martes, 27 de diciembre de 2016

ERNESTO SÁBATO EN SU JARDÍN OSCURO
por Andrés G. Muglia


Está claro que el gusto se educa, crece, muta como un organismo vivo que busca su plenitud. No nos gustará lo mismo en la niñez que en la adolescencia o en la edad adulta. El sabor amargo de la cerveza, que rechazamos en la infancia, será la preocupación de muchos a partir de la juventud. Lo mismo ocurre con los gustos literarios. El lector aprende que nunca debe rechazar de plano a ningún autor, sino dejarlo a un lado de su camino edificado en papel y tinta. Quizás, en otra vuelta de su viaje llegue de nuevo a ese autor y descubra con asombro un tesoro que había rechazado en otro momento de su vida. 

Esto mismo me ha pasado con Ernesto Sábato. Accedí a él en la adolescencia, cuando todo libro que cae en nuestras manos es leído con una cierta compulsión, una búsqueda de la empatía profunda o el rechazo más riguroso. Por lo segundo me decanté en esa época, cuando Sobre héroes y tumbas me pareció un libro pretencioso, con personajes laboriosa y torpemente construidos, con una propensión a dejar al lector sumido en el aburrimiento más aburrido. No entendí, evidentemente, la filosofía profunda que encerraba aquel libro; el modo en que reflejaba las preocupaciones de un autor torturado y, como él mismo definiría en sus ensayos, problemático.

Más tarde leí El túnel, un libro que vino a confirmar esa sensación juvenil en la adultez. A pesar de corto, porque es más un cuento largo que una novela breve, El túnel revivió aquella sensación de estar leyendo algo a contrapelo de nuestros deseos de abandonarlo. De pelear todo el tiempo con ese latente fantasma del aburrimiento.

Pero la madurez de un lector no es, como podría pensarse, un hecho progresivo. El resultado de un sedimento que el tiempo y las lecturas van formando. Me imagino más ese crecimiento al modo en que los bebés se convierten en nenes o nenas: cuando por fin caminan. Me he asombrado viendo que ese acontecimiento, lejos de ser un fenómeno paulatino, sucede de un día para el otro, como si un esforzado ser de la cavernas hubiese estado observando por mucho tiempo un martillo, tratando de comprender para que sirve, y de golpe se diera cuenta (¡Eureka!) y comenzara a golpear con ansiedad todo lo pasible de ser martillado. Encuentro en el crecimiento como lector esta suerte de tirones hacia adelante, de revelaciones de nuevos sentidos que solamente ciertos autores y ciertas obras pueden fomentar. Estoy pensando en Kafka, en Schopenhauer, en Apollinaire, en Alberti, en Rimbaud. El mundo revelado ante una luz, o una sombra, nueva.

Curioseando en una biblioteca ajena, costumbre obsesiva e inherente a todo lector que se precie de tal; encontré un volumen ajado de Sobre héroes y tumbas. Como es conocido (por este blog) mi gusto por los viejos volúmenes que remiten a las bibliotecas de mi infancia (ese gusto no ha variado) me impulsó a tomar aquel libro y pedirlo prestado. Hubo, entiendo, en ese gesto una especie de empecinada soberbia del orden de: "no puedo ser tan bruto de rechazar un autor tan elogiado por la fuentes más acreditadas", o algo así. Lo cierto es que, dispuesto a reincidir en mis juicios previos, me encaminé a mi hogar con el polvoriento libro bajo el brazo. Tal vez hubo alguna preparación para lo que luego ocurriría, pues ese mismo verano me atareaba en leer a Schopenhauer, mi filósofo de cabecera, un célebre pesimista con respecto a las cosas de este (y el otro) mundo, que bien podría emparentarse con Sábato. Lo cierto es que desembarqué en esa novela como quien llega a un pálido puerto de paso cuyo nombre olvidará al partir, y me encontré de pronto en un paraíso exuberante e inesperado. Un paraíso oscuro, como debe ser la selva profunda, aquella cuyas hojas impiden que el sol toque la superficie rica en humus, hongos, detritus y toda clase de alimañas que se meten por debajo de la bocamanga del paseante.

En una entrevista televisiva realizada a Sábato en el año 1976, en el programa español A fondo, aquel cuya extensión podía llegar a exasperar a personalidades como Roman Polansky que se amotinó en plena emisión; Sábato se explayó, como permitía y estimulaba el mismo entrevistador, en una suerte de defensa (aunque el sustantivo es en cierto modo ampuloso) de su literatura, y en particular de sus novelas. Decía:

"Yo me he propuesto cosas grandes… Si yo tengo un pequeño jardín se me puede exigir, casi se me debe exigir, que el jardín sea perfecto. Que sea limpio, que sea ordenado, que esté bien dispuesto. Pero si yo me propongo el Mato Grosso… es otra cosa. El Mato Grosso tiene fieras, pantanos, mosquitos. Alimañas de toda clase, sabandijas de toda índole. No le pidan eso al Mato Grosso. Yo me he propuesto el Mato Grosso, que lo haya logrado… no se. Pantanos hay muchos, de eso estoy seguro." (1)

En fin, que todas mis esforzadas metáforas sobre jardines y selvas no son más que una idea del propio Sábato: ¡touche originalidad! Como sea, elíptica o directamente, Sábato mismo da un porqué a sus tortuosos textos. Pero sino por propia confesión, podemos encontrar algo tortuoso (pero consecuente con sus ideas hasta el fin) en el propio camino de Sábato como ser humano: su vida. Sábato es un ejemplo de renunciamiento. Alguien que, alcanzado un objetivo que se ha propuesto, lo abandona con la misma pasión que lo motivó a perseguirlo. Secretario General de la Federación Juvenil Comunista de Argentina, renuncia repentinamente a ese cargo, mientras se dirigía a un congreso en Bruselas. En charla con un camarada Sábato se da cuenta, casi con miedo, que el lugar hacia donde se dirigía el comunismo, cuya referencia más marcada era la Rusia de Stalin, no era el que él ¿idealizaba? Esa misma noche huye hacia París. Del mismo modo, renuncia a un promisorio futuro como científico (Sábato trabajó en el laboratorio del mítico matrimonio Curie) cuando advierte que la literatura que persigue es incompatible con el universo del saber científico. Las matemáticas, refiere, fueron un refugio en su juventud, cuando buscaba respuestas a un mundo caótico, desordenado, hostil; que se refleja después en sus libros. Con cierta solapada jactancia Sábato comenta en entrevistas y hasta en su libro Abbadón el exterminador, que aquella renuncia insólita para sus compañeros de disciplina le valió que el propio Bernardo Houssay, premio Nobel de Medicina, le retirara el saludo.

Buscándose a sí mismo (¿consiguió encontrarse alguna vez?) Sábato se aisló de aquel mundo, en un rancho sin luz ni agua corriente de las sierras de Córdoba. Allí, en la compañía de su imprescindible Matilde y su hijo pequeño, escribió su ensayo Yo y el universo, y decidió que el futuro que edificaría sería no a través de la ciencia, sino de los dudosos ladrillos del arte y la literatura. Poco ha sido lo que ha llegado de ella hasta nosotros, al menos en el terreno de la novela; terreno que según declaraciones del propio Sábato era al que él más jerarquizaba por sobre, por ejemplo, su labor como ensayista. Como un escritor lejano en los tiempos, que ha ido extraviando sus obras en catástrofes cíclicas o en incendios a manos de obtusos conquistadores, el propio Sábato, autocrítico y exigente como su admirado Kafka, echó al fuego muchas de sus obras que, por demasiado imperfectas, no consideraba llenaran sus ambiciones. Matilde nos hizo el favor de rescatar de las llamas Sobre héroes y tumbas (¿cuántas veces lo habrá rescatado al propio Sábato?), destino que ya le preparaba el escritor, que con humor se declaró algunas vez pirómano de su propia literatura. Sólo tres novelas han llegado hasta nosotros de esta especie de holocausto que el propio Sábato llevó a cabo. 

Gracias Matilde por recuperar esos oscuros y amargos frutos del incendio, frutos que supe degustar cuando no ya ellos, sino yo, estuve maduro para hacerlo.



1- Ernesto Sábato entrevistado en el programa "A Fondo". España, 1976.

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