viernes, 14 de agosto de 2020

Luz de agosto, de William Faulkner

 por Andrés G. Muglia


Publicado en la revista CULTURAMAS de España:

https://www.culturamas.es/2020/08/11/luz-de-agosto-de-william-faulkner/

Faulkner es el exponente del sureño americano que demuestra que a medio siglo de la guerra de secesión, todavía la división persistía en los EE.UU. Miembro de una de las tantas familias a las que la abolición de la esclavitud no había precisamente beneficiado, se percibe en toda su descripción del sur de EE.UU., que Faulkner narra como ningún otro con su abrumador talento, un tufillo intolerante que pone todo el tiempo a la gente de color en el lugar del otro. La cultura afroamericana esta imbricada de tal modo en la obra de Faulkner que ésta no podría existir sin esa influencia, perdería toda su esencia. Sin embargo, su mirada es todavía la mirada del amo,  que observa, espía, se inmiscuye en ese otro mundo paralelo; con la curiosidad y el horror del que describe a una criatura que no termina de comprender, o mejor, de apreciar.

En la prosa de Faulkner podemos encontrar a un escritor absolutamente moderno, cuyos recursos: cambio de punto de vista del narrador y persona, monólogo interior, relato de una misma escena desde personajes diferentes; se entrecruzan forzando la atención del lector. Pero también encontramos a un estilista, un narrador de largo fraseo lejano a la epístola telegráfica de Hemingway, un meticuloso paisajista de impresiones a la hora de describir un escenario, y un profundo analista de la psicología de los personajes, a los que construye (desnuda) de afuera hacia adentro; descubriéndonos de a poco todos los tortuosos recovecos de sus personalidades. En cada larga parrafada descubrimos, como engarzadas en esta trama llena de riqueza, pequeñas y brillantes metáforas, joyas de un novelista que quiso ser también un poeta, aunque haya editado un solo libro de poemas.

El resultado es sólido pero denso. Se tiene la impresión de estar leyendo algo importante, como lo escrito por los grandes rusos de finales del siglo XIX, pero la trama se recarga por momentos de tal modo: de personajes, de ambiente, de tensión dramática; que parece asediar al lector y llenarlo un poco de ese clima caluroso y desesperado del Misisipi profundo donde transcurre la acción.

Para mejor situarnos en el escenario (geográfico y social) de la novela podemos decir que es el mismo de las películas «To kill a mockingbird» – «Para matar a un ruiseñor» (Gregory Peck, 1962) y «The grapes of wrath» – «Viñas de ira» (John Huston – Henry Fonda, 1940); aquel mismo contexto que fotografío la sensible cámara de Dorothe Lange en la época de la gran depresión.

De las llanuras polvorientas de Alabama pasamos a la ciénaga nublada de mosquitos, calurosa y opresiva del Misisipi. Este contexto lo llenamos de granjeros de mirada desconfiada en jardinero de jean, de niños descalzos y de mujeres huesudas con vestidos raídos, agregamos unas cuantas casuchas de madera reseca con puertas chirriantes y dos o tres Ford T a cuyo paso saludan negritos sonrientes que juegan sobre la carretera desierta; y ya tenemos el telón de fondo para Luz de agosto. Precisamente éste es el viaje que inaugura la novela. Es el que hace Lena, una veinteañera embarazada que busca con una inocencia que roza lo pueril, a quien ayudo a gestar a su criatura y después apuntó hacia horizontes menos complicados de faldas. Este canalla que se metía a hurtadillas en medio de la noche por la ventana de la receptiva joven, es un tal Lucas Burch, que ella supone encontrará en algún aserradero de Jefferson según referencias que ha ido recogiendo por el camino.

Gracias a la solidaridad de gente pobre como ella, que la juzga (madre soltera en los años ´30) pero la ayuda, Lena cumple la proeza de llegar a Jefferson a pie y haciendo dedo. Allí se dirige rectamente al aserradero y descubre que su buscado Burch, es en realidad Bunch, y que la pereza de la memoria colectiva ha confundido a los dos. Este último es un ser tranquilo que dedica sus fines de semana a predicar. Lena lo interroga, hasta descubrir que Burch se ha cambiado el nombre por Brown y vive con un vagabundo llamado Christmas (con el que se dedica a traficar wisky) en la trasera del terreno que ocupa la casa de una solterona, la cual es ignorada por el pueblo sospechada de trato con gente de color. Por supuesto Bunch se enamora de Lena y se promete ayudarla, protegerla y finalmente hacerse cargo de ese niño que sabe que Burch – Brown rechazará.

Bunch, asediado por su repentino amor, consulta a su único amigo, un reverendo retirado llamado Higtower, con el que sostiene largos diálogos de denso contenido. Duda entre ayudar a Lena a buscar a Burch o tratar de quedarse con ella. Pero el relato cambia todo el tiempo la perspectiva y salta de la historia de un personaje a otro. La de Christmas es quizás la más interesante y también la más retorcida. Porque el drama interno de Christmas es la sospecha de que es un mestizo, un hombre que lleva sangre afroamericana. Se establece dentro de Christmas (Faulkner establece) una lucha interna entre esas dos sangres (como una especie de ying y yang delirante y racista) que después precipitará el destino de Christmas; quien (como para complicar más las cosas) sostiene una tirante relación basada en el sexo con la solterona puritana que le da asilo.

El escabroso argumento, donde se entrecruzan todo el tiempo la historia de los personajes, se complejiza porque cada uno lleva una intensa lucha personal, además de la ordinaria contra los problemas que le presenta la vida, y que es la peor de todas las luchas: contra uno mismo. Christmas lucha contra su sangre de color, Bunch lucha contra sus deseos de quedarse con Lena vs. su obligación de ayudarla a encontrar a Burch, el reverendo Higtower lucha contra su historia, Lena lucha por dejar de creer en Burch (y no lo consigue). Cómo se desenvuelven los destinos de estos personajes tan embrollados es lo que menos importa, aunque desde luego no todos son finales felices.

Un libro denso, pero no aburrido. A veces un poco lento. Un ambiente opresivo poblado de personajes torturados; que van enhebrando sus historias personales, contadas con detalle. En medio de todo, el estilo complejo e inconfundible de Faulkner, permanentemente  cruzando el relato con  brillantes metáforas y largas reflexiones de los personajes o del mismo autor. Interesante además por mostrar los prejuicios de Faulkner que se traslucen en la materia que utiliza para crear los personajes y el ambiente. Si bien no es de sus obras más conocidas lleva el sello inconfundible de un autor que de vez en cuando es bueno visitar.

domingo, 2 de agosto de 2020

Bosques y hombres, de Ernst Wiechert

por Andrés G. Muglia


Publicado en la revista CULTURAMAS de España.

El link:
https://www.culturamas.es/2020/07/09/bosques-y-hombres-de-ernst-wiechert/?fbclid=IwAR0WUxcuwVdy7Aavc8Ho7Wfl6MSBohG1ETm_Ktu4Z5gDyposCE5LyJGo-FM


La historia de cómo compré este libro es una de esas que sólo son significativas para quien las vive, y para quien la escucha puede quizás parecer tonta. Había leído este libro hace muchísimos años. Lo descubrí revolviendo en una biblioteca de barrio en la que, conocido dea la bibliotecaria, deambulaba libremente entre los anaqueles de metal. No conocía al autor del que aún hoy tengo apenas referencias. Me enamoré de este libro. Pensé incluso no devolverlo, pero nobleza obliga, fue reintegrado puntualmente. Muchos, pero muchos años después lo encontré en una librería de usados y lo compré sin dudarlo. De vez en cuando lo releo y lo encuentro casi tan maravilloso como la primera vez.
Por la época que leí Bosques y hombres su autor permaneció para mi largo tiempo en el misterio. Casualmente, tiempo después, en una revista ajada sobre la cultura alemana (creo que editada por el Instituto Gohete de Buenos Aires) encontré una referencia biográfica. Decía que Wietchert era un escritor que en su época había abogado por la recuperación de las tradiciones alemanas, con sus historias campesinas y una recuperación (¿bucólica?) del pasado teutón. Sonaba a Wagner, a nacionalismo conservador a ultranza, tufillo que me lo hizo antipático. Hasta que, en el último párrafo, la breve biografía aclaraba que junto a otros autores, las obras completas de Wietchert habían tenido el honor de ser arrojadas a la hoguera por las huestes de la SS hitleriana. Eso me hizo querer al pobre e incendiado Ernst mucho más.
Hoy en día, en que googleamos  cualquier nombre y en instantes sabemos su biografía, no es mucho lo que se encuentra en internet acerca de Wietchert. Fue un prolífico novelista, muy leído durante los años ´30 del siglo XX en Alemania. Desde el advenimiento del nazismo mostró su oposición al régimen a través de su cátedra en la Universidad de Munich donde llamó a la juventud alemana a conservar su pensamiento crítico ante la influencia del nacionalsocialismo; lo cual le valió una temporada en el campo de concentración de Buchenwald. En fin, un tipo con el cual simpatizar.
Bosque y hombres no es ni más ni menos que un libro de recuerdos. No son memorias, no es una autobiografía; es en cambio la mirada hacia atrás de un hombre que añora algo que ha pasado. Y aunque esto no tenga nada original, en el sentido de que a todos nos pasa esto mismo de vez en cuando (se llama nostalgia y cuando es peor melancolía), tiene Wietchert tal amorosa visión sobre sus propios recuerdos, y los recursos de un buen escritor para traerlos a la luz con veracidad, con poesía y hasta con humor; que se siente uno rápidamente involucrado en sus sentimientos, sus simpatías o sus temores. En la caracterización de los personajes de su infancia se ve en Wietchert algo de Dickens o de Hogart, un arte que describe bien lo grotesco.
Pero lo más interesante de Bosques y hombres no son los personajes que lo pueblan, sino el escenario. La infancia de Wietchert, comentada desde los albores mismos de la memoria del autor, transcurrió en los bosques de la Prusia oriental. El humedal del bosque, silencioso, solo quebrado por la voz quejumbrosa del águila barbuda. Los grupos de abetos oscuros que borraban el horizonte, junto con los campos de centeno y el lago que alquilaba su padre guardabosques al gobierno (un niño con su propio lago), configuran este entorno único; la tierra que el adulto Wietchert añora y su pasado con ella. Quizás este libro escrito en 1937, momentos convulsos para Alemania donde ya se perfilaba la guerra, no sea sino una recuperación de una patria que Wietchert ya creía perdida. Pero esas son cosas que se nos ocurren y quizás Wietchert simplemente transcribió sus recuerdos porque quería, porque había perdido su trabajo y tenía mucho tiempo libre, o estaba en cama con una pierna rota. Quién sabe.
Cada uno tiene sus gustos literarios. Yo soy de los que prefieren una buena descripción a un buen diálogo. En este sentido las descripciones de Wietchert nos llevan a su paraíso perdido, un paraíso poblado de la presencia de este Dios al que Wietchert veía en el bosque (él mismo se ataja del panteísmo en un pasaje), un paraíso que existió en Europa cuando los niños morían de cosas que hoy salvan los antibióticos y donde los lobos todavía rondaban en la espesura como una amenaza nocturna.
El quiebre consiste precisamente en el alejamiento del bosque por parte de Wietchert y su hermano: cazadores, pescadores, pastores y exploradores que se convierten en citadinos para ir a recibir educación formal a la ciudad. Allí Wietchert narra, como una parábola análoga a la cristiana, la pérdida de la inocencia junto con la pérdida de su paraíso. Las descripciones de los regresos a la casa paterna para los recesos vacacionales se hacen más intensas y profundas, como si por lo fugaces (por la presencia de un fin predeterminado que apremiaba a disfrutar cada segundo) estos períodos hubiesen quedado grabados con más profundidad en los recuerdos del autor.
Un hermoso libro, que parece transmitir la melancolía de un hombre que añoraba su pasado, quizás idealizándolo, pero que transmite el amor por la vida sencilla y el contacto con la naturaleza; algo ligado inconfundiblemente al Romanticismo, que se ve que a Wietchert le había llegado un poco tarde.
Nacimiento y muerte. Las navidades. Las cacerías (su primer águila abatida que sería la última por la tristeza que sintió), la muerte de su hermano pequeño, la presencia de una tía loca, un padre demasiado aficionado a las tabernas y una madre enferma de melancolía. El resto es una estructura de episodios separados en capítulos, con una sombra de cronología, una estructura que casi parece innecesaria; como si la magia de estos bosques vistos por un poeta fuera más fuerte, floreciera oscuramente entre las páginas y lo cubriera todo. Y ese paisaje parece engullirse al hombre en la naturaleza abrumadora de la selva negra; un lugar donde en los brezales, todavía estará saltando el niño Ernst con su escopeta de pequeño calibre.

sábado, 1 de agosto de 2020

El obelisco negro, de Erich María Remarque

por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:

https://www.culturamas.es/2020/03/24/el-obelisco-negro-de-erich-maria-remarque/

“Brilla el sol en la empresa de pompas fúnebres ´Heinrich Kroll e Hijos´. Es en abril de 1923, y el negocio marcha bien”. Así comienza esta novela de Erich María Remarque publicada en 1956, dando el tono general de la obra desde la primera línea. Remarque ya era célebre desde 1929 por su best seller Sin novedad en el frente, adaptada al cine y ganadora del Oscar. Después de 1939 se instala en los EE.UU. y en 1958 se casa con Paulette Godard, una de las diosas de Hollywood de su época. A pesar de integrado a la floreciente sociedad americana de los años ´50, Remarque nunca dejó de pensar y escribir sobre la experiencia que lo marcó de por vida: la Primera Guerra Mundial. En plena guerra fría, retorna al mundo de entreguerras y cuenta con maestría el ambiente de la Alemania donde se cocía la olla a presión del nazismo, avivada por el fuego de la hiperinflación y el odio generado por el Tratado de Versalles.
Prolijo, lírico y romántico por momentos, brillante en las frases que cierran los capítulos o en las irónicas que articulan sus personajes, con la dosis justa de reflexión pacifista, filosofía existencialista y fina poética en las descripciones; Remarque es en 1956 dueño absoluto de su oficio de escritor y de su estilo.  El obelisco… es la historia, contada en primera persona, del ex cabo Bodmer; un joven de veinticinco años avejentado prematuramente por su experiencia en el frente. Bodmer: poeta en ciernes, mal pianista, dibujante, publicista y vendedor de lápidas; trabaja y vive en casa de George Kroll, compañero de armas. Ambos comparten la hermandad de todos los que han atravesado juntos el horror de la guerra, y tratan de sobrevivir en base a su curioso oficio en medio de una nación cuya economía naufraga. 
El escenario: Werdenbrück es el nombre elegido para esta pequeña ciudad ficticia, que bien podría ser la provinciana Osnabrück donde nació Remarque, conocida como “la ciudad de la paz” porque allí se firmó en el siglo XVII la Paz de Westfalia que puso fin a la Guerra de los treinta años. Pero Werdenbrück es todo menos pacífica. Como todos los pueblos pequeños es pródigo en personajes y situaciones. Los de Remarque tienen mucho que ver con los de Toulouse Lautrec, pintor que el escritor menciona en la novela; como si el autor hubiese querido componer su historia con geniales caricaturas que a veces rozan lo humorístico pero, como las del desgraciado conde francés, también tienen mucho de trágico. Todos los personajes que trasuntan la historia bordean lo bizarro. Está Wilke, el ebanista y fabricante de féretros que teme a los espectros y duerme en el ataúd fabricado prematuramente para un gigante de circo que volvió a la vida. O Bach, escultor incapaz de crear ángeles pero que se le dan bien los leones con dolor de muelas para monumentos militares. También Lisa, la esposa de un peligroso matarife que vive frente a la ventana de Bodmer  y que goza exhibiéndose desnuda a la hora en que su marido sale a trabajar. O Eduard Knobloch, presidente del club de poetas al que Bodmer pertenece, sufrido dueño del restaurante Walhalla, que el protagonista y George Kroll estafan diariamente pagando su comida con bonos que ya nada valen por la inflación y que el comerciante tuvo la mala idea de emitir hace tiempo. 
Cuando el protagonista no se dedica a su oscuro trabajo de vendedor de lápidas, concurre al cabaret El Molino Rojo (otro homenaje a Lautrec) junto a George Kroll, el pelirrojo Willy, quien ha hecho fortuna con la especulación, y toda la caterva de personajes que pululan en la novela. Allí conoce a la querida de Willy, una cantante que hace duetos a puro falsete como soprano y bajo (registro que utiliza para asustar a los desprevenidos gritando como un sargento en las trincheras); quien le presenta a Gerda, una atractiva contorsionista que, de paso por Wedenbrück, propone a Bodmer una conveniente relación sin lazos ni compromisos. El protagonista, que ha madurado de golpe durante la guerra pero que ha quedado bisoño en temas de polleras, acepta el trato pero sufre hasta adaptarse al pragmatismo de Gerda que, paralelamente a su relación, inicia otra con el despreciable pero solvente Eduard Knobloch.  
Pero no es en Gerda donde Bodmer encuentra el amor, sino en otro inesperado sitio. Todos los domingos para ganar unos devaluados marcos extras y una comida gratis, el protagonista toca el órgano en la iglesia del vicario Bodendiek, anexa al manicomio local. En los jardines que comparten iglesia y cotolengo, que los internados recorren libremente, Bodmer conoce a Isabel, una bella joven trastornada por la esquizofrenia. Isabel, que ni siquiera sabe su nombre y lo llama Ralph o Rudolph y que es alternativamente una cándida y atribulada adolescente, o una agresiva joven, sexual y maliciosa, comienza a socavar los paradigmas y las verdades de Bodmer, ya de por sí erosionados por sus experiencias en la guerra. Pero Isabel es una joven aristócrata y Bodmer un pobre poeta desorientado, su relación es sólo posible en el dislocado contexto que por su enfermedad la mantiene cautiva y alejada de su mundo. Como contrapunto a sus encuentros con Isabel, que recorren la poesía, la cuestiones existenciales y trascendentales: el amor, la muerte, la verdad, el sexo; Bodmer comparte su comida con Bodendiek, que representa la saludable e inquebrantable fe de la iglesia, a donde quiere acercar al ateo Bodmer; y Wernicke, psiquiatra del manicomio y doctor personal de Isabel. Religión, ciencia y poesía están fielmente encarnados en los tres personajes, a través de cuyas voces Remarque hace debatir tres puntos de vista sobre la existencia.
Pasan las páginas sazonadas de nuevas escenas y personajes surrealistas: Clara Beckmann, esposa del zapatero que gana apuestas con la robusta contextura de su esposa, cuyo talento principal es sacar clavos de la pared con la fuerza de los cachetes de su culo; visitas al prostíbulo del pueblo con el club de poetas; peleas callejeras con falanges nacionalsocialistas que son vencidas por el coro de la iglesia y un amputado que les propina mandobles con su prótesis. Pero la historia comienza a hacerse más densa y a correr el registro de la novela. El amor por Isabel, inconstante, surreal, atravesado de contradicciones y de culpa, gana el relato y el espíritu de Bodmer agoniza en provisorio equilibrio. ¿Cómo amar a una loca sin volverse loco? ¿Quién es en realidad el equivocado? Ella, que escucha gritar a las flores cuando tienen sed, o Bodmer, y nosotros con él, que nunca nos dimos cuenta de que el rostro se gasta cuando nos miramos al espejo. 
La pompa de jabón explota. La inflación se detiene bruscamente con una devaluación que derrumba la fortuna de especuladores como Willy. Wernicke utiliza el influjo de Bodmer para intentar “curar” a Isabel y traer de vuelta a Genevieve, la distante aristócrata incapaz de amar a un pobre poeta organista de iglesia. El triunfo del psiquiatra es la desdicha de Bodmer, porque la cura de Genevieve significa la muerte de su amada Isabel; la una y la otra se excluyen.
En una Alemania que se precipitaba hacia el odio que explotaría en la mayor matanza de la historia, el amor de un poeta aturdido no es suficiente siquiera para evitar su pequeña tragedia. Sobre el final de la novela y a modo de posdata, Bodmer logra vender el obelisco negro, lápida invendible que ha permanecido en el patio de exhibición durante dos generaciones. Hito sobre el que mea todas las noches su vecino borracho. Símbolo de un siglo estoico que soportó sobre su cabeza la violencia del hombre y cuyas olas todavía nos siguen rozando fríamente los pies.

Las cartas de amor y despecho en ‘De profundis’, de Oscar Wilde

por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:

https://www.culturamas.es/2020/03/29/las-cartas-de-amor-y-despecho-en-de-profundis-de-oscar-wilde/

Puesto en perspectiva, es difícil dimensionar el infortunio de los últimos años de Oscar Wilde. Autor brillante, niño mimado de las letras inglesas, ejemplo extravagante del esteticismo, muchas son las vestiduras de adjetivos que le cuadran. La más llamativa en su tiempo y la que lo llevó (para estupefacción de nuestra mirada situada en el año 20 del sigo XXI) a pasar dos años en la cárcel, fue la de homosexual.
Recapitulemos. Wilde nació en Irlanda dentro de una familia acomodada. Hijo de dos personalidades notables: su padre William era un reputado cirujano, además de arqueólogo y especialista en estadísticas; su madre Jane era escritora; Oscar creció en un entorno sensible a su talento. Cursó sus estudios en Oxford donde pronto se destacó como clasicista y poeta. A partir de esos años, además de su genio como escritor; su inteligencia, su personalidad y su facilidad para la charla culta e ingeniosa (sus ironías son legendarias) le ganaron la atención de su círculo. 
En 1881 publicó su primer libro de poemas, que fue bien recibido por la crítica. Para 1895, año de su encarcelamiento, Wilde ya era una celebridad internacional. Su estrella brilló, por lo tanto, catorce escasos años que fueron suficientes para inmortalizarlo como una de las personalidades literarias de su tiempo. 
“Vive rápido y deja una cadáver hermoso”. Tal vez por premonitorias, esas palabras del malogrado James Dean pasaron a la posteridad. Oscar Wilde parece haber hecho gala, durante esos pocos años a los que nos referimos, de un espíritu semejante. Se convirtió en una figura de la literatura y los salones. Se casó con Constance Lloyd, hija de un consejero de la reina Victoria y tuvo dos hijos. Se transformó en el prototipo del flaneur, el dandy, el bon vivant. Saltó a la fama además de por su talento como artista, por sus largos cabellos rubios, sus vestimentas recargadas y teatrales y su pintoresca personalidad. 
En el ápice de su fama Wilde conoció a los 37 años a Lord Alfred Douglas, un joven escocés de 21 años de aire andrógino y mirada lánguida. Wilde, que ya había tenido otras parejas masculinas, se enamoró perdidamente del joven. No es seguro que el amor fuese correspondido, a juzgar por lo que Wilde apunta en  De profundis, pero lo que sí está profusamente documentado es que Bosie (tal era el sobrenombre del joven Lord) se dedicó a dilapidar la fortuna de Wilde a través de su gusto por el lujo y su afición a los casinos.
La escandalosa (para la época) y tormentosa relación que entablaron, no hubiese tenido trascendencia si Bosie no hubiera sido hijo de John S. Douglas, Marqués de Queensberry. Y es que el recio John, poeta, teniente coronel de la marina, político y boxeador de peso liviano; quien pasó a la posteridad por ser el creador de las reglas del boxeo moderno; no veía con buenos ojos la sexualidad de su vástago y mucho menos que tanto él como Wilde no hicieran nada para ocultar su relación. Resolvió en consecuencia dejar una tarjeta de visita en el club que el escritor solía frecuentar con la inscripción: “Para Oscar Wilde, que presume de sodomita”. 
Azuzadas las llamas de su indignación por Bosie, que odiaba a su padre, Wilde entabló una demanda por difamación contra el Marqués y lo mandó a la cárcel. Pero como un boomerang, aquella afrenta se le vendría en contra cuando el Marqués, liberado ya, le iniciara juicio por “grave indecencia”. 
Los amigos de Wilde le aconsejaron quitar el cuerpo al proceso judicial que se le venía encima y salir rápidamente de Inglaterra. Sin embargo, por sugerencia de Bosie, el artista se quedó en Londres y afrontó los cargos. El proceso ya es célebre y el resultado también. Sobrestimando su propia figura o subestimando lo que el Marqués y la justicia pudieran hacer en su contra, Wilde quedó completamente en la ruina y fue condenado a dos años de trabajos forzados. 
Deshilábamos cuerda embreada
con las romas uñas sangrientas;
fregábamos suelo y barrotes
y frotábamos pared y puertas,
y enjabonábamos las tablas
chocando los cubos en ellas. 
Coser sacos y partir piedras,
voltear taladros polvorientos,
chocar vasijas, gritar himnos,
y en el molino el sudor nuestro…
Pero en el corazón de todos
se escondía tranquilo el miedo.(1)
De profundis es la extensa carta que, a punto de concluir su condena como forzado, Wilde le escribe a Bosie.
Buena parte de la esquela es un reclamo despechado, un concienzudo pase en limpio de todo lo malo que Bosie le había hecho. El lector lee con perplejidad cómo Wilde da cuenta de cada escena, cada diálogo, cada actitud desamorada que le echa en cara a su ex-amante. Pero también el texto es un registro exhaustivo y asombroso de cada viaje, cada cena y, sobre todo, cada gasto en libras esterlinas hecho para complacer a Bossie. Uno por uno, minuciosamente y sin vergüenza, los incidentes, los desplantes, las cartas desgarradoras, los reencuentros y las nuevas rupturas son reseñados con escrúpulo, tanto que da la sensación que Wilde no quiere hacer que Bosie los evoque, sino que un tercero, un lector eventual, pudiera tener perfecta noticia de las condiciones en las que se desarrollaba su relación de pareja.
Sin embargo, el mayor reclamo que se inscribe dolorosamente en esas primeras, y segundas, y terceras páginas (porque se reenvía con una constancia obsesiva), es el de la incomunicación del joven Douglas para con él. Wilde no puede comprender el abandono de quien, a su juicio, es el culpable de su reclusión al insistir que continuara el proceso contra su padre. Para el escritor, él mismo no ha sido más que una herramienta para que padre e hijo tramitaran su mutuo odio. 
Buena parte de De profundis es un grito de amor no correspondido. A veces con la superficialidad de lo material que echa en cara el dinero malgastado, otras con la fuerza de un profundo sufrimiento que se transmite en la prosa hasta hacerse sofocante; como cuando Wilde describe la tristeza de que su mujer no sólo se haya divorciado de él, sino que le negara la posibilidad de volver a ver a sus hijos. Por Bosie, Wilde perdió su fama (o ganó una que no lo favorecía), su fortuna, sus hijos. No obstante lo que más le preocupa recuperar es su arte. Constantemente le reclama a Douglas que en su compañía le era imposible escribir. Con De profundis pretende sacar la negra bilis que ha acumulado en dos años como presidiario, quitar el odio que lleva adentro, perdonar para reconciliarse con el mundo y poder recuperar la extinguida capacidad de crear.
Wilde demuestra en extensos pasajes de explícita megalomanía que no tenía la menor duda de que era un genio de la literatura. Su mayor deseo al salir de la cárcel era, luego de capitalizar las enseñanzas que el sufrimiento le había regalado, reencontrarse con su arte para poder dar a luz nuevas muestras de su talento.
Después de 208 páginas (para la edición de Corregidor) de lamentaciones, pase de facturas y reclamos despechados; pero también de desgarradora lucidez para analizar el dolor y profundas reflexiones metafísicas en torno la vida, el destino, el amor, el arte o Cristo; uno imagina que Oscar Wilde habría hecho el duelo que pretendía con esa larga carta a su amante del que hacía dos años no tenía noticias. Era de suponer que en paz consigo mismo y sus demonios, al salir de la cárcel buscaría un sitio tranquilo, amparado quizás por la hospitalidad de algún amigo que nunca había dejado de visitarlo en la cárcel, para dedicarse a escribir y reencontrarse con el artista que sabía podía ser. 
Pero el amor hace cosas inesperadas.
No bien se vio libre Wilde se encontró con Bosie. Juntos pasaron los siguientes tres meses en Nápoles, hasta que nuevamente el Marqués de Queensberry y la sociedad de la época comenzaron a acorralarlos. Se separaron y nunca más volvieron a verse. Wilde se mudó a París y vivió allí, ocultándose bajo un nombre de fantasía. En ese tiempo publicó La balada de la cárcel de Reading, poema elaborado durante sus años de encarcelamiento.
Hay dos versiones de estos años finales. La primera, amiga de las moralejas, habla de un Wilde quebrado, enfermo y oscuro. La segunda, que apoyan varios testimonios de amigos, describe al artista haciendo gala de su famosa inteligencia e ironía humorística para la charla. El arte y, sobre todo, la pintura, es capaz de revelar con una imagen el interior del alma humana. Henry de Toulouse Lautrec (otro desventurado) conoció a Wilde en el famoso cabaret Moulin Rouge de Montmartre y lo retrató varias veces. Observando el más conocido de esos retratos, que muestran a un Wilde que aparenta muchos años más que los 46 que contaba al final de su vida, con el ralo pelo rubio peinado al medio, los labios delineados formando un fruncido corazón y el rostro fofo ojeroso, es difícil decir que el suyo fuera el gesto de alguien que estaba pasando por un buen momento; sabio tal vez, feliz no. Oscar Wilde murió en París el año de 1900 enfermo de meningitis, lejos de su amado Bosie. 
1- Extracto de “La balada de la cárcel de Readin”. Oscar Wilde.

Kaputt, de Curzio Malaparte

por Andrés G. Muglia


Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:

https://www.culturamas.es/2020/04/01/kaputt-de-curzio-malaparte/

Plano cenital de una extraña casa edificada sobre un acantilado. Las aguas azules del Mediterráneo se agitan abajo. Un hombre de traje claro y sombrero oscuro sale de la casa, duda un momento y luego sube por el costado de la construcción que es también una larga escalera que asciende desde el jardín a la terraza. Cuando desemboca en la azotea camina con decisión hasta dar con lo que busca, pero su hallazgo lo deja perplejo. Una hermosa joven rubia, completamente desnuda, toma el sol de espaldas al cielo, cubriéndose juguetonamente el culo con un libro.  
La joven se llama Briggite Bardot, la película es El desprecio, dirigida por Jean Luc Godard en el año 1963 y la casa es la Villa Malaparte; edificada en el marco paradisíaco del Golfo de Salerno en la isla de Capri. Su dueño y constructor (se había peleado con el arquitecto original y había diseñado él mismo su casa) fue Curzio Malaparte. Dueño y morada han compartido algunos atributos. Ambos inclasificables, inesperados, estrambóticos, polémicos y, sobre todo, misteriosos. Ambos han despertado a un mismo tiempo la afinidad y la detracción.
Malaparte era hijo de padre alemán y madre italiana. Su nombre real era Kurt Erich Suckert, su seudónimo una evidente ironía en relación a Bonaparte. Fue educado como un perfecto burgués y siguió la carrera de periodista. Como corresponsal y Capitán del ejército italiano participó en la Primera Guerra, donde fue condecorado varias veces. De regresó se afilió al fascismo y participó de la marcha sobre Roma de Mussolini. Después de eso fundó y fue parte de diversos medios de prensa, diarios y revistas.
Por esos años trabajó en el cuerpo diplomático italiano. Sus libros La revuelta de los santos y Técnica del golpe de estado le trajeron la condena de Mussolini, lo que le valió ser desafiliado del partido fascista y pasar cinco años en la cárcel por sus críticas al régimen. Sólo fue liberado por la intervención del Conde Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini. Durante la Segunda Guerra Mundial fue encarcelado varias veces, gracias a sus artículos críticos al gobierno enviados desde el frente. Fue refugiado en Suecia y Finlandia (neutrales), recorrió el frente ruso y la Europa oriental, alternando con los invasores del eje con quien mantenía excelentes relaciones y en ocasiones también con sus víctimas.
Al concluir la guerra trabajó como enlace militar italiano con EEUU. Después, en otro de los inexplicables quiebres de su ideología, se afilió al partido comunista y en el ocaso de su vida visitó China (la crónica de ese viaje se publicará de manera póstuma), por cuyo régimen comunista-maoísta profesaba una declarada simpatía. A su muerte, legó la Villa Malaparte al gobierno chino y sus herederos se vieron obligados a iniciar un proceso judicial para que la herencia no se hiciera efectiva.
Kaputt es el libro que Malaparte escribió en base a sus experiencias como cronista durante la guerra. 
Para entender Kapput hay que entender primero la rocambolesca vida de Malaparte, y esta es quizás la tarea más difícil. Porque el autor es uno de los personajes más contradictorios que escribieron sobre el convulso escenario de la conflagración y nos dejaron semblanzas y aguafuertes de un acontecimiento que aún hoy es difícil de entender, por lo monstruoso.
Precisamente quizás por este carácter contradictorio de su personalidad, nos deje Malaparte una visión tan original cuando como corresponsal periodístico pudo recorrer los países neutrales y aliados al Eje, codeándose con  la alcurnia de invasores y nobles invadidos y en decadencia; muchos conocidos suyos de su carrera como diplomático.
Kapput es un libro episódico, pero los pasajes que se enhebran en su trama no tienen por fuerza que ser leídos linealmente. Podemos abrir sus páginas en cualquier lugar y encontrar historias breves, a modo de artículos que empiezan y terminan sin relación entre sí. El hilo conductor de todas ellas es este devenir de Malaparte por el frente y la retaguardia. Un camino que no tiene más lógica que la del cronista enviado por un medio periodístico, o la del por momentos evadido que se escapa del régimen fascista que lo quiere meter en la cárcel.
Como otrora y más brillantemente desde luego, León Tolstoi alternó en Guerra y paz el escenario de las batallas con el de la pacífica aristocracia moscovita que seguía de tertulia mientras Napoleón evolucionaba por la estepa; Malaparte alterna relatos del frente con la descripción de esta nueva sociedad cortesana surgida con el gobierno de Mussolini, al frente de la cual estaba Ciano. Estos son los tramos más flojos del libro: el escarceo sin fin de la alta sociedad, el puterío de nuevos ricos aliados con la antigua nobleza italiana (la península estaba plagada de duques, condes y príncipes, algunos sin un centavo). Todo este runrún tiene algo de Proust, pero lamentablemente sin ser Proust.
Lo verdaderamente jugoso del libro son las descripciones de los territorios ocupados por el nazismo. Un escenario oculto al relato occidental (aliado) de la guerra. Malaparte tenía acceso como Capitan del ejército, tanto a la zona de guerra como a la retaguardia donde vivían lejos del peligro los altos mandos invasores (y sus esposas e hijas), a las que les narraba las atrocidades de la guerra en noches regadas de burbujas de champán y huevos de esturión. Las historias que contaba el escritor para hacer sonrojar a alguna princesa o dejar con la boca abierta a cierto agregado diplomático, llevan la marca de la fantasía o al menos de la exageración. 
Caballos congelados en lagos de Finlandia que sacaban sus cabezas todavía encabritadas fuera del hielo, las cuales eran usadas por Malaparte y un interlocutor como improvisados asientos. Cadáveres de soldados rusos congelados por el invierno utilizados por los alemanes como señales de tránsito (los brazos rígidos indicaban la dirección a seguir). Un general alemán que, incapaz de pescar un salmón tras horas de lucha, lo manda a fusilar por su edecán. Un reno que muere frente a una embajada mientras los diplomáticos de varios países lo miran sin hacer nada (alegoría de una Europa moribunda). Por momentos Malaparte se nos antoja un moderno Münchhausen que contase historias inventadas a una audiencia atónita, pero esas historias (muchas incomprobables) no son sino simplemente el resultado de otra cosa mucho más parecida a la mentira, a la fantasía o a la locura: la guerra.
Kaputt es un libro digno de leerse. La descripción de una Europa en vías de volverse kaputt, el cadáver de un continente. La instantánea del lado de la guerra que no narraron los triunfadores. Malaparte es por momentos poético en las descripciones del frente, quizás un poco extenso en la narración de las alternativas de los escarceos palaciegos, y fantasioso y siempre dispuesto a quedar bien parado (si cena por la noche con el gobernador alemán de la Polonia ocupada, dedica la mañana siguiente a llevar correspondencia contrabandeada a los judíos de Varsovia). Kaputt es en fin la narración de un aventurero, un burgués con aires de nobleza, un diletante y para muchos un oportunista y un impostor, pero, sobre todo (y eso es lo que nos interesa al fin y al cabo) un buen escritor.

Cherry-Garrard y Bernard Shaw en el peor viaje del mundo

por Andrés G. Muglia



Artículo publicado en la revista CULTURAMAS de España.
El link:

https://www.culturamas.es/2020/04/06/cherry-garrard-y-bernard-shaw-en-el-peor-viaje-del-mundo/

Si fuera el guión de una película el espectador podría removerse incrédulamente en la silla, pensando que la trama es demasiado trillada. Un joven rico y británico que sin ninguna experiencia que lo ayude decide embarcarse en una de las más exigentes aventuras que un hombre pueda enfrentar. Ese “niño bien” además de no ser un dechado de virtudes atléticas (apenas si practicó algo de remo en el colegio) posee un defecto que oculta y que le trae numerosos contratiempos: una incipiente miopía. Hasta puede trazarse una línea argumental obvia, historia ejemplificadora de superación de una dificultad física a fuerza de tesón y voluntad.
Pero este guión poco creíble no es otra cosa que la historia real de Apsley Cherry-Garrard y su odisea junto a la segunda expedición del legendario capitán Scott en la Antártida, que se proponía nada menos que llegar al polo sur geográfico.
El anuncio en los periódicos con que aquel otro famoso explorador antártico, Ernest Shackleton, intentaba reclutar voluntarios para su excursión de 1914, es elocuente del destino que se le aseguraba a todo aquel que se atreviera a desafiar la geografía del polo sur: “Se buscan hombres para viaje peligroso.  Salario bajo, frío penetrante, largos meses en la más completa oscuridad, peligro constante, y escasas posibilidades de regresar con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”. 
Hay quienes discuten la existencia de dicho anuncio pero, como sea, si no existió merecía existir por lo exacto que es al describir las condiciones que Cherry-Garrard y todo los exploradores de la época heroica de las expediciones polares debieron afrontar. A los 24 años, sin preparación ni experiencia, sin condiciones físicas que los destacaran ni especialización alguna en ciencia u otra disciplina, el joven Apsley fue elegido a último momento para acompañar a los hombres de Scott. Sus peripecias en aquella aventura fueron plasmadas en el libro El peor viaje del mundo.
«La exploración polar es la forma más cruel y solitaria de pasarlo mal que se ha concebido». Así comienza El peor… y es desde esa clave de descarnada sinceridad para describir una supuesta aventura sin el menor ribete de romanticismo, es donde Cherry-Garrard se afirma para convertirse, según muchas voces autorizadas, en el creador de uno de los mejores libros de viajes de la historia. 
Quizás fue la tragedia que coronó el viaje de Scott al polo, quien murió congelado junto a sus compañeros a poco menos de treinta kilómetros de la salvación en forma de un depósito (el ya célebre depósito de una tonelada) con comida y combustible suficiente como para salvarlos. Tal vez el hecho de que en el momento en que Scott y el grupo explorador agonizaban, el propio Cherry-Garrard se encontraba en dicho depósito con un grupo de perros suficiente como para rescatar a sus compañeros y no lo hizo pues respetó una orden previa que le diera su capitán que a la postre resultó fatal: cuidar a los perros. Quizás el detalle de que Scott había perdido la carrera por conquistar el polo a manos de una expedición mejor organizada que la suya a cuyo mando estaba el noruego Roald Amundsen. Tal vez por todo eso sumado la historia que narra El peor… y el libro en sí mismo se hayan convertido en leyenda.
O podemos buscar otra explicación que poco tiene que ver con la historia, que fue contada por varios de los que participaron en la expedición, incluido Scott. Sencillamente El peor… es una gran libro porque está bien escrito.
Ocurre con esta obra como con otras pocas. Son grandes libros pero a la vez, son el único que su autor escribió. Se me ocurren varios ejemplos: El diario de Anna Frank; El gran Meaulnes, de Alain Fournier, Al oeste con la noche, de Beryl Makham. Los dos primeros han sido fruto de una vida corta, quizás si sus autores no hubiesen muerto jóvenes nos hubieran regalado otras maravillas. El último es otro tipo de “libro único”, el que cuenta la vida del autor. Difícil sería que escribiese otro si no pudo tener la bizarra posibilidad de vivir dos vidas. En el caso de El peor… no se trata de un libro sobre una vida de aventuras, sino sobre un episodio aventurero breve de una vida que, vista en perspectiva, fue bastante gris, sosegada y burguesa. Pero sería bajo la sombra de ese episodio que Cherry-Garrard viviría el resto de su existencia. Y la duda lacerante de si efectivamente había hecho bien en seguir las órdenes del Capitán Scott, preservando los perros de una excursión que podría haber significado la vida de sus compañeros.
La historia de Cherry-Garrard es incomparable para cualquier escritor que quiera abordarla. Tiene drama, aventura, es intensamente humana. Pero Cherry-Garrard no era escritor, era, en el amplio sentido de la palabra, nada más ni nada menos que “un millonario y un caballero”, como lo definieron sus compañeros de viaje. El ejemplo de la declinante clase terrateniente de una Inglaterra que se alejaba de aquel sueño victoriano que concluiría en la Gran Guerra. De regreso de su desventurado viaje, Cherry-Garrard retornaría a Lamer, su finca, y allí languidecería cómodamente en base a sus rentas. Cuando se propuso escribir El peor… una coincidencia feliz hizo que un verdadero escritor se cruzara en su camino y su influencia fue quizás determinante para hacer que su libro se convirtiera en la obra maestra que terminó siendo. 
George Bernard Shaw cuenta con la distinción de ser la única persona a quien se le ha otorgado el Premio Nobel de Literatura y el Oscar de la Academia al mejor guión. Destacado dramaturgo, crítico y ensayista, su influencia excedió el terreno del arte y se introdujo en la cultura y la política de su tiempo. Quiso el azar que Shaw fuera vecino de Lamer y de Cherry-Garrard y que junto a su mujer Charlotte Payne-Townshend, una notable feminista irlandesa, se hicieran amigos de Apsley en tiempos en que éste escribía las memorias sobre su viaje antártico. Según su biógrafa Sara Wheleer, era normal que Cherry-Garrard caminara hasta la casa de los Shaw en horas de la tarde, para conversar con ellos frente a una buena taza de té. Aparentemente Payne-Townshend estaba fascinada por el libro que su vecino estaba escribiendo, al que describía como una de esas obras largas en que uno “vive durante un tiempo” al leerlas.
Es seguro que Shaw aconsejó a Cherry-Garrard, cuyo método de trabajo era escribir párrafos aislados para después ensamblar las páginas en una suerte de collage. Esos consejos, el intercambio permanente de impresiones con el matrimonio, fueron sin duda alguna decisivos para la génesis de El peor… Contar con la ayuda de quien fuera la personalidad más importante de las letras británicas de su tiempo no es una influencia que se pueda soslayar. No obstante, una obra no se construye en base a buenas sugerencias. Cherry-Garrard trabajó sobre la suya revolviendo recuerdos y heridas que nunca se cerraron, hasta que puso de pie el testimonio ambicioso de un libro que pretendía a la vez contar no sólo una aventura, sino ser el reflejo de una época que se precipitaba a la disolución; a la vez que una historia conformada por la acción de hombres de carne y hueso, capaces del heroísmo pero también del error y la estupidez. 
Seguramente por la suma de todos esos detalles es que El peor… ha llegado hasta nuestros días provocando el interés de los lectores, interés que no tuvo sin embargo en los de su época. 
Si lo que se quiere es pasarla bien con el morbo de leer como otros la pasaron muy mal. Si nos gustan las historias de aventuras para leerlas al borde del asiento. Si simplemente lo que da placer es asomarse a un mundo pasado o a una geografía fascinante que rechaza la intromisión del hombre. Entonces El peor… es el texto indicado para, como apuntaba Charlotte Payne-Townshend, vivir adentro de un libro durante un tiempo.