jueves, 22 de agosto de 2013

El tamaño es lo que cuenta

por Andrés G. Muglia

 
No pude sustraerme a la tentación de anotar este título como inicio procaz de un artículo sobre literatura. De tamaño, de extensión, de "largo" es de lo que vamos a tratar, pero en términos literarios.

Ocurre con los libros algo parecido a lo que ocurre con el tiempo. No está ligado ninguno a la extensión física o temporal sino a la sensación del que los transita. Desmenucemos. Existe una definición de lo que se considera tiempo psicológico. Esto es: la sensación que se tiene del tiempo transcurrido en un determinado momento, desligada de la duración concreta de este momento. No son lo mismo las dos horas transcurridas en la cola del banco, a las dos horas transcurridas en el cine. Unas se arrastrarán y las otras volarán.

No es mi intención esclarecer ningún punto con esta descripción tan rudimentaria de nuestra percepción temporal; sino presentarla simplemente para establecer un paralelo con lo que sucede en la  literatura. Del mismo modo, no es tan importante el hecho de la extensión concreta de un libro, en número de páginas y en tamaño y disposición del texto; sino la sensación que su lectura cause al eventual lector. Hay pues libros que vuelan y libros que se arrastran.

Recuerdo bien mi estupefacción adolescente al comprobar que un libro con fama de "plomazo", de "mamotreto" de extensión infinita, como La Guerra y la Paz de León Tolstoi; fue para mi una suerte de hechizo permanente de principio a fin. Está claro que estamos hablando de uno de los grandes clásicos de la historia de la literatura; pero también está claro que por ser clásico no tiene que ser, por fuerza, un libro entretenido para un adolescente. Primera y provisoria conclusión (casi obvia desde luego): la extensión de un libro no tiene que ver con el interés (o la ausencia de este) que despierte en el lector.

Un poco más acá en el tiempo, siendo ya un lector maduro (qué categoría tan tonta que se me ha ocurrido ahora mismo), encaré la para mi heroica tarea de leer La Segunda Guerra Mundial de Winston Churchill, libro que comento en este mismo blog. Antes de arrojarme a las aguas profundas de estos seis tomos con un promedio de 600 páginas cada uno, hice una primera comprobación (como el que mete un pie prudente en el agua insondable de un estanque desconocido) pidiendo prestado el primer tomo en una biblioteca. Me sorprendí gratamente con el modo en que esta primera lectura me impulsó como un poseso a conseguir el resto de la obra. No en vano a Churchill le dieron el Nobel de literatura. Aunque demoré casi un año para concluirlo, la lectura de La Segunda Guerra Mundial se me hizo por momentos compulsiva. Segunda y provisoria conclusión: la extensión de un libro no disminuye el grado de pasión (este maravilloso sentimiento que un lector puede atravesar) o de compulsión que ese libro puede despertar.

Del mismo modo experimento el sentimiento contrario con algunos libros escritos precisamente para originar estos sentimientos de empática adicción por parte del lector. Regularmente estos volúmenes bestsellerianos (adjetivo que me complazco en inventar) que con la llaneza de su texto, pensado para poner en la lectura una suerte de vaselina literaria por la que se deslice el lector, intentan a través de la simpleza enganchar la atención; cuentan con mi más completa y elitista aversión. Paso de Paulo Coelho e Isabel Allende por la misma razón: mi deseo de que la literatura me entregue un texto un poco más esmerado que la telegráfica noticia publicada en el diario de turno.

Por otro lado tengo especial compulsión por otro premeditado producto destinado a las góndolas de los supermercados: Wilbur Smith. Sus personajes son obvios. Las mujeres hermosas y brillantes; los hombre rudos, un poco feos, violentos y velludos. Utiliza el sexo como excusa para regodearse en detalles bordeando la pornografía y la violencia para introducir escenas del sadismo más consumado. Todo cliché melodramático que pueda utilizarse encuentra cabida en las novelas de Wilbur Smith, no hay búsqueda por revelar la psicología de los personajes, ni sus pensamientos íntimos, ni nada. Acción, aventura, escenarios interesantes (la selva o el mundo de la gente muy rica) y una sucesión interminable de lugares comunes. Pero me gusta. Está bien escrito y me gusta; cuenta bien su mentira.

En una tercera contradicción podría decir también que obras consagradas, fundadoras de legiones de admiradores e imitadores, me son por completo indiferentes. No puedo pasar de la quinta página de cualquier texto de Proust. Lo mismo me da si son los tomos completos de En busca del tiempo perdido o un artículo corto de los que publicaba en Le Figaro. No me importan los puteríos ni los entretelones de condes y princesas. Sí me pueden interesar escritos por otro, no por Proust. Lo mismo me pasa con el Ulises de Joyce. Lo comencé a leer por lo menos cuatro veces, en todas no paso de los primero capítulos. Encuentro pequeñas joyas de estilo metidas en el texto, pero el todo es permeable a mi interés y mi voluntad.

Pero qué tiene que ver todo esto con el tema de la extensión de un libro y su relación con el interés que puede despertar en el lector. Precisamente, que libros destinados a atrapar el interés, normalmente novelas cortas y de letra grande, pueden no cumplir su objetivo. Mientras que obras extensas, tortuosas, sesudas o interrumpidas constantemente de reflexiones y otras arbitrariedades más o menos inconexas que conspiran contra su continuidad; pueden, según que público, ser un auténtico anzuelo lanzado al medio del corazón del lector.

Mencionamos aquí arriba el detalle del tamaño de la letra. A riesgo de caer en una mera reseña de diseño gráfico, tema que frecuento (por no decir domino porque sería jactancioso), podemos echar un vistazo rápido al diseño de página. Amén del interés intrínseco que un texto pueda despertar, el tema de cómo está dispuesto en términos de imagen nos dice mucho de él.

Todo lo que sigue son apreciaciones de índole y gusto personales. Cuando tomo un libro, por lo general una novela, y descubro que mete siete palabras por línea y veinticinco líneas por página, sospecho. Y no me llamen obsesivo por contar palabras, ya que he llevado mi manía a tal grado que me vasta una simple mirada para saber si estoy ante uno de estos libros. Eso significa ni más ni menos que tenemos en nuestras manos una obra corta, quizás demasiado corta, que ha sido estirada por la editorial mediante este recurso de edición para que el lector pague por ella sin sentirse estafado por tener en la mano un librito miserable. Esta "política editorial" me parece traidora a la buena fe del lector y digna de que el comprador descarte la compra.

Un LIBRO, con mayúsculas, le debe al lector un formato, mínimo de media A4 (en términos cristianos A6 o 105 x 148 cm.), diez palabras por línea y treinta y cinco líneas por página. Eso es el formato mínimo que le podemos exigir a un libro para que sea cómodo de leer. Con trescientas páginas o más de esto tenemos un libro para unos días, con cuatrocientas o quinientas un novelón de largo aliento.

Más allá de esto la cosa se pone incómoda. Libros de historia o que exigen por su volumen de información un mayor espacio que esto que apunto, conspiran contra el interés a través de poner incómodo al lector con la disposición del texto. Letras muy apretadas en el interlineado, o diminutas (¿qué sentido tiene poner referencias y comentarios a pie de página si no se pueden leer?) líneas de más de doce palabras y páginas con más de cuarenta y hasta cincuenta líneas van en contra de una lectura "natural".

Cuando uno lee le está robando el tiempo a otra cosas, o ganándoselo, según se mire. Es por esto que uno espera que el tiempo que le toma la lectura, sea por placer, sea por buscar información o por estudio, le reporte un número x de páginas que uno se sabe lee al cabo de x tiempo. Más o menos uno sabe cual es su marca. En vacaciones y con tiempo libre, cien páginas o más puede ser tranquilamente la marca de un lector frecuente. A veces, si la obsesión nos lleva a robarle tiempo al sueño, un libro puede ser tramitado en un solo día. Por lo general no contamos con tanto tiempo para dedicarle a nuestra (¿pasión?), pongámosle afición para hacerlo menos preocupante; por lo que unas cincuenta páginas pueden ser un buen número en un día promedio, incluidas esperas en colas de bancos y alguna ida al baño con lectura.

Cuando el diseño de página del libro hace que ese promedio natural para nosotros, que sólo nosotros conocemos, mengüe; es decir, cuando en lugar de cincuenta páginas leemos con el mismo esfuerzo unas veinte, nuestro interés se ve mancillado porque comprenderemos que en lugar de un libro de quinientas páginas, estamos leyendo uno que sería de mil con diseño estándar. Eso, aunque sea un dato que parece tonto, también influye en el nivel de comodidad, y por tanto de atención e interés que pueda poner uno en el texto.

Recuerdo haber leído una edición de Historia del Siglo XX de Erich Hobbsbaum, con la permanente sensación de que el libro era un resumen de una obra más basta, profunda e interesante. Además del estilo de escritura que sugería este fenómeno, un texto cuyo cuerpo rozaba los límites de lo decoroso, por lo insignificante, hacia trabajoso leer este volumen ya de por si extenso. Si leer causa la impresión de estar llevando a acabo un esfuerzo: de atención o de concentración visual; entonces hay algo en el acto de la lectura que está fallando. O el libro que estamos leyendo: su tema, su autor, su escenario, su estilo (tantas cosas!); o el contexto donde lo estamos haciendo: lugares ruidosos, incómodos, con luz deficiente, apremiados por otras cosas; o sencillamente el diseño del libro: texto muy pequeño, tipografía difícil de leer, formato incómodo (apaisado, cuadrado, demasiado grande).

Todos estos detalles pueden también influir en que un libro sea largo o corto sin depender de su realidad concreta. Esto cambia de una cultura a otra. El alemán promedio a principios del siglo XX leía con mayor comodidad la letra gótica que la románica. Luego occidente leyó con más naturalidad las románicas porque eran (y son) las utilizadas en los diarios y por tanto las más familiares. Pero en Internet las románicas no son las más utilizadas sino las tipografías san serif tipo helvéticas (visualmente más simples, para decirlo de algún modo), por lo que probablemente hacia allá vaya el futuro de la letra impresa. Pronto también Internet hará que sea más natural un salto de línea para separar los párrafos que la clásica sangría impresa. La lectura evoluciona con los tiempos y los medios.

Muchos temen la extinción de lo medios impresos, asesinados a manos de las ladinas armas binarias de los digitales. Entonces ya los libros no serán largos, cortos o en tomos. No importará el tamaño de la letra porque podrá regularse a gusto del usuario. Quizás hasta puedan adquirirse diversas versiones de un mismo texto (más resumido, menos resumido). No sería nuevo, con esto mismo hizo fama la revista Selecciones. Como sea cuando eso ocurra este texto, como los apolillados libros a los que se atarea en describir, podrá echarse al olvido. Aunque quizás no convenga esperar y olvidarlo ya mismo sea lo más recomendable.

miércoles, 7 de agosto de 2013

TRISTES TROPICOS

Claude Levi Strauss
Ediciones Paidós Ibérica, S.A., Barcelona, 1988.


Tiro al blanco

Descargado de la Web en pdf, medio leído en la compu medio impreso (me quema la cabeza leer en la PC).

El autor

Archiconocido antropólogo del que no leía nada desde los textos de la facultad. Nacido en 1908 y muerto en 2009 (sí leyó bien, 101 años). Fue uno de los referentes de la etnografía del siglo XX, e impulsor del estructuralismo en antropología. Sus trabajos, como éste que reseño, y sobre todo "El pensamiento salvaje" dieron el golpe de gracia al mito de que los pueblos primitivos son una suerte de "infancia de la civilización", gran falacia sobre la que se edificó buena parte de los diversos imperialismos con que occidente dominó al tercer mundo.

El libro

Tristes trópicos reseña los viajes realizados por Levi Strauss en  Brasil entre los años 1935 y 1941. El libro no es un tratado de antropología sino una mezcla de relato de viajes, bitácora y diario personal; pero también de pensamientos dispersos y de teorías, algunas muy originales y polémicas.

Levi Strauss compone un texto alejado de la ciencia dura. Tristes Trópicos es ante todo un libro en el que el autor no quiso dejar nada afuera, y es por tanto una obra por momentos sorprendente. Y decimos sorprendente para lo que uno puede esperar de un texto académico, que no lo es; pero del que, por prejuicio quizás, el lector espera otra cosa.  
 
Y se encuentra con Tristes Trópicos. El libro inicia como un típico libro de viajes, la consabida descripción de los preparativos y travesías en paquebote, más los móviles que como etnógrafo lo llevaban a Levis Strauss a internarse en las selvas del Mato Grosso brasilero, para intentar encontrar alguna tribu que no estuviese contaminada (o contaminada lo menos posible) por la civilización. El inicio de la expedición tiene además como condimento el ambiente europeo de preguerra, con una invasión a Francia de la que el autor se enterará en medio de la selva.

Pero el hecho que apuntamos: en Tristes Trópicos el autor no quiso dejar nada afuera (lo que lo hace original, pero a veces también inesperado y hasta de despareja calidad) se ejemplifica muy bien en la enumeración de ciertos pasajes que incluyen:

a) La descripción de una puesta de sol en el mar. Cinco páginas de vuelo poético a toda vela que el autor o el editor tuvieron a bien imprimir en letra cursiva; como si así hicieran ese pasaje más personal o "de puño y letra". Cosa rara considerando que el libro está escrito en primera persona y no esquiva apreciaciones ni consideraciones íntimas.

b) Una extraña teoría que afirma que la escritura no ayuda a la emancipación de los pueblos sino a su esclavitud. A la luz de consideraciones históricas un poco traídas de los pelos Levi Strauss plantea esta aventurada hipótesis, en contra de todo lo que puede considerase ortodoxo: pensar que la cultura (y la escritura es una parte fundamental que la compone) sirve para ayudar a la emancipación, el crecimiento democrático, la difusión de conceptos tales como dignidad, igualdad, derechos, etc.; de los pueblos que acceden a ella.

c) La inclusión del argumento para una obra de teatro que al autor se le ocurrió en un período de hastío selvático, cuando tuvo que esperar durante una semana que su equipo de porteadores llegaran de no se qué lejana meseta brasilera. Que el bueno de Claude tuviese inquietudes en dramaturgia, no lo habilita a que propine al lector con seis páginas de la transcripción del argumento lleno de citas eruditas sobre la vida del emperador Augusto.

d) Un largo epílogo donde Levi Strauss manifiesta todos sus conflictos existenciales por la profesión que eligió. Yo supongo que el autor los transcribe porque entiende que son los mismos que se les plantearán a todos los etnógrafos, y quiere de algún modo llevar algo de consuelo con el viejo ardid de la empatía. Sin embargo se va a la banquina cuando afirma (más o menos) que la etnografía occidental es una herramienta llamada a mostrar a la humanidad el modo de salir del destino fatal que se estaba trazando. Vale decir que el libro fue publicado en los años ´50s, plena época de posguerra mundial y Guerra Fría en auge; un período en que se podía ser pesimista sin demasiado esfuerzo, lo que quizás justifique (un poco) este final a toda orquesta.

Quien esté leyendo este comentario podrá pensar que Tristes Trópicos es un bodrio, porque hasta aquí las que se han dicho son apreciaciones más o menos negativas. Sin embargo, por lo desmesurado quizás de la ambición de este autor, no hicimos sino describir las cosas que se salen del libro, lo que se advierte como sobrante o como anécdota, pero que, si vamos a ser justos, también hacen del libro lo que es: algo más que un mero tratado académico. Pero si vamos a lo medular, a lo realmente interesante, caemos precisamente en la parte académica del libro. Los estudios realizados por Levi Strauss en las diversas tribus con las que entabla contacto en el Brasil. Los caduveo, los bororo, los tarundé, los nambiquara, los tupí-kawaíb, desfilarán ante nuestros ojos a través de las excelentes descripciones, y más que nada apreciaciones y análisis del ojo entrenado de Levi Strauss.

Las soluciones a  los problemas que toda sociedad plantea, alejadas de las de occidente, sorprenden por su lógica y su originalidad. Por citar un ejemplo, en la sociedad nambiquará el jefe de la tribu puede practicar la poligamia. Por lo limitado del número de miembros de la tribu y la avidez del jefe por contar con varias compañeras, deja a los hombres más jóvenes sin pareja. Solución: a los jóvenes adolescentes se les deja practicar libremente la homosexualidad, por la cual no se los juzga o se los condena de ningún modo, tomando esa práctica como algo aceptable y natural. ¿Cuánto hace que occidente se ha vuelto tolerante hacia esa variante sexual? ¿Diez años?

En este sentido, la importancia de la obra de Levi Strauss y no sólo de este libro, es la de manifestar con ejemplos y un profundo trabajo de campo, su convicción de que los pueblos llamados salvajes no tienen un desarrollo cultural inferior al de occidente. Esta verdad, natural en nuestros tiempos, era un contrapelo soberbio a las teorías raciales de su época que, recordemos, fundamentaron la absurda, monstruosa, demencial (no sirven los adjetivos habría que inventar otros) matanza nazi, casi contemporánea a la publicación de Tristes Trópicos.

La hipótesis principal de Levi Strauss, el motor íntimo que lo lleva a su largo derrotero por el mundo desempeñando la etnografía, profesión ardua y descorazonadora, es pensar que todos los pueblos y las culturas del mundo se enfrentan a un mismo problema: desarrollar una serie de mecanismos por medio de los cuales su sociedad pueda vivir lo mejor posible. Cada grupo humano responderá a los mismos problemas con diferentes respuestas. Lo original, lo radical de la propuesta de Levi Strauss, es plantear que ninguna respuesta es mejor que otra. Que ninguna cultura, ninguna organización social, ningún país o nación es superior a otro. Para ello se aboca a la tarea de encontrar las constantes, las repeticiones, las coincidencias que vinculan a pueblos lejanos geográfica y temporalmente. Es en sí, y él mismo lo deja claro, un destino ecuménico el que Levi Strauss se plantea con esa teoría. La integración en lugar de la disgregación, la búsqueda de lo común que nos une con los otros (la otredad y el miedo a la otredad) en lugar de las diferencias (a veces sorprendentes, a veces chocantes) que nos dividen.

Conclusiones

Polimorfo, accesible desde diversos ángulos: el del libro de viajes, el del diario, el de la reflexión o el de la ciencia, Tristes Trópicos es como una sinfonía cuyos movimientos no tienen por fuerza que agradar todos con una misma intensidad. Como primer peldaño hacia el interés de una disciplina, la antropología, puede resultar estimulante al no ser tan árido como un texto puramente académico. Resulta por momentos un texto de esos que hacen de la lectura una compulsión, algo que nos reclama cuando la vida nos aleja del libro que estamos leyendo. En otros pasajes, el fluir del texto se estanca y el interés se aleja del lector. Buen ejemplo de ellos son esos momentos reseñados arriba: descripciones demasiado extensas del contexto, fragmentos que nada tiene que ver con la selva, teatro, dudas existenciales sobre la reinserción social del viajero vuelto al terruño, etc. Desparejo por momentos, penalizado un poco por su extensión: 468 páginas de texto menudo; pero atrapante en muchos pasajes extensos. Interesante per se y por ser obra basal de uno de los grandes pensadores del siglo XX.

lunes, 22 de julio de 2013

EL GRAN MEAULNES

Alain Fournier
Ediciones Dintel, Buenos Aires, 1960.
 
  

Tiro al blanco

Verdadero hallazgo en una mesa de saldos donde, entre cientos de libros, sólo encontré este digno de compra. Desconocía al autor, pero su biografía impresa en las solapas me resultó atractiva. Gran compra. De esas que el cazador literario se vanagloria en hacer, por diez pesitos una novela preciosa.

El autor

Esta brillante novelita, lectura de culto entre los años veinte y cuarenta del siglo XX entre los jóvenes franceses, es la única que escribió el joven Fournier. Periodista y escritor prometedor, tal como lo atestigua esta obra hoy en día un clásico de la literatura, Fournier se enroló como soldado en la Primera Guerra Mundial y murió en Verdún en una de las primeras escaramuzas de la conflagración, cuando todavía contaba con veintisiete años.

¿Qué podría haber seguido escribiendo el infortunado Fournier? ¿Cuántas obras suyas nos perdimos gracias al monstruo siempre horrible de la guerra? Quien sabe. Tal vez no escribiera más o simplemente publicara bodrios ilegibles, aunque después de leer este libro uno podría suponer que sí, hubiera sido un autor consagrado y admirado. Lamentablemente una de las típicas escenas repetidas luego de leer un buen libro, el pensamiento: "tengo que conseguir otro libro de este autor" no podrá llevarse a la práctica en este caso.

La obra

La historia que cuenta el protagonista, un joven de quince años apellidado Seurel, podría bien ser autobiográfica. Por datos de la biografía de Fournier sabemos que, efectivamente, el escenario de la primera parte del libro pertenece al de su infancia y su adolescencia. Basta leer las descripciones algo melancólicas, casi pintoresquistas, que Fournier hace de ese escenario: un colegio situado en medio de la campiña francesa cerca de un pueblo de labriegos y campesinos, en pleno contacto con la naturaleza; para darse cuenta que este contexto no puede ser una mera descripción, una cita, una pintura bucólica de un bello paisaje. Sino que es otra postal, la que tejen los recuerdos de un joven que ve con esa dulce angustia del niño que se convierte en adulto, como se disuelve el mundo que lo vio crecer.

El narrador es el hijo único del profesor del colegio, a medias internado, al que éste llama respetuosamente Sr. Seurel en lugar de papá. Su madre Millie es la única cuota de dulzura en este pesado ambiente de corrección y gravedad que impone su padre. La historia comienza a cobrar interés cuando hace su aparición un joven de diez y siete años, hijo de una anciana adinerada, que pronto se ganará la admiración de todos y el apodo del El Gran Meaulnes. Seurel entabla una profunda y duradera amistad con Meaulnes, un joven aventurero, rapado a la manera campesina, reservado y de un inconfundible aire romántico. En este sentido Meaulnes es en realidad un tardío héroe romántico, al modo de Werther. Toma la vida con pasión y sus promesas por ley, lo que lo llevará lejos de su propia felicidad.

Un hecho sobresale en la trama. Meaulnes decide tomar prestada una carreta para ir a la estación de tren de un pueblo cercano en busca de los abuelos de Seurel. La tarea no le ha sido encomendada a él, quien sin embargo engaña a todos y escapa. Extraño en la comarca, Meaulnes se duerme en el monótono trayecto y se extravía en la campiña. Llegada la noche pide ayuda en una granja, pero el caballo se escapa. En busca de él, aterido de frío y desesperado, Meaulnes da con una extraña mansión donde se lleva a acabo una más extraña fiesta de bodas.

Aquí está el nudo de la trama. En esta fiesta cuasi surrealista, donde los principales invitados son niños y campesinos de la comarca; el rico y excéntrico joven Frantz de Galais desposará una simple costurera de la que se ha enamorado. Meaulnes, que es descubierto descansando en una de las habitaciones del semi-abandonado castillo, es invitado por unos raros personajes a disfrazarse y participar de los festejos. Llevado por este ambiente onírico donde se suceden escenas a cada cual más estrambótica, y donde los niños son los que mandan, Meaulnes permanece durante tres días en esta fiesta, sin siquiera saber en dónde se encuentra.

En un paseo en barco, una de las distracciones organizadas por los anfitriones, Meaulnes conoce a Ivonne de Galais, hermana de Frantz, y se enamora de ella. Sin embargo la tragedia sobreviene. Al final del tercer día Frantz de Galais vuelve a la mansión solo, la novia ha desertado. Meaulnes lo ve, desde su habitación, redactar una nota de suicidio; luego se escapa. La fiesta se disuelve de un modo caótico, Meaulnes ni siquiera tiene conciencia cierta de como retorna al colegio, en medio de la noche en  un carruaje que conduce a dos niños dormidos.

El resto de la novela es el intento de Meaulnes por reconstruir el camino que lo llevó a la extraña mansión; para poder reencontrase con Invonne. Pero su memoria no es suficiente, el mapa que traza está lleno de lagunas que ni él ni Seurel logran llenar.

Una nueva presencia en el colegio, la de un titiritero que lleva la cabeza vendada, lo pondrá de nuevo sobre la pista que busca. Primero enemigo (logra birlarle el preciado mapa con la ayuda de compañeros que odian a Meaulnes); el titiritero será luego su amigo incondicional, que le ofrece información sobre la misteriosa mansión; y mejor aún, sobre el domicilio de Ivonne de Galais en París. Meaulnes promete al titiritero que siempre que éste lo solicite lo ayudará; sin saber que en su promesa se esconde su propia perdición. Antes de escapar junto a su compañero de aventuras (un truán y ladrón de gallinas) el titiritero revela a Meaulnes su verdadera identidad: no es otro que Frantz de Galais.

Después de esto la novela de desgrana en una trama cada vez más compleja, donde las casualidades recuerdan a veces a aquellas demasiado forzadas de las novelas de Dickens. El amor de Meaulnes por Ivonne, la amista incondicional de Seurel que trabaja para que ese amor se pueda concretar, y la promesa de Meaulnes a Frantz de Galais, configurarán un laberinto que traba el destino de los personajes y en el que la trama debe resolverse de un modo inesperado.

Conclusiones

Una novela corta y magnífica. Según algunos una obra para jóvenes y adolescentes. Poco importa. Bien escrita. La trama avanza todo el tiempo sin detenerse. Las naturales interrupciones que uno puede tener en su lectura, no hacen sino fogonear el deseo de reiniciarla para saber qué es lo que va a pasar continuación. Con cierto ambiente bucólico (recuerda un poco el libro Bosques y hombres) y personajes románticos, es de algún modo una obra un poco anacrónica si la encuadramos en su época (se publicó en la primera década del siglo XX) sin embargo este anacronismo, y esta especie de sensible melancolía que parece permanecer todo el tiempo entrelazada en la trama que, sin llegar al melodrama, bordea todo el tiempo las fronteras de la tragedia; no molesta por lo bien construida que está la novela. Esta cosa de peripecia trágica, como de objeto que vemos caer hacia su destrucción sin poder hacer nada, recuerda un poco a Victor Hugo, y considerando la tradición a la que Fournier por fuerza debía continuar, no es extraño. Quién sabe qué otras maravillas podría haber seguido publicando el Gran Fournier si los cañones no se hubieran encariñado con su carne.

viernes, 12 de julio de 2013

CUADROS DE VIAJE

Heinrich Heine
Biblioteca Universal Gredos, Madrid, 2003.

 

Tiro al blanco

Libro comprado en una feria, precio tentador (tampoco regalado) y de título atractivo; esto de los viajes literarios, ya se ha dicho, me puede. Aunque el libro es más que un mero volumen de viajes, porque los caminos son una excusa para dejar volar la imaginación del autor. Edición esmerada sin ser carísima, ojalá uno comprara más libros de esa calidad y ese precio.

El autor

Heine es un autor alemán nacido en Dusseldorf en 1797. Su generación es posterior a la del Romanticismo de Gohete,  que resuena todo el tiempo entre sus líneas. Heine expresa con admiración que cada generación descubrirá nuevas maravillas en la obra del maestro alemán; como si esta fuera una fuente inagotable.

Periodista, ensayista y polemista; colaborador de revistas y folletines de mucha fama entre sus contemporáneos, cuando se tiene que definir a sí mismo Heine se sindica como poeta. Pero también es un brillante prosista, con mucho de ensayo y, sobre todo, y eso lo desmarca del sino trágico del Romanticismo, con gran sentido del humor.

Estudió leyes en Göttingen, pequeña ciudad universitaria de la Baja Sajonia, donde conoció a la mayoría de los personajes que su humor se dedica a retratar. Si pudiésemos transferir el ambiente que Heine crea en sus escritos al ámbito de las artes plásticas, no estaría mal establecer una analogía entre sus obras y las pinturas de Hogart o los dibujos y las esculturas de Daumier.

El libro

Al menos cronológicamente es adecuado etiquetar a Heine como post-romántico. Estilísticamente encontramos elementos que son extraños al Romanticismo, como su afición permanente a darle a todos sus escritos un giro humorístico. Hasta en sus poemas muestra Heine esa veta de fina ironía. Sus Cuadros de viaje son menos descripciones de paisajes y culturas que excusas para que Heine divague en torno a los temas más variados. Como dice el mismo autor en un pasaje:

"No hay nada más aburrido en este mundo que la lectura de una descripción de un viaje a Italia…, a no ser que lo escriba uno mismo; y lo único que puede hacer el autor para que resulte más o menos soportable es hablar lo menos posible de Italia en sí. A pesar de que aplico este recurso sistemáticamente, no puedo prometerte querido lector, gran entretenimiento en los siguientes capítulos."

Lo que deja muy claro sus intenciones a la hora de describir un lugar. La mayoría de estos cuadros, no son más que un escenario, o a lo sumo un disparador para que la brillante mente de Heine parta en un viaje -el verdadero- hacia la reflexión de las cosas más dispares.

Heine es un cínico, pero también es un irreverente. En el tema religioso se ríe permanentemente de los católicos y los critica sin piedad. A los protestantes, religión a la que dice pertenecer aunque evidentemente no la practica, también los hace probar un poco de su humor amargo. Cuenta que una vez jugó a la lotería los números que veía anotados en las pizarras de un templo protestante (donde se apuntan los salmos bíblicos que se leerán ese día) y luego se sintió estafado por un Dios que no era capaz de sugerirle con justeza número ganadores en un simple sorteo.

Los textos de Heine se convierten por momentos en una interminable caravana de caricaturas de personajes de su época. Las más intencionadas, se dirigen específicamente a quienes Heine quiere satirizar. Y como toda buena sátira la de Heine tiene como condición sine qua non la de ser inteligente. Pero, y esto penaliza un poco la obra, la mayoría de los personajes que Heine se aplica en ridiculizar no han trascendido su época. Por lo que los editores y traductores se ven obligados todo el tiempo en proveernos de notas a pie de página, que expliquen un poco quienes son estos fulanos ignotos que el autor se entretiene en martirizar con su pluma. Con esto los textos de Heine pierden actualidad y universalidad; como si su mirada hubiese estado demasiado preocupada en lo contingente de su época, en las rencillas domésticas de los juristas y profesores de la pequeña Göttingen. Sin embargo, si estas descripciones se proyectan hasta generalizar ciertas tipologías y conductas humanas que se repiten en los tiempos, como en la descripción del Marquéz Italiano de Gumpelino con el que Heine se cruza en su recorrido por Italia, la cosa comienza a tener más jugo.

Cada viaje, cada cuadro, tendrá un carácter distinto. Lo que hace que la obra pierda linealidad y se interprete mejor como un mosaico que como una historia. Por citar un ejemplo, el cuaderno dedicado al Mar del Norte, es en realidad un pequeño volumen de poemas. Aquí podemos conocer al Heine poeta, quien, a pesar de no despojarse del todo de su ironía, conserva casi intactas sus fuentes de inspiración románticas. El sentimiento trágico, el espíritu que se pierde en la inmensidad de un paisaje que adivinamos sublime al modo de Kant, el autor extasiado frente a la intensa belleza del entorno.

Esto mismo se repite, pero con otro tono, en los diferentes cuadernos. Antes de entrar de lleno en su materia preferida: la caricatura de personajes, Heine tiene cuidado de dejar anotadas las particularidades de las geografía que transita, sus paisajes y caminos, su flora, las diferencias con su país natal. En Italia describe entusiasmado el hallazgo de naranjas y limones, prácticamente desconocidos en su tierra. El verano alemán, dirá con humor a una dama que conoce en Italia, no es más que un invierno verde. En otras ocasiones Heine, tan agudo a veces, no puede dejar pasar el caer en los estereotipos eurocentristas; la mujer italiana es más un compendio de clichés que un auténtico retrato realista.

Conclusiones

Libro de un escritor brillante pero que, al ser más una serie de pensamientos sobre los más variados temas, a veces, por su extensión (más de quinientas páginas) se hace un poco pesado. No tiene una historia que lo conduzca a alguna parte, ni siquiera un camino, o un itinerario (en términos geográficos). El libro se lee esperando siempre lo que vendrá después, lo cual necesariamente no tiene que ver con lo anterior. A una descripción extensa de una noche pasada en una taberna, sucede un volumen de poemas inspirados en el Mar del Norte, a continuación un viaje a Italia cuyos personajes: marqueses narigudos, primas donas de teatro venidas a menos, un ayuda de cámara que vende boletos de lotería a espaldas de su jefe, parecen recién salidos de una película de Fellini.

A veces, cuando Heine reincide en criticar y ridiculizar a personajes que hoy no han trascendido, el texto se vuelve denso. Más porque dedica una extensión que quizás él juzgó necesaria en su tiempo, pero que hoy día no hace más que entorpecer la lectura.

Escritor famoso en sus tiempos pero que por su estilo satírico no fue tomado demasiado en serio por sus contemporáneos, Heine es recuperado en el siglo XX como uno de los escritores relevantes de la letras alemanas. Como todos los grandes artistas que también fueron grandes humoristas: Mark Twain, Fats Waller, Honoré Daumier; Heine sufrió lo que muchos: que no se tomaran sus palabras demasiado en serio porque estaban dichas a través de una sonrisa.

viernes, 28 de junio de 2013

LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA

Vicente Blasco Ibáñez
Plaza & Janes Editores, Barcelona, 1979.








 
Tiro al blanco

La vida pone al cazador literario en situaciones en las que tiene que estar siempre alerta; lo hemos dicho ya. En una de esas ocasiones, donde nos perdimos con parte de mi familia durante largos minutos en una muchedumbre que poblaba una calle de una ciudad veraniega; accedí, para pasar el tiempo y esperar al resto de la familia que se había extraviado, a uno de las tantas cuevas de libros usados que pululan en toda ciudad vacacional que se precie. El tiempo perdido fue tanto que pude explorar cómodamente el total de las mesas de ofertas, de las que me llevé algunas joyitas a precio irrisorio. Una fue este libro.

El autor

Vicente Blasco Ibáñez fue un novelista español que conoció la fama mundial. Si no lo sabemos él se encarga de contárnoslo a lo largo del libro, donde reseña sin asomo de vergüenza o falsa modestia cada uno de los homenajes que le fueron haciendo en la diversas ciudades visitadas durante el largo viaje al que se aventuró.

Lo cierto es que algunas novelas de Blasco Ibáñez explotaron a la fama mundial cuando Hollywood se atareó en llevarlas a la pantalla grande. Las más conocidas: "Los cuatro jinetes del Apocalipsis" y, sobre todo, "Sangre y arena" de la que se han hecho a la fecha unas cuantas versiones. De las dos películas, las versiones originales, las célebres en vida del escritor, fueron las protagonizadas por el galán del momento Rodolfo Valentino.

Lo gracioso o lo irónico, es que Sangre y Arena es un libro que Blasco Ibañez no apreciaba mucho; pues pese a su nacionalidad no gustaba de la tauromaquia, y los estereotipos bastante groseros que deambulan por la obra no eran de sus preferidos. Como siempre la fama llega por el camino menos esperado; y ésta y la fortuna que trajo aparejada y que le permitió a Blasco Ibáñez emprender un crucero alrededor del mundo acompañado de millonarios estadounidenses, le llegaron, precisamente, por el éxito de esas obras adaptadas por la fábrica de sueños situada en California.

Blasco Ibáñez emprende este viaje, que tiene algo de insólito, casi al final de su vida (moriría pocos años después) sin un motivo preciso y con el único deseo de pisar lugares que había conocido en su juventud y madurez a través de la literatura o las noticias.

La obra

La vuelta al mundo... tiene la particularidad de ser un concienzudo libro de viajes, a veces algo agotador por su extensión (757 páginas de apretada tipografía), pero escrito por un escritor en el pleno uso de su talento. Esto lo convierte en más que un mero libro de viajes, en el ensayo pormenorizado de un observador lúcido y sensible, que maneja un bagaje de recursos extraño al mero cronista.

Blasco Ibáñez se nota un escritor con mayúsculas a la hora de pintar con una descripción, una metáfora o una simple observación lo profundo de un paisaje o una sociedad. Patina a veces en el prejuicio, del que no está exento, al evaluar las costumbres de los pueblos de oriente, medio oriente o África. Se le puede leer cosas como "razas inferiores"; o generalizaciones absurdas acerca de la indolencia de ciertos pueblos, o la disposición para el delito de otros. Todos estos juicios de valor, impensables en un texto de hoy en día, tiran un poco para abajo el valor del libro; que sin embargo toma verdadero realce cuando el autor se dedica de lleno a la descripción de los que ve, de a quienes ve y de su intercambio con todo ese contexto variable e insólito; máxime en una época donde un viaje de esas características era todavía una aventura; por muy articulado que estuviera por la empresa (la American Express) que lo promovía. Todavía el mundo se veía atravesado de enfermedades incurables, que los occidentales se ponían en riesgo de contraer en tierras extranjeras. Dos pasajeros que iniciaron viaje en Nueva York quedaron amortajados en el fondo del mar, atacados por exóticas pestes tropicales.

El viaje se inicia en 1923 en Nueva York. El itinerario contempla viajar hacia el sur, cruzar por el canal de Panamá (de reciente inauguración por aquella época), luego subir a San Francisco y desde allí hacia oriente: Hawai, Filipinas, Japón , Corea, China y luego Indonesia y la India; para después navegar por el mar rojo hasta las costas de África y breve crucero por el Nilo hasta el Cairo; más tarde Alejandría y cruzando el Mediterráneo Blasco Ibáñez volvía a su casa monegasca mientras el Franconia, tal el nombre del paquebote, seguía rumbo hacia América.

La descripción del barco, casi estrenado en ese viaje, es ya de por sí interesante. El Franconia era una nave impulsada por motores de combustible líquido, lo que lo aventajaba sobre sus contemporáneas impulsados a carbón. Era además una embarcación destinada al esparcimiento de sus potentados clientes, por lo que no llevaba carga extra (correo, importaciones y exportaciones) lo que posibilitaba alojar en su interior comodidades impensadas para la época, como una pileta de natación interna o aire acondicionado en cada camarote. Me tomé el trabajo de investigar (santa Internet!) el destino del Franconia, y lo seguí durante las décadas y las empresas y los países hasta que terminó sus días de servicio, en el año 2008 bajo bandera rusa. Sin duda era un buen y longevo barco.

 Es difícil ensayar una síntesis apretada del extenso viaje de Blasco Ibáñez. Por su extensión tanto geográfica como literaria, por su multiplicidad de paisajes y culturas, por lo minucioso y sensible de la descripción que el autor hace de su experiencia. En medio de todo esto Blasco Ibáñez se las arregla para entretejer datos históricos y para reivindicar, de un modo que hoy parece al menos dudoso, el papel de la España imperial de la época colonial. Cuenta así el tráfico a través del pacífico de la época de los reyes de Castilla, que daría importancia a la ciudad de Manila. También la importancia de los jesuitas en las Filipinas. Y así va dejando anotado cómo España, país hoy venido a menos y de tan remota (pero innegable) importancia histórica, ha dejado su huella a lo largo y ancho del mapamundi.

Por otro lado, aunque estamos a casi un siglo de que Blasco Ibáñez diera a la imprenta sus impresiones de viaje, su libro no pierde actualidad cuando describe las milenarias costumbres orientales, sus templos y palacios, los retratos comunitarios de antiguos y sacrificados pueblos que se han sucedido desde el principio de la historia. Su paso por Japón, Corea y China, deja bien fundadas las diferencias entre estos pueblos que el occidental se empeña, en su ignorancia o en su arrogancia, en hacer uno solo; con sus estereotipos del tintorero, el dueño de supermercado o de tienda de ropa en oferta.  Blasco Ibáñez no tenía, o no quería tener, todos los elementos para apreciar en su real dimensión la importancia de esos pueblos; a veces es prejuicioso y sus comentarios, como antes señalábamos, están teñidos de una intolerancia racial que parece común en esa época que generalizaba y estigmatizaba a un pueblo entero bajo ciertos rasgos negativos.

En su aspecto positivo el libro, escrito de un modo sensible y ameno, trae ante los ojos un mundo que a veces parece hecho de sueños. El imaginado por canes y emperadores que crearon palacios de filigrana de mármol, como el Taj Majal, o que privados del contacto con el mundo, como el emperador chino, se crearon uno propio con lagos artificiales, barcos de piedra a prueba de mareos en medio de esos lagos, ciudades secretas y legiones de chupamedias que le hacían la vida más fácil.

Conclusiones

Un libro bien escrito, a veces penalizado por los prejuicios de la época, un poco largo pero fascinante si se toma con paciencia y considerando que no se va a leer rápido. Blasco Ibáñez no era un mero best seller sino un escritor con todo el dominio de su oficio, informado cuando habla de historia, sensible para trasladar lo que ve a la literatura. Uno que deja traslucir en lo que escribe, y de manera bastante explícita, sus defectos y virtudes. No es poco.

miércoles, 19 de junio de 2013

Novelas y policías













Cómo escribir sobre casos policiales sin caer en el periodismo o encomendar la trama a un personaje principal que, a priori, no simpatice al lector. Porque como bien indicaba Foucault y antes de él Max Weber, el policía es el control estatal hecho carne, el "uso legítimo de la fuerza" hecho carne. La literatura y más tarde el cine, darían con una solución salomónica a la encrucijada: el detective privado.

Él se mueve en el mismo escenario del control policial, pero el suyo es el lugar del outsider. Su relación con la policía es en general ambigua. Ambos se implican como males menores, se relacionan, se toleran, pero no simpatizan. Cuando se juntan es solamente para poner de manifiesto la inteligencia o la valentía del protagonista, en contraste con el talento de los pálidos representantes del la ley. Desde ese lugar, el de la diferencia, el lector se relaciona y empatiza con este personaje casi siempre oscuro, excéntrico, vicioso a veces, lleno de contradicciones pero fundamentalmente (siempre de modo heterodoxo) honesto.

El detective privado es a veces un ex-policía, expulsado de la fuerza por problemas con la autoridad, hechos de violencia, acusaciones injustas o empecinamiento en vicios que un representante de la ley y el orden no puede tener: alcohol, drogas, putas, juego y otras cosas divertidas.

Sir (vamos a ponerle el título ya que se lo puso la reina) Arthur Conan Doyle es sino el primer escritor de novelas policiales, sí quien creo con la figura del detective Sherlock Holmes muchos de los clichés del género policial. Holmes es un outsider en toda regla, un excéntrico, un intelectual y también un drogadicto. El método lógico deductivo de Holmes, herencia de una época de positivismo fervoroso, será el mismo que sigan sus herederos: el padre Brown de Chesterton o el Hércules Poirot de Christie.

Conan Doyle tampoco inventa la pólvora. Utiliza recursos bastante visitados en la historia de la literatura, como el de introducir un personaje secundario, un alter ego cuya única excusa de existencia es la de escuchar las explicaciones de Holmes; quien lo desautorizará con su afamado e hiriente “elemental Watson”. Watson es el Sancho Panza del Quijote, el Robin de Batman, el Lotario de Mandrake o el Yañez de Sandokan. Un personaje de una fidelidad perruna, un poco abombado, cuya inteligencia intenta seguir a la de su mentor pero que sólo consigue con suerte entender sus explicaciones. El lector es también un poco Watson, porque para quién sino para él son las largas peroratas de la brillante y locuaz lógica de Holmes.

La base del género policial clásico es la siguiente: ocurre un crimen inexplicable. Normalmente la policía manifiesta su ineficacia para resolverlo e incluso su torpeza. Alguien participa a nuestro héroe de tal situación y aquí comienza la diversión. De la suma de los vestigios y señales que el detective recoja a lo largo del libro, vestigios y señales que el escritor está obligado a transmitir al lector sin guardarse ninguno,  surgirá un modelo, una maqueta, una reconstrucción de la historia (y una interpretación) que devele el misterio. Lo de no ocultar ningún detalle es un convenio tácito con el aficionado al género, que se convierte también en detective. El lector reconstruirá su propia historia para descubrir al cabo (si la novela es efectiva) que ha interpretado mal los indicios, dejándose engañar. La solución al misterio es distinta a la que el lector ha arribado. Sherlock, Brown, Poirot, darán pruebas (normalmente en una brillante exposición final) de su sutileza (que el lector reconocerá) y su inteligencia, resolviendo el caso con los mismos indicios expuestos, pero ordenándolos e interpretándolos de un modo diferente e inesperado. En este sentido el lector se sentirá defraudado, de un modo que tiene algo de paradojal, si logra develar por sí mismo el misterio y el detective ficticio y novelado no es en definitiva más inteligente que él.

Algo de este análisis anticipamos hace poco en nuestro comentario sobre El sueño de los héroes de Bioy Casares, donde el autor utiliza la estructura del policial como coartada para una novela de género fantástico.

Semanas atrás escuché al escritor Federico Andahazi en una entrevista televisiva, afirmando que al escribir una novela policial un escritor se recibe (se gradúa) de escritor. Se puede compartir o no tal idea, pero lo que sí es cierto es que el policial obliga por estructura a un cierto rigor de construcción, donde las conclusiones deben ajustar perfectamente al texto precedente que las anticipa pero que, en un verdadero tour de force de prestidigitación y ocultamiento, no puede revelarlas antes de tiempo. Es decir, la conclusiones están ancladas en señales e indicios que el lector ya ha visto, pero, o bien pasaron desapercibidas, o fueron evaluadas de forma deficiente. En este sentido una novela policial debe "funcionar" (el término es mío) de un modo diverso a otros tipos de géneros, obligación que la constriñe y a la que, seguramente, responde el prejuicio que todavía hoy persiste en relación al policial.

De los norteamericanos será la tarea de renovar, o al menos dar una vuelta de tuerca al género. Los campeones americanos fueron Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Surgidos en esa efervescencia literaria de las publicaciones pulp y revistas de pocos centavos, Hammett y Chandler popularizan otro tipo de detectives que transitarán el sub-género de la novela negra. A título informativo de mi gusto personal anoto aquí que considero a Chandler mejor escritor que Hammett. Aquí también comentamos un texto del primero. Lejos está Piliph Marlowe, el recurrente personaje principal de Chandler (el escritor también escribirá sagas y estará como Conan Doyle desesperantemente atado a su personaje), de los ascéticos detectives victorianos del policial clásico. Marlowe, aunque con un intrigante desprecio por el dinero que manifiesta uno de sus irregulares escrúpulos, se mueve por el escenario de bajos fondos oscuros y tortuosos de Los Ángeles. Este contexto, en las antípodas de la Baker Street, parece contagiar su estrechez, su miseria, sus crímenes de baja estofa a quien debe develar un misterio que, en última instancia, no es lo más importante.

Marlowe se revuelca en ese mundo maloliente atravesado de peligros, traiciones, amistades de dudosas moralidad y bellas femme fatales. Sus herramientas ya no serán la lógica y la pura inteligencia. En el EE.UU. posterior al crack del ´29, en unas novelas destinadas a la clase obrera de los blue collars, Marlowe recurre a la intriga o la violencia, se enamora de sus clientas que por lo regular son malas minas, lucha contra sus vicios y su pasado, y lleva la historia a los tumbos por callejones infestados de ratas y escapando de malhechores con apellidos italianos que se la tienen jurada.

El cine le puso a Marlowe el rostro de Humphrey Bogart. Y Bogart, con su sombrero ladeado, su piloto raído, su gesto adusto y su aparente desprecio por las cosas de este mundo, es Philip Marlowe. Y hasta su talento alcanza para hacernos creer que llena el rol, porque si hablamos de fisic du rol, y a fuerza de ser justos, Bogart era un poco petizo para ser Marlowe.

El cine negro crea con el matrimonio Bogart-Marlowe otro estereotipo, citado, imitado y parodiado hasta el hartazgo. Hoy en día no podemos pensar en un detective privado sin imaginarlo con su sombreo y su piloto, alejándose por alguna calle sórdida y nocturna, apenas manchada por la luz de farolas deficientes, atravesada de gatos maulladores, humedad, el sonido ahogado de los garitos y la promesa de un asesinato de alguien al que nadie echará de menos.


jueves, 13 de junio de 2013

LUIS II EL REY LOCO DE BAVIERA

Jean de Cars
Emecé Editores S.A., Buenos Aires, 1985


 

Tiro al blanco

Conseguí este librito en una mesa de ofertas; golpe de suerte o de intuición, fui recompensado con una historia fascinante.

El autor

Jean des Cars es un periodista y escritor francés nacido en 1943. Ha escrito en medios masivos como Le Figaró y París-Match. Es considerado como un especialista en la historia de las familias de la nobleza europea.

El libro

Normalmente alterno los géneros literarios por los que transito. Este libro, biografía histórica bien documentada de quien fue llamado el "ultimo rey de Europa", vino a llenar un espacio entre un libro de viajes y una novela. No defraudó. Al contrario, y lo mejor que puede hacer un libro, abrió otras puertas, inauguró otras inquietudes en donde seguir investigando. Por ejemplo, la rica y tortuosa relación de Luis II con Richard Wagner, de quien fue mecenas, me hizo interesar en el controvertido músico y estuve varios días acompañado en el auto con walkirias y tristanes e isoldas.

El libro está bien escrito. Es atrapante y es el antónimo de los mamotretos, pródigos en fechas y lugares, que uno puede llegar a enfrentar cuando se sienta a leer un libro de historia. Porque eso es este libro. No es un folletín ni una biografía novelada que resalte los aspectos singulares de la vida de este rey singular. Al contrario, es un ensayo bien plantado y documentado, que trata de explicar ciertas conductas originales de un rey que parece atrasado con respecto a su época; recordemos que murió en 1886.

Baviera es en los tiempos del nacimiento de Luis II, uno de los reinos más importantes de lo que luego se transformaría, a impulso del célebre mariscal Bismarck, en Alemania. Situada en el sur, fértil en elevaciones y montañas de ensueño (imaginemos el paisaje de la Novicia Rebelde) Baviera es católica y su rey, profundamente, también lo es. Prusia, al mando de Guillermo I (tío de Luis) y de la mano de Bismarck, empuja la región hacia la unificación de lo que sería, luego de la guerra franco-prusiana, el 1er. Reich. Luis II, que primero se opone a Prusia, debe ceder finamente, y pone sus tropas a disposición de Bismarck. Esta posición, que sería primero criticada por los opositores a Luis, resultaría a la larga beneficiosa para Baviera, porque por su colaboración Prusia respetaría luego de la unificación una cierta autonomía del reino de Baviera (le dejaría usar su propia moneda, conservar su red de correos y sus ferrocarriles).

Pero nos estamos adelantando. Luis II asume su responsabilidad como rey antes de los veinte años. Su padre Maximiliano II muere inesperadamente a sus cincuenta y tres. Luis, joven retraído, de porte majestuoso (medía casi dos metros), que rehuía la compañía de la gente, queda al frente del reino de Baviera. Era, según decían las damas de la época, un joven bello; con su lánguidos ojos azules dirigidos en general hacia los cielos (hay muchas fotografías que lo muestran en esa peculiar contemplación) y sus maneras distinguidas cultivadas en las artes y el teatro. Era, además, homosexual. Esta inclinación, combinada con su ferviente fe católica, configurarían una lucha interna que se desarrollaría durante toda su vida; en la que alternativamente cedía a la tentación de la carne, y anotaba en su diario no volver a hacerlo con palabras conmovedoramente arrepentidas. Luis II luchó contra su naturaleza hasta el último de sus días.

Desde el principio de su reinado Luis se muestra como un joven peculiar. Su inclinación a la ensoñación lo lleva a apreciar el teatro y la ópera por sobre todas las artes. Su primer acto de gobierno luego de su coronación, es enviar a un emisario en busca de Richard Wagner, su ídolo musical. El emisario demora en encontrar a Wagner, que viene dejando un tendal de deudas por toda Europa y trata de borrar sus huellas para que los lobos no lo alcancen. El mensajero, por fin, cuando la economía y la vida entera de Wagner estaban en banca rota, logra encontrarlo. Habría que haber estado allí para ver la cara de Wagner ante el ofrecimiento de este embajador (se trataba de nada menos que un príncipe) que le venía a salvar literalmente la vida. Días después Wagner escuchaba azorado de los labios del propio Luis II cómo su vida estaba solucionada (deudas incluidas) para que él pudiera dedicarse solamente a crear sin preocupación alguna. En pleno siglo XIX Wagner había encontrado a un mecenas renacentista.

Las cartas entre Wagner y Luis II son una exageración escandalosa de alabanzas y declaraciones de amor. Del lado de Luis II no podemos dudar de su sinceridad, del de Wagner, y a pesar de la gratitud que le debía a su salvador, vemos a veces el ojo del calculador. Aunque las cosas no son tan simples. Wagner recibe con entusiasmo este rey que lo ama, a él y su obra sin distinguir, pero él tiene sus propias ideas y vicios (muchos). Uno de ellos son las mujeres ajenas. Wagner sostiene una larga relación con Cósima (la mujer de su director de orquesta) con la que tendría dos hijos (estando ella todavía casada). El alegre trío escandaliza a Munich, y Wagner, quien tampoco se abstiene del escándalo, llamando la atención con sus gastos desaforados y la vida principesca que se da a costas del estado bávaro, es finalmente expulsado del círculo de Luis II por dos de sus ministros. Wagner escribe, expresa sus ideas políticas y es un consejero peligroso para Luis; pero éste, aún en sus momentos de mayor lejanía personal con Wagner (la que se ensancharía cuando se confirmara su relación con Cósima), sigue ayudando al músico (con dinero por supuesto) porque ve en la cristalización de su obra su propio destino como rey y mecenas.

Luis II comienza a hacer más patente la originalidad de su personalidad que algunos quisieron ver patológica. Su afán por aislarse lo llevan a refugiarse en las montañas. Allí realiza largos paseos nocturnos en un trineo dorado tirado por cuatro caballos blancos. Es el comienzo también de su etapa como constructor, gusto que parece heredar de su abuelo. Su primer palacio, a imitación de las antiguas fortalezas medievales, se erigirá en lo alto de la montaña. Neuschwanstein, tal el nombre del famoso palacio, será el que inspire aquel otro que Walt Disney diseñó como imagen de su propio imperio de fantasías. Luis también concibió su propia vida como una fantasía realizada.

Neuschwanstein estará lleno de extravagancias. Por ejemplo una cascada artificial que podía verse desde la propia habitación del rey. Decoraciones fastuosas y sobrecargadas (Luis comienza a admirar a los luises franceses y copia su estética); agua corriente fría y caliente (una avance técnico extraordinario para la época); además de su propio teatro, donde Luis hace montar las grandes óperas europeas que se representan para un solo espectador: el rey. No ahorra fastos y glorias para agasajarse. Come solo y para no ver a los sirvientes manda crear un dispositivo donde la mesa baja hasta un subsuelo donde se la sirve y luego sube de nuevo hasta el majestuoso comensal. Aunque en rigor Luis no come en soledad. Lo acompañan los bustos de Luis XVI y María Antonieta, a quienes, según versiones poco confiables de los sirvientes que luego lo traicionarán, Luis les habla animadamente.

Pero el afán constructor de Luis no parece tener límites. Erige dos nuevos palacios: Linderhof ; donde hace construir una gruta artificial iluminada eléctricamente, en la cual navega por la noche en una barca en forma de cisne que se deslizaba silenciosamente sobre rieles, como el juego de una feria de entretenimientos. Y  Herrenchiemsee, una reproducción fiel del palacio de Versalles donde, a pesar de ser su edificio más oneroso y el que lo llevará a la bancarrota y la pérdida posterior de su corona, Luis II sólo pasa una noche.

Los favoritos se suceden, escuderos y ayudas de cámara serán la imagen a la que Luis II adorará y rechazará, alternativamente, lleno de cristiana culpa. El trato con el rey por parte de sus ministros se vuelve casi imposible. Luis se niega a recibirlos, y cuando lo hace, pone un biombo para que no lo vean. Baviera queda en manos del gabinete, que casi ya no consulta a su rey. Sólo una presencia, Sissi, la famosa emperatriz de Austria y prima de Luis, parece comprenderlo; ella también es un espíritu original. Un incidente los ha alejado, en su juventud Luis ensayó casarse con su hermana Sofía, pero la dejó plantada y sin boda. Más tarde Sissi lo perdona, y es casi su única compañía en largos paseos nocturnos por el lago Starnberg, en cuyo centro Luis compra una isla para rescatarla de la tala de árboles, y manda plantar quinientos mil rosales; la isla pasara a la historia como "la isla de las rosas".

Finalmente lo dispendioso de Luis, que no se ahorra ningún lujo, como aquel rey sol al que admira (Apollinaire lo llamará el "rey luna") y ha donado a Wagner no poco dinero para que éste construyera su ansiado teatro; es traicionado por los políticos que lo hacen declarar loco. Luis tiene un antecedente cercano, su hermano Otton se ha vuelto loco y permanece internado durante cuarenta años, hasta su muerte en 1916. Pero Luis no llegará tan lejos. Internado a orillas del lago Starnberg actúa de modo perfectamente normal durante su corto encierro. Los campesinos han salido desaforadamente en su ayuda cuando mandaron apresar al rey, detalle maravilloso y extraño: los hombres sencillos sentían cercano a este rey extravagante que podía aparecer en medio de la fría noche alpina en un albergue para viajeros y hablar afablemente con los parroquianos. Pero el rey se rinde. Ya no tiene fuerzas para luchar.

La noche del 13 de junio de 1886, Luis pide dar un paseo por el la costa del lago Starnberg. Su psiquiatra, Bernhard von Gudden, lo acompaña en el paseo, y tal es la buena conducta que Luis ha demostrado en los últimos días, que parten sin guardias ni enfermeros. Horas después lo encontrarán a los dos, muertos, dentro del agua.

Las hipótesis son varias. Lo cierto, Luis ha estrangulado a von Gudden,y  luego ha muerto de una apoplejía en las frías aguas del lago. No se sabe si intentando suicidarse o tratando de escapar. Uno de los mitos de la muerte del rey es que Sissí intentó rescatarlo para hacerlo huir a Austria, distante a pocos quilómetros del lago. Quizás murió tratando de llegar a un bote que lo esperaba, quizás simplemente se introdujo en las aguas heladas para poner fin a la deshonra de ser declarado loco. Todavía da que pensar su misteriosa muerte a historiadores y curiosos que se acercan a ver la cruz erigida en las orillas del lago Standberg.

Conclusiones

Una historia fascinante, bien escrita, sobre un rey excéntrico que odiaba la política. Que usó todos los recursos a su disposición para cristalizar sus fantasías más delirantes. Y después murió como había vivido, con la intensidad de una fanfarria wagneriana.

Uno de esos libros que da lástima que se terminen.