viernes, 13 de diciembre de 2019

Ocho lagos rusos


por Andrés G. Muglia

 
Encontré en una mesa de ofertas de una feria el libro Relatos Escogidos de un ignoto (para mí) Konstantín Paustovski. Me llamó la atención la calidad del libro: cosido, encuadernado en tela y con sobrecubierta. Pero lo que más me atrajo la atención fue la editorial: Progreso, y su procedencia, pues el libro está impreso en Moscú. Intrigado por el insólito derrotero que le supuse, empecé a investigar y descubrí que la editorial Progreso había sido fundada en la URSS durante los años ´30 del siglo pasado, con el objetivo de editar autores extranjeros que no estuviesen traducidos al ruso dentro del territorio soviético y difundir los propios al exterior. Progreso, junto con la editorial Mir que editaba textos científicos, llegó a tirar millones de ejemplares traducidos a cincuenta idiomas que se distribuyeron en todo el mundo. 

Paustovski fue uno de los autores elegidos por Progreso. Investigando un poco descubrí que había sido nominado al premio Nobel de literatura en 1965, por lo que no me encontraba como creía ante un desconocido. Naturalmente al principio del libro, prologado por el mismo autor, éste hace una pequeña lamida de botas al régimen: 

“Finalmente quiero insistir en que mi formación como escritor y como hombre ha trascurrido en la época soviética. Mi país, mi pueblo y la sociedad nueva, auténticamente socialista, creada por él son el fin supremo a que he servido, sirvo y serviré con cada palabra escrita”.

Queda bastante claro, a mí me queda, por qué la URSS editaba y difundía a Paustovski. Por otro lado esto no es nuevo. En época de la Ilustración y antes también era costumbre dedicar los libros al rey, príncipe o mecenas de turno. Y si Maquiavelo dedicó El Príncipe a Lorenzo de Médici, por qué Paustovski no lo iba a dedicar a su amo. Tibia justificación a veces la de la historia y los archivos.

Como sea, Paustovski no se queda en el alago de bienvenida, sino que lo que escribe está atravesado por su ideología. ¿Y qué texto no lo está? Se podría inferir a esta observación. Sus relatos y descripciones, de un estilo romántico que el autor reivindica, contienen constantes referencias a los logros de la revolución. Eliminada esa maleza, nos encontramos con algo más profundo y que, suponemos, llevó a que Progreso difundiera su obra: el amor de Paustovski por Rusia. Y en esto también conviene su prosa para ser difundida, porque ese amor lo llevó a ser un incansable viajero de tierras difíciles de conocer para el occidental e incluso para el propio ruso. 

En su descripción de la región boscosa de Meschora, Paustovski expresa un sentimiento análogo al de otro enamorado de su tierra: Ernest Wiechert, que tan hermosamente habla de la Selva Negra en Bosques y hombres. Es muy del cuño romántico y de estos “neorománticos” tardíos que aparecen en el siglo XX, el amor por el terreno salvaje, la exploración de este terreno y la vida rural exaltada en un estilo bucólico. Por esa exaltación quizás es que el fruto de su obra ha sido tan utilizado por los regímenes totalitarios para exaltar el patriotismo; indirectamente este tipo de textos convienen a esos efectos. En el caso de Wiechert sin embargo, eso no fue suficiente para el régimen nazi, que lo puso en una de sus listas negras y quemó alegremente sus libros. Paustovski por su parte tuvo mejor suerte con el régimen comunista. 

Una de estas descripciones que Paustovski hace de las tierras baldías de la Rusia profunda, es la que motiva este humilde apunte. Cito textual:

“Al oeste del territorio de Meschora, en las llamadas tierras de Boróvaya, hay ocho lagos rodeados de pinos. A ellos no lleva ningún camino ni senda y sólo se puede llegar allí atravesando el bosque con ayuda del mapa y de la brújula. 

Aquellos lagos tienen una peculiaridad muy extraña: cuanto más pequeños son, mayor es su profundidad. La del gran lago Mítinskoe sólo llega a cuatro metros, y en cambio, la del pequeño lago Udiómnoe es de diecisiete”.

Estos dos breves párrafos saltaron a mi mente dotados de una extraña resonancia que no pude comprender al principio. Sin nada fuera de lo común, sin una expresión especialmente veraz ni mucho menos lírica o poética de lo que trataban, motivaron sin embargo algunas reflexiones que a continuación intentaré plasmar.

Antes de estos párrafos Paustovski describe el modo deficiente en que estaba cartografiada la vasta geografía de Meschora. Consigue un viejo mapa donde va constatando que la región ha cambiado o no ha sido recorrida a conciencia por los cartógrafos. Enormes extensiones se encuentran apenas esbozadas y muchas han mutado, incluso los causes de los ríos han variado de emplazamiento. Descartada la ayuda de los lugareños que son especialmente ineptos para dar cualquier referencia que se les pida, Paustovski toma la tarea en sus manos y se dedica a recorrer la zona impulsado sobre todo por su afición a la pesca. En compañía de otros aventureros trasunta los bosques, los pantanos, los humedales de musgo, donde pesca y acampa.

Es de suponer que visitó personalmente los ocho lagos que describe en su frase. Por lo inexacto de los mapas también podemos conjeturar que su hipótesis de que los más vastos eran menos profundos y los más humildes guardaban profundidades vertiginosas, surgió de sus propias exploraciones. Esto es: remar en bote hasta el centro de cada lago y echar una sonda para medir su profundidad. Ocho lagos, ocho sondas echadas al agua, al menos ocho días a uno por lago en el mejor de los casos; seguramente más días. Días soleados o atravesados por el frío y la humedad del bosque, sendas abiertas o descubiertas, probables extravíos en la espesura, anécdotas de encuentros y desencuentros físicos o de temperamento con sus compañeros de viaje. Una pequeña o gran aventura, según se mire o según se escriba, puede adivinarse en esos ocho lagos explorados y medidos por Paustovski.

Pero toda esa exploración, esa vivencia, está condensada por el autor en dos breves párrafos, como una frase que describa fríamente un país o un continente. ¿Qué cielos se habrán fatigado sobre la cabeza de Paustovski y sus compañeros? ¿Cuántos días lluviosos habrán entorpecido sus andanzas? ¿En qué pastizal se habrá internado para orinar? ¿Cuál era el olor de ese pastizal húmedo todavía por el rocío de la madrugada?

Cuántas cosas que se esconden en la literatura, que sólo es un rayo de luz que se multiplica en los prismas de nuestra cabeza. Dos breves párrafos encierran un pedazo de vida palpitante para el que lo pueda ver. Paustovski ya descansa bajo la tierra rusa o de otra latitud, poco importa. Pero en lugar de pasar ignorado de todos dejó el rastro de su literatura como registro. Tanto como un perfil dibujado con lápiz a una persona, será esa literatura al Paustovski real que vivió, lloró y rio en la lejanas estepas o en las abigarradas ciudades llenas de historia de la madre Rusia. Pero ese boceto que llenamos de vida en activa labor los lectores, dice al menos: hubo una vez un hombre en Rusia que se llamó Paustovski y dedicó al menos ocho días para medir ocho lagos en la mitad de la nada que a nadie le importaban. Suficiente para justificar una vida o, al menos, un breve artículo de otro ignoto que casi sesenta años después se dedica malamente a lo mismo que Paustovski, escribir.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Escupiré sobre vuestra tumba de Boris Vian


por Andrés G. Muglia


La génesis de este libro es quizás más interesante que el propio libro. Corría el año de 1946 cuando el joven Vian (siempre fue joven, murió a los 39) tenía la intención de publicar su inclasificable novela La hierba roja. Con esa idea la presentó en un certamen literario pero no logró el premio gordo, ni tampoco consiguió que alguna editorial escuchase sus golpes en la puerta. Como consecuencia, ofendido porque tamaña muestra de su arte fuera ignorada, contactó a un amigo editor que estaba en quiebra y le propuso el siguiente negocio: él escribiría una novela comercial en quince días, que le garantizaría un best seller y el otro la publicaría. Su amigo rubricó simbólicamente el trato y Vian volvió a los quince días con Escupiré sobre vuestra tumba. Así dice la leyenda.

Para poder escribir con libertad Vian inventó un heterónimo (no confundir con seudónimo) que se llamó Vernon Sullivan, quien era un escritor americano de color. Él mismo figuraba como traductor de la obra al francés. Detrás de esa máscara Vian soltó a volar la máquina de escribir, la aporreó, abusó de ella y de todo lo que se pudiese imaginar que se pudiera escribir en términos de: sexo, violencia, abuso sexual, pedofilia, necrofilia, tortura y asesinato. Todo eso contiene Escupiré… y es evidente que a Vian no le daba tranquilidad firmar semejante artefacto. Con todo y aunque tradujo la obra al inglés como para dar veracidad a la existencia de Sullivan, Vian terminó aceptando la autoría ante el estado francés y pagando la consecuente multa.

Escupire… es la historia de Lee Anderson, un joven afroamericano de veintiséis años que por el mestizaje tiene la apariencia de ser blanco. Lee es rubio y nadie podría adivinar que tiene dos hermanos negros. “El chico”, hermano menor de Lee, se enamora de una joven blanca y es colgado por sus familiares. Lee jura vengarlo y en eso se basa toda la historia. Aunque esta venganza no está presente al inicio del libro, sino que se va develando de a poco.

Con una carta de recomendación de un amigo blanco de su otro hermano, Lee escapa hacia un pequeño pueblo del sur de los EE.UU. donde consigue un puesto en una librería. Allí se relaciona con un grupo de jóvenes a los que, en su calidad de mayor de edad, les consigue licor. Ahí empieza la diversión. Al parecer todas las jóvenes quinceañeras del pueblo se enamoran de Lee y Vian aprovecha esto para que su personaje tenga relaciones sexuales con ellas en todos los escenarios posibles: mientras nadan en el río, entre los yuyos, en el baño de una fiesta, en el auto, con una o con dos. Tampoco se ahorra el autor detalles que hicieron que la crítica calificara a la novela como pornográfica.

 En ese ambiente de cálida promiscuidad sureña, lleno de calor, mosquitos y cantidades industriales de Whisky, Lee conoce a dos jóvenes hermanas hijas de una familia rica y racista, y decide enamorarlas para después (viene spoiler) asesinarlas y concretar su venganza. El resto del libro es una sucesión de escenas a cual más explícita, pornográfica, violenta y sobre todo efectista. El catálogo completo del Marqués de Sade se queda corto con lo que el joven Lee es capaz de hacer.

¿Qué queda de esta novelita negra, si es que algo queda? Que Vian escribe bien, aunque es curioso que haya fingido ser un autor americano escribiendo sobre temas americanos. Por ejemplo el tema de la sangre de color que corría por las venas de algunos hombres blancos, tratado por William Faulkner en el ya comentado Luna de agosto. Que podía escribir literatura culta pero también una novela escandalosa y que ese escándalo se podía convertir en un best seller. En fin, demostrar algo que después repetiría. Ya que bajo el heterónimo Sullivan escribiría otras tres novelas.

Como broche final decir que Vian falleció de un infarto en el año 1959 en un cine mientras miraba (¿lo adivinan?) el estreno de la versión cinematográfica de Escupiré… Tuve la desgracia de ver la película y supongo que Vian se murió por el destrozo que hizo el guionista con la historia original, de la cual la película no respeta casi nada. Sin embargo me cuesta pensar en una mejor carta de presentación para una novela. Si quieren leer algo truculento, chorreante (en todos los sentidos) y de dudoso gusto, no pueden perderse este libro.

Atención Recto y Sinuoso


La estructura de este libro está centrada en la descripción de las principales influencias del diseño contemporáneo, a saber: la racionalidad instrumentada al modo funcionalista, las artes plásticas y la moda. La tarea, y he aquí el compromiso más importante, fue asignarles un orden de importancia, o bien el lugar que realmente ocupan o deberían ocupar, en contra tal vez del discurso unificador de la modernidad que debajo de variados disfraces aún permanece operando.
Este texto está pensado para abordar y reflexionar en profundidad y con una base actualizada acerca de estas influencias, con la particularidad de hacerlo además desde nuestro lugar. No deberemos entonces como estamos acostumbrados, interpretar textos extranjeros, pues éste hablará de nuestra propia realidad, o bien de otras realidades, pero desde una observación y análisis realizados en Argentina.
A su vez, han sido incluidos en este libro numerosos contenidos y comentarios históricos, que recorren los principales hitos del diseño del siglo XX, y que servirán de apoyo para comprender mejor la actualidad del campo en el que interactúa el diseñador del presente siglo.

sábado, 9 de noviembre de 2019

La Ciudadela de Antoine de Saint Exupery


por Andrés G. Muglia


Sucede siempre con los autores que mueren jóvenes. Si su obra no fue prolífica y aun si lo fue, los editores buscan hasta debajo de las piedras para encontrar textos inéditos del finado. Gracias a eso conocemos por ejemplo América de Kafka, o casi todos los volúmenes de En busca del tiempo perdido de Proust. Lo que ocurre con este tipo de textos es que probablemente no han sido pulidos como el autor hubiese querido, o simplemente no fueron terminados, como el citado América que concluye en nada o en lo que hoy llamaríamos un final abierto.

Algo de esto sucede con Ciudadela de Saint Exupery. Es evidente que se trataba de un libro importante para él, quizás el más importante por el tiempo que le dedicó. Lo que no es evidente es si quería publicarlo tal como estaba. Ciudadela no tiene que ver con los libros anteriores del autor francés basados en su biografía como aviador: alegatos contra la sinrazón de la guerra como Piloto de guerra, crónicas de los comienzos de la era de la aviación como Vuelo nocturno o Tierra de hombres; y mucho menos con su archifamoso El principito.

Ciudadela es un libro inclasificable. Se basa en los pensamientos de un príncipe al que podemos adivinar árabe. Éste reflexiona acerca de todos los aspectos de la vida que considera trascendentales. La lista es heterogénea y nutrida. La fe, la justicia, el poder, el amor, el trabajo, la mujer, Dios, y el más largo etc. que se pueda imaginar.
Casi es imposible encontrar una estructura en el texto. No es un libro de teología, ni de filosofía, ni de poesía, ni de aforismos, y es todo eso a la vez. El príncipe es un máscara que usa Saint Exupery para plasmar su pensamiento, y lo que le permite esa máscara es analizar un mundo reducido de elementos casi esenciales, parecidos casualmente al paisaje que uno puede imaginarse para situar los personajes que trasuntan las páginas de la Biblia.

El desierto siempre presente, ciudades y pequeños pueblos miserables, el ejército, esclavos, labriegos, leprosos, trabajadores y artistas que sirven al príncipe. Además de elementos que se repiten una y otra vez como enormes símbolos que echan su sombra sobre todo el libro: el templo y la relación con las piedras que lo componen (metáfora de la religión y sus feligreses, como las piedras están impedidas de entender el templo ellos están impedidos de entender a Dios); el árbol (no cualquier árbol, el cedro) que busca la luz aún encerrado en una habitación a oscuras, nutriéndose del suelo y encontrando el modo de hallar eso que busca; la ciudad entendida como una navío que viaja en el desierto; el rey que vive en los recuerdos de su hijo el príncipe aleccionándolo en los misterios del poder imperial. Palacios, ciudades amuralladas, sólo alguna vez se le escapa a Saint Exupery que un soldado lleva un fusil, restituyéndonos al siglo XX desde este mundo de ensueño que más se parece al de las Mil y una noches.

Porque si a algo me hizo acordar Ciudadela fue a la interpretación gráfica que hace el genial Toppi de Las mil y una noches. Sus imágenes sugestivas, expresionistas y misteriosas, que tan bien transmiten eso que imaginamos el desierto donde bailan los espejismos y los espíritus de la soledad, me vinieron una y otra vez a la mente.
¿Y cómo se lee Ciudadela? Con mucha paciencia. En los comentarios que leí en la Web ganaban por goleada los que habían abandonado su lectura. Todos coincidían en la calidad de sus reveladoras frases, pero pocos lo habían terminado. Es cierto, Ciudadela es árido y difícil de digerir; pero me resultó más fácil cuando comprendí que era, o interpreté que era, al menos en parte, prosa poética. 

Que eso es. Además de sentencioso. Además de intento de propagar una fe que Saint Exupery tiene pero se niega a explicar porque la divinidad no puede condescender a hacerse presente a los mortales, porque dejaría de ser divinidad. Además de escrito en segunda persona como una serie de lecciones o un libro de autoayuda. Para captar su parte más hermética me sirvió relajar mi expectativa tomando pasajes enteros como largos poemas, donde no buscaba un profundo y oscuro sentido a desentrañar en base a quebraderos de cabeza, sino una musical sucesión de palabras donde el sentido sobrenada de un modo muy superficial en la suave y dulce ligazón de una palabra con otra que no busca más funcionalidad que la belleza. Conocer otras obras del autor y comprender que ante todo y aun escribiendo prosa Saint Exupery siempre fue un poeta, me ayudó en este sentido.  

A veces no hay que hacer mucha pesquisa, la prosa poética deja paso a la verdadera poesía. Se da sobre todo cuando Saint Exupery utiliza repeticiones o enumeraciones, el ritmo poético es innegable. Querer encontrar un significado exacto a todo esto es imposible y supongo que ese esfuerzo es lo que ha hecho este libro inviable a muchos lectores.
Eso no quiere decir que todo el libro esté escrito en esta clave. Contrastando con estos textos, otros son verdaderos ensayos sobre temas que le preocupan al príncipe, a Saint Exupery detrás de la máscara del príncipe. Y ahí sí que es claro, sentencioso, prescriptivo y hasta muestra rasgos insólitos, como una poco solapada misoginia. ¿Pero el autor habla de la mujer del siglo XX o la de este reino imaginario situado a comienzos del cristianismo? En fin, que no se sabe a ciencia cierta.

Hasta en esos detalles da la sensación de que Ciudadela es un libro escrito por el autor para sí mismo, sin atender a las necesidades del lector para leerlo, ni a las dificultades de los editores para clasificarlo, ni a otra cosa que no fuera su propio deseo de escribir lo que le viniese a la mente sin la necesidad de dotarlo de una estructura ni de pensar el modo en que el público pudiese interpretarlo. Ciudadela es el límite donde llega el lenguaje para expresar lo inefable: la fe, el amor, el asombro ante la maravilla del universo o la abyección del hombre; cuando más que nunca se demuestra, como decía Alberti, que las palabras son palabras. 

Saint Exupery parece querer empujar ese límite para que el lenguaje exprese más de lo que puede expresar, diga más de lo que es capaz de decir. ¿El resultado es difícil de leer? Por supuesto. ¿Es malo, es bueno? Imposible de calificar. Es una textura que gira en torno a temas y símbolos recurrentes en la que están engarzadas, como las estrellas en la noche del desierto, las brillantes frases poéticas, reflexiones, imágenes, que Saint Exupery se las arregla para dibujar sutilmente en todas sus obras; ya sean las aventuras de los primeros aviadores, o el diálogo imaginario que un piloto perdido en el desierto mantiene con un príncipe venido del espacio que le pide le dibuje un cordero.

jueves, 10 de octubre de 2019

Poesía precoz, de Rimbaud al flaco Spinetta


por Andrés G. Muglia 

 
Si yo quiero un agua de Europa es la de la charca
negra y fría donde, hacia el crepúsculo embalsamado
un niño en cuclillas lleno de tristezas, suelta
un barco frágil como una mariposa de mayo.

Arthur Rimbaud


Borges decía que la buena poesía es aquella que deja como una resonancia, algo adentro nuestro, vibrando, luego de ser leída. Ese algo misterioso, apreciado solamente por aquella parte de nuestro ser que es un arcano para esa otra parte que se dedica a calcular la compra y hacer la lista del Super, será lo que busque todo arte que se precie de tal.
El penúltimo verso de “El barco ebrio”, antes citado, siempre dejó en mi ¿alma? (digámosle así) alborozada, esa misma sensación. Una imagen acongojada y vívida aunque no sea más que una metáfora, capaz de mover las estanterías de lo que no tenemos atornillado a la razón. ¿Me conmovería la imagen del niño solitario soltando ese barquito en un charco de una calle que yo imaginaba un callejón decimonónico del Londres victoriano? ¿Sería acaso la inminente llegada del fin de este poema magnífico que, como el movimiento de una sinfonía de Beethoven, se precipita hacia el desenlace como una grandiosa fanfarria? No lo sé, y lo mejor es no saberlo, porque revelaría el misterio que hace que la poesía sea poesía, toda la magia moriría bajo las botas de la razón.

Llegué hasta Rimbaud en la adolescencia, el momento ideal para llegar a este tipo de poesía. Me cautivó al instante. Había una cierta musicalidad que se sobreponía a las traducciones, una serie de imágenes que saltaban de la página, la esencia romántica con su aire fugitivo y mórbido de la caducidad, del momento vivido con intensidad; en fin el bagaje conocido y multiplicado en mil formas del romanticismo. Además de por magistral, y quizás por eso mismo, la calidad del arte de Rimbaud se subrayó en mi mente cuando supe que toda su corta obra había sido producida cerca de la adolescencia; tal vez porque el sentido común indica que la maestría, el dominio de los propios recursos (ya sea en la poesía, el tango o el tiro libre) son un rasgo de la madurez.

En el parnaso de la poesía de todas las épocas y lugares que ha formado mi mente a lo largo de los años, se ubica a Rimbaud cerca del pináculo, dos pasitos por detrás de Apollinaire que es el Zeus de mi Olimpo, y uno al costado de Alberti con toda su sal de mar y su luz mediterránea. Por ahí anda Bukowsky soltando imprecaciones y un tímido García Lorca con sus ojos llenos de tragedia. Pero lo que destaca a Rimbaud por sobre sus compañeros en el debate e intercambio que les imagino, es que el descarado Arthur es el que voltea la mesa, vuelca el vino, hace pedorretas en el momento en que Baudelaire comienza a divagar hablando sobre su spleen, o le quita la silla a Homero para verlo caerse muerto de risa. 

Quizás no sea más que un prejuicio (y no sólo mío) pensar que un artista debe alcanzar su madurez artística de forma paralela y sincronizada a su madurez cronológica. Pero son tantas las pruebas a favor de esta idea y tan contadas las evidencias en contra, más del estilo de la excepción que confirma la regla, que es casi forzado condenar esta idea a la minoridad del prejuicio.  Sobre todo en pintura es muy fácil comprobar cómo el estilo de un artista se va construyendo con el devenir del tiempo, como un sedimento que agrega una capa sobre otra, que se modela a sí mismo. No es lo mismo el Mondrian de sus inicios al que llegó a la síntesis de “Broadway Boogie Boogie”, ni el Van Gogh de los “Comedores del papas” al del retrato de “Pere Tanguy”, sólo por citar ejemplos archiconocidos. 

Del mismo modo, el hecho de que todos los artistas que llegaron a la abstracción nacen de la figuración habla también de una evolución, de un camino hacia la madurez de la expresión plástica. Basta ver la solvencia de la obra temprana de Kandinsky, plenamente figurativa, para constatar sin muchas vueltas este mismo fenómeno. Sugiere esto que la maestría, la expresión acabada, el dominio del propio estilo y el propio universo simbólico son un fruto de la maduración (metáfora bastante simplona) natural que ofrece el tiempo y su vaivenes. 

¡Mentira! Basta para contrastar la falacia de tales afirmaciones la aparición ramplona en la historia del arte de un solo Rimbaud, con su estilo redondo, acabado y perfecto en sus términos, para darle una patada a esa concepción, para sacarle la silla a un ciego y desesperado Homero, para cagarse de risa en su propia cara. 

¿Cómo explicar este fenómeno? No se puede. Como no se puede explicar el segundo gol de Maradona a los ingleses o la materia oscura. Se disfruta tal como es o se aborda por vía de la fe.  

Rock & Roll poetry

Hablando de prejuicios yo tengo uno, y grande, con las letras de rock. Todos sabemos que el rock nace como un arte popular y que buena parte de sus letras se expresan con el trazo a veces demasiado grueso de “me gusta ese tajo que ayer conocí, ella me calienta la quiero invitar a dormir”, o bien la liviana inocencia de “a mi Popotito yo le di mi amor”. Si bien existen ejemplos de trovadores que salvan la ropa del género como Bob Dylan, que fue nominado al premio Nobel recientemente recibiendo así el reconocimiento del establishment a su categoría de poeta; y otros que pueden defender esa misma etiqueta como Leonard Cohen, Nick Cave o Ian McCulloch. Estamos (estoy) acostumbrados a tomar las líricas del rock no demasiado en serio. Habrá quienes salgan a quebrar una lanza en ese sentido invocando otros nombres: John Lenon, Jim Morrison, Frank Zappa, Ian Anderson, Paul Simon, Roger Waters, y muchos otros cuyos nombres tranquilamente podrían reclamar la corona de laureles; aunque de todos modos tampoco creo que les hubiera interesado. Después de todo el rock y la poesía no siempre van de la mano y tampoco está mal que sea así.

En el universo de nuestro rock argentino existió un rockero al que le cuadró el apelativo de ser el “poeta del rock”, el flaco Spinetta. No vamos a desgranar aquí una biografía del flaco, siendo que abunda material en internet para saciar la curiosidad del más exigente; lo que sí vamos a decir es que Spinetta tenía bien ganado ese apodo. Músico siempre respetado, miembro y fundador de bandas de leyenda como Almendra, Pescado Rabioso, y Spinetta Páez, las líricas de Spinetta siempre fueron bastante más allá que las de sus contemporáneos. Había otro vuelo en Spinetta. ¿Devenía aquello de su formación cultural, de su confesa admiración por autores difíciles como Antonin Artaud? No se sabe, o es inútil saberlo. Describir el horno de donde sale la tarta no explica (jamás) la tarta.

Hace poco me entusiasmé con una canción que ya conocía, pero que no había escuchado realmente. La canción, que me enganchó cuando la re-descubrí, me arrastró con ella a ese limbo del repeat con su pulsión obsesiva sobre el iconito de la flecha que regresa una y otra vez al inicio de la canción. “Barro tal vez” fue reiterada hasta el hartazgo en mi automóvil, mi celular, el equipo de música de casa y todo aparato sensible de reproducir sonido; con la ironía tal vez de que se trata no de la típica balada del rock sino de una zamba (no confundir con la zamba brasilera lectores internacionales). La droga del repeat, tan fácil ahora que los soportes no son los cassetes rebobinables (rebobiabominables) de antaño, me había hecho un yonkie sonoro de “Barro tal vez”. Pero el golpe de gracia me lo dio saber que Spinetta había escrito esta joya exquisita a los quince años. 

No me gustan los análisis detenidos de la poesía. Siento que estoy asistiendo a una disección sobre la mesa de una morgue, lejana a aquella lúdica de Lautreamont donde se encontraban insólitamente un paraguas y una máquina de coser, y cercana al cuadro “La lección de anatomía” de Rembrandt donde tan bien representada está la lividez del cadáver del hombre que se ha transformado en objeto (de estudio pero objeto al fin). Pero hay veces que vale la pena. Hecha la disculpa entremos en materia.

“Si no canto lo que siento
Me voy a morir por dentro
He de gritarle a los vientos hasta reventar
Aunque solo quede tiempo en mi lugar”

De movida no más (en los dos primeros versos) Spinetta da cuenta que conoce tan tempranamente la angustia del que tiene algo que expresar y debe hacerlo a como dé lugar, aquello de pasar lo ininteligible del lado de lo inteligible que tanto torturaba a Gustavo Adolfo Becquer: acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar después en la escena del mundo”.

Por si ya no fuese bastante con articular este sentimiento tan difícil de expresar, el flaco arremete con los dos versos finales para enunciar el otro gran motivo que impulsa al artista a hacer lo que hace: permanecer con su expresión más allá de su tiempo vital, dejar su huella para que quede aún después de que él se haya ido “aunque sólo quede tiempo en mi lugar”.

“Si quiero me toco el alma
Pues mi carne ya no es nada
He de fusionar mi resto con el despertar
Aunque se pudra mi boca por callar”

Y sigue describiendo la maravilla de ser artista, de alguien que si quiere “se toca el alma”, imagen dolorosa pero lejana a los que viven haciendo cálculos de stock o tecleando calculadoras. Y repite que si no se expresa, simplemente lo mejor de él, su arte, va a morir (y él un poco claro está) “aunque se pudra mi boca por callar”. 

“Ya lo estoy queriendo
Ya me estoy volviendo canción
Barro tal vez
Y es que esta es mi corteza
Donde el hacha golpeará
Donde el río secará para callar”

A los quince años qué puede saber uno de lo que será su vida, su destino, su futuro. Pero el flaco lo sabía, y lo quería. Quería volverse canción, dejar en la memoria de la posteridad no la anécdota más o menos interesante sobre su pasar por el mundo, sino la brillante simiente de su arte para que se multiplicara cada vez que su música fuera reproducida. “Ya lo estoy queriendo / Ya me estoy volviendo canción”. Y mientras el arte lo hace inmortal, trasciende su tiempo, el cuerpo, ese vestido destinado a la fosa, se vuelve en ella “Barro tal vez”, y después de eso, cuando los inocentes y repugnantes gusanos hagan lo suyo y la materia se disperse y luego se agrupe nuevamente para formar otra cosa se convertirá quizás en “la corteza / Donde el hacha golpeará / Donde el río secará para callar”.
Quince años. Escribir eso a los quince años. 

Hay un sentimiento. No sé si llamarlo envidia, porque tiene que ver con la admiración, con el asombro, con el amor tal vez. Más arriba mencioné el gol de Maradona a los ingleses. Cualquiera que se haya puesto los cortos y un par de botines y haya saltado al césped con la intención de hacer un gol o evitar que le hagan uno, ha mirado esa imagen y ha deseado ser Maradona, haber creado esa sinfonía en movimiento cuya trayectoria zigzaguea entre cuerpos rivales. Nadie al que le guste el fútbol puede evitar eso. 

Me pasa eso mismo con “Barro tal vez”. Me hubiera gustado escribirla yo. No hay mucho más que decir. O sí, avisarle al flaco, aunque no lea esto y aunque quizás ya lo sabía en 1965 a los quince años, que ya se convirtió en canción. 

Barro tal vez, versión original: https://www.youtube.com/watch?v=xdrmY06iCcU

Otra versión que me gusta mucho, más jazzera: https://www.youtube.com/watch?v=w-iBgr-4EfI