martes, 10 de noviembre de 2020

‘Nueva York, ida y vuelta’, de Henry Miller

 por Andrés G. Muglia

Publicado en revista CULTURAMAS de España:

Link: https://www.culturamas.es/2020/11/04/nueva-york-ida-y-vuelta-de-henry-miller/

¿Dónde empieza la tradición americana de escritores como Henry Miller? El lector de este artículo se preguntará a su vez: ¿de escritores brillantes? ¿De escritores que expresen una idiosincrasia estadounidense? No. De escritores cancheros. Estimo que para aquel que no sea argentino, el concepto de canchero sea de difícil elucidación. En favor de ese hipotético lector ampliaremos este punto. El canchero es aquel personaje un poco desagradable que “se las sabe todas” (esa expresión también es bien argentina), aquel que parece hacer todo de un modo fácil, como si le sobrara siempre algo más, que se guarda y le da la ventaja de la que se jacta. El canchero es astuto, lo sabe, inteligente (el más) y siempre hace las cosas de un modo sobreactuado, como para que se note que es un canchero. Canchero es el que frente al arquero en lugar de definir fuerte al ángulo se la pica por encima con gesto suficiente, el que cierra la puerta del auto con un golpe de cadera, el que apaga el fósforo con una escupida certera. Hay muchos ejemplos de cancheros y no necesariamente argentinos.

Definida tal nebulosa categoría continuemos con lo nuestro. Henry Miller parece proponerse de principio a fin de este libro ser el escritor más canchero, más rana, más irónico, fino e Inteligente de la literatura norteamericana. Todo el libro es un monumento, a veces más y a veces menos sólido, a sí mismo. ¿Sobreactúa Miller o es un megalómano de un calibre difícil de definir? Lo peor  de todo es que este talante de soberbia sin contener arruina, o por lo menos hace interferencia, con el modo en que Miller escribe, que es brillante. Es contradictorio decirlo, pero Miller, como esos genios caprichosos de los que la historia está llena, es a la vez talentoso e insufrible.

El libro está estructurado como si fuera una larga carta a un amigo. Miller se encuentra en Nueva York a punto de tomar un barco hacia París, donde este amigo lo espera, y le da noticias de lo que ocurre de este lado del charco. “Lo que ocurre” incluye una serie de cosas bastante diversas. Básicamente cómo era Estados Unidos de América en los años 30 y cómo eran sus habitantes. Miller se entretiene en criticar con su filosa pluma a los americanos, su país, sus costumbres, su idiosincrasia, sus creencias, etc, etc. Les da duro y parejo toda la primera mitad del libro. Los deja ver como a verdaderos idiotas. Ninguno de ellos está a su altura para mantener una conversación (respaldado en su ironía el escritor se autoproclama genio sin ningún empacho), y Miller añora el París donde la gente sabe conversar. Los judíos también son atendidos en largas diatribas antisemitas y culpados de buena parte de los males de un país sumido en la depresión económica.

Miller no es ni el primero ni el último en criticar a los norteamericanos y su modo de vida. Me vienen a la mente dos ingleses: George Bernard Shaw y Raymond Chandler (el último hizo toda su carrera en EE.UU.) que lo han hecho con mucha gracia. Pero hasta para alguien que no simpatice con el país de norte, que mucho tiene para criticar, Nueva York ida y vuelta roza lo grotesco.

No hay que pensar que el libro deje por eso de ser interesante y que el humor de Miller, a veces rozando el surrealismo, no arranque una sonrisa.

Promediando el libro, cuando este genio iluminado sube por fin a su paquebote rumbo al viejo continente, resulta tranquilizador que su odio y la superioridad que siente hacia los americanos no sea exclusiva. Porque ni bien aborda el buque holandés, naturalmente lleno de holandeses, se dedica a criticar a sus compañeros de viaje que, ya lo adivinarán, también son un grupo de idiotas.

Al final de la travesía, que cuenta como único detalle estimulante las conversaciones de Miller con un esquizofrénico que viaja encerrado en el calabozo del barco, comprobamos con alivio que el autor llega por fin a su amado París; donde también afila su crítica pero todo le parece adorable, hasta lo que cae bajo los tacones de su juicio. Allí se solaza paseando por la avenida Sebastopol y conversando por fin con alguien que da la talla.

Muchas veces después de leer un libro fantaseamos (yo al menos lo hago) con cómo habría sido conocer al autor, sobre todo si está muerto hace siglos. ¿Sería tan inteligente como sus diálogos? ¿Tan sensible como sus descripciones? ¿Tan agudo como su modo de observar la realidad? Por mi parte no creo que me hubiese gustado conocer a Henry Miller.


La paternidad rechazada, Charles Bukowski y Henry Miller

 por Andrés G. Muglia 

Publicado en CULTURAMAS de España.

Link: https://www.culturamas.es/2020/10/24/la-paternidad-rechazada-charles-bukowski-y-henry-miller/

Tiempo atrás vi en Youtube una entrevista televisiva a Charles Bukowski. He de confesar que durante mucho tiempo en mi adolescencia leí con fruición de fan todo lo que me caía en las manos que él hubiese publicado. En esa entrevista y para mi desgracia advertí que todo lo que hace interesante a Bukowski como personaje literario: su nihilismo, el apego al alcohol y la indolencia, su procacidad, su sexualidad siempre en primer plano, su sinceridad; puestos en alguien de carne y hueso no son tan atractivos, ni, paradójicamente, tan “reales”. Durante la conversación Bukowski fumaba y bebía vino en un vaso empañado y todo lo que expresaba, los silencios, el ritmo del discurso, los gestos, parecían una coreografía estudiada para decir: “mírenme, así es un outsider y un genio”.

Entre otros temas Bukowski habló sobre Henry Miller. Es habitual, cuando uno lee en cualquier orden a los dos escritores americanos, encontrar una vinculación entre sus textos. Quizás sea su obsesión por describir crudamente los detalles de su vida sexual, su afición a lo escatológico, o sus personajes semiautobiográficos, a través de los que no tienen ningún empacho en contar sus propias miserias. Lo cierto es que la filiación entre ambos es algo evidente. El hecho de que Miller sea cronológicamente anterior a Bukowski hace pensar fácilmente que el primero influyó con su literatura al segundo. 

Pero contrariamente a lo que pueda suponerse, con evidente disgusto ante la pregunta, Bukowsky comentó que no le gustaba Miller, que no había tenido suerte leyéndolo y no entiendía toda esa “filosofía” expresada en su obra. Sí entendía cuando Miller escribía sobre su pene, sobre su “gran pene” dijo Bukowski riendo, pero no todo lo demás.

Quedé perplejo ante la respuesta de Bukowski, por varios motivos. El primero es que la vinculación de ambos autores salta a la vista. Por el modo en que describen la realidad, su implicación en ella y, sobre todo, su filosofía ante los hechos: una suerte de distanciamiento ante cualquier cosa que les ocurra, un completo desapego de toda ley moral que les impida hacer los que desean. ¿Bukowski, cuyo refugio era la biblioteca del Congreso, leyó sólo por arriba a Miller, uno de los más destacados escritores de su generación? En sus entrevistas Bukowski también deja claro que no es el personaje que nos quiere hacer creer, sino un escritor y un estudioso que sabe mucho de su oficio. ¿Y apenas leyó unas pocas hojas de Miller que no le gustaron y pasó a otra cosa? Es difícil de creer.

Hasta el día de hoy los únicos dos escritores serios que he leído han dado consejos escritos sobre cómo masturbarse fueron ellos dos: Bukowski con la ayuda de un florero y carne molida y Miller con una manzana a la que se le ha sacado el corazón y se le ha untado crema para las manos.

También los vincula la facilidad con la que consiguen tener relaciones sexuales casuales. Una inclinación de cabeza, una mirada, una breve charla o ni siquiera y a la bolsa. Maratonistas del sexo, campeones que derrotan a las venéreas a golpes de pene, señores absolutos de la fornicación que lo hacen todo el tiempo, en todo sitio, con muchas mujeres, en sucesión y número difícil de creer. 

Los dos bardos de toda escatología y miseria posible, rodeados siempre de personajes rocambolescos, con una prosa que hace de todo lugar un basurero lleno de idiotas, no importa si es Los Ángeles, Nueva York o París.

Pero más allá de estos nexos superficiales, estás coincidencias de explicitar todo lo explicitable de la realidad, especialmente sus zonas oscuras, truculentas y políticamente incorrectas; los dos autores se conectan por su forma de ver la vida. Ambos son como un tótem de piedra que se mueve a través de la realidad. Nada: una mujer, un hombre, la pobreza, la abundancia, el amor, la violencia; parecen afectar su esencia. Atraviesan lo que narran autobiográficamente con una especie de indiferencia, de desapego olímpico desde el cual analizan una realidad que carece de una implicación más profunda desde lo emocional. No importa si Bukowski derriba a su padre de un golpe, o si Miller espera su turno para tener relaciones con una prostituta, mientras analiza el accionar del amigo que lo precede y lo describe con el mismo interés con que describiría el funcionamiento de una máquina (de hecho usa esa palabra). Los dos observan al género humano desde una distancia de entomólogo, como si fuera su trabajo de artistas dejar testimonio de un infierno por el que transitan pero del que guardan distancia suficiente como para conservar su lucidez y objetividad.

A su modo, los dos son irreductibles solitarios. El amor no es el eje de ninguna de sus producciones literarias. En cambio sí comparten un profundo cinismo (en el sentido filosófico del término) al concebir una vida sin las restricciones de las relaciones sociales consideradas aceptables por la costumbre.  

La diferencia fundamental entre ambos puede encontrarse en que Miller tiene una sólida conciencia de su genio que lo pone (él se pone) en un plano superior para juzgar al otro. Su megalomanía es manifiesta en textos como Nueva York ida y vuelta. En ese sentido Bukowski atraviesa sus pocilgas con menos ínfulas, y aunque es difícil encontrar empatía profunda en sus relaciones, la sensación es que está sumergido un poco más profundamente en la realidad que vive.

Existe un cuento de Bukowski en que el autor narra el encuentro con un escritor consagrado que muchos identifican con Miller. No la pasó bien Bukowski en ese encuentro. Sufrió en carne propia todos los caprichos y desaires del supuesto genio. Quizás como muchos rechazan al padre para poder construirse como individuos, rechazó toda vinculación de su obra con la de Miller. O sencillamente porque había conocido a Miller y éste no le caía bien. Aunque todo esto (todo este artículo) no es otra cosa que una conjetura para entender otro misterio (menor) de esos que nos regalan la literatura y los escritores.


Libros aéreos. Antoine de Saint Exupery lejos del Principito.

 por Andrés G. Muglia



Publicado en revistas CULTURAMAS de España.

Antoine de Saint Exupery es de todos conocido por su célebre El principito, uno de los libros más vendidos de la historia. Pero la mayoría de sus textos poco tienen que ver con el famoso best seller. Apenas se relacionan en el hecho de que el protagonista es un aviador (Saint Exupery era un experto piloto) y de que el avión, como vehículo y como metáfora, está presente en casi todas sus obras. 

Invirtiendo el orden cronológico de la ediciones, el primero de los textos que comentaremos es Piloto de guerra (1942), un libro crudo y veraz que se mete de lleno en la paradoja inherente a todo conflicto armado y la analiza descarnadamente. En tren de comparar, ubico en mi biblioteca ideal a Piloto de guerra junto a otra gran obra sobre los horrores de la Segunda Guerra Mundial: Kapput de Curzio Malaparte. 

Sin embargo hay una diferencia fundamental entre Saint Exupery y Malaparte y es que el primero hace un esfuerzo por no ser un mero cronista de la tragedia. Se sabe y se asume como intelectual, pero abandona la laxitud del espectador, no se conforma con registrar el horror para la posteridad. Pone el cuero, se implica, es parte y lo dice con orgullo. Vuela hacia la muerte en misiones suicidas de reconocimiento a baja altura sobre el enemigo, aunque sabe que esas misiones no podrán hacer nada para cambiar el curso de la guerra; codo a codo con oficiales, soldados, amigos, que empiezan a desaparecer de la mesa a la hora de la cena. De veintitrés equipos diecisiete son abatidos en pocas semanas. Saint Exupery es de los afortunados sobrevivientes. Pero la ruleta gira cada vez que sale a una misión y pese a su suerte (suerte para nosotros que pudimos leer lo que escribió) muere cerca del final del conflicto.

Otra obra de Saint Exupery (¿cuento largo? ¿novela corta?) atravesada por su profesión es Vuelo nocturno (1931). Para los argentinos posee un interés adicional pues su escenario es nuestro país, consecuencia evidente de los años en que el autor francés vivió y trabajó en Argentina. Vuelo nocturno cuenta otra epopeya, menos dramática que la de Piloto de guerra, pero casi tan riesgosa: la de los pilotos que volaban las rutas de correo allá por los años ’30 del siglo pasado. 

Los pilotos de Saint Exupery enfrentan la noche como un salto al vacío. Vuelan uniendo la Patagonia, Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, Porto Alegre, en largos periplos de diez días; con la ayuda de pocas herramientas, su intuición y vagas referencias geográficas que en medio de la noche son difíciles, cuando no imposibles, de divisar. La partida de Fabien, el piloto y protagonista que deja atrás a su esposa en Buenos Aires, la indiferencia de la enorme ciudad con sus miles de destinos ante la suerte de este héroe anónimo, su propio deseo de aventuras en contraste con la tristeza y el temor de la mujer, son descriptos en una escena rebosante de verismo. ¿A quién le importa la muerte de Fabien si las cartas llegan a destino? Hay una especie de dulce fatalidad que sobrevuela (un verbo a medida de este artículo) todo el escrito. Está la muerte que acecha y el piloto que la desafía, más el jefe que le exige la temeridad o, a cambio, el despido. La vida importa poco, ni siquiera el correo; lo importante al parecer es el sistema, la maquinaria que trabaja en base a quemar vidas humanas. El jefe se sabe injusto pero es su trabajo, el piloto suicida pero es su trabajo, y todo se anota en clave de ese registro amargo y existencialista.

Piloto y radioperador, únicos miembros de la exigua tripulación, se verán rodeados por la tormenta en medio de la noche y emergerán ya perdidos en busca de la única luz que entrevén en un jirón de la tempestad: una estrella que los conducirá a la belleza sobrenatural de un cielo alumbrado por la luna sobre un apacible campo de nubes. Belleza, poesía, Fabien divaga sobre el privilegio de ese premio inútil que ya de nada sirve mientras se les agota el combustible y debajo de ellos ruje el ciclón y duermen los campos en ominosa oscuridad. 

Por último anotaremos algo sobre Tierra de hombres (1926), que en su comienzo transcurre también en Argentina. Pero pronto el escenario se muda a España, África y todos los exóticos destinos donde Saint Exupery fue destinado como aviador. El tema: nuevamente los vuelos aeropostales y las aventuras de los pilotos, pioneros para abrir rutas seguras que en el caso de la cordillera de los Andes, con sus montañas de siete mil metros de altura, o el Sahara de dunas interminables y árabes amenazantes, exigirán todo el esfuerzo y el coraje de estos aventureros que volaban sobre endebles engendros de madera y tela.

La aventura, pero también la poesía, sobresalen en este libro. Como en la escena en que Saint Exupery, aterrizando en una meseta en pleno desierto africano, encuentra un aerolito llegado de las estrellas que parecen tan cercanas en el cielo nocturno. La descripción de sus sensaciones al despertar sobre “la curva espalda del planeta”, su hallazgo, la conciencia de que el mundo no es más que una nave, un vehículo análogo al suyo con el que la humanidad atraviesa el espacio, anticipa aquellos otros planetas del Principito, diminutos y habitados en solitario por estrambóticos personajes.

Novelista y poeta, cuando Saint Exupery describe la grandiosidad del desierto, la belleza de cambiar la perspectiva del mundo a la del punto de vista del aviador, la poesía de los vuelos nocturnos constelados de estrellas o la alegría de los encuentros fortuitos con sus camaradas en cualquier aeródromo del mundo, el escritor logra transmitir la original filosofía personal que fue elaborando en su corta y agitada vida, de la que el Principito sólo es una pequeña muestra. 

Tres libros que se pueden leer en cualquier orden y que siempre serán un viaje estimulante por un mundo visto desde arriba por un piloto y desde adentro por un poeta.


Mario Luis Olezza, escritor y aventurero

 por Andrés G. Muglia

Publicado en revista CULTURAMAS de España.

Link: https://www.culturamas.es/2020/09/25/mario-luis-olezza-escritor-y-aventurero/

Existe una literatura de aventuras que pone en duda el límite entre lo real y lo imaginario. De un lado de esa frontera se encuentran las obras de quienes, sentados en una oficina o un estudio, tienen la destreza suficiente como para crear un mundo con escenas plausibles, y conseguir que un lector que hace un pacto tácito con ellos decida prestar atención a las desventuras de Allan Quatermain o de un capitán llamado Ahab. Solemos llamar novelista de aventuras al primer componente de esa dupla que se implica. Pero del otro lado de este límite antojadizo, están los verdaderos aventureros que deciden, porque consideran que lo que han atravesado interesará, dar a conocer sus historias que a veces cuesta creer aún más que las inventadas. Quizás sea más fácil entender e imaginar a un hombre que persigue a una ballena asesina hasta el fin del mundo, que otro cuyo único y obsesionante objetivo sea llegar al polo sur geográfico. Ambos, el citado Ahab y el capitán inglés Robert F. Scott, tuvieron el mismo destino: la muerte. Uno en la imaginación de H. Melville y el otro en la vida real, junto con otros tres desagraciados, congelados a poca distancia de un refugio que les hubiera salvado la vida. Los dos tienen un libro que cuenta su historia: Moby Dick y el diario de Scott en la Antártida.

El punto de contacto entre ambos es que su suerte nos llegó a través de un mismo medio: la literatura. Si un prologuista que hubiese querido hacer una broma hubiera intercambiado la realidad de una por la fantasía de la otra, anotando que la de Ahab era una historia real y la de Scott una fantástica, el lector no hubiese sentido el sobresalto de la incredulidad porque, tanto una como otra obra tienen la misma verosimilitud relativa. Ambas tienen elementos ciertos y otros tantos increíbles.

No es usual pero en ocasiones, los dos tipos de autores: el novelista que escribe aventuras imaginadas y el aventurero que relata correrías reales, confluyen en una misma persona. Este es el caso de Mario Luis Olezza, un escritor argentino prácticamente desconocido. 

Conocí la obra de Olezza a través de una novela comprada en una mesa de saldos y por la única razón de que tenía a la Antártida como escenario. Soy entusiasta consumidor (ignoro la razón) de todo libro, artículo o película que incluya a la Antártida como centro de interés. Lejos del sol es una novela breve sobre dos pilotos cuyo avión se accidenta en la Antártida. 

Ambos personajes se ven obligados a convivir en el estrecho espacio de una tienda de campaña con una rugiente tormenta aullando en el exterior, mientras esperan un rescate que nunca llega. Uno de ellos, el capitán, ha sufrido heridas graves y agoniza, y es auxiliado por el otro, un joven que apenas si cuenta con experiencia y elementos para ayudarlo. En la relación que entablan, más profunda e íntima que la que tenían antes de hallarse en tan delicada situación, el agonizante habla constantemente de su esposa. Inesperadamente el piloto sobreviviente se enamora de esa mujer desconocida (quizás idealizada).

En paralelo a la historia de los dos hombres se cuenta la de esa esposa, que se pone, por razón de la búsqueda de los desaparecidos, en relación con los padres del compañero de su esposo. Agotada por su mala relación matrimonial, sintiéndose culpable porque la desaparición de su pareja no la tortura de sufrimiento sino que le regala un vago alivio, escucha poco a poco los relatos que los padres del joven le cuentan sobre muchacho y, ella también, se enamora a la distancia y sin conocerlo.

El argumento de este ida y vuelta que tiene algo de extrasensorial es un poco ambicioso y no se sostiene del todo, pero la novela funciona en sus términos. Cuando los amantes que no se conocían por fin se encuentran, su relación imposible es condenada por el entorno y el final “infeliz” se precipita.

A partir de esa novela comencé a investigar quién era su autor. Olezza fue un aviador que después del golpe de estado que se dio en Argentina en el año 1955 fue relegado detrás de un escritorio (voló durante la refriega junto a las fuerzas leales a Perón) en un nebuloso trabajo relacionado con la Fuerza Aérea destacada en la Antártida. 

En esa tarea ímproba Olezza, que en lugar de resignarse buscó nuevos desafíos, se propuso realizar el primer vuelo  transpolar de la historia a bordo de un claudicante C-47, rezago de la segunda guerra mundial. Esta ambición que rozaba lo demencial y sus intentos por conseguirla conforman el libro El valor del miedo, apasionante crónica de los esfuerzos de Olezza y su equipo por conquistar el polo, o más bien sobrevolarlo. Las descripciones de los problemas superados, incluidas las dificultades para el aterrizaje y despegue con esquíes, el sobrepeso del avión, el mejor modo de estibar la carga, los protocolos de emergencia a seguir ante la pérdida de la nave; que serán de utilidad cuando en 1962 e intentado despegar con la ayuda de cohetes mal adaptados escamoteados de una base inglesa, el primer C-47 se incendie en plena Antártida; son descriptos pormenorizadamente. 

Tras el primer fracaso, Olezza deberá convencer a la Fuerza Aérea de que le confíe otro C-47, tarea que no le resultará fácil. Finalmente en 1965 el autor y su tripulación logran cruzar la Antártida y aterrizar en la base norteamericana McMurdo. 

El término pensamiento lateral, acuñado por Edward del Bono en 1967, se refiere a la búsqueda de soluciones a problemas a través de un pensamiento indirecto y creativo. Básicamente, la improvisación es un concepto que se ha revitalizado a través del reconocimiento de su valía. En Argentina por idiosincrasia, por carencia, por defecto o por lo que sea, la improvisación es un valor que forma parte del ADN nacional; a veces criticado, otras elogiado. 

En este sentido El valor del miedo es no sólo la historia del primer vuelo transpolar, sino un monumento a esa lateral filosofía argentina basada en la improvisación, los inventos salvadores de última hora, la filosofía del “lo atamos con alambre” y, por qué no, del tesón contra todo pronóstico. Un documento digno de ser leído no sólo como narración de una epopeya, sino como ejemplo de una filosofía que a veces da resultados positivos y otras no tanto. 


‘Ficciones’, de Jorge Luis Borges

 por Andrés G. Muglia

Publicado en revista CULTURAMAS de España.

Link: https://www.culturamas.es/2020/09/21/ficciones-de-jorge-luis-borges-2/

Decir Borges es decir Literatura. Junto con Kafka, Proust, Joyce y otro puñado de autores del siglo XX, Borges tiene el raro privilegio de haber visto su apellido convertirse en adjetivo. Borgiano es un modo de decir laberinto, espejo y también, por qué no, buena literatura. Con todos estos autores que señalábamos, Borges comparte el parnaso literario del siglo pasado, pero en una época que consagró a la novela como su forma de contar, el autor argentino esquivó tenazmente ese género. En cambio transitó el cuento como el camino en el que dejaría una marca que fue y es referencia de generaciones.

Existen estos escritores que al leerlos dan ganas de sentarse a escribir. Borges no es uno de ellos. Al asomarse a su obra se tiene la certeza de que por mucho que nos esforcemos, nunca llegaremos a un resultado tan perfecto como su expresión literaria. Estilista, erudito, farsante comentarista de libros inexistentes, cultor de la paradoja, creador de un universo donde los repetidos símbolos son siempre bienvenidos por el lector, Borges es muchas cosas a la vez. Cada frase de Borges está donde debe estar. Como si no hubiera sido escrita, como si el escritor la hubiese encontrado; como una roca, una planta o cualquier forma natural perfecta, y nos la hubiese develado en sus textos. Y esos textos están llenos de pequeños asombros, de sutiles recursos de un estilo que parece solemne pero que oculta un latente humorismo. 

Ficciones es ejemplar en este sentido. En sus cuentos y más que nunca Borges juega permanentemente un sutil juego de la escondida con el humor. ¿La lotería en Babilonia es una laboriosa broma o una forma de describir el curioso mecanismo del universo, las formas indeterminadas del azar y el destino, sus implicancias en nuestra vida?

¿Borges nos habla en serio o en broma en Pierre Menard, autor del Quijote? ¿Menard es un personaje bizarro que pretende escribir El Quijote sin copiarlo, o una excusa para reflexiones sobre las posibilidades de la eternidad? “Mi empresa no es difícil esencialmente…me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo”, dice Menard en un pasaje. En un tiempo infinito todas las posibilidades son pasibles de ocurrir. En esta aritmética delirante, el azar podría colocar todas las palabras del El Quijote, permutándolas de un modo u otro hasta que en un momento, quizás fugaz y difícil de precisar, esas palabras formaran efectivamente El Quijote, tal y como lo concibió Cervantes. 

En Tlön, Uqbar Orbis Tertius, Borges, con su eterno amigo Bioy Casares, son protagonistas de las pesquisas del primero en torno a una intrigante sociedad secreta. Pruebas de su existencia llegan a este Borges literario de un modo no del todo casual, y por ello inquietante. La sociedad tiene como propósito escribir una enciclopedia acerca de un planeta imaginario cuyas reglas se apoyaran en la razón del hombre y que, como complemento, sirviera de consuelo a este otro mundo cuyo comportamiento y razones nos dejan perplejos. Finalmente el mundo ficticio que crea esta asociación escurridiza comienza a manifestarse en el real, haciendo que realidad y ficción se entremezclen creando una dinámica superreal: el Borges literario, con el mundo real literario, con el mundo imaginado de la sociedad secreta.

En Funes el memorioso, el autor analiza no sólo la memoria, sino la monstruosa imposibilidad del olvido, en la carne de Ireneo Funes, un muchacho de Fray Bentos que luego de un accidente ya no puede olvidar nada. Funes, que se jactaba antes de su infortunio de ciertos talentos menores como saber siempre la hora sin necesidad de un reloj, lleva la cruz de la memoria perfecta. Eso le permite, por ejemplo, aprender latín en pocos días con el auxilio de una obra de Plinio y un diccionario; pero también le impide olvidar una sola línea de lo que ha leído. Funes es un símbolo, una excusa para que Borges investigue los hilos que mueven la memoria, sus paradojas, sus posibilidades últimas y aberrantes.

En La biblioteca de Babel Borge hace de su universo “el universo”. El de bibliotecario, además del de escritor, hubiera sido el oficio que el escritor hubiese anotado con naturalidad en cualquier formulario. En 1955 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina. En La biblioteca… el escritor describe un edificio de infinitas estancias hexagonales donde conviven todos los libros y todas las posibilidades de un libro (todas las permutaciones posibles de palabras como en Menard) con las historias de los estrafalarios habitantes de este mundo fantástico, que no ignoran la intriga, la violencia y hasta el asesinato. Inmenso laberinto pero también inmensa metáfora, La biblioteca… fue tal vez el intento de Borges por atrapar en algo conocido como una biblioteca, las infinitas posibilidades de un universo cuyas reglas él ni nadie han podido dilucidar.

Catálogo incompleto, antojadizo, gobernado por el gusto personal, es este que aquí acercamos. Otros cuentos más o menos atractivos según para quién, pero todos brillantes de estilo, abundantes de filosofía y pensamientos aparentemente solemnes que ocultan el sutil humor del autor, completan Ficciones. No menos estimulantes son los ya clásicos El jardín de los senderos que se bifurcanLa muerte y la brújula o Las ruinas de Babel.

Borges es un autor al que se puede volver constantemente a pesar de haber leído una y otra vez su obra. Con cada retorno se encontrarán nuevos hallazgos y enfoques desde donde abordar una literatura llena de tesoros. Ficciones forma parte ya de ese legado literario que el convulsionado siglo XX dejó a las generaciones venideras. Con qué voluntad el autor alineó laboriosamente los signos con que compuso su obra: incitar a la reflexión sobre la condición humana, la memoria, la eternidad, la filosofía, el coraje o la magia, es difícil de decir. O quizás simplemente como dice su personaje Pierre Menard “mi propósito es meramente asombroso”. Como sea y a casi treinta y cinco años de su muerte Borges y su literatura nos siguen asombrando.


‘Desertores’, de Charles Glass

 por Andrés G. Muglia

Publicado en revista CULTURAMAS de España.

Link: https://www.culturamas.es/2020/09/18/desertores-de-charles-glass/

Durante siglos la literatura, pero también las artes plásticas y después el cine, han difundido relatos, historias y leyendas de héroes. Hombres valientes que, poco menos que semidioses estoicos ante las más variadas amenazas, sobrellevan todos los peligros por una u otra razón: el amor, la patria o el gusto por la adrenalina. Y si cronológicamente Ulises no es el más remoto ejemplo de este género de historias, sí es uno bueno para demostrar que los relatos de gestas heroicas son constitutivos de cualquier cultura. Esta glorificación habilita una demoledora lógica maniquea: un hombre valeroso es digno de destacar y admirar, uno cobarde de sufrir el escarnio y el desprecio.

Noveladas, exageradas, utilizadas como ejemplo o parábolas, las historias de aventuras han sobrevivido siglo tras siglo exaltando un estereotipo de hombre (porque casi todos estos relatos los tienen como protagonistas) macho, audaz, que arriesga todo por una causa noble. Y ese estereotipo encarna su imaginario en la figura de un personaje rudo, de pocas palabras, hombros anchos, mirada desafiante y personalidad rebelde. El cine siguió rizando el rizo hasta el hartazgo, llenando el horizonte simbólico de occidente de figurines difíciles de creer.

Pero qué sucede con los otros, los cobardes, los que prefieren retroceder, servir para otra batalla, renunciar (como la lógica y Natura indica) a una muerte segura. Son dejados al costado de la historia o en el mejor de los casos, recordados como ejemplos negativos, a veces como villanos. El cobarde no tiene lugar en la historia de ningún país, nación o raza, más que como contrapunto o contraste que magnifique la figura de héroe.

Charles Glass es un periodista nacido en Los Ángeles que sabe bastante de valientes y cobardes, pues fue corresponsal de guerra en numerosas ocasiones. Jefe de corresponsales para la cadena ABS en medio oriente, ha escrito para medios como Newsweek y The Observer. En su larga trayectoria se ha especializado en temas relacionados con la Segunda Guerra Mundial y la región del oriente medio. Glass es una voz más que autorizada para hablar de aquellos otros, los dejados a un lado de la historia y la cultura, los cobardes, los olvidados.

Pero en Desertores Glass se encarga prolijamente de dejar en claro una cosa: muchos de los supuestos cobardes no son otra cosa que enfermos quebrados por una patología que hasta después de la Segunda Guerra Mundial no tenía ni siquiera algo cercano a una categoría clínica que la definiera: el síndrome de estrés postraumático. 

Aunque este trastorno era conocido desde hacía siglos, lo que en la Primera Guerra, con sus eternos días de temerosa e insoportable expectación entre una trinchera y otra se conocía simplemente como fatiga de combate o shell shock, y en el peor de los casos como lisa y llana cobardía, no obtuvo un estudio serio por parte de la psiquiatría  hasta después de la guerra de Vietnam, y recién tuvo una definición concreta como patología en el Manual de diagnóstico y estadística de trastornos mentales tercera edición (DSM-III) del año 1980.

Lo que hoy en día es un diagnóstico aplicado a trastornos de pacientes que no necesariamente han tenido la mala fortuna de pasar por una guerra, y que sirvió para tratar a excombatientes de las numerosas conflagraciones con que nos obsequiaría el siglo XX (134 desde la Guerra Bóer de 1899 hasta la Segunda Guerra Civil de Liberia en 1999) es el eje del libro de Glass; la llave que le sirve para explicar y desentrañar los fascinantes destinos que debela Desertores.

Glass cuenta en la historia de Jonh Blain, soldado británico destinado durante la Segunda Guerra a la mítica batalla de El Alamein, o de Steve Weiss, norteamericano que participó en la invasión de Italia, el destino de miles de hombres que tuvieron un click en su cabeza después de atravesar los horrores más indecibles. Blain describe sus experiencias en combate en el libro Remembering Alamein

Y el peor sonido, en una batalla,
El que todavía oigo,
La voz de los camaradas
Gritando de terror y agonía.

Luego de que una ráfaga de ametralladora alcanzara al sargento de su compañía, diez años mayor que él, anota: “Escuchar su voz sollozando y, en realidad, llamando a su madre fue tan… no sé, humillante… Sentí una turbación que ni siquiera ahora puedo comprender del todo, porque lo habían reducido a un bebé”.

Blain escapa finalmente, incapaz de seguir viviendo dentro del horror, es capturado y llevado a una cárcel para desertores en el norte de África y sometido a otros espantos nuevos por parte de su propio ejército. Weiss sufre una suerte análoga, deserta con cinco compañeros en medio de los intensos y sangrientos combates contra un ejército alemán que se niega a ceder los terrenos de su aliado italiano; también es apresado y juzgado sin tener en cuenta su patología. Ambos sufrieron sin embargo mejor suerte que Eddie Slovik, soldado estadounidense que fue el último ejecutado por el ejército de EE.UU. al ser encontrado culpable de deserción. Slovik fue fusilado en enero de 1945.

En la historia de Blain, de Weiss y de Slovik; Charles Glass cuenta el destino de los cientos de miles que lucharon y luego desertaron del espanto injustificable de la guerra. Entremedio de su relato, exhaustivamente documentado pero lleno de la calidez de los testimonios de quienes estuvieron en la línea de fuego, Glass se las arregla para hacer una acuarela veraz y palpitante de esa guerra: su confusión, contradicciones, injusticias y su fundamental locura. Locura que no permite que una pulsión lógica y esencial como es la conservación de la propia vida tenga lugar.

El novelista norteamericano Joseph Heller se asoma en su brillante Trampa 22 a la descomunal paradoja de toda guerra. Con inteligencia, con humor, con brutal ironía, Heller presenta al lector la desnuda contradicción entre lógica y locura que implica someterse voluntariamente al peligro del frente de combate. Por su parte Glass hace su aporte a ese mismo eje, con un registro periodístico y documentado que describe, además, los engranajes con los que el sistema repelía a los que desertaban, ni siquiera por voluntad o por lógica, sino por la mera patología que el frente les había obsequiado: el estrés postraumático. Tanto la obra de Heller como la de Glass cumplen en erosionar, aunque sea un poco, el mito de ese héroe inhumano que ha abonado, desde los tiempos en que las aventuras se transmitían boca a boca, tantos campos de batalla.


martes, 1 de septiembre de 2020

‘El resplandor’, de Stephen King

 Andrés G. Muglia


Publicado en revista CULTURAMAS de España:


¿Qué se puede decir de Stephen King que ya no se haya dicho? Autor tan mimado por la cultura popular como denostado por los críticos, auténtica fábrica humana de best sellers, producto y productor de la cultura estadounidense, creador incansable de personajes, escenarios y situaciones de suspenso, terror y fantasía que ya han quedado imbricados en nuestro imaginario como clichés revisitados una y otra vez por escritores, realizadores cinematográficos y lisos y llanos fans.

El resplandor es su tercera novela publicada en 1977. A pesar de que las ediciones de sus novelas anteriores Carrie y El misterio de Salem’s Lot habían sido éxito de ventas en sus ediciones de bolsillo, El resplandor tendría una trascendencia todavía mayor por su éxito en la adaptación cinematográfica de Stanley Kubrick con un inolvidable Jack Nicholson como protagonista. 

Tratando de buscar un escenario diferente al de sus dos primeras novelas que transcurrían o hacían referencia a su Maine natal, King viajó con su familia al estado de Colorado. En medio de ese viaje realizó una escapada romántica con su esposa Tabitha al hotel Stanley, antiguo resort lindante a las Rocallosas. Quiso la casualidad que la pareja llegara justo la noche anterior al cierre de la temporada y que el hotel, con su largos pasillos cuya construcción había escapado apenas por nueve años al siglo XIX, estuviera casi vacío. El matrimonio tuvo que cenar a solas en el desmesurado comedor, mientras escuchaba música grabada que resonaba siniestramente en los corredores. 

En medio de la noche, King se despertó sobresaltado por un pesadilla en la cama que compartían con Tabitha en la habitación 217. Había soñado que su hijo de tres años corría y gritaba desesperadamente por los pasillos del hotel mientras una diabólica manguera para incendios lo perseguía. Mientras fumaba silenciosamente observando a través de la ventana el perfil nevado y alucinante de las montañas, King concibió de un tirón todo el argumento del El resplandor

El escenario de la novela es el hotel Overlook, copia fiel del verídico Stanley. Este hotel, paraíso de temporada de la clase alta norteamericana, queda aislado por la nieve durante la temporada invernal. Jack Torrance, un escritor fracasado y alcohólico que ha sido despedido de su trabajo como profesor universitario por golpear a un alumno, llega al hotel en carácter de cuidador invernal con su familia: su mujer Wendy y su hijo Danny de cinco años. El aislamiento que le proporcionará el hotel es su oportunidad para desengancharse definitivamente del alcoholismo y de lograr superar su bloqueo de escritor que le impide concluir una obra de teatro en la que tiene puestas grandes esperanzas. 

Pero Jack no llega a este aislamiento voluntario en la mejor condición. Al borde del divorcio por un incidente en que le rompió un brazo al pequeño Danny y después de un accidente automovilístico junto a un compañero de juerga, donde borrachos mataron a un ciclista, el atribulado Jack no sabe a ciencia cierta si el tiempo que se prefigura será una cura para él y su familia o una condena. 

Sin embargo Jack es solo uno de los ejes de la trama, el otro es el pequeño Danny, que esplende. ¿Y qué es eso? Danny tiene, como lo describe el cocinero del Overlook, Dick Hallorann (que también esplende), un resplandor, es decir la capacidad de leer el pensamiento y de comunicarse a través de él, pero no solamente eso, también puede predecir el futuro y entrar en contacto con ¿almas? ¿fantasmas? ¿espíritus errantes?, en fin, todo el combo de las historias de terror gótico de las que King es heredero, entre otras cosas. 

Hallorann advertirá cuando conozca a Danny que está frente a un verdadero fenómeno. Le pide que no se acerque a ciertos lugares del hotel, como el patio de juegos para niños o la habitación 217 y que si necesita ayuda le envié un pedido de auxilio (telepático naturalmente) y él vendrá a rescatarlo. 

Porque el Overlook es el tercer eje de la novela, un verdadero protagonista, en el sentido que un ser viviente puede tomar un rol protagónico en una novela. El Overlook está, como cualquier hotel centenario, lleno de historias. Pero las suyas no han quedado como anécdotas en la memoria de quienes las vivieran, o en algún recorte de vida social publicado en el periódico local, sino que se actualizan todo el tiempo en sus pasillos y habitaciones; reviviendo con siniestra vitalidad en momentos en que el edificio queda cercado por la nieve y la familia Torrance no tienen modo de escaparse de él.

Y esa escena rezuman historias truculentas. Las muerta de la habitación 217, que flota en la bañera esperando que algún incauto que esplenda entre a perturbar su descanso para perseguirlo. Los mafiosos asesinados brutalmente en la suite presidencial. La fiesta de fin de año que resuena por los pasillos nocturnos del hotel, mientras el ascensor sube y baja sin parar lleno de voces etílicas y fantasmales que ríen y cantan. Los setos del jardín recortados con formas de animales que ¿parecen? moverse cuando nadie los mira.

Danny, con sus poderes extrasensoriales, es el primer acosado por el hotel. La escena en que la manguera de bomberos lo persigue quedará en los anales de la literatura. Una danza, un juego de escondidas entre el escritor, el personaje y el lector. Porque la manguera nunca se mueve, o quizás sí, o quizás sea solo la sugestión de Danny (¿o la del lector?), con sus temores de niño de cinco años. Más tarde será Jack la víctima del Overlook, que parece saber que es el más débil e influenciable de los tres y usa su debilidad para transformarlo en herramienta, en un autómata que sea el brazo armado en contra de su propia familia.

Desde un principio la amenaza del Overlook se cierne sobre la familia Torrance. Hasta da algo de pena cuando ese globo de tensión explota y por fin hacen aparición los fantasmas que se sugerían hasta mitad de la novela. La obra se vuelve menos sutil pero, en fin, de algún modo debe precipitar los acontecimientos. ¡Y de qué manera! Con un final a toda orquesta con el cocinero Halloran llegando al hotel aislado con toda la fanfarria heroica de la caballería, Jack Torrance persiguiendo a su familia con un palo de Rocket, y el Overlook aullando por cobrarse nuevas víctimas. 

Íntimo y sutil al principio, desaforado al final, un libro que, pese a best seller (y lo digo como si fuera un pecado en lugar de una virtud) está lleno de muestras del talento de un artista que es referencia en su género.