viernes, 28 de junio de 2013

LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA
Vicente Blasco Ibáñez
Plaza & Janes Editores, Barcelona, 1979.








 
Tiro al blanco

La vida pone al cazador literario en situaciones en las que tiene que estar siempre alerta; lo hemos dicho ya. En una de esas ocasiones, donde nos perdimos con parte de mi familia durante largos minutos en una muchedumbre que poblaba una calle de una ciudad veraniega; accedí, para pasar el tiempo y esperar al resto de la familia que se había extraviado, a uno de las tantas cuevas de libros usados que pululan en toda ciudad vacacional que se precie. El tiempo perdido fue tanto que pude explorar cómodamente el total de las mesas de ofertas, de las que me llevé algunas joyitas a precio irrisorio. Una fue este libro.

El autor

Vicente Blasco Ibáñez fue un novelista español que conoció la fama mundial. Si no lo sabemos él se encarga de contárnoslo a lo largo del libro, donde reseña sin asomo de vergüenza o falsa modestia cada uno de los homenajes que le fueron haciendo en la diversas ciudades visitadas durante el largo viaje al que se aventuró.

Lo cierto es que algunas novelas de Blasco Ibáñez explotaron a la fama mundial cuando Hollywood se atareó en llevarlas a la pantalla grande. Las más conocidas: "Los cuatro jinetes del Apocalipsis" y, sobre todo, "Sangre y arena" de la que se han hecho a la fecha unas cuantas versiones. De las dos películas, las versiones originales, las célebres en vida del escritor, fueron las protagonizadas por el galán del momento Rodolfo Valentino.

Lo gracioso o lo irónico, es que Sangre y Arena es un libro que Blasco Ibañez no apreciaba mucho; pues pese a su nacionalidad no gustaba de la tauromaquia, y los estereotipos bastante groseros que deambulan por la obra no eran de sus preferidos. Como siempre la fama llega por el camino menos esperado; y ésta y la fortuna que trajo aparejada y que le permitió a Blasco Ibáñez emprender un crucero alrededor del mundo acompañado de millonarios estadounidenses, le llegaron, precisamente, por el éxito de esas obras adaptadas por la fábrica de sueños situada en California.

Blasco Ibáñez emprende este viaje, que tiene algo de insólito, casi al final de su vida (moriría pocos años después) sin un motivo preciso y con el único deseo de pisar lugares que había conocido en su juventud y madurez a través de la literatura o las noticias.

La obra

La vuelta al mundo... tiene la particularidad de ser un concienzudo libro de viajes, a veces algo agotador por su extensión (757 páginas de apretada tipografía), pero escrito por un escritor en el pleno uso de su talento. Esto lo convierte en más que un mero libro de viajes, en el ensayo pormenorizado de un observador lúcido y sensible, que maneja un bagaje de recursos extraño al mero cronista.

Blasco Ibáñez se nota un escritor con mayúsculas a la hora de pintar con una descripción, una metáfora o una simple observación lo profundo de un paisaje o una sociedad. Patina a veces en el prejuicio, del que no está exento, al evaluar las costumbres de los pueblos de oriente, medio oriente o África. Se le puede leer cosas como "razas inferiores"; o generalizaciones absurdas acerca de la indolencia de ciertos pueblos, o la disposición para el delito de otros. Todos estos juicios de valor, impensables en un texto de hoy en día, tiran un poco para abajo el valor del libro; que sin embargo toma verdadero realce cuando el autor se dedica de lleno a la descripción de los que ve, de a quienes ve y de su intercambio con todo ese contexto variable e insólito; máxime en una época donde un viaje de esas características era todavía una aventura; por muy articulado que estuviera por la empresa (la American Express) que lo promovía. Todavía el mundo se veía atravesado de enfermedades incurables, que los occidentales se ponían en riesgo de contraer en tierras extranjeras. Dos pasajeros que iniciaron viaje en Nueva York quedaron amortajados en el fondo del mar, atacados por exóticas pestes tropicales.

El viaje se inicia en 1923 en Nueva York. El itinerario contempla viajar hacia el sur, cruzar por el canal de Panamá (de reciente inauguración por aquella época), luego subir a San Francisco y desde allí hacia oriente: Hawai, Filipinas, Japón , Corea, China y luego Indonesia y la India; para después navegar por el mar rojo hasta las costas de África y breve crucero por el Nilo hasta el Cairo; más tarde Alejandría y cruzando el Mediterráneo Blasco Ibáñez volvía a su casa monegasca mientras el Franconia, tal el nombre del paquebote, seguía rumbo hacia América.

La descripción del barco, casi estrenado en ese viaje, es ya de por sí interesante. El Franconia era una nave impulsada por motores de combustible líquido, lo que lo aventajaba sobre sus contemporáneas impulsados a carbón. Era además una embarcación destinada al esparcimiento de sus potentados clientes, por lo que no llevaba carga extra (correo, importaciones y exportaciones) lo que posibilitaba alojar en su interior comodidades impensadas para la época, como una pileta de natación interna o aire acondicionado en cada camarote. Me tomé el trabajo de investigar (santa Internet!) el destino del Franconia, y lo seguí durante las décadas y las empresas y los países hasta que terminó sus días de servicio, en el año 2008 bajo bandera rusa. Sin duda era un buen y longevo barco.

 Es difícil ensayar una síntesis apretada del extenso viaje de Blasco Ibáñez. Por su extensión tanto geográfica como literaria, por su multiplicidad de paisajes y culturas, por lo minucioso y sensible de la descripción que el autor hace de su experiencia. En medio de todo esto Blasco Ibáñez se las arregla para entretejer datos históricos y para reivindicar, de un modo que hoy parece al menos dudoso, el papel de la España imperial de la época colonial. Cuenta así el tráfico a través del pacífico de la época de los reyes de Castilla, que daría importancia a la ciudad de Manila. También la importancia de los jesuitas en las Filipinas. Y así va dejando anotado cómo España, país hoy venido a menos y de tan remota (pero innegable) importancia histórica, ha dejado su huella a lo largo y ancho del mapamundi.

Por otro lado, aunque estamos a casi un siglo de que Blasco Ibáñez diera a la imprenta sus impresiones de viaje, su libro no pierde actualidad cuando describe las milenarias costumbres orientales, sus templos y palacios, los retratos comunitarios de antiguos y sacrificados pueblos que se han sucedido desde el principio de la historia. Su paso por Japón, Corea y China, deja bien fundadas las diferencias entre estos pueblos que el occidental se empeña, en su ignorancia o en su arrogancia, en hacer uno solo; con sus estereotipos del tintorero, el dueño de supermercado o de tienda de ropa en oferta.  Blasco Ibáñez no tenía, o no quería tener, todos los elementos para apreciar en su real dimensión la importancia de esos pueblos; a veces es prejuicioso y sus comentarios, como antes señalábamos, están teñidos de una intolerancia racial que parece común en esa época que generalizaba y estigmatizaba a un pueblo entero bajo ciertos rasgos negativos.

En su aspecto positivo el libro, escrito de un modo sensible y ameno, trae ante los ojos un mundo que a veces parece hecho de sueños. El imaginado por canes y emperadores que crearon palacios de filigrana de mármol, como el Taj Majal, o que privados del contacto con el mundo, como el emperador chino, se crearon uno propio con lagos artificiales, barcos de piedra a prueba de mareos en medio de esos lagos, ciudades secretas y legiones de chupamedias que le hacían la vida más fácil.

Conclusiones

Un libro bien escrito, a veces penalizado por los prejuicios de la época, un poco largo pero fascinante si se toma con paciencia y considerando que no se va a leer rápido. Blasco Ibáñez no era un mero best seller sino un escritor con todo el dominio de su oficio, informado cuando habla de historia, sensible para trasladar lo que ve a la literatura. Uno que deja traslucir en lo que escribe, y de manera bastante explícita, sus defectos y virtudes. No es poco.

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