpulo, tanto que da la sensación que Wilde no quiere hacer que Bosie los evoque, sino que un tercero, un lector eventual, pudiera tener perfecta noticia de las condiciones en las que se desarrollaba su relación de pareja.
Sin embargo, el mayor reclamo que se inscribe dolorosamente en esas primeras, y segundas, y terceras páginas (porque se reenvía con una constancia obsesiva), es el de la incomunicación del joven Douglas para con él. Wilde no puede comprender el abandono de quien, a su juicio, es el culpable de su reclusión al insistir que continuara el proceso contra su padre. Para el escritor, él mismo no ha sido más que una herramienta para que padre e hijo tramitaran su mutuo odio. 
Buena parte de De profundis es un grito de amor no correspondido. A veces con la superficialidad de lo material que echa en cara el dinero malgastado, otras con la fuerza de un profundo sufrimiento que se transmite en la prosa hasta hacerse sofocante; como cuando Wilde describe la tristeza de que su mujer no sólo se haya divorciado de él, sino que le negara la posibilidad de volver a ver a sus hijos. Por Bosie, Wilde perdió su fama (o ganó una que no lo favorecía), su fortuna, sus hijos. No obstante lo que más le preocupa recuperar es su arte. Constantemente le reclama a Douglas que en su compañía le era imposible escribir. Con De profundis pretende sacar la negra bilis que ha acumulado en dos años como presidiario, quitar el odio que lleva adentro, perdonar para reconciliarse con el mundo y poder recuperar la extinguida capacidad de crear.
Wilde demuestra en extensos pasajes de explícita megalomanía que no tenía la menor duda de que era un genio de la literatura. Su mayor deseo al salir de la cárcel era, luego de capitalizar las enseñanzas que el sufrimiento le había regalado, reencontrarse con su arte para poder dar a luz nuevas muestras de su talento.
Después de 208 páginas (para la edición de Corregidor) de lamentaciones, pase de facturas y reclamos despechados; pero también de desgarradora lucidez para analizar el dolor y profundas reflexiones metafísicas en torno la vida, el destino, el amor, el arte o Cristo; uno imagina que Oscar Wilde habría hecho el duelo que pretendía con esa larga carta a su amante del que hacía dos años no tenía noticias. Era de suponer que en paz consigo mismo y sus demonios, al salir de la cárcel buscaría un sitio tranquilo, amparado quizás por la hospitalidad de algún amigo que nunca había dejado de visitarlo en la cárcel, para dedicarse a escribir y reencontrarse con el artista que sabía podía ser. 
Pero el amor hace cosas inesperadas.
No bien se vio libre Wilde se encontró con Bosie. Juntos pasaron los siguientes tres meses en Nápoles, hasta que nuevamente el Marqués de Queensberry y la sociedad de la época comenzaron a acorralarlos. Se separaron y nunca más volvieron a verse. Wilde se mudó a París y vivió allí, ocultándose bajo un nombre de fantasía. En ese tiempo publicó La balada de la cárcel de Reading, poema elaborado durante sus años de encarcelamiento.
Hay dos versiones de estos años finales. La primera, amiga de las moralejas, habla de un Wilde quebrado, enfermo y oscuro. La segunda, que apoyan varios testimonios de amigos, describe al artista haciendo gala de su famosa inteligencia e ironía humorística para la charla. El arte y, sobre todo, la pintura, es capaz de revelar con una imagen el interior del alma humana. Henry de Toulouse Lautrec (otro desventurado) conoció a Wilde en el famoso cabaret Moulin Rouge de Montmartre y lo retrató varias veces. Observando el más conocido de esos retratos, que muestran a un Wilde que aparenta muchos años más que los 46 que contaba al final de su vida, con el ralo pelo rubio peinado al medio, los labios delineados formando un fruncido corazón y el rostro fofo ojeroso, es difícil decir que el suyo fuera el gesto de alguien que estaba pasando por un buen momento; sabio tal vez, feliz no. Oscar Wilde murió en París el año de 1900 enfermo de meningitis, lejos de su amado Bosie. 
1- Extracto de “La balada de la cárcel de Readin”. Oscar Wilde.

Kaputt, de Curzio Malaparte

por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:

https://www.culturamas.es/2020/04/01/kaputt-de-curzio-malaparte/

Plano cenital de una extraña casa edificada sobre un acantilado. Las aguas azules del Mediterráneo se agitan abajo. Un hombre de traje claro y sombrero oscuro sale de la casa, duda un momento y luego sube por el costado de la construcción que es también una larga escalera que asciende desde el jardín a la terraza. Cuando desemboca en la azotea camina con decisión hasta dar con lo que busca, pero su hallazgo lo deja perplejo. Una hermosa joven rubia, completamente desnuda, toma el sol de espaldas al cielo, cubriéndose juguetonamente el culo con un libro.  
La joven se llama Briggite Bardot, la película es El desprecio, dirigida por Jean Luc Godard en el año 1963 y la casa es la Villa Malaparte; edificada en el marco paradisíaco del Golfo de Salerno en la isla de Capri. Su dueño y constructor (se había peleado con el arquitecto original y había diseñado él mismo su casa) fue Curzio Malaparte. Dueño y morada han compartido algunos atributos. Ambos inclasificables, inesperados, estrambóticos, polémicos y, sobre todo, misteriosos. Ambos han despertado a un mismo tiempo la afinidad y la detracción.
Malaparte era hijo de padre alemán y madre italiana. Su nombre real era Kurt Erich Suckert, su seudónimo una evidente ironía en relación a Bonaparte. Fue educado como un perfecto burgués y siguió la carrera de periodista. Como corresponsal y Capitán del ejército italiano participó en la Primera Guerra, donde fue condecorado varias veces. De regresó se afilió al fascismo y participó de la marcha sobre Roma de Mussolini. Después de eso fundó y fue parte de diversos medios de prensa, diarios y revistas.
Por esos años trabajó en el cuerpo diplomático italiano. Sus libros La revuelta de los santos y Técnica del golpe de estado le trajeron la condena de Mussolini, lo que le valió ser desafiliado del partido fascista y pasar cinco años en la cárcel por sus críticas al régimen. Sólo fue liberado por la intervención del Conde Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini. Durante la Segunda Guerra Mundial fue encarcelado varias veces, gracias a sus artículos críticos al gobierno enviados desde el frente. Fue refugiado en Suecia y Finlandia (neutrales), recorrió el frente ruso y la Europa oriental, alternando con los invasores del eje con quien mantenía excelentes relaciones y en ocasiones también con sus víctimas.
Al concluir la guerra trabajó como enlace militar italiano con EEUU. Después, en otro de los inexplicables quiebres de su ideología, se afilió al partido comunista y en el ocaso de su vida visitó China (la crónica de ese viaje se publicará de manera póstuma), por cuyo régimen comunista-maoísta profesaba una declarada simpatía. A su muerte, legó la Villa Malaparte al gobierno chino y sus herederos se vieron obligados a iniciar un proceso judicial para que la herencia no se hiciera efectiva.
Kaputt es el libro que Malaparte escribió en base a sus experiencias como cronista durante la guerra. 
Para entender Kapput hay que entender primero la rocambolesca vida de Malaparte, y esta es quizás la tarea más difícil. Porque el autor es uno de los personajes más contradictorios que escribieron sobre el convulso escenario de la conflagración y nos dejaron semblanzas y aguafuertes de un acontecimiento que aún hoy es difícil de entender, por lo monstruoso.
Precisamente quizás por este carácter contradictorio de su personalidad, nos deje Malaparte una visión tan original cuando como corresponsal periodístico pudo recorrer los países neutrales y aliados al Eje, codeándose con  la alcurnia de invasores y nobles invadidos y en decadencia; muchos conocidos suyos de su carrera como diplomático.
Kapput es un libro episódico, pero los pasajes que se enhebran en su trama no tienen por fuerza que ser leídos linealmente. Podemos abrir sus páginas en cualquier lugar y encontrar historias breves, a modo de artículos que empiezan y terminan sin relación entre sí. El hilo conductor de todas ellas es este devenir de Malaparte por el frente y la retaguardia. Un camino que no tiene más lógica que la del cronista enviado por un medio periodístico, o la del por momentos evadido que se escapa del régimen fascista que lo quiere meter en la cárcel.
Como otrora y más brillantemente desde luego, León Tolstoi alternó en Guerra y paz el escenario de las batallas con el de la pacífica aristocracia moscovita que seguía de tertulia mientras Napoleón evolucionaba por la estepa; Malaparte alterna relatos del frente con la descripción de esta nueva sociedad cortesana surgida con el gobierno de Mussolini, al frente de la cual estaba Ciano. Estos son los tramos más flojos del libro: el escarceo sin fin de la alta sociedad, el puterío de nuevos ricos aliados con la antigua nobleza italiana (la península estaba plagada de duques, condes y príncipes, algunos sin un centavo). Todo este runrún tiene algo de Proust, pero lamentablemente sin ser Proust.
Lo verdaderamente jugoso del libro son las descripciones de los territorios ocupados por el nazismo. Un escenario oculto al relato occidental (aliado) de la guerra. Malaparte tenía acceso como Capitan del ejército, tanto a la zona de guerra como a la retaguardia donde vivían lejos del peligro los altos mandos invasores (y sus esposas e hijas), a las que les narraba las atrocidades de la guerra en noches regadas de burbujas de champán y huevos de esturión. Las historias que contaba el escritor para hacer sonrojar a alguna princesa o dejar con la boca abierta a cierto agregado diplomático, llevan la marca de la fantasía o al menos de la exageración. 
Caballos congelados en lagos de Finlandia que sacaban sus cabezas todavía encabritadas fuera del hielo, las cuales eran usadas por Malaparte y un interlocutor como improvisados asientos. Cadáveres de soldados rusos congelados por el invierno utilizados por los alemanes como señales de tránsito (los brazos rígidos indicaban la dirección a seguir). Un general alemán que, incapaz de pescar un salmón tras horas de lucha, lo manda a fusilar por su edecán. Un reno que muere frente a una embajada mientras los diplomáticos de varios países lo miran sin hacer nada (alegoría de una Europa moribunda). Por momentos Malaparte se nos antoja un moderno Münchhausen que contase historias inventadas a una audiencia atónita, pero esas historias (muchas incomprobables) no son sino simplemente el resultado de otra cosa mucho más parecida a la mentira, a la fantasía o a la locura: la guerra.
Kaputt es un libro digno de leerse. La descripción de una Europa en vías de volverse kaputt, el cadáver de un continente. La instantánea del lado de la guerra que no narraron los triunfadores. Malaparte es por momentos poético en las descripciones del frente, quizás un poco extenso en la narración de las alternativas de los escarceos palaciegos, y fantasioso y siempre dispuesto a quedar bien parado (si cena por la noche con el gobernador alemán de la Polonia ocupada, dedica la mañana siguiente a llevar correspondencia contrabandeada a los judíos de Varsovia). Kaputt es en fin la narración de un aventurero, un burgués con aires de nobleza, un diletante y para muchos un oportunista y un impostor, pero, sobre todo (y eso es lo que nos interesa al fin y al cabo) un buen escritor.

Cherry-Garrard y Bernard Shaw en el peor viaje del mundo

por Andrés G. Muglia



Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
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https://www.culturamas.es/2020/04/06/cherry-garrard-y-bernard-shaw-en-el-peor-viaje-del-mundo/

Si fuera el guión de una película el espectador podría removerse incrédulamente en la silla, pensando que la trama es demasiado trillada. Un joven rico y británico que sin ninguna experiencia que lo ayude decide embarcarse en una de las más exigentes aventuras que un hombre pueda enfrentar. Ese “niño bien” además de no ser un dechado de virtudes atléticas (apenas si practicó algo de remo en el colegio) posee un defecto que oculta y que le trae numerosos contratiempos: una incipiente miopía. Hasta puede trazarse una línea argumental obvia, historia ejemplificadora de superación de una dificultad física a fuerza de tesón y voluntad.
Pero este guión poco creíble no es otra cosa que la historia real de Apsley Cherry-Garrard y su odisea junto a la segunda expedición del legendario capitán Scott en la Antártida, que se proponía nada menos que llegar al polo sur geográfico.
El anuncio en los periódicos con que aquel otro famoso explorador antártico, Ernest Shackleton, intentaba reclutar voluntarios para su excursión de 1914, es elocuente del destino que se le aseguraba a todo aquel que se atreviera a desafiar la geografía del polo sur: “Se buscan hombres para viaje peligroso.  Salario bajo, frío penetrante, largos meses en la más completa oscuridad, peligro constante, y escasas posibilidades de regresar con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”. 
Hay quienes discuten la existencia de dicho anuncio pero, como sea, si no existió merecía existir por lo exacto que es al describir las condiciones que Cherry-Garrard y todo los exploradores de la época heroica de las expediciones polares debieron afrontar. A los 24 años, sin preparación ni experiencia, sin condiciones físicas que los destacaran ni especialización alguna en ciencia u otra disciplina, el joven Apsley fue elegido a último momento para acompañar a los hombres de Scott. Sus peripecias en aquella aventura fueron plasmadas en el libro El peor viaje del mundo.
«La exploración polar es la forma más cruel y solitaria de pasarlo mal que se ha concebido». Así comienza El peor… y es desde esa clave de descarnada sinceridad para describir una supuesta aventura sin el menor ribete de romanticismo, es donde Cherry-Garrard se afirma para convertirse, según muchas voces autorizadas, en el creador de uno de los mejores libros de viajes de la historia. 
Quizás fue la tragedia que coronó el viaje de Scott al polo, quien murió congelado junto a sus compañeros a poco menos de treinta kilómetros de la salvación en forma de un depósito (el ya célebre depósito de una tonelada) con comida y combustible suficiente como para salvarlos. Tal vez el hecho de que en el momento en que Scott y el grupo explorador agonizaban, el propio Cherry-Garrard se encontraba en dicho depósito con un grupo de perros suficiente como para rescatar a sus compañeros y no lo hizo pues respetó una orden previa que le diera su capitán que a la postre resultó fatal: cuidar a los perros. Quizás el detalle de que Scott había perdido la carrera por conquistar el polo a manos de una expedición mejor organizada que la suya a cuyo mando estaba el noruego Roald Amundsen. Tal vez por todo eso sumado la historia que narra El peor… y el libro en sí mismo se hayan convertido en leyenda.
O podemos buscar otra explicación que poco tiene que ver con la historia, que fue contada por varios de los que participaron en la expedición, incluido Scott. Sencillamente El peor… es una gran libro porque está bien escrito.
Ocurre con esta obra como con otras pocas. Son grandes libros pero a la vez, son el único que su autor escribió. Se me ocurren varios ejemplos: El diario de Anna FrankEl gran Meaulnes, de Alain Fournier, Al oeste con la noche, de Beryl Makham. Los dos primeros han sido fruto de una vida corta, quizás si sus autores no hubiesen muerto jóvenes nos hubieran regalado otras maravillas. El último es otro tipo de “libro único”, el que cuenta la vida del autor. Difícil sería que escribiese otro si no pudo tener la bizarra posibilidad de vivir dos vidas. En el caso de El peor… no se trata de un libro sobre una vida de aventuras, sino sobre un episodio aventurero breve de una vida que, vista en perspectiva, fue bastante gris, sosegada y burguesa. Pero sería bajo la sombra de ese episodio que Cherry-Garrard viviría el resto de su existencia. Y la duda lacerante de si efectivamente había hecho bien en seguir las órdenes del Capitán Scott, preservando los perros de una excursión que podría haber significado la vida de sus compañeros.
La historia de Cherry-Garrard es incomparable para cualquier escritor que quiera abordarla. Tiene drama, aventura, es intensamente humana. Pero Cherry-Garrard no era escritor, era, en el amplio sentido de la palabra, nada más ni nada menos que “un millonario y un caballero”, como lo definieron sus compañeros de viaje. El ejemplo de la declinante clase terrateniente de una Inglaterra que se alejaba de aquel sueño victoriano que concluiría en la Gran Guerra. De regreso de su desventurado viaje, Cherry-Garrard retornaría a Lamer, su finca, y allí languidecería cómodamente en base a sus rentas. Cuando se propuso escribir El peor… una coincidencia feliz hizo que un verdadero escritor se cruzara en su camino y su influencia fue quizás determinante para hacer que su libro se convirtiera en la obra maestra que terminó siendo. 
George Bernard Shaw cuenta con la distinción de ser la única persona a quien se le ha otorgado el Premio Nobel de Literatura y el Oscar de la Academia al mejor guión. Destacado dramaturgo, crítico y ensayista, su influencia excedió el terreno del arte y se introdujo en la cultura y la política de su tiempo. Quiso el azar que Shaw fuera vecino de Lamer y de Cherry-Garrard y que junto a su mujer Charlotte Payne-Townshend, una notable feminista irlandesa, se hicieran amigos de Apsley en tiempos en que éste escribía las memorias sobre su viaje antártico. Según su biógrafa Sara Wheleer, era normal que Cherry-Garrard caminara hasta la casa de los Shaw en horas de la tarde, para conversar con ellos frente a una buena taza de té. Aparentemente Payne-Townshend estaba fascinada por el libro que su vecino estaba escribiendo, al que describía como una de esas obras largas en que uno “vive durante un tiempo” al leerlas.
Es seguro que Shaw aconsejó a Cherry-Garrard, cuyo método de trabajo era escribir párrafos aislados para después ensamblar las páginas en una suerte de collage. Esos consejos, el intercambio permanente de impresiones con el matrimonio, fueron sin duda alguna decisivos para la génesis de El peor… Contar con la ayuda de quien fuera la personalidad más importante de las letras británicas de su tiempo no es una influencia que se pueda soslayar. No obstante, una obra no se construye en base a buenas sugerencias. Cherry-Garrard trabajó sobre la suya revolviendo recuerdos y heridas que nunca se cerraron, hasta que puso de pie el testimonio ambicioso de un libro que pretendía a la vez contar no sólo una aventura, sino ser el reflejo de una época que se precipitaba a la disolución; a la vez que una historia conformada por la acción de hombres de carne y hueso, capaces del heroísmo pero también del error y la estupidez. 
Seguramente por la suma de todos esos detalles es que El peor… ha llegado hasta nuestros días provocando el interés de los lectores, interés que no tuvo sin embargo en los de su época. 
Si lo que se quiere es pasarla bien con el morbo de leer como otros la pasaron muy mal. Si nos gustan las historias de aventuras para leerlas al borde del asiento. Si simplemente lo que da placer es asomarse a un mundo pasado o a una geografía fascinante que rechaza la intromisión del hombre. Entonces El peor… es el texto indicado para, como apuntaba Charlotte Payne-Townshend, vivir adentro de un libro durante un tiempo. 

Los miserables, de Víctor Hugo

por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
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https://www.culturamas.es/2020/04/08/los-miserables-de-victor-hugo/

Hay ciertos monstruos sagrados de la literatura que son difíciles de comentar. ¿Qué se puede decir (que ya no se haya dicho) de Los miserables? Cada opinión es un mundo y ahí va el mío, con sus calles, lagunas, habitaciones y paquebotes.
Para empezar, apuntar que para leer Los miserables hay que, como cuando entramos en un teatro y nos acomodamos en la butacas, suspender la incredulidad. Porque como otros autores de la época (se me ocurre Dickens que incurría en el mismo reiterado recurso) Victor Hugo abusa de las casualidades. La trama se alimenta, avanza gracias a ellas. Los personajes de Los Miserables se cruzan y vuelven a cruzar contra todo pronóstico, una y otra vez en diversas épocas y escenarios. 
El protagonista Jean Valjean (hermoso personaje, trágico y romántico) un ex presidiario que ha purgado una pena de veinte años por robarse un pan, se cruza permanentemente a lo largo de la trama con su perseguidor Javert, un policía, sabueso incorruptible que no cesa de acosarlo. Pero para que esto ocurra la casualidad tiene que inmiscuirse todo el tiempo en la historia para encontrarlos y repetir la dinámica del perseguido y el perseguidor. Lo mismo ocurre con el resto de los personajes, se relacionan a golpes de casualidad. Si se pone atención a este detalle, a esta falencia de argumento que yo considero más un recurso de época que una verdadera tara, no se puede seguir adelante. Hay que aceptar esta característica como uno acepta los defectos del ser querido en nombre del amor.
La historia, también típica de la época, sigue más o menos el derrotero de la vida de Jean Valjean (a veces el foco de la acción se va hacia otros personajes) que se compone de una serie de peripecias (de nuevo, más o menos creíbles). Valjean es un evadido. Su vida consiste básicamente en escapar de la justicia. En medio de su perpetua correría, encuentra rellanos de paz, como cuando gracias a su inteligencia como inventor se enriquece y se hace un personaje respetable con un nombre falso. Sin embargo Javert lo descubrirá y vuelta a escapar.
En su escape se hace tiempo de rescatar de la miseria y la penuria a Cosette, la hija de una prostituta llamada Fantine que fallece en sus brazos. Adopta a la niña, que vive como una pequeña Cenicienta en la posada que regentea un matrimonio inescrupuloso (los Thénardier, paradigma de maldad) a los que Fantine confió  a la niña para que la cuidaran a cambio de un renta. Con Cosette, que convierte en su hija, Valjean descubre el amor que nunca ha sentido por nadie. El resto de su vida será, además de evasión de la justicia, un constante desvelo por proteger a Cosette de todo sufrimiento. Cuando aparece Marius, joven e inevitable galán que se enamora de una Cosette ya adolescente, Valjean desaparece nuevamente con su hija.
Sería aburrido anotar las sucesivas peripecias de Valjean, complicadas por la presencia de Cosette, Marius (a quien Valjean rescata de la muerte en una barricada), los Thénardier, que reaparecen en diversos contextos una y otra vez para perpetrar sus fechorías y la insobornable persecución de Javert.
Sin embargo, además de la historia de Jan Valjean existen otras facetas mucho más profundas en Los Miserables. La primera, la de la resurrección de Valjean, su rescate en términos de conciencia. Apoyado sin duda en su profunda fé católica, Victor Hugo hace de la historia de su héroe también una lección edificante. Como la de Robinson Crusoe, la de Jan Valjean es la vida de un hombre que se rescata a sí mismo de la disolución y el pecado. Determinado al odio luego de veinte años de prisión, Valjean es favorecido en sus primeros días de libertad por la acción de un obispo, al que roba pero que se niega a denunciarlo, alegando que los candelabros de plata que se encuentran entre las pertenencias del ex presidiario son un obsequio suyo. Ese gesto será suficiente para que el protagonista sufra la trasformación de conciencia que en ciertos pasajes de su historia, donde hubiese sido más cómodo apoyarse en su antigua falta de escrúpulos, lo pondrá en más de un aprieto.
Los preceptos que Valjean se empeña en respetar le regalan un destino erizado de dificultades. Porque humanizando a su personaje, Victor Hugo lo somete todo el tiempo a la tensión entre su conciencia recuperada y los punzantes impulsos de las tentaciones. La de Valjean será entonces una lucha doble, la de sobrevivir escapando y la que mantiene en contra del pecado.
Debajo de esta trama entrelazada de personajes que aparecen y desaparecen en distintos contextos, Hugo se la arregla para poner de fondo y comentar el convulsionado período histórico posterior a la Restauración, y sus consecuencias. Por momentos apenas una referencia en la que trasuntan sus marionetas, el contexto salta en ocasiones al primer plano de la historia, como en el largo pasaje en que Marius, desesperado por la desaparición de Cosette, participa de la defensa de una barricada en contra del gobierno con el único objeto de perder la vida honorablemente. 
En ese ámbito, el rapaz Gavroche, niño de la calle e hijo abandonado de los Thenardier; astuto, pero valiente e idealista; forma parte de esta inmensa alegoría y dramatizado testimonio de época que también es Los miserables, cuando muere mientras intenta recuperar balas de los soldados muertos para entregarlas a los rebeldes. 
Porque la principal faceta de Los miserables, que actualiza esta obra y nos la hace contemporánea, es su denuncia social realizada en múltiples planos. El primero que se presenta cronológicamente es el de la justicia y el encarcelamiento. Hugo inserta en medio de la trama un capítulo maravilloso, una suerte de ensayo que sorprende al lector: el relato de un náufrago que ha caído al mar y ve cómo inexorablemente la barca que significa su vida se aleja, para después advertir cómo sus fuerzas claudican antes de ahogarse. Este capítulo, este ensayo henchido de poesía, no es más que una inmensa metáfora acerca de la injusticia, el encarcelamiento, la imposibilidad de la reinserción del ex presidiario en la sociedad y el modo en que ésta le niega toda posibilidad de redención hasta sumergirlo en la indiferencia y la muerte. Ese sólo capítulo, todavía palpitante de actualidad, bien vale para hacer de Los miserables una obra inmortal.
También la historia de Fantine, una hermosa joven cuyo único capital es su belleza y que imprudentemente se hace la querida de un joven parisino, se convierte en un símbolo de lo que la sociedad hacía con las jóvenes como ella, cuando su amante la abandona con una niña nacida de su unión. A partir de allí Fantina es víctima de esta sociedad que la golpea una y otra vez. Tiene que dejar a Cosette al cuidado de unos posaderos inescrupulosos para poder conseguir trabajo en un pueblo cuyos habitantes no saben de su pecado. Pero sus compañeras descubren su secreto y en base a la maledicencia la hacen despedir. Fantine entonces rueda en un espiral de infortunio, llega a vender sus dientes para poder enviar la mensualidad de Cosette, finalmente se convierte en prostituta, enferma y muere.
Se sabe, los escritores románticos frecuentaban el melodrama, pero en el caso de Los miserables este mecanismo no tiene otro objeto que poner sobre el escenario una serie de personajes acorralados a los que la sociedad no les deja el menor resquicio para escapar. Valjean, Fantine, Cosette, son arquetipos y símbolos de una dinámica social que lamentablemente muchos siguen padeciendo a 157 años de publicado Los Miserables.
Estos elementos rabiosamente contemporáneos en cualquier latitud, hace que valga la pena revisitar una obra que a casi dos siglos de distancia todavía le sigue hablando al corazón de todo los hombres.

Poesía precoz, de Rimbaud al flaco Spinetta

por Andrés G. Muglia



Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
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https://www.culturamas.es/2020/04/03/poesia-precoz-de-rimbaud-al-flaco-spinetta/

«Si yo quiero un agua de Europa es la de la charca  negra y fría donde, hacia el crepúsculo embalsamado un niño en cuclillas lleno de tristezas, suelta  un barco frágil como una mariposa de mayo», Arthur Rimbaud
Borges decía que la buena poesía es aquella que deja como una resonancia, algo adentro nuestro, vibrando, luego de ser leída. Ese algo misterioso, apreciado solamente por aquella parte de nuestro ser que es un arcano para esa otra parte que se dedica a calcular la compra y hacer la lista del Super, será lo que busque todo arte que se precie de tal. 
El penúltimo verso de “El barco ebrio”, antes citado, siempre dejó en mi ¿alma? (digámosle así) alborozada, esa misma sensación. Una imagen acongojada y vívida aunque no sea más que una metáfora, capaz de mover las estanterías de lo que no tenemos atornillado a la razón. ¿Me conmovería la imagen del niño solitario soltando ese barquito en un charco de una calle que yo imaginaba un callejón decimonónico del Londres victoriano? ¿Sería acaso la inminente llegada del fin de este poema magnífico que, como el movimiento de una sinfonía de Beethoven, se precipita hacia el desenlace como una grandiosa fanfarria? No lo sé, y lo mejor es no saberlo, porque revelaría el misterio que hace que la poesía sea poesía, toda la magia moriría bajo las botas de la razón.
Llegué hasta Rimbaud en la adolescencia, el momento ideal para llegar a este tipo de poesía. Me cautivó al instante. Había una cierta musicalidad que se sobreponía a las traducciones, una serie de imágenes que saltaban de la página, la esencia romántica con su aire fugitivo y mórbido de la caducidad, del momento vivido con intensidad; en fin el bagaje conocido y multiplicado en mil formas del romanticismo. Además de por magistral, y quizás por eso mismo, la calidad del arte de Rimbaud se subrayó en mi mente cuando supe que toda su corta obra había sido producida cerca de la adolescencia; tal vez porque el sentido común indica que la maestría, el dominio de los propios recursos (ya sea en la poesía, el tango o el tiro libre) son un rasgo de la madurez.
En el parnaso de la poesía de todas las épocas y lugares que ha formado mi mente a lo largo de los años, se ubica a Rimbaud cerca del pináculo, dos pasitos por detrás de Apollinaire que es el Zeus de mi Olimpo, y uno al costado de Alberti con toda su sal de mar y su luz mediterránea. Por ahí anda Bukowsky soltando imprecaciones y un tímido García Lorca con sus ojos llenos de tragedia. Pero lo que destaca a Rimbaud por sobre sus compañeros en el debate e intercambio que les imagino, es que el descarado Arthur es el que voltea la mesa, vuelca el vino, hace pedorretas en el momento en que Baudelaire comienza a divagar hablando sobre su spleen, o le quita la silla a Homero para verlo caerse muerto de risa. 
Quizás no sea más que un prejuicio (y no sólo mío) pensar que un artista debe alcanzar su madurez artística de forma paralela y sincronizada a su madurez cronológica. Pero son tantas las pruebas a favor de esta idea y tan contadas las evidencias en contra, más del estilo de la excepción que confirma la regla, que es casi forzado condenar esta idea a la minoridad del prejuicio.  Sobre todo en pintura es muy fácil comprobar cómo el estilo de un artista se va construyendo con el devenir del tiempo, como un sedimento que agrega una capa sobre otra, que se modela a sí mismo. No es lo mismo el Mondrian de sus inicios al que llegó a la síntesis de “Broadway Boogie Boogie”, ni el Van Gogh de los “Comedores del papas” al del retrato de “Pere Tanguy”, sólo por citar ejemplos archiconocidos. Del mismo modo, el hecho de que todos los artistas que llegaron a la abstracción nacen de la figuración habla también de una evolución, de un camino hacia la madurez de la expresión plástica. Basta ver la solvencia de la obra temprana de Kandinsky, plenamente figurativa, para constatar sin muchas vueltas este mismo fenómeno. Sugiere esto que la maestría, la expresión acabada, el dominio del propio estilo y el propio universo simbólico son un fruto de la maduración (metáfora bastante simplona) natural que ofrece el tiempo y su vaivenes. 
¡Mentira! Basta para contrastar la falacia de tales afirmaciones la aparición ramplona en la historia del arte de un solo Rimbaud, con su estilo redondo, acabado y perfecto en sus términos, para darle una patada a esa concepción, para sacarle la silla a un ciego y desesperado Homero, para cagarse de risa en su propia cara. 
¿Cómo explicar este fenómeno? No se puede. Como no se puede explicar el segundo gol de Maradona a los ingleses o la materia oscura. Se disfruta tal como es o se aborda por vía de la fe.  
Rock & Roll poetry
Hablando de prejuicios yo tengo uno, y grande, con las letras de rock. Todos sabemos que el rock nace como un arte popular y que buena parte de sus letras se expresan con el trazo a veces demasiado grueso de “me gusta ese tajo que ayer conocí, ella me calienta la quiero invitar a dormir”, o bien la liviana inocencia de “a mi Popotito yo le di mi amor”. Si bien existen ejemplos de trovadores que salvan la ropa del género como Bob Dylan, que fue nominado al premio Nobel recientemente recibiendo así el reconocimiento del establishment a su categoría de poeta; y otros que pueden defender esa misma etiqueta como Leonard Cohen, Nick Cave o Ian McCulloch. Estamos (estoy) acostumbrados a tomar las líricas del rock no demasiado en serio. Habrá quienes salgan a quebrar una lanza en ese sentido invocando otros nombres: John Lenon, Jim Morrison, Frank Zappa, Ian Anderson, Paul Simon, Roger Waters, y muchos otros cuyos nombres tranquilamente podrían reclamar la corona de laureles; aunque de todos modos tampoco creo que les hubiera interesado. Después de todo el rock y la poesía no siempre van de la mano y tampoco está mal que sea así.
En el universo de nuestro rock argentino existió un rockero al que le cuadró el apelativo de ser el “poeta del rock”, el flaco Spinetta. No vamos a desgranar aquí una biografía del flaco, siendo que abunda material en internet para saciar la curiosidad del más exigente; lo que sí vamos a decir es que Spinetta tenía bien ganado ese apodo. Músico siempre respetado, miembro y fundador de bandas de leyenda como Almendra, Pescado Rabioso y Spinetta Páez, las líricas de Spinetta siempre fueron bastante más allá que las de sus contemporáneos. Había otro vuelo en Spinetta. ¿Devenía aquello de su formación cultural, de su confesa admiración por autores difíciles como Antonin Artaud? No se sabe, o es inútil saberlo. Describir el horno de donde sale la tarta no explica (jamás) la tarta.
Hace poco me entusiasmé con una canción que ya conocía, pero que no había escuchado realmente. La canción, que me enganchó cuando la re-descubrí, me arrastró con ella a ese limbo del repeat con su pulsión obsesiva sobre el iconito de la flecha que regresa una y otra vez al inicio de la canción. “Barro tal vez” fue reiterada hasta el hartazgo en mi automóvil, mi celular, el equipo de música de casa y todo aparato sensible de reproducir sonido; con la ironía tal vez de que se trata no de la típica balada del rock sino de una zamba (no confundir con la zamba brasilera lectores internacionales). La droga del repeat, tan fácil ahora que los soportes no son los cassetes rebobinables (rebobiabominables) de antaño, me había hecho un yonkie sonoro de “Barro tal vez”. Pero el golpe de gracia me lo dio saber que Spinetta había escrito esta joya exquisita a los quince años. 
No me gustan los análisis detenidos de la poesía. Siento que estoy asistiendo a una disección sobre la mesa de una morgue, lejana a aquella lúdica de Lautreamont donde se encontraban insólitamente un paraguas y una máquina de coser, y cercana al cuadro “La lección de anatomía” de Rembrandt donde tan bien representada está la lividez del cadáver del hombre que se ha transformado en objeto (de estudio pero objeto al fin). Pero hay veces que vale la pena. Hecha la disculpa entremos en materia.
“Si no canto lo que siento
Me voy a morir por dentro
He de gritarle a los vientos hasta reventar
Aunque solo quede tiempo en mi lugar”
De movida no más (en los dos primeros versos) Spinetta da cuenta que conoce tan tempranamente la angustia del que tiene algo que expresar y debe hacerlo a como dé lugar, aquello de pasar lo ininteligible del lado de lo inteligible que tanto torturaba a Gustavo Adolfo Becquer: acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar después en la escena del mundo”.
Por si ya no fuese bastante con articular este sentimiento tan difícil de expresar, el flaco arremete con los dos versos finales para enunciar el otro gran motivo que impulsa al artista a hacer lo que hace: permanecer con su expresión más allá de su tiempo vital, dejar su huella para que quede aún después de que él se haya ido “aunque sólo quede tiempo en mi lugar”.
“Si quiero me toco el alma
Pues mi carne ya no es nada
He de fusionar mi resto con el despertar
Aunque se pudra mi boca por callar”
Y sigue describiendo la maravilla de ser artista, de alguien que si quiere “se toca el alma”, imagen dolorosa pero lejana a los que viven haciendo cálculos de stock o tecleando calculadoras. Y repite que si no se expresa, simplemente lo mejor de él, su arte, va a morir (y él un poco claro está) “aunque se pudra mi boca por callar”. 
“Ya lo estoy queriendo
Ya me estoy volviendo canción
Barro tal vez
Y es que esta es mi corteza
Donde el hacha golpeará
Donde el río secará para callar”
A los quince años qué puede saber uno de lo que será su vida, su destino, su futuro. Pero el flaco lo sabía, y lo quería. Quería volverse canción, dejar en la memoria de la posteridad no la anécdota más o menos interesante sobre su pasar por el mundo, sino la brillante simiente de su arte para que se multiplicara cada vez que su música fuera reproducida. “Ya lo estoy queriendo / Ya me estoy volviendo canción”. Y mientras el arte lo hace inmortal, trasciende su tiempo, el cuerpo, ese vestido destinado a la fosa, se vuelve en ella “Barro tal vez”, y después de eso, cuando los inocentes y repugnantes gusanos hagan lo suyo y la materia se disperse y luego se agrupe nuevamente para formar otra cosa se convertirá quizás en “la corteza / Donde el hacha golpeará / Donde el río secará para callar”.
Quince años. Escribir eso a los quince años. 
Hay un sentimiento. No sé si llamarlo envidia, porque tiene que ver con la admiración, con el asombro, con el amor tal vez. Más arriba mencioné el gol de Maradona a los ingleses. Cualquiera que se haya puesto los cortos y un par de botines y haya saltado al césped con la intención de hacer un gol o evitar que le hagan uno, ha mirado esa imagen y ha deseado ser Maradona, haber creado esa sinfonía en movimiento cuya trayectoria zigzaguea entre cuerpos rivales. Nadie al que le guste el fútbol puede evitar eso. 
Me pasa eso mismo con “Barro tal vez”. Me hubiera gustado escribirla yo. No hay mucho más que decir. O sí, avisarle al flaco, aunque no lea esto y aunque quizás ya lo sabía en 1965 a los quince años, que ya se convirtió en canción.