sábado, 1 de agosto de 2020

Kaputt, de Curzio Malaparte
por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:

https://www.culturamas.es/2020/04/01/kaputt-de-curzio-malaparte/

Plano cenital de una extraña casa edificada sobre un acantilado. Las aguas azules del Mediterráneo se agitan abajo. Un hombre de traje claro y sombrero oscuro sale de la casa, duda un momento y luego sube por el costado de la construcción que es también una larga escalera que asciende desde el jardín a la terraza. Cuando desemboca en la azotea camina con decisión hasta dar con lo que busca, pero su hallazgo lo deja perplejo. Una hermosa joven rubia, completamente desnuda, toma el sol de espaldas al cielo, cubriéndose juguetonamente el culo con un libro.  
La joven se llama Briggite Bardot, la película es El desprecio, dirigida por Jean Luc Godard en el año 1963 y la casa es la Villa Malaparte; edificada en el marco paradisíaco del Golfo de Salerno en la isla de Capri. Su dueño y constructor (se había peleado con el arquitecto original y había diseñado él mismo su casa) fue Curzio Malaparte. Dueño y morada han compartido algunos atributos. Ambos inclasificables, inesperados, estrambóticos, polémicos y, sobre todo, misteriosos. Ambos han despertado a un mismo tiempo la afinidad y la detracción.
Malaparte era hijo de padre alemán y madre italiana. Su nombre real era Kurt Erich Suckert, su seudónimo una evidente ironía en relación a Bonaparte. Fue educado como un perfecto burgués y siguió la carrera de periodista. Como corresponsal y Capitán del ejército italiano participó en la Primera Guerra, donde fue condecorado varias veces. De regresó se afilió al fascismo y participó de la marcha sobre Roma de Mussolini. Después de eso fundó y fue parte de diversos medios de prensa, diarios y revistas.
Por esos años trabajó en el cuerpo diplomático italiano. Sus libros La revuelta de los santos y Técnica del golpe de estado le trajeron la condena de Mussolini, lo que le valió ser desafiliado del partido fascista y pasar cinco años en la cárcel por sus críticas al régimen. Sólo fue liberado por la intervención del Conde Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini. Durante la Segunda Guerra Mundial fue encarcelado varias veces, gracias a sus artículos críticos al gobierno enviados desde el frente. Fue refugiado en Suecia y Finlandia (neutrales), recorrió el frente ruso y la Europa oriental, alternando con los invasores del eje con quien mantenía excelentes relaciones y en ocasiones también con sus víctimas.
Al concluir la guerra trabajó como enlace militar italiano con EEUU. Después, en otro de los inexplicables quiebres de su ideología, se afilió al partido comunista y en el ocaso de su vida visitó China (la crónica de ese viaje se publicará de manera póstuma), por cuyo régimen comunista-maoísta profesaba una declarada simpatía. A su muerte, legó la Villa Malaparte al gobierno chino y sus herederos se vieron obligados a iniciar un proceso judicial para que la herencia no se hiciera efectiva.
Kaputt es el libro que Malaparte escribió en base a sus experiencias como cronista durante la guerra. 
Para entender Kapput hay que entender primero la rocambolesca vida de Malaparte, y esta es quizás la tarea más difícil. Porque el autor es uno de los personajes más contradictorios que escribieron sobre el convulso escenario de la conflagración y nos dejaron semblanzas y aguafuertes de un acontecimiento que aún hoy es difícil de entender, por lo monstruoso.
Precisamente quizás por este carácter contradictorio de su personalidad, nos deje Malaparte una visión tan original cuando como corresponsal periodístico pudo recorrer los países neutrales y aliados al Eje, codeándose con  la alcurnia de invasores y nobles invadidos y en decadencia; muchos conocidos suyos de su carrera como diplomático.
Kapput es un libro episódico, pero los pasajes que se enhebran en su trama no tienen por fuerza que ser leídos linealmente. Podemos abrir sus páginas en cualquier lugar y encontrar historias breves, a modo de artículos que empiezan y terminan sin relación entre sí. El hilo conductor de todas ellas es este devenir de Malaparte por el frente y la retaguardia. Un camino que no tiene más lógica que la del cronista enviado por un medio periodístico, o la del por momentos evadido que se escapa del régimen fascista que lo quiere meter en la cárcel.
Como otrora y más brillantemente desde luego, León Tolstoi alternó en Guerra y paz el escenario de las batallas con el de la pacífica aristocracia moscovita que seguía de tertulia mientras Napoleón evolucionaba por la estepa; Malaparte alterna relatos del frente con la descripción de esta nueva sociedad cortesana surgida con el gobierno de Mussolini, al frente de la cual estaba Ciano. Estos son los tramos más flojos del libro: el escarceo sin fin de la alta sociedad, el puterío de nuevos ricos aliados con la antigua nobleza italiana (la península estaba plagada de duques, condes y príncipes, algunos sin un centavo). Todo este runrún tiene algo de Proust, pero lamentablemente sin ser Proust.
Lo verdaderamente jugoso del libro son las descripciones de los territorios ocupados por el nazismo. Un escenario oculto al relato occidental (aliado) de la guerra. Malaparte tenía acceso como Capitan del ejército, tanto a la zona de guerra como a la retaguardia donde vivían lejos del peligro los altos mandos invasores (y sus esposas e hijas), a las que les narraba las atrocidades de la guerra en noches regadas de burbujas de champán y huevos de esturión. Las historias que contaba el escritor para hacer sonrojar a alguna princesa o dejar con la boca abierta a cierto agregado diplomático, llevan la marca de la fantasía o al menos de la exageración. 
Caballos congelados en lagos de Finlandia que sacaban sus cabezas todavía encabritadas fuera del hielo, las cuales eran usadas por Malaparte y un interlocutor como improvisados asientos. Cadáveres de soldados rusos congelados por el invierno utilizados por los alemanes como señales de tránsito (los brazos rígidos indicaban la dirección a seguir). Un general alemán que, incapaz de pescar un salmón tras horas de lucha, lo manda a fusilar por su edecán. Un reno que muere frente a una embajada mientras los diplomáticos de varios países lo miran sin hacer nada (alegoría de una Europa moribunda). Por momentos Malaparte se nos antoja un moderno Münchhausen que contase historias inventadas a una audiencia atónita, pero esas historias (muchas incomprobables) no son sino simplemente el resultado de otra cosa mucho más parecida a la mentira, a la fantasía o a la locura: la guerra.
Kaputt es un libro digno de leerse. La descripción de una Europa en vías de volverse kaputt, el cadáver de un continente. La instantánea del lado de la guerra que no narraron los triunfadores. Malaparte es por momentos poético en las descripciones del frente, quizás un poco extenso en la narración de las alternativas de los escarceos palaciegos, y fantasioso y siempre dispuesto a quedar bien parado (si cena por la noche con el gobernador alemán de la Polonia ocupada, dedica la mañana siguiente a llevar correspondencia contrabandeada a los judíos de Varsovia). Kaputt es en fin la narración de un aventurero, un burgués con aires de nobleza, un diletante y para muchos un oportunista y un impostor, pero, sobre todo (y eso es lo que nos interesa al fin y al cabo) un buen escritor.

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