viernes, 28 de junio de 2013

LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA

Vicente Blasco Ibáñez
Plaza & Janes Editores, Barcelona, 1979.








 
Tiro al blanco

La vida pone al cazador literario en situaciones en las que tiene que estar siempre alerta; lo hemos dicho ya. En una de esas ocasiones, donde nos perdimos con parte de mi familia durante largos minutos en una muchedumbre que poblaba una calle de una ciudad veraniega; accedí, para pasar el tiempo y esperar al resto de la familia que se había extraviado, a uno de las tantas cuevas de libros usados que pululan en toda ciudad vacacional que se precie. El tiempo perdido fue tanto que pude explorar cómodamente el total de las mesas de ofertas, de las que me llevé algunas joyitas a precio irrisorio. Una fue este libro.

El autor

Vicente Blasco Ibáñez fue un novelista español que conoció la fama mundial. Si no lo sabemos él se encarga de contárnoslo a lo largo del libro, donde reseña sin asomo de vergüenza o falsa modestia cada uno de los homenajes que le fueron haciendo en la diversas ciudades visitadas durante el largo viaje al que se aventuró.

Lo cierto es que algunas novelas de Blasco Ibáñez explotaron a la fama mundial cuando Hollywood se atareó en llevarlas a la pantalla grande. Las más conocidas: "Los cuatro jinetes del Apocalipsis" y, sobre todo, "Sangre y arena" de la que se han hecho a la fecha unas cuantas versiones. De las dos películas, las versiones originales, las célebres en vida del escritor, fueron las protagonizadas por el galán del momento Rodolfo Valentino.

Lo gracioso o lo irónico, es que Sangre y Arena es un libro que Blasco Ibañez no apreciaba mucho; pues pese a su nacionalidad no gustaba de la tauromaquia, y los estereotipos bastante groseros que deambulan por la obra no eran de sus preferidos. Como siempre la fama llega por el camino menos esperado; y ésta y la fortuna que trajo aparejada y que le permitió a Blasco Ibáñez emprender un crucero alrededor del mundo acompañado de millonarios estadounidenses, le llegaron, precisamente, por el éxito de esas obras adaptadas por la fábrica de sueños situada en California.

Blasco Ibáñez emprende este viaje, que tiene algo de insólito, casi al final de su vida (moriría pocos años después) sin un motivo preciso y con el único deseo de pisar lugares que había conocido en su juventud y madurez a través de la literatura o las noticias.

La obra

La vuelta al mundo... tiene la particularidad de ser un concienzudo libro de viajes, a veces algo agotador por su extensión (757 páginas de apretada tipografía), pero escrito por un escritor en el pleno uso de su talento. Esto lo convierte en más que un mero libro de viajes, en el ensayo pormenorizado de un observador lúcido y sensible, que maneja un bagaje de recursos extraño al mero cronista.

Blasco Ibáñez se nota un escritor con mayúsculas a la hora de pintar con una descripción, una metáfora o una simple observación lo profundo de un paisaje o una sociedad. Patina a veces en el prejuicio, del que no está exento, al evaluar las costumbres de los pueblos de oriente, medio oriente o África. Se le puede leer cosas como "razas inferiores"; o generalizaciones absurdas acerca de la indolencia de ciertos pueblos, o la disposición para el delito de otros. Todos estos juicios de valor, impensables en un texto de hoy en día, tiran un poco para abajo el valor del libro; que sin embargo toma verdadero realce cuando el autor se dedica de lleno a la descripción de los que ve, de a quienes ve y de su intercambio con todo ese contexto variable e insólito; máxime en una época donde un viaje de esas características era todavía una aventura; por muy articulado que estuviera por la empresa (la American Express) que lo promovía. Todavía el mundo se veía atravesado de enfermedades incurables, que los occidentales se ponían en riesgo de contraer en tierras extranjeras. Dos pasajeros que iniciaron viaje en Nueva York quedaron amortajados en el fondo del mar, atacados por exóticas pestes tropicales.

El viaje se inicia en 1923 en Nueva York. El itinerario contempla viajar hacia el sur, cruzar por el canal de Panamá (de reciente inauguración por aquella época), luego subir a San Francisco y desde allí hacia oriente: Hawai, Filipinas, Japón , Corea, China y luego Indonesia y la India; para después navegar por el mar rojo hasta las costas de África y breve crucero por el Nilo hasta el Cairo; más tarde Alejandría y cruzando el Mediterráneo Blasco Ibáñez volvía a su casa monegasca mientras el Franconia, tal el nombre del paquebote, seguía rumbo hacia América.

La descripción del barco, casi estrenado en ese viaje, es ya de por sí interesante. El Franconia era una nave impulsada por motores de combustible líquido, lo que lo aventajaba sobre sus contemporáneas impulsados a carbón. Era además una embarcación destinada al esparcimiento de sus potentados clientes, por lo que no llevaba carga extra (correo, importaciones y exportaciones) lo que posibilitaba alojar en su interior comodidades impensadas para la época, como una pileta de natación interna o aire acondicionado en cada camarote. Me tomé el trabajo de investigar (santa Internet!) el destino del Franconia, y lo seguí durante las décadas y las empresas y los países hasta que terminó sus días de servicio, en el año 2008 bajo bandera rusa. Sin duda era un buen y longevo barco.

 Es difícil ensayar una síntesis apretada del extenso viaje de Blasco Ibáñez. Por su extensión tanto geográfica como literaria, por su multiplicidad de paisajes y culturas, por lo minucioso y sensible de la descripción que el autor hace de su experiencia. En medio de todo esto Blasco Ibáñez se las arregla para entretejer datos históricos y para reivindicar, de un modo que hoy parece al menos dudoso, el papel de la España imperial de la época colonial. Cuenta así el tráfico a través del pacífico de la época de los reyes de Castilla, que daría importancia a la ciudad de Manila. También la importancia de los jesuitas en las Filipinas. Y así va dejando anotado cómo España, país hoy venido a menos y de tan remota (pero innegable) importancia histórica, ha dejado su huella a lo largo y ancho del mapamundi.

Por otro lado, aunque estamos a casi un siglo de que Blasco Ibáñez diera a la imprenta sus impresiones de viaje, su libro no pierde actualidad cuando describe las milenarias costumbres orientales, sus templos y palacios, los retratos comunitarios de antiguos y sacrificados pueblos que se han sucedido desde el principio de la historia. Su paso por Japón, Corea y China, deja bien fundadas las diferencias entre estos pueblos que el occidental se empeña, en su ignorancia o en su arrogancia, en hacer uno solo; con sus estereotipos del tintorero, el dueño de supermercado o de tienda de ropa en oferta.  Blasco Ibáñez no tenía, o no quería tener, todos los elementos para apreciar en su real dimensión la importancia de esos pueblos; a veces es prejuicioso y sus comentarios, como antes señalábamos, están teñidos de una intolerancia racial que parece común en esa época que generalizaba y estigmatizaba a un pueblo entero bajo ciertos rasgos negativos.

En su aspecto positivo el libro, escrito de un modo sensible y ameno, trae ante los ojos un mundo que a veces parece hecho de sueños. El imaginado por canes y emperadores que crearon palacios de filigrana de mármol, como el Taj Majal, o que privados del contacto con el mundo, como el emperador chino, se crearon uno propio con lagos artificiales, barcos de piedra a prueba de mareos en medio de esos lagos, ciudades secretas y legiones de chupamedias que le hacían la vida más fácil.

Conclusiones

Un libro bien escrito, a veces penalizado por los prejuicios de la época, un poco largo pero fascinante si se toma con paciencia y considerando que no se va a leer rápido. Blasco Ibáñez no era un mero best seller sino un escritor con todo el dominio de su oficio, informado cuando habla de historia, sensible para trasladar lo que ve a la literatura. Uno que deja traslucir en lo que escribe, y de manera bastante explícita, sus defectos y virtudes. No es poco.

miércoles, 19 de junio de 2013

Novelas y policías













Cómo escribir sobre casos policiales sin caer en el periodismo o encomendar la trama a un personaje principal que, a priori, no simpatice al lector. Porque como bien indicaba Foucault y antes de él Max Weber, el policía es el control estatal hecho carne, el "uso legítimo de la fuerza" hecho carne. La literatura y más tarde el cine, darían con una solución salomónica a la encrucijada: el detective privado.

Él se mueve en el mismo escenario del control policial, pero el suyo es el lugar del outsider. Su relación con la policía es en general ambigua. Ambos se implican como males menores, se relacionan, se toleran, pero no simpatizan. Cuando se juntan es solamente para poner de manifiesto la inteligencia o la valentía del protagonista, en contraste con el talento de los pálidos representantes del la ley. Desde ese lugar, el de la diferencia, el lector se relaciona y empatiza con este personaje casi siempre oscuro, excéntrico, vicioso a veces, lleno de contradicciones pero fundamentalmente (siempre de modo heterodoxo) honesto.

El detective privado es a veces un ex-policía, expulsado de la fuerza por problemas con la autoridad, hechos de violencia, acusaciones injustas o empecinamiento en vicios que un representante de la ley y el orden no puede tener: alcohol, drogas, putas, juego y otras cosas divertidas.

Sir (vamos a ponerle el título ya que se lo puso la reina) Arthur Conan Doyle es sino el primer escritor de novelas policiales, sí quien creo con la figura del detective Sherlock Holmes muchos de los clichés del género policial. Holmes es un outsider en toda regla, un excéntrico, un intelectual y también un drogadicto. El método lógico deductivo de Holmes, herencia de una época de positivismo fervoroso, será el mismo que sigan sus herederos: el padre Brown de Chesterton o el Hércules Poirot de Christie.

Conan Doyle tampoco inventa la pólvora. Utiliza recursos bastante visitados en la historia de la literatura, como el de introducir un personaje secundario, un alter ego cuya única excusa de existencia es la de escuchar las explicaciones de Holmes; quien lo desautorizará con su afamado e hiriente “elemental Watson”. Watson es el Sancho Panza del Quijote, el Robin de Batman, el Lotario de Mandrake o el Yañez de Sandokan. Un personaje de una fidelidad perruna, un poco abombado, cuya inteligencia intenta seguir a la de su mentor pero que sólo consigue con suerte entender sus explicaciones. El lector es también un poco Watson, porque para quién sino para él son las largas peroratas de la brillante y locuaz lógica de Holmes.

La base del género policial clásico es la siguiente: ocurre un crimen inexplicable. Normalmente la policía manifiesta su ineficacia para resolverlo e incluso su torpeza. Alguien participa a nuestro héroe de tal situación y aquí comienza la diversión. De la suma de los vestigios y señales que el detective recoja a lo largo del libro, vestigios y señales que el escritor está obligado a transmitir al lector sin guardarse ninguno,  surgirá un modelo, una maqueta, una reconstrucción de la historia (y una interpretación) que devele el misterio. Lo de no ocultar ningún detalle es un convenio tácito con el aficionado al género, que se convierte también en detective. El lector reconstruirá su propia historia para descubrir al cabo (si la novela es efectiva) que ha interpretado mal los indicios, dejándose engañar. La solución al misterio es distinta a la que el lector ha arribado. Sherlock, Brown, Poirot, darán pruebas (normalmente en una brillante exposición final) de su sutileza (que el lector reconocerá) y su inteligencia, resolviendo el caso con los mismos indicios expuestos, pero ordenándolos e interpretándolos de un modo diferente e inesperado. En este sentido el lector se sentirá defraudado, de un modo que tiene algo de paradojal, si logra develar por sí mismo el misterio y el detective ficticio y novelado no es en definitiva más inteligente que él.

Algo de este análisis anticipamos hace poco en nuestro comentario sobre El sueño de los héroes de Bioy Casares, donde el autor utiliza la estructura del policial como coartada para una novela de género fantástico.

Semanas atrás escuché al escritor Federico Andahazi en una entrevista televisiva, afirmando que al escribir una novela policial un escritor se recibe (se gradúa) de escritor. Se puede compartir o no tal idea, pero lo que sí es cierto es que el policial obliga por estructura a un cierto rigor de construcción, donde las conclusiones deben ajustar perfectamente al texto precedente que las anticipa pero que, en un verdadero tour de force de prestidigitación y ocultamiento, no puede revelarlas antes de tiempo. Es decir, la conclusiones están ancladas en señales e indicios que el lector ya ha visto, pero, o bien pasaron desapercibidas, o fueron evaluadas de forma deficiente. En este sentido una novela policial debe "funcionar" (el término es mío) de un modo diverso a otros tipos de géneros, obligación que la constriñe y a la que, seguramente, responde el prejuicio que todavía hoy persiste en relación al policial.

De los norteamericanos será la tarea de renovar, o al menos dar una vuelta de tuerca al género. Los campeones americanos fueron Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Surgidos en esa efervescencia literaria de las publicaciones pulp y revistas de pocos centavos, Hammett y Chandler popularizan otro tipo de detectives que transitarán el sub-género de la novela negra. A título informativo de mi gusto personal anoto aquí que considero a Chandler mejor escritor que Hammett. Aquí también comentamos un texto del primero. Lejos está Piliph Marlowe, el recurrente personaje principal de Chandler (el escritor también escribirá sagas y estará como Conan Doyle desesperantemente atado a su personaje), de los ascéticos detectives victorianos del policial clásico. Marlowe, aunque con un intrigante desprecio por el dinero que manifiesta uno de sus irregulares escrúpulos, se mueve por el escenario de bajos fondos oscuros y tortuosos de Los Ángeles. Este contexto, en las antípodas de la Baker Street, parece contagiar su estrechez, su miseria, sus crímenes de baja estofa a quien debe develar un misterio que, en última instancia, no es lo más importante.

Marlowe se revuelca en ese mundo maloliente atravesado de peligros, traiciones, amistades de dudosas moralidad y bellas femme fatales. Sus herramientas ya no serán la lógica y la pura inteligencia. En el EE.UU. posterior al crack del ´29, en unas novelas destinadas a la clase obrera de los blue collars, Marlowe recurre a la intriga o la violencia, se enamora de sus clientas que por lo regular son malas minas, lucha contra sus vicios y su pasado, y lleva la historia a los tumbos por callejones infestados de ratas y escapando de malhechores con apellidos italianos que se la tienen jurada.

El cine le puso a Marlowe el rostro de Humphrey Bogart. Y Bogart, con su sombrero ladeado, su piloto raído, su gesto adusto y su aparente desprecio por las cosas de este mundo, es Philip Marlowe. Y hasta su talento alcanza para hacernos creer que llena el rol, porque si hablamos de fisic du rol, y a fuerza de ser justos, Bogart era un poco petizo para ser Marlowe.

El cine negro crea con el matrimonio Bogart-Marlowe otro estereotipo, citado, imitado y parodiado hasta el hartazgo. Hoy en día no podemos pensar en un detective privado sin imaginarlo con su sombreo y su piloto, alejándose por alguna calle sórdida y nocturna, apenas manchada por la luz de farolas deficientes, atravesada de gatos maulladores, humedad, el sonido ahogado de los garitos y la promesa de un asesinato de alguien al que nadie echará de menos.


jueves, 13 de junio de 2013

LUIS II EL REY LOCO DE BAVIERA

Jean de Cars
Emecé Editores S.A., Buenos Aires, 1985


 

Tiro al blanco

Conseguí este librito en una mesa de ofertas; golpe de suerte o de intuición, fui recompensado con una historia fascinante.

El autor

Jean des Cars es un periodista y escritor francés nacido en 1943. Ha escrito en medios masivos como Le Figaró y París-Match. Es considerado como un especialista en la historia de las familias de la nobleza europea.

El libro

Normalmente alterno los géneros literarios por los que transito. Este libro, biografía histórica bien documentada de quien fue llamado el "ultimo rey de Europa", vino a llenar un espacio entre un libro de viajes y una novela. No defraudó. Al contrario, y lo mejor que puede hacer un libro, abrió otras puertas, inauguró otras inquietudes en donde seguir investigando. Por ejemplo, la rica y tortuosa relación de Luis II con Richard Wagner, de quien fue mecenas, me hizo interesar en el controvertido músico y estuve varios días acompañado en el auto con walkirias y tristanes e isoldas.

El libro está bien escrito. Es atrapante y es el antónimo de los mamotretos, pródigos en fechas y lugares, que uno puede llegar a enfrentar cuando se sienta a leer un libro de historia. Porque eso es este libro. No es un folletín ni una biografía novelada que resalte los aspectos singulares de la vida de este rey singular. Al contrario, es un ensayo bien plantado y documentado, que trata de explicar ciertas conductas originales de un rey que parece atrasado con respecto a su época; recordemos que murió en 1886.

Baviera es en los tiempos del nacimiento de Luis II, uno de los reinos más importantes de lo que luego se transformaría, a impulso del célebre mariscal Bismarck, en Alemania. Situada en el sur, fértil en elevaciones y montañas de ensueño (imaginemos el paisaje de la Novicia Rebelde) Baviera es católica y su rey, profundamente, también lo es. Prusia, al mando de Guillermo I (tío de Luis) y de la mano de Bismarck, empuja la región hacia la unificación de lo que sería, luego de la guerra franco-prusiana, el 1er. Reich. Luis II, que primero se opone a Prusia, debe ceder finamente, y pone sus tropas a disposición de Bismarck. Esta posición, que sería primero criticada por los opositores a Luis, resultaría a la larga beneficiosa para Baviera, porque por su colaboración Prusia respetaría luego de la unificación una cierta autonomía del reino de Baviera (le dejaría usar su propia moneda, conservar su red de correos y sus ferrocarriles).

Pero nos estamos adelantando. Luis II asume su responsabilidad como rey antes de los veinte años. Su padre Maximiliano II muere inesperadamente a sus cincuenta y tres. Luis, joven retraído, de porte majestuoso (medía casi dos metros), que rehuía la compañía de la gente, queda al frente del reino de Baviera. Era, según decían las damas de la época, un joven bello; con su lánguidos ojos azules dirigidos en general hacia los cielos (hay muchas fotografías que lo muestran en esa peculiar contemplación) y sus maneras distinguidas cultivadas en las artes y el teatro. Era, además, homosexual. Esta inclinación, combinada con su ferviente fe católica, configurarían una lucha interna que se desarrollaría durante toda su vida; en la que alternativamente cedía a la tentación de la carne, y anotaba en su diario no volver a hacerlo con palabras conmovedoramente arrepentidas. Luis II luchó contra su naturaleza hasta el último de sus días.

Desde el principio de su reinado Luis se muestra como un joven peculiar. Su inclinación a la ensoñación lo lleva a apreciar el teatro y la ópera por sobre todas las artes. Su primer acto de gobierno luego de su coronación, es enviar a un emisario en busca de Richard Wagner, su ídolo musical. El emisario demora en encontrar a Wagner, que viene dejando un tendal de deudas por toda Europa y trata de borrar sus huellas para que los lobos no lo alcancen. El mensajero, por fin, cuando la economía y la vida entera de Wagner estaban en banca rota, logra encontrarlo. Habría que haber estado allí para ver la cara de Wagner ante el ofrecimiento de este embajador (se trataba de nada menos que un príncipe) que le venía a salvar literalmente la vida. Días después Wagner escuchaba azorado de los labios del propio Luis II cómo su vida estaba solucionada (deudas incluidas) para que él pudiera dedicarse solamente a crear sin preocupación alguna. En pleno siglo XIX Wagner había encontrado a un mecenas renacentista.

Las cartas entre Wagner y Luis II son una exageración escandalosa de alabanzas y declaraciones de amor. Del lado de Luis II no podemos dudar de su sinceridad, del de Wagner, y a pesar de la gratitud que le debía a su salvador, vemos a veces el ojo del calculador. Aunque las cosas no son tan simples. Wagner recibe con entusiasmo este rey que lo ama, a él y su obra sin distinguir, pero él tiene sus propias ideas y vicios (muchos). Uno de ellos son las mujeres ajenas. Wagner sostiene una larga relación con Cósima (la mujer de su director de orquesta) con la que tendría dos hijos (estando ella todavía casada). El alegre trío escandaliza a Munich, y Wagner, quien tampoco se abstiene del escándalo, llamando la atención con sus gastos desaforados y la vida principesca que se da a costas del estado bávaro, es finalmente expulsado del círculo de Luis II por dos de sus ministros. Wagner escribe, expresa sus ideas políticas y es un consejero peligroso para Luis; pero éste, aún en sus momentos de mayor lejanía personal con Wagner (la que se ensancharía cuando se confirmara su relación con Cósima), sigue ayudando al músico (con dinero por supuesto) porque ve en la cristalización de su obra su propio destino como rey y mecenas.

Luis II comienza a hacer más patente la originalidad de su personalidad que algunos quisieron ver patológica. Su afán por aislarse lo llevan a refugiarse en las montañas. Allí realiza largos paseos nocturnos en un trineo dorado tirado por cuatro caballos blancos. Es el comienzo también de su etapa como constructor, gusto que parece heredar de su abuelo. Su primer palacio, a imitación de las antiguas fortalezas medievales, se erigirá en lo alto de la montaña. Neuschwanstein, tal el nombre del famoso palacio, será el que inspire aquel otro que Walt Disney diseñó como imagen de su propio imperio de fantasías. Luis también concibió su propia vida como una fantasía realizada.

Neuschwanstein estará lleno de extravagancias. Por ejemplo una cascada artificial que podía verse desde la propia habitación del rey. Decoraciones fastuosas y sobrecargadas (Luis comienza a admirar a los luises franceses y copia su estética); agua corriente fría y caliente (una avance técnico extraordinario para la época); además de su propio teatro, donde Luis hace montar las grandes óperas europeas que se representan para un solo espectador: el rey. No ahorra fastos y glorias para agasajarse. Come solo y para no ver a los sirvientes manda crear un dispositivo donde la mesa baja hasta un subsuelo donde se la sirve y luego sube de nuevo hasta el majestuoso comensal. Aunque en rigor Luis no come en soledad. Lo acompañan los bustos de Luis XVI y María Antonieta, a quienes, según versiones poco confiables de los sirvientes que luego lo traicionarán, Luis les habla animadamente.

Pero el afán constructor de Luis no parece tener límites. Erige dos nuevos palacios: Linderhof ; donde hace construir una gruta artificial iluminada eléctricamente, en la cual navega por la noche en una barca en forma de cisne que se deslizaba silenciosamente sobre rieles, como el juego de una feria de entretenimientos. Y  Herrenchiemsee, una reproducción fiel del palacio de Versalles donde, a pesar de ser su edificio más oneroso y el que lo llevará a la bancarrota y la pérdida posterior de su corona, Luis II sólo pasa una noche.

Los favoritos se suceden, escuderos y ayudas de cámara serán la imagen a la que Luis II adorará y rechazará, alternativamente, lleno de cristiana culpa. El trato con el rey por parte de sus ministros se vuelve casi imposible. Luis se niega a recibirlos, y cuando lo hace, pone un biombo para que no lo vean. Baviera queda en manos del gabinete, que casi ya no consulta a su rey. Sólo una presencia, Sissi, la famosa emperatriz de Austria y prima de Luis, parece comprenderlo; ella también es un espíritu original. Un incidente los ha alejado, en su juventud Luis ensayó casarse con su hermana Sofía, pero la dejó plantada y sin boda. Más tarde Sissi lo perdona, y es casi su única compañía en largos paseos nocturnos por el lago Starnberg, en cuyo centro Luis compra una isla para rescatarla de la tala de árboles, y manda plantar quinientos mil rosales; la isla pasara a la historia como "la isla de las rosas".

Finalmente lo dispendioso de Luis, que no se ahorra ningún lujo, como aquel rey sol al que admira (Apollinaire lo llamará el "rey luna") y ha donado a Wagner no poco dinero para que éste construyera su ansiado teatro; es traicionado por los políticos que lo hacen declarar loco. Luis tiene un antecedente cercano, su hermano Otton se ha vuelto loco y permanece internado durante cuarenta años, hasta su muerte en 1916. Pero Luis no llegará tan lejos. Internado a orillas del lago Starnberg actúa de modo perfectamente normal durante su corto encierro. Los campesinos han salido desaforadamente en su ayuda cuando mandaron apresar al rey, detalle maravilloso y extraño: los hombres sencillos sentían cercano a este rey extravagante que podía aparecer en medio de la fría noche alpina en un albergue para viajeros y hablar afablemente con los parroquianos. Pero el rey se rinde. Ya no tiene fuerzas para luchar.

La noche del 13 de junio de 1886, Luis pide dar un paseo por el la costa del lago Starnberg. Su psiquiatra, Bernhard von Gudden, lo acompaña en el paseo, y tal es la buena conducta que Luis ha demostrado en los últimos días, que parten sin guardias ni enfermeros. Horas después lo encontrarán a los dos, muertos, dentro del agua.

Las hipótesis son varias. Lo cierto, Luis ha estrangulado a von Gudden,y  luego ha muerto de una apoplejía en las frías aguas del lago. No se sabe si intentando suicidarse o tratando de escapar. Uno de los mitos de la muerte del rey es que Sissí intentó rescatarlo para hacerlo huir a Austria, distante a pocos quilómetros del lago. Quizás murió tratando de llegar a un bote que lo esperaba, quizás simplemente se introdujo en las aguas heladas para poner fin a la deshonra de ser declarado loco. Todavía da que pensar su misteriosa muerte a historiadores y curiosos que se acercan a ver la cruz erigida en las orillas del lago Standberg.

Conclusiones

Una historia fascinante, bien escrita, sobre un rey excéntrico que odiaba la política. Que usó todos los recursos a su disposición para cristalizar sus fantasías más delirantes. Y después murió como había vivido, con la intensidad de una fanfarria wagneriana.

Uno de esos libros que da lástima que se terminen.

miércoles, 5 de junio de 2013

LIBROS DE VIAJES


Existen, ya se sabe pero vamos a decirlo, una infinidad de subgéneros literarios. Uno de los que más me ha atraído últimamente es el de los libros de viajes. Ya desde el enunciado advertiremos que la definición que engloba este tipo de literatura se bifurca marcadamente. Por un lado encontramos las guías para viajeros, simples folletos ilustrados destinados a señores afortunados que surcan mar y tierra para ir al encuentro de antiguos palacios e iglesias, centros de peregrinación profana o playas paradisíacas donde se bebe en cocos; y en donde porque el tiempo es dinero (y en el turismo más) es mejor ir avispado de lo que uno se puede perder y no andar lamentando a la vuelta lo que no vimos.

El otro caso es el de los auténticos libros de viajes. No meras reseñas o guías, sino descripciones de lugares, usos y costumbres de las sociedades originarias o adoptivas, apreciaciones del escritor, y hasta juicios de valor o comparaciones con las propias costumbres o paisajes de ese autor; a veces hasta el prejuicio. La cosa se hará más abundante todavía, pues un mismo sitio puede haber sido visitado por múltiples autores en épocas diversas; de modo que tendremos una serie de miradas transversales, como los cortes en un árbol talado que muestran sus cambios a lo largo de los años, que nos cuenten el crecimiento o la decadencia de un sitio. Si tomamos un lugar en particular, y acudimos a esas miradas diferentes, que tal vez pongan atención a otros intereses o tengan diversa sensibilidad sobre los mismos, iremos formando un laborioso rompecabezas que nos dará una idea; más rica, más profunda y quizás, más interesante que el lugar mismo.

Un buen libro de viajes debe tener la capacidad de evocar en el lector la imagen de un lugar que quizás nunca haya visto. Aunque en la actualidad, donde obtenemos al instante y gracias a Internet el rostro del cualquier ignoto pavote o la fotografía del rincón más recóndito del globo, es difícil que no tengamos perdida en la memoria una imagen o una construcción mental de cualquier lugar que se nos cite. Pero no ocurrirá esto mismo con descripciones diacrónicas a nuestra época. Difícilmente podamos guardar una imagen del jardín de invierno (luna artificial incluida) del rey Luis II de Baviera, o del gentío aglomerado en el palacio de cristal en la exposición universal de Londres en 1851, o de un safari africano de principio de siglo XX. Esa nueva (o muy vieja) e imposible dimensión del tiempo (además de la obvia geográfica) ofrece un condimento irresistible a cualquier crónica de viaje.

Por los azares de la literatura he visitado Hawai (se sobreentiende que figuradamente) al menos cuatro veces. La primera con Robert Louis Stevenson, quien fue, tal vez, uno de los más grandes escritores "marinos". La segunda de la mano de un mediocre volumen que describía el derrotero del famoso explorador y capitán James Cook. Luego vi el archipiélago a través de los ojos de Jack London, quien por 1912 construyó un velero y se lanzó al Pacífico en busca de aventuras (valga la contradicción). Y finalmente al compás de la pluma de Vicente Blasco Ibáñez, autor español que llegó allí a bordo de un paquebote en el año 1923.

Además de conocer las islas como exótico telón de fondo donde Tom Selleck correteaba malhechores en una Ferrari en los años ´80s., conozco el nacimiento del surf con pesadas tablas de madera con las que London se estroló repetidas veces en las playas de Honolulu. Imagino tranquilamente y sin mayor esfuerzo el penacho de humo de sus volcanes en perpetua actividad. También las nubes que estos volcanes atraviesan y que dos vientos contrarios (los alisios y otro que no recuerdo) hacen luchar entre ellas como si de espíritus rivales se trataran. He visitado por dos veces el célebre leprosario que aislaba a los enfermos en una isla y los hacía vivir lejos de una sociedad que les temía, en una comunidad de alegres y pacíficos freakes. Y puedo igualmente figurarme las olas enormes en las playas de Waikiki; en los tiempos actuales o en aquellos otros, cuando los nativos de piel cobriza y ancha nariz correteaban a las liberales ninfas del Pacífico cuya religión hacía del sexo parte de los ritos (bendito país!).

Ignoro minuciosamente el entramado de rutas, vuelos y esperados trasbordos que me llevarían a este lejano archipiélago. No tengo motivos para pesar que alguna vez estaré allí. Quizás tampoco tenga deseos. Sin embargo, puesto a una tarea inútil y sin consecuencias, creo poder hacer una semblanza bastante acertada de su playas de oscura arena volcánica, de sus tierras feraces y por momentos selváticas, de sus nativos sonrientes y atareados en hacer creer al occidental que es el primer occidental que ven sus ojos; y a quien sus manos le ofrecen vistosos collares de flores. Y todo este saber (por llamarle de algún modo), estéril por cierto, se acumula y persiste fijado con alfileres invisibles en una misma memoria que no recuerda el nombre sus compañeros de primaria o la topografía de su ciudad natal. 

Es ocioso explicitar que en esa misma memoria están fijos diversos paisajes; que son comparados entre ellos cuando otro hace el ingreso por la puerta de la literatura. Se consideran por ejemplo diferencias y coincidencias entre el Ártico y la Antártida (a la que ya fui por lo menos cinco veces); o se cotejan los variados destinos de los misioneros católicos en el Japón, Misiones o Calcuta. Todo este sordo trajín interno, este tráfico nerd de viajes dentro de viajes que jamás se llevaron a cabo; está motivado por la misma fascinación que llevó a que los contemporáneos de Marco Polo lo convirtieran en un personaje célebre, cuando en realidad aquel aventurero apenas había entrevisto las costas (geográficas y culturales) del longevo imperio chino.

Uno de los rasgos más notable de Borges es que, ya de muy entrada edad y, sobre todo, a pesar de estar ciego, era un viajero entusiasta. Y no estamos hablando de un viajero literario, de un explorador (que lo fue y cómo) de un descubridor de literaturas foráneas; sino de un viajero concreto, con valijas, y trasbordos enojosos y cagaderas por comer picantes mexicanos. Es difícil pensar en un viajero sin ojos, o en el que sólo persista la percepción del color amarillo. Sin embargo esa costumbre o esa afición demuestra que tal vez no es necesario ver para conocer algo. O que quizás no es siquiera imprescindible viajar para viajar. O que el geográfico no es el traslado fundamental sino que el tránsito interno (no intestinal) lo es.  O que la literatura opera el milagro de que lo contado sea tal vez más real que lo real.

Como sea no deja de ser estimulante pensar que para los ociosos, o para el ciudadano de bolsillos incapaces o cobardes, basta con estirar la mano y abrir una página, para pasar de un sillón mullido (y raído) a las planicies del Serengueti, o al insólitamente adverso cabo Crozier a -60°, o a nuestro propio terruño, pero dos o tres generaciones atrás, cuando nuestros abuelos o los abuelos de ellos hundieron un arado en el lugar donde hoy transitan trescientos mil automóviles por día.

jueves, 30 de mayo de 2013

EL SUEÑO DE LOS HÉROES

Adolfo Bioy Casares
Biblioteca Esencial La Nación, Emecé Editores S.A., Buenos Aires, 2005.

 

Tiro al blanco

Este libro salió hace años en una colección del diario La Nación. Publicaban semanalmente un libro de Borges y uno de Bioy Casares, de forma alternada. Compré casi todos los de Borges e ignoré intencionada (y con un secreto orgullo) los de Bioy Casares. Ahora encontré este clásico en una mesa de saldos y lo compré como una suerte de resarcimiento póstumo a mi indiferencia del pasado.

El autor

Adolfo Bioy Casares nace en 1914. De familia acomodada, ensaya estudios universitarios en Derecho y luego en Filosofía y Letras. Estos quedaron truncos por su desilusión con el mundo académico. Luego de eso se retira a una estancia de su familia donde se dedica fundamentalmente a la lectura. A partir de los años ´30 forma parte del grupo de intelectuales que se reúnen en torno a la figura de Victoria Ocampo, quien funda la revista SUR, que será referente de la intelectualidad argentina e internacional. En este círculo Bioy Casares conoce a Jorge Luis Borges; a quien lo unirá una amistad de cincuenta y seis años, hasta la muerte de Borges en Ginebra.

La colaboración y el intercambio intelectual con Borges marcarán su carrera y su obra. En ocasiones sus admiradores se han dado a la tarea de defender su literatura y reivindicar su valía como escritor, en contra de esta suerte de eclipse que se da entre Bioy Casares y la figura rutilante de su amigo íntimo. El premio Cervantes, casi al final de su carrera, vino a confirma esta posición que, sin embargo, se resiente cuando uno encuentra que el universo literario de ambos escritores se entrecruza constantemente. Compartieron el gusto y muchas veces la escritura de literatura fantástica y policial; además de la erudición y el gusto por una suerte de sátira sobre estos mismo géneros.

En el terreno personal Bioy Casares se casó con Silvina Ocampo, otra personalidad que vivía a la sombra de una más arrolladora: la de su hermana Victoria. No obstante esto es conocido su perfil enamoradizo (por decirlo de algún modo) que lo llevó a tener numerosas historias paralelas a su matrimonio. Hechos que en el ámbito estrictamente literario no tiene la menor importancia, pero que incluyo aquí de modo caprichoso y a título de dar una pincelada de humanidad a tanto dato biográfico.  

El libro

Este análisis podría bien no haber existido, podría haberse extinguido simplemente ante la presencia de mi anterior artículo Borges y Bioy Casares en el Sueño de los Héroes; de publicación reciente. Sin embargo me quedaron algunas cosas en el tintero y me parecía justo (sino con ustedes conmigo mismo) exponerlas aquí.

El estilo. El sueño de los héroes es una novela corta, estructurada en múltiples capítulos de extensión breve. Esto le da un ritmo que impulsa al lector a ir de uno a otro sin agotar su atención ni caer en el aburrimiento. El estilo de Bioy Casares se compone de frases largas que a veces ocupan párrafos enteros. Un recurso reiterado, es la larga enumeración de objetos o detalles de un escenario o personaje; como instantáneas de partes o sinécdoques adicionadas en un método que recuerda al cubismo pictórico; que compone el todo con pequeños detalles. El autor se manifiesta en ocasiones, en una atareada omnipresencia, con frases como "esta historia que les cuento" etc. Así parece conocer la historia de principio a fin e insinúa que el sinuoso camino que Gauna, el protagonista, se ve impulsado a transitar se llama, a secas, destino.

El sueño... es en realidad una novela policial, pero sin un crimen que contar. En los rudimentos de la justicia se da el axioma: sin cadáver no hay crimen. De lo que se derivaría: sin crimen no hay novela policial. Sin embargo Bioy Casares se las arregla para disponer de los recursos del policial sin un crimen; aunque para ser justos si hay algo de policial: existe un misterio.

La trama surge de una situación sencilla que se resuelve al principio y en pocos capítulos. Emilio Gauna, joven ayudante de mecánico, gana dinero en las carreras de caballos. Resuelve, ya que se trata de dinero "dulce", gastárselo en noches de juergas con sus amigos del Club Platense y un tal Dr. Valerga, que se intuye aunque no se explicite, un antiguo guapo devenido en concejero de los calaveras en formación.

El nudo sucede en tres noches sucesivas del carnaval de 1927. Gauna despierta de esas noches en la casa de los cuidadores de botes en los lagos de Palermo. No recuerda casi nada (estuvo todo el tiempo borracho); salvo que conoció una "máscara" (una joven disfrazada y enmascarada) en el cabaret Armenonville, de la cual tal vez se enamoró. Cuando se reencuentra con sus amigos estos no le ayudan a recordar. Al contrario, parecen conspirados en ocultarle los hechos de esas noches, que Gauna recuerda vagamente como las mejores que ha vivido. La conspiración es ruda y pareja y lo desanima en su designio de rememorar lo que pasó.

Luego Gauna conoce a Clara, actriz en ciernes y la hija del Brujo Taboada, reputado adivino barrial, quien es su momento ha tenido unas misteriosas palabras con Gauna sobre su destino (que son un indicio, lo comprendí después). Se enamora de Clara sin quererlo y finalmente se casan. Antes de ello hay una suerte de engaño de parte de Clara que perpetuamente tortura los celos de Gauna, a quien el amor lo vuelve suave y le veda dar un portazo y abandonarla. Urde en cambio tortuosas venganzas para humillarla y dejarla, que nunca lleva a cabo.

Finalmente y luego de largo tiempo casado y alejado de sus amigos, la suerte de nuevo le sonríe en las carreras. Gauna resuelve reproducir la larga jornada del carnaval de 1927, junto a la misma compañía, con la esperanza de recordar lo olvidado y reencontrar a la máscara. A riesgo de perder el amor de Clara traza con la ayuda de Valerga y sus amigos el mismo camino pretérito. En su transcurso comienza a recordar los hechos sentidos como maravillosos en su  vago recuerdo y advierte que son escenas miserables y patéticas. El Dr. Valerga y sus amigos se revelan como personajes violentos, crueles, a veces cobardes o genuflexos. Gauna reconstruye con minuciosidad sus pasos de 1927 y por fin llegan al Armenonville. Allí, casi como continuación de esta suerte de magia que parece atravesar el relato, encuentra a la máscara; que es, como habrán podido ya adivinar los lectores, incluso con los pocos datos brindados en este resumen, la propia Clara.

Cuando dijimos que El sueño... era una novela policial sin crimen, era porque como en los relatos de misterio, Bioy Casares va dejando pistas que llevan al lector hasta la conclusión final. Y estas señales están dispuestas como en los textos de este género, para que el lector reconstruya una estructura donde han sido sugeridos subrepticiamente todos los hechos que se precipitan en el desenlace. Precisamente, el género policial es una suerte de juego establecido entre el escritor y el lector donde el primero desafía al segundo, en base a indicios (algunos concretos y otros falsos, para despistar) a reconstruir la historia y llegar a una conclusión final que por lo regular queda desmentida. Precisamente el juego es ocultar una segunda trama subyacente (que sólo el escritor es capaz de desentrañar) para sorprender al lector que ha sacado conclusiones erróneas. Todas las sospechas señalaban al amante de la señora asesinada, pero resulta que el culpable es el mayordomo.

Bioy Casares construye esa segunda trama, haciéndonos pensar que la historia fundamental es este desdoblamiento de Clara en los dos personajes que enamoran a Gauna. Esta parte de la historia se basa en el juego entre el impostor de identidad oculta y el personaje real. Para dar un ejemplo: Clark Kent y Superman, o Peter Parker y el hombre araña. Clark Kent quiere que Luisa Lane se enamore de él, sin embargo ella lo hace del inefable e ingrávido Superman. El problema que surge es que: Clark Kent sigue deseando que se enamore de Clark Kent y no de su alter ego; paradójicamente su enemigo es él mismo. Aquí ocurre exactamente igual. Clara se casa con Gauna, pero en realidad no lo tiene completamente, no es completamente suyo porque él sigue enamorado de la máscara (ella misma) desde que la conoció, borracho, tres años antes. Como siempre, al final de la obra, la heroína revela su identidad y la trama parece completarse.

Sin embargo la segunda trama subyacente, la que nos pasó desapercibida y que nos hizo subestimar al autor por la obviedad de los indicios que indican que Clara es la máscara (lo cual es un mero juego de espejos para distraernos); es la inesperada resolución del relato. Porque en realidad Clara había hecho irrupción en la escena de 1927 enviada por su padre, el Brujo Taboada, para desviar el destino de Gauna, el cual era morir esa noche bajo el cuchillo de Valerga. En 1927 Clara logra rescatarlo de su destino. Esa desazón, esa inquietud de Gauna durante esos tres años, sus dudas sobre si es cobarde o valiente, y hasta sueños y vagos recuerdos que lo mostraban peleando a cuchillo con Valerga; tiene relación con lo que el destino le tenía trazado y el rescate que Taboada hace a través de Clara.

Pero en la segunda ocasión Clara no lograr desarmar lo que estaba planeado. Gauna, sobre el último párrafo, se entrega a su muerte casi con felicidad, confirmando que era valiente, concretando con alivio su destino.

Conclusiones

El desenlace es absolutamente borgeano, y que pataleen los defensores de la originalidad de Bioy Casares. El agnosticismo de un destino insobornable, repite conceptos ya encontrados en cuentos como La lotería de Babilonia (el destino es un camello ciego); o más concretamente en La otra muerte y El milagro secreto. En La otra muerte el protagonista, tal como Gauna, logra torcer su destino y tener dos muertes, lo cual empuja a contradicciones en sus biógrafos. En El milagro secreto el personaje principal logra detener su muerte y congelar el tiempo (en pleno fusilamiento) para componer en su mente un texto perfecto, a cuya conclusión sobrevendrá el inevitable, pero postergado, disparo. En El sueño de los Héroes un factor externo (Taboada a través de Clara) posterga el destino de Gauna. Pero en esencia la historia es la misma.

Esto es quizás lo único que pueda reclamarse a esta novela. El libro está contado en el elegante estilo de Bioy, los personajes están bien plantados, como el escenario porteño en pleno carnaval. La lectura es rápida y placentera, con hallazgos pequeños y deliciosos, como golosinas de frases y reflexiones breves. Bioy Casares nos hace caer en la trampa de su policial que no es policial; la primera trama, la del amor y el desdoblamiento de Clara, es la menos importante; la del destino terrible y pospuesto de Gauna, una muerte en duelo y a lo guapo, es la que ha estado oculta y se revela, brillantemente, sobre el final.


miércoles, 22 de mayo de 2013

BORGES Y BIOY CASARES EN EL SUEÑO DE LOS HÉROES


Es extraño cómo se puede revelar la amistad entre dos escritores a través de su literatura. Pero por raro que parezca esto se verifica, sobre todo, en los textos de Bioy Casares. Motivó este apunte la lectura "en clave de comparación" de la novela de Adolfo Bioy Casares El sueño de los héroes. Es de todos conocida la larga amistad que éste mantuvo con Borges, con el que cenaba todos los días, y con quien escribió en colaboración bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq. Esta amistad, que por despareja en el terreno de la edad (Bioy Casares era mucho más joven) uno se siente tentado a llamar paternidad, se trasluce en el terreno literario. Hay como resonancias de Borges en los textos de Bioy Casares. Una cierta arquitectura del fraseo, una elección de ciertos adjetivos que se entrevé compartida entre los dos escritores.

Sin embargo, el estilo de Bioy Casares es más vital, y por eso sus textos en comparación con los de Borges parecen más "desprolijos", como si fuesen borradores de una escritura que en un futuro y luego de correcciones y omisiones de los superficial y lo contingente pudiese convertirse en otra literatura, precisamente la de Borges.

Los dos comparten el gusto por la tragedia y por la valentía; o por la búsqueda de esa valentía por parte de sus personajes. Preocupación de muchos escritores del siglo XX (verbigracia Hemingway). Gauna, el personaje principal de El sueño de los héroes duda todo el tiempo sobre si es un valiente o un cobarde. Quizás ese tema, que no preocupa demasiado al hombre de hoy en día, fuera central en una época donde cualquier maestro, albañil o ciudadano común, pudiese convertirse en un instante en soldado u oficial en el frente europeo de la primera o la segunda guerra mundial.

Otro elemento que los dos explotan es cierto tono burlón, que sin llegar a ser humorístico se relaciona con una mirada irónica e inteligente (ironía e inteligencia se implican mutuamente) de la vida. Y ese tono aligera en muchos tramos de su literatura la tragedia o la angustia que viven los personajes tanto de Bioy Casares como de Borges.

Dicen que Silvina Ocampo, esposa de Bioy Casares, refería que cuando estaban juntos los dos autores se tornaban insoportables; precisamente porque se comportaban como adolescentes bromistas. Dicen también que la noche en que los dos escritores se conocieron en la famosa casa de Victoria Ocampo, fue tal la empatía que sintió el uno por el otro que pasaron toda la noche charlando entre ellos sin prestar atención a los demás. Lo cual motivó que Victoria se acercara y los espetara: "No sean mierdas y hablen con el invitado"; que por aquel entonces era, si mal no recuerdo, Graham Greene.

Pero, y a pesar de que la literatura de Bioy Casares se ha visto muchas veces en la desventajosa posición de describirse como una obra "a la sombra de" la de Borges, puede decirse a su favor que es más efectivo que su amigo a la hora de construir personajes veraces. Y aunque esto se ve viciado de valoración personal y de gusto, esa literatura de Borges estilísticamente perfecta, deslumbrante de erudición e inteligencia, se ve penalizada a la hora de dar carnadura a sus personajes. Estos son más que personas simuladas, elementos para una alegoría mayor, aquella que se desprende de todos o casi todos los textos de Borges. Dos guapos batiéndose a cuchillo en la madrugada de los arrabales porteños, Cruz poniéndose del lado de su perseguido Martín Fierro en otra madrugada campera, no son más que elementos de una trama superior, de un ensamble literario parecido a la perfección, que los implica. Quizás en ese sentido no pueda hacerse más por ellos, si se profundizara en sus personalidades se perdería el tono general de lo que Borges buscaba: hablar de los grandes temas de la existencia y la filosofía a través de la literatura. En este sentido Bioy Casares parece más "libre" para construir sus personajes, para darle veracidad de existencia, de probabilidad; para apuntalarlos de detalles y hacerlos creíbles al lector. Gauna, el Dr. Valerga, son personajes ficticios que pueden haber deambulado por la noche de los carnavales de 1927. Es verosímil su existencia, y en el caso de Gauna su angustia.

"Gauna vio un dormitorio, con una cama de nogal enchapado, con una colcha celeste y una muñeca negra de celuloide, con un ropero, de igual madera que la cama, en cuyo espejo se repetía la muñeca y la colcha…". La enumeración, algo farragosa, es de Bioy Casares; pero la inclusión del espejo y su esperado funcionamiento que hace innecesaria la frase "en cuyo espejo se repetía la muñeca y la colcha" son de inconfundible cuño borgeano.  Con eso no estamos diciendo necesariamente que todos los espejos, los laberintos y los minotauros incluidos en la literatura universal sean un plagio a Borges. Pero en el caso de Bioy Casares, tan cercano a Borges y su literatura, que en la descripción de un cuarto haya incluido un espejo como elemento inquietante, que activa esa descripción llana y objetiva de un escenario dándole otra dimensión; sugiere una influencia, un homenaje, o un mero horizonte de elementos compartidos.

Bioy Casares sí emprende una aventura a la que Borges nunca se asomó. La novela. El sueño de los héroes es una novela corta, aunque también puede tomarse por un cuento largo; tal como la Invención de Morel. Es evidente que la arquitectura de El sueño… no puede desarrollarse en un espacio breve como el de un cuento, necesita el aire de una novela corta, pero naufragaría en una de largo aliento. Casares escribe, sino con concisión, porque su escritura es de frases largas y se atarea muchas veces en consideraciones y descripciones que no hacen a la esencia de lo narrado (aunque  tienen un encanto inconfundible y configuran una parte interesante de su estilo); sí se constriñe en redactar capítulos cortos; a veces de una única página. El sueño… es en tal sentido una novela absolutamente contemporánea, que mantiene la atención con este ritmo rápido de los capítulos que se suceden, muchas veces cambiando repentinamente el escenario para dar una pincelada especifica sobre tal o cual sensación del protagonista en un momento determinado. Por ejemplo la descripción de un estado de ánimo (el desgano, el cansancio de Gauna tras tres noches de juerga) impulsa al autor a escribir todo el breve capítulo sobre la jornada de Gauna en su trabajo como mecánico. Eso obliga a Bioy Casares a crear un escenario verídico, incluir otros personajes difusos (los compañeros de trabajo) y uno más enfocado (el jefe del taller); y una escena que se desenvuelve en ese escenario; todo con el único objetivo de concluir en la frase: "Quería irse a casa a dormir". Donde se manifiesta esta suerte de spleen en el que se sumerge Gauna luego de su aventura y eje de la trama (reventarse mil pesos ganados en el hipódromo en sendas noches de farra compartidas con amigos).

Si bien el riguroso estilo de Borges no hubiese consentido personajes con nombres como el Brujo Taboada o Gomina Maidana, que desarrollan sus destinos ficticios en el El sueño…, y cuyos apodos, por risibles, más se acercan a personajes que pudo haber imaginado Alejandro Dolina (otro gran deudor de Borges); ni tampoco ciertas libertades que se toma Bioy Casares que a veces emparentan el texto con lo coloquial; sí se encuentran, como perlas engarzadas en un tejido basto, estas pequeñas joyas con destellos borgeanos (pido perdón por la recargada metáfora). "Tuvo un secreto placer en contrariarse"; "Antúnez estaba muy nervioso, muy alagado, muy asustado"; "Se encontró, desde luego, muy solo". Es difícil precisar qué parte de esas frases suena a Borges, el estilo de un autor es una suma de cosas definidas que se tornan difusas en el conjunto. Armonizando con otros elementos extra borgeanos, encontramos estas pequeñas obritas de arte, como figuritas adorables danzando en un paisaje laboriosamente elaborado para que ellas se destaquen.

Puede parecer antipático juzgar a una autor a la luz de sus influencias. Sin embargo, Borges mismo vivió refiriendo las propias, y sus recomendaciones y simpatías literarias son un buen camino para introducirse en el mundo de la literatura; si bien el mapa que Borges ofrece tiene mucho de anglosajón.

La controvertida María Kodama tuvo el exceso de describir a Bioy Casares como el "Salieri de Borges". Borges por su lado, comentó en algún momento en una entrevista que, al inicio de su amistad de cincuenta y seis años con Bioy Casares, Bioy era el maestro. Ni una cosa ni la otra; Kodama pecó por atrevida (y SADE la condenó en un acto de desagravio), y Borges elaboró seguramente una broma parecida a la humildad que lo ponía a él por debajo de su amigo. ¿Podemos pensar en una impostura tal que pusiera a Borges como secreto Salieri de Bioy Casares?

Una vez Mick Jagger refirió: "Uno se encuentra con David Bowie y él nos elogia nuestros zapatos nuevos. Tanto le gustan que va y se compra los mismos. Por algún motivo, todos creen después que él fue el primero que los compró". ¿Podrá suceder lo mismo entre Borges y Bioy Casares? ¿Confundimos quién fue maestro de quién? Lo dudo, pero si fuera cierto, sería uno de los últimos y más perfectos chistes de dos brillantes bromistas.

miércoles, 24 de abril de 2013

De cómo adquirir conocimientos


¿Qué es aquello que llaman experiencia, o conocimiento? ¿Es este sedimento de lecturas semiolvidadas que anidamos? ¿Es esta incongruente suma de fragmentos que se pegan a la memoria por quien sabe qué mágicas empatías? ¿Es, en fin, una acumulación lenta, inconciente, sin un objetivo, que vegeta allí adentro de nuestra cabeza y de vez en cuando se asocia con una idea y le da otro color al pensamiento? La melancolía o los minutos perdidos en salas de esperas atestadas, nos hacen (como decía Yupanqui) mirar para adentro y entonces, en este examen desganado, uno se da cuenta de que no es el mismo de hace veinte años. Y no me refiero a las esperanzas y los sueños, ni al cuerpo que se empieza a sentir, sino a aquello que hemos ido aprendiendo a lo largo de las lecturas.

En el caso de este que escribe ese aprendizaje no estuvo acompañado por una enseñanza formal. Mi acceso a todos los barrios de la literatura es la de aquel curioso ensoñado que se asoma a todo balcón creyendo que quizás, más allá, todos los paisajes son bellos como la bahía de Nápoles. Ningún profesor ni catedrático me ha dictado (de dictar, de dictador) lo que era conveniente que leyera. Paralelas a las lecturas obligadas por mis estudios formales, una comunidad heterogénea y vociferante de artistas, poetas, novelistas, historiadores, sociólogos, filósofos, y por supuesto, escritores de tercer y cuarto orden, pululan en la memoria.

En este sentido sólo me he impuesto dos reglas a la hora de seleccionar lo que leo. No marginar ningún tema por ajeno que parezca a mis intereses, y no perder la curiosidad. Hasta ahora esas dos reglas sencillas me han dado buenos resultados. Es raro que algún texto bien escrito me aburra (cualquiera sea el tema que aborde); y es raro que cualquier tema, repito, si está bien escrito, no me interese. Desde luego, ciertos libros especializados y técnicos están fuera del alcance de mi comprensión y por tanto no me aventuro en ellos. Pero aquellos libros de divulgación, aquellos primeros peldaños para entrar en un tema (el átomo, el pingüino emperador o el croché a una aguja) son de mis lecturas favoritas porque los nuevos universos -siempre- son los más atractivos.

Pero, contrariamente a lo que puede suponerse, este sedimento, esta acumulación, no es una bolsa de gatos; un hojaldre sin concierto de conocimientos apilados sin ton ni son. Mi razón o mi sentimiento, con personalísimo afán, clasifica, ordena, tabica todos esos saberes dispersos. Y aunque esos tabiques son bajitos, lo suficiente como para poder saltar de un campo a otro (gracias Bordieu) y que esos saberes se comuniquen y dialoguen entre sí, no quiere decir que no existan. Sin embargo, como ya dije, no he echado mano de ninguna educación formal para esa clasificación, simplemente mi (¿cabeza, mente, memoria?) los dispone de un cierto modo cuya intimidad y génesis ignoro, para que en cualquier conversación yo eche mano de ellos que estupefactos y desubicados se ven impelidos fuera de mi boca, para aterrizar sobre el mantel de un asado, la sala de espera del dentista o el grosero contexto de un colectivo.  Así, me he sorprendido hablando de física cuántica en la cola del supermercado (lo juro), o de relojería con el oculista.

Fácilmente advertirá el interlocutor especializado que mi conocimiento sobre la mayoría de las ciencias y praxis es estrictamente superficial. No obstante eso puedo sostener el engaño, a veces, por períodos de tiempo considerables, sobre todo dejando hablar al otro.  En ese momento es que, como advertido de una trampa no demasiado sutil, pero en la que el interlocutor ha caído por el entusiasmo de hablar del tema que le interesa, hago mi jugada preferida: vampirizar sus conocimientos. Me convierto así en un preguntón inquisidor y detallista, al borde de lo insoportable. Someto al especialista a un interrogatorio entre periodístico y policiaco hasta dejarlo vacío. Lo más curioso de todo: el interlocutor a pesar de agotado se irá feliz. Ha tenido la oportunidad de hablar de lo que le interesa con alguien que se interesa. No como su esposa y parientes a quien tiene hartos con referencias a un tema que ya ha advertido ellos le toleran con paciencia y por cariño.

Cualquier agrimensor, abogado, zapatero o médico especialista promedio, porta un corpus de conocimientos adquiridos en largos años de estudio y práctica. Aunque parezca sorprendente, buena parte de ellos se pueden condensar en una conversación de sobremesa; ni que hablar de si hay asado y vino de por medio.

Cuando este señor suba al auto que dejó al sol en la tarde del domingo, pletórico porque ha comido bien y ha tenido una charla que disfrutó (aunque fue más parecida a un monólogo), le dirá a su señora esposa:

- Che, que simpático el gordito este… el cuñado de fulano.
- ¿Te parece? Yo le veía cara de boludo - responderá ella con gesto ausente.

El agrimensor pondrá primera y arrancará con un encogimiento de hombros, quizás ignorando que le he robado algo (¿conocimiento, experiencia, saber?); y ese algo caerá, impávido y manso entre tabiques ya preparados. Sentirá la nebulosa sensación de estar acompañado. Una mano peluda se abrirá paso por encima de una de las finas divisiones, escuchará una voz:

- Bienvenido, soy el reglamento de rugby.